Reflexiones desde la mesa de un bar

Todo se aprende en un cafetín de Buenos Aires

 

Puntual, como siempre, a las siete de la tarde. Y, como siempre, la misma mesa, mi preferida, junto a la ventana que da a la avenida y que Paco me reserva hasta mi llegada. Y el mismo Paco me trae el primer vaso de whisky. Es el mejor momento del día: el trago y ver pasar la vida desde la mesa de un bar. ¿Qué más? Ya lo dijo Discepolín. Todo se aprende en un cafetín de Buenos Aires.

Son días extraños. De incertidumbre. Los políticos, con sus necesidades estratégicas, nos han metido de cabeza en las elecciones de octubre de 2019 donde los argentinos decidiremos si seguimos en esta pesadilla o mandamos a Cambiemos al fondo de la historia.

Desde mi pequeño atalaya sospecho que si las elecciones fueran hoy tendríamos Macri por otros cuatro años. Pero es cierto que si algo caracteriza a la Argentina –su política— es la imprevisibilidad. Los que entienden dicen que la única manera de derrotar a Cambiemos consiste en la unidad total de la oposición y la presencia de un candidato confiable. Nada menos.

Lo curioso es que, a pesar de este plan económico antipopular, Cambiemos mantenga apoyo en un sector amplio de la población. Y no sólo en los que tienen guita. Es más, los expertos dicen que el pobrerío más pobre confía todavía en Cambiemos. Sospecho que si esto sigue así la suerte política de la Argentina caerá en manos de la meneada mayoría silenciosa, ese magma incomprensible. ¿Cuántos son? ¿Un veinte por ciento de la población? No se sabe bien. Su misma condición de silenciosos los hace inapresables. Lo único cierto es que son ciudadanos que sólo les interesa su pequeño mundo, su trabajo, su familia y –a veces— el barrio. No se puede unificar su pensamiento pero, si algo los identifica, es la indiferencia política. A veces indiferencia, (“la política no me da de comer”; “todo lo que tengo me le gané trabajando”); a veces rechazo “los políticos son todos ladrones”; o definitivamente, “todo es una mierda”.

Pero los silenciosos votan. ¿Cómo votan? ¿Cómo eligen a su candidato? ¿La publicidad? ¿Las imágenes del momento?”. Estoy convencido que una porcentaje del 54% de Cristina en 2011 tuvo que ver con la muerte de Néstor y la figura de esa mujer dolorida pero firme que acompañaba los restos de su marido bajo la lluvia. Y cuánto tuvieron que ver los globos amarillos en la elección de 2015. Es la imagen. Si María Eugenia Vidal y Roberto Baradel iniciaran una carrera para ganar un espacio de poder el aspecto candoroso de la gobernadora correría con ventaja frente a la pelambre del dirigente gremial.

El bar no deja de ser un microclima de la sociedad. La mayoría de los parroquianos pertenecen al mundo de los silenciosos. De política no se escucha hablar. Pero la realidad cotidiana los empuja a hablar de política. Hasta hace un tiempo recurrían a “la pesada herencia” o “se robaron todo” para explicar sus primeros padecimientos económicos. Hoy rematan la queja con un suspiro seguido de un “y bueno…”.

Y bueno, ¿qué? Y bueno no había más remedio… y bueno había que ajustarse… y bueno… por un mejor futuro…

¿El futuro?

Desde hae un tiempo dos revelaciones me dan vuelta la cabeza. Fueron hechas por dos personas con toda la autoridad y la experiencia que las respaldan. Hace un tiempo, en un reportaje, se le preguntó a Cristina Kirchner qué porcentaje de poder tenía cuando era presidenta. “El 25%”, respondió. Más acá en el tiempo Rafael Correa confesó que los desvalidos que su gobierno sacó de la pobreza empezaron a repetir las conductas de la clase media. ¿Tenemos algún futuro si un gobierno nacional y popular sólo conserva la cuarta parte del poder y si quienes debieran ser los custodios del poder asumen el imaginario del enemigo?

Paco, que conoce mis estados de ánimo, me trae otro whisky con su yapa generosa. Bebo y me dispongo a salir. Le pago la consumición y Paco me despide con la misma sentencia de todas las noches:

—Estamos en el horno, maestro.

Tengo la sensación que Paco (un cínico irreductible) me tiene algo de lástima.

Salgo a la calle. Empezó a garuar. Enderezo la solapa del saco y enfilo hacia mi casa con los huesos cansados.

Garúa. ¿Argentina llora por mí?

 

De las otras mesas

Offshore. Dos tipos de porte obrero se toman unas cervezas. El que parece mayor le explica al compañero:

—Un tipo, excelente marido, padre ejemplar, respetado por todo el mundo, hombre de iglesia, tiene un departamentito secreto lejos de barrio de donde vive. Esa es una offshore.

 

Despistado. Un parroquiano le tiende un billete de cien pesos a Paco y le dice:

—Esto, en la época de Turco valía cien dólares

 

Feminismo I. Dos mujeres conversando. Enojada, una de ellas opina.

—No se debería insultar a la madre de Mauricio Macri. De última, ella también es una mujer.

 

Feminismo II. Dos cuarentones cuchichean en la mesa de al lado. No puedo oír lo que dicen hasta que uno no se contiene y levanta la voz:

—¡Pero boludo, lo que ella esperaba era que la llevaras a la cama! Se sintió humillada.

—Tuve miedo que si se lo proponía me denunciara por acoso sexual.

 

 

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