Reforma o revolución

¿Estamos seguros de que “el peronismo será revolucionario o no será”?

 

Propongo una mirada sobre el peronismo que permita sumar a sus méritos y salir de cierto encierro intelectual, ancestral, pero restringido. No creo que exista una condición política (sí puede ser en lo doctrinal) que permanezca sin actualización en la cronología. Repetir como copistas mecanizados viejas consignas válidas en otro momento de la Argentina nos impide tener una real observación sobre la fugacidad de nuestra historia.

Me atrae la idea de que el peronismo es todo lo revolucionario que sus logros y concreciones muestran y todo lo reformista que sus postulados definen. No veo contradicción.

 

 

Revolución

Fue revolucionario en la mitad de la década de los años ’40 al plantear, más allá de subjetividades interesadas en lograrlo o no, una modificación de las relaciones de fuerzas imperantes en el país y expresadas en poder económico, social, político, militar y cultural. Nada, pasado el 17 de octubre de 1945, se mantuvo inalterable en esos aspectos. Esa modificación fue un hecho revolucionario.

La importante mutación en las relaciones de poder de la sociedad, un liderazgo que orienta una comunidad en crisis, las enormes modificaciones en el espacio político, poner en mejor equilibrio fortísimas asimetrías sociales y alumbrar una nueva forma de la cultura, fueron acciones revolucionarias.

No es necesario caer en mayores intensidades para darle ese carácter. La revolución no es sólo aquel momento en que se dirimen cuestiones de poder mediante la violencia de clases. Eso lo es, desde ya, pero también la historia del mundo coloca otros ejemplos de enorme sentido transformador que recorrieron instancias previas diferentes y no necesariamente un hecho insurreccional armado o una guerra revolucionaria civil y prolongada. Esos son modelos válidos de revolución, pero no únicos.

Lo revolucionario se explica en diversas situaciones y lo asonante, lo comparable, son las transformaciones que produce. Variar el poder en sus relaciones internas no es sólo un reemplazo político. Debe existir una poderosa fuerza que cambie las instituciones sociales y que haga que el poder se ejerza en una forma distinta a la hasta entonces conocida.

En general, este modelo aplica cuando ese poder resulta más empático con las clases desvalidas de la sociedad: los sectores desposeídos, los trabajadores y el pueblo más humilde. En esta definición dejo afuera al fascismo y su toma del poder de 1922, hecho revolucionario desde ya, a la vez que un fenómeno político de extraordinaria complejidad.

En general, este cambio se da donde fuerzas sociales determinadas expresadas en un partido, organización o movimiento político “toman el poder” que estaba en manos de otra fuerza social también expresada políticamente. Pero también esas innovaciones de gobierno y esas posibilidades revolucionarias se dan cuando fragmentos de la sociedad, antes oprimidos, humillados y avasallados en la mayoría de sus derechos, pasan a “formar parte del poder”, a “palpar el poder”. Y este es el caso del peronismo en 1945/46, en la etapa que altera su mayoría plebeya y movilizada para ser la identidad del gobierno nacional durante diez años. Eso fue una revolución.

 

 

Reforma

Veamos ahora la parte que puede corresponder al reformismo. Si tomamos definiciones desde la ciencia política, e incluso desde valoraciones históricas, hallamos que “el reformismo es un tipo de ideología social o política que generalmente apunta a realizar cambios graduales a fin de mejorar un sistema, proyecto o sociedad”.

No se ven grandes diferencias –dixit la Argentina de 1946–, salvo que se quiera apreciar como exclusivo valor de una revolución aquellas calidades que hacen al uso de la violencia, las contradicciones de clase o la modificación en los modelos de producción. Esto obedece a cierta comprensión etnocentrista europea de la historia y sus términos lingüísticos, sobre todo luego del momento insurreccional ruso de 1917, cuando el Partido Obrero Social demócrata ruso toma el poder institucional en su país. La dirigencia de otros países de Europa, los medios y los intereses económicos y financieros propagandearon el término “revolución” como forma de asustar a los ciudadanos de sus países.

Algo similar había ya ocurrido en Francia en 1848 y en 1871, cuando las insurrecciones populares dieron lugar a la formación de las Comunas en París y las clases dominantes forjaron sus conductas represivas sobre la base de frenar la “revolución”, forma gramatical utilizada de manera despectiva y desnaturalizante de cualquier sentido de justicia y razón que pudieran tener esos movimientos.

Algunos autores e historiadores adscriben a la idea de que el reformismo propone una transformación gradual y un movimiento revolucionario busca un cambio abrupto y profundo.

Obviamente esta definición no toma en cuenta los objetivos anhelados, sino las formas y los tiempos que se precisan para alcanzarlos. Mientras unos son graduales, otros son abruptos.

No es importante, salvo para ideologismos con cierta clausura mental, definir los momentos históricos como reformistas o revolucionarios, sino que lo valioso es conocer sus logros.

El peronismo tiene un sostén doctrinario y emanado que entra en categorías más cercanas a las ideas reformistas, y ciertas concreciones que, con legitimidad histórica, reclaman su matriz de revolucionarias.

Tomemos los tres modelos revolucionarios más conocidos. El peronismo entre 1946 y 1949 (casi tres años) hizo una distribución de la riqueza nacional y la renta y una transferencia de recursos desde los llamados deciles más ricos a los más pobres, que no se hizo en Cuba durante 10 años, en China durante 30 años y en Rusia tardó casi 40 años.

Quienes recriminan al reformismo por supuestas carencias integrales de cambio suelen argüir que “los reformistas son partidarios de la sociedad actual, y quieren, por consiguiente, conservar la sociedad actual, pero suprimir los males ligados a ella”, como si esa mutación de la sociedad en el abandono de sus males no configurase en sí mismo un nuevo modelo social, seguramente mejor que el anterior en virtud del despojo de sus males. Casi, un hecho revolucionario.

Cuando Lenin denigra el reformismo –y desde ahí muchos lenguaraces de revoluciones imaginadas extraen argumentos para hacer lo mismo–, lo hace en un contexto especial y único, como el signado por un elemento externo, que era la lucha por el poder en Rusia, y uno interno, que era el debate con los reformistas (algunos dentro del POSDR y otros fuera), que cobraba alto valor intelectual e ideológico. Lenin, al decir “los reformistas pretenden dividir y engañar con algunas dádivas a los obreros, pretenden apartarlos de su lucha de clase” se refiere a los obreros rusos, tal vez a los alemanes y polacos y, exagerando, a todos los obreros europeos. Pero de su época. Del tiempo en que esa lucha de clases tenía condimentos propios y valores sostenidos en la relación de fuerza de una etapa determinada. Lejos se está de asignar valor universal y atemporal a esa expresión.

Esa herencia europeísta y marxista cerrada creó las condiciones en nuestro país para que al peronismo se le niegue su condición de partido o movimiento revolucionario.

Los que nunca hicieron nada revolucionario, pero sí lo soñaron; los que escribieron sobre alguna revolución y crearon tradiciones políticas autodenominadas como tal, son los que usan el término “reformismo” como un insulto. Como un demérito en el camino de alguna revolución, sin caer en cuenta que algunos planteos criticados por ser reformistas, aseguran hoy en cualquier país, y más en América Latina, mejoras en la calidad de vida de millones de habitantes. Hacen la diferencia entre tener hambre y comer, entre la salud y la enfermedad, entre vivir y morir: aumento de salarios, reducción de la jornada laboral, eliminar la corrupción, aumentar impuestos a los más ricos, controlar democráticamente la banca y los movimientos financieros, tener soberanía sobre sus usos científicos y tecnológicos, mejorar situaciones laborales, resguardar la calidad de los servicios públicos, democratizar la comunicación y sus instrumentos, ampliar derechos civiles y resguardar los derechos humanos, pelear por la libertad sexual y los derechos de minorías, igualar el rol de la mujer, avanzar en temas de género… En fin, tantas cuestiones que ayer eran arrojadas a la hoguera de la revolución por ser meros planteos reformistas, hoy se convierten en valores que merecen ser guerreados y en consignas y objetivos que, de lograrse, sin duda revolucionan una sociedad.

Y no está de más destacar que la mayoría de ellos, en la Argentina, fueron logrados por el peronismo.

 

 

 

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