RESPIRACIÓN ARTIFICIAL

Si la enfermedad fuese una metáfora, ¿qué estaría sugiriéndonos el coronavirus? ¿Qué nos ahoga hoy?

 

Hace mucho tiempo —otro siglo, otra vida—, cuando todavía era adolescente y cursaba la secundaria, me enfermé de los pulmones. Me ronda la palabra neumotórax, que es lo que ocurre cuando se te pincha uno de los fuelles; pero ese debe haber sido el riesgo, nomás, lo que amenazaba como posibilidad, porque un neumotórax es doloroso y yo no atesoro recuerdo de dolor alguno. No puedo preguntarle a nadie sobre el tema, porque mis padres murieron y mis hermanos eran pequeños. La prima de mi vieja, cuya memoria constituye el Libro de Petete familiar, sólo dice que neumonía no fue, porque en ese caso me habrían enviado al hospital. Así que, consensuemos: pulmonía. Una postración que, estoy seguro, no constituyó una sorpresa. Yo arrastraba un historial de problemas bronquiales. Sin llegar a ser asma —ni siquiera me concedían la tranquilidad que deriva de la etiqueta clara: lo mío siempre fue algo-parecido-al-asma-que-no-es-asma, un mal misterioso, que se negaba a ser categorizado —, me jodió la infancia y buena parte de mi juventud. Crecí pensando que nunca iba a tener sexo, porque tan pronto me excitase también iba a agitarme, y ahí se pincharía todo. (Casi todo.) Pero en fin: lo único que recuerdo a ciencia cierta es, primero, que yo me sentía bien; y segundo, que el médico me prohibió salir de casa durante lo que parecía una eternidad. (¿Un mes? ¿La proverbial cuarentena?) Podía recibir visitas, de lo cual desprendo que no era contagioso, pero en lo que concernía a mi persona, el doctor Mohr fue terminante: No podés ni asomarte a la vereda.

Sólo estoy en condiciones de hacer cálculos estimativos. (Soy un desastre con las fechas. Para arrimar el bochín, tengo que relacionar hechos con otros.) Para entonces ya estaba de novio, algo que arrancó en el ’76; y me recibí en el ’78, el año del Mundial, de cuya locura participé a mi modo. (Multitudes de amigos en casa, viendo partidos. El match agónico contra Perú, en casa de mis suegros. Los festejos de la copa, por Rivadavia a la altura de Caballito — toda una rareza, eso de saltar y gritar en una avenida sin temor de que te llevasen los milicos.) O sea que debe haber sido en el ’77. Uno de los momentos más terribles de la dictadura. Esa fue la circunstancia en que mi cuerpo decidió hacer un acting y mancarse, para alejarme de las calles.

 

Susan Sontag.

 

 

Paradójicamente, ese fue el tiempo que Susan Sontag eligió para escribir su ensayo La enfermedad como metáfora, que publicó poco después, en el ’78. Perdón, me retracto: Sontag escribió en paralelo al tratamiento con el cual combatía un cáncer de mama, por lo cual el verbo elegir sería impreciso, en esa conjugación; lo exacto sería decir que el ensayo la eligió a ella, que la reflexión a la cual impulsa la escritura constituyó una parte heterodoxa pero no por ello menos efectiva de su tratamiento.

Por aquel entonces ella consideraba la idea de que la sociedad utiliza metáforas cuando habla de enfermedades para que la víctima sienta que ese mal es su responsabilidad, su culpa, la manifestación orgánica de un defecto personal. Un razonamiento digno de ser ponderado, en el contexto de una sociedad individualista y éxitodependiente como lo son los Estados Unidos. (Por aquel entonces gobernados por Jimmy Carter, en un año dominado por la música sedosa y sibarítica del Fleetwood Mac de Rumours y el fenómeno de la película Star Wars — que desvió nuestra mirada del mundo real hacia una galaxia muy, muy lejana.) Hoy me pregunto si el crío que yo era entonces, que por cierto ignoraba quién era Sontag, no hizo exactamente lo contrario. En un país gobernado por Videla, donde lo que se respiraba era una mezcla tóxica de nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono y pánico, ¿no tenía su lógica que yo crease —inconscientemente, claro— una enfermedad como metáfora para acusar a la sociedad argentina de que mi malestar era su responsabilidad, su culpa?

 

 

 

 

Yo no tenía ni dos meses cuando tuvo lugar el primer golpe de Estado de mi vida. En enero del ’77 había cumplido quince, de los cuales sólo había vivido en democracia real —esto es, sin dictaduras ni gobiernos con el peronismo proscripto— menos de tres años: el mes y monedas del tío Cámpora, los ocho meses y pico del General, el año y ocho meses de Isabelita. ¿Cómo no iba a sufrir una enfermedad a la que estudiaron durante años sin conseguir ponerle nombre, que se resistía a ser denominada en términos puramente clínicos? ¿A quién podía sorprenderle que la manifestación de mi mal fuese la dificultad para respirar?

 

 

 

Poco tiempo después, en el ’80, leí Respiración artificial de Ricardo Piglia en el altillo donde había armado mi bunker de adolescente, al que se llegaba por una escalera al aire libre. (Cuando llovía fuerte se convertía en una isla.) Fue una revelación. Desde la cita inicial de T. S. Eliot: «Teníamos la experiencia pero perdimos el sentido, una aproximación al sentido restablece la experiencia», a la frase que figuraba en la contratapa: «Tiempos sombríos en que los hombres parecen necesitar un aire artificial para poder sobrevivir», leí ese libro como si hubiese sido escrito para mí. Yo había nacido en un país donde se hacía difícil respirar, y esa lucha —por el dominio sobre mis pulmones y por extensión sobre mi cuerpo— era algo que jalonaba mi existencia desde que tenía uso de razón. Necesitaba restablecer el sentido de mi experiencia, de la experiencia de existir en este lugar y en ese tiempo. Y para eso necesitaba responder a la frase con la cual Piglia abría la novela y que figura desde entonces, en mi libro desgajado en fascículos, subrayada con birome negra: «¿Hay una historia?»

 

 

Ricardo Piglia.

 

La pregunta se anticipaba al relativismo que sería furor en el mundo de las ideas, pero particularmente en el literario: la idea de que ya todo había sido dicho, de que las historias esenciales habían sido contadas una y mil veces y que sólo restaba sobrecocer las sobras. (Reducirlas al malbec, en el mejor de los casos.) Se lo citaba a Renzi, el alter ego de Piglia, diciendo que «ya no existían ni las experiencias, ni las aventuras. Ya no hay aventuras, me dijo, sólo parodias… ¿O no es la parodia la negación misma de la historia?» Más adelante el mismo Renzi decía en persona: «Ya no existe la literatura argentina».  ¿Cómo era posible que me hubiese tocado vivir en un mundo donde ya no quedasen más historias? Esa noción me rebelaba. Yo no quería vivir una vida que fuese un recalentado de la cena de ayer. Y por eso el libro cristalizó algo en mí. A partir de entonces viví para sobreponerme al miedo que formaba parte del aire viciado en el que había crecido y para probarme que sí, que había una historia y que además sería digna de ser contada.

 

 

 

La metáfora del coronavirus

Si el coronavirus no existiese; si fuese la invención de un/a escritorx de ciencia ficción, aplicado a imaginar una pesadilla futura: ¿qué clase de metáfora sería?

Yo le encuentro un elemento significativo, en términos dramáticos. Estamos hablando de una enfermedad respiratoria, de un mal que progresa impidiéndonos respirar. Y respirar es la más esencial de nuestras actividades. Podemos pasar una temporadita sin comer ni beber, pero no podemos sobrevivir más de unos pocos minutos sin ventilar nuestros pulmones. Es, además, la actividad que establece el marco normativo de nuestra existencia en este mundo. Se trata, en esencia, de un intercambio: tomamos de la atmósfera algo que nos resulta imprescindible, y le devolvemos algo que ya no necesitamos pero que metaboliza de modo que no vuelva a molestarnos. No hay actividad que demos más por sentada, porque comer y beber tienen su gracia, pero a la respiración no le damos pelota: no la hemos dotado de placer alguno, no le hemos construido cultura alrededor. Para tener sensibilidad ante esa maravilla hay que haberla sentido en riesgo, padecido como comprometida. Por eso mismo, los que hemos sufrido de los pulmones entendemos fácilmente que nuestra existencia es dialéctica, un dar y recibir en loop, un diálogo constante entre ceros y unos.

 

 

 

 

Un/a escritorx que imaginase una pandemia que ataca a la respiración estaría tratando de decir, creo, que cuando uno de los términos de una ecuación ya no responde —cuando el aire deja de entrar en nuestros pulmones— es porque el sistema todo está en crisis. El ida y vuelta que fundaba nuestra vida se ha truncado. Y en consecuencia, nada funciona como debería y el grado de desorden del sistema —la entropía— se aproxima al caos. Era tan simple como inspirar y expirar. Pero una vez que inspirar se tornó imposible, todo se torna imposible. El universo binario no funciona en ausencia de uno de los componentes de su balance.

Por eso la pregunta que yo le formularía al/la escritorx, para tratar de entender a qué apunta, sería: ¿qué es lo que no nos está dejando respirar? ¿Qué es lo que debería volver a nosotros pero no está volviendo, dejándonos de garpe?

 

 

 

 

Si desde el hoy tratásemos de restablecer el sentido que se nos escapaba a fines de los ’70 —o sea, durante la concepción de Respiración artificial—, la respuesta parecería clara. Piglia pone en palabras del viejo Senador una descripción que parece hablar de estas cuarentenas de hoy, de las calles desiertas a las que se abren nuestras ventanas. «‘Escuche’, dijo el Senador. ‘¿Ve? Ni un sonido. Nada. Ni un sonido. Todo está quieto, suspendido: en suspenso. La presencia de todos estos muertos me agobia'». Nos agobiaba el peso de los muertos fantasmales. Pero lo que terminaba de cerrarnos la garganta era la certeza de que estaban robándonos la historia.

La política devenida mandato cultural imponía la idea del fin, de que todo había concluido. Si la historia había terminado, ya no había cambio posible, o peor aun: ya no había cambio deseable. Habíamos llegado al cenit de nuestra experiencia histórica, el mundo entero se había rendido ante la excelencia de un tipo de civilización y a partir de allí todo sería plano, una eterna repetición de lo mismo. (Con celulares cada vez mejores, eso sí.) Y si no nos quedaba otra que fabricar apostillas, o notas al pie de la historia que habían dado por cerrada; si el modelo de ciudadano al que debíamos conformarnos era el de consumidor consumado: ¿cuál era el sentido de respirar?

Sigo jugando a partir de la hipótesis del/la escritora que inventa el coronavirus. Si este presente fuese una ficción, ¿qué significaría la metáfora de esta enfermedad? ¿A qué problema real estaría apuntando el autor o autora, a través de la excusa argumental de una pandemia? Lo pongo de modo más directo, aún: ¿qué es lo que hoy —ahora, en este mundo— nos dificulta respirar?

 

 

 

 

Durante mucho tiempo llenamos de sentido la experiencia a partir de la noción de que formábamos parte de una comunidad, a la que todos aportábamos algo distinto y que a su vez nos retribuía de diversos modos: con organización, leyes, garantía a nuestros derechos. Intercambio. Dar y recibir. Loop, diálogo constante. Ida y vuelta. Inspirar y expirar. Y con sus altas y bajas, esta porosidad se verificó en lo que llevamos de vida. El tema es que prácticamente no se verifica más. Hay una ida constante —de nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestro ingenio, nuestro esfuerzo—, pero del otro lado no vuelve nada, o casi nada. Migajas de aire, y gracias. Vivimos sumergidos a metros de profundidad, intentando respirar a través de un montón de pajitas interconectadas. Un rato te bancás, pero más temprano que tarde —poco aire, demasiada presión— los pulmones revientan.

Estamos así porque el club de los poderosos del orbe inclinó tanto la cancha, cargó tanto los dados, tongueó tanto la pelea —todo el mundo lo sabe, diría Leonard Cohen— que jodió el sistema de un modo que quizás sea irreversible. De este wing, del lado del 99 %, lo pusimos todo. Sabíamos que nos estaban cagando, pero con lo poco que volvía nos las arreglábamos para ser felices o pasarla razonablemente bien. La joda es que seguimos poniendo todo, pero del otro lado ya no vuelve casi nada. Los angurrientos del 1 % la quieren toda para sí, pero toda, y por eso no se conformaron con seguir esmerilando sueldos y jubilaciones, y empezaron a rebanar los sistemas de salud y a bombear el sistema educativo y a someter al Estado a una sangría que lo dejó anémico. Y en ese momento irrumpió el coronavirus —el real, no el hipotético de mi escritor/a de ciencia ficción— y dejó en evidencia que nos habían saqueado, que ya casi no contábamos con recursos en nuestro favor, que estábamos en pelotas ante la peste.

Y eso es lo que se nos hace difícil respirar.

 

 

 

 

 

 

¿Puntos o personas?

Existe una película de Carol Reed que se llama El tercer hombre (1949). La escribió un grande de las letras, Graham Greene, que antes de sentarse a delinear el guión creó una nouvelle para definir la historia. Aunque este texto no nació para ser leído sino como instrumento de trabajo, terminó publicándolo igual en forma de libro. La peli es una joya que siempre figura en el Top Five de las mejores inglesas de la historia, y se la recuerda por la cítara de Anton Karas y por las líneas que Harry Lime (Orson Welles) pronuncia en un parque de diversiones desde la vuelta al mundo que monta con su amigo Martins (Joseph Cotten): «En Italia, durante los 30 años regidos por los Borgias, hubo guerra, terror, crímenes y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, en 500 años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron ellos? El reloj cucú».

 

 

El escritor Graham Greene: salud.

 

 

El protagonista es un escritor de westerns de kiosko, Holly Martins —en la nouvelle Greene le pone un nombre de pila aún más ridículo: Rollo—, que llega a la Viena de posguerra invitado por su amigo de la infancia Harry Lime, que le ha ofrecido un trabajo. Pero al arribar se entera de que Lime acaba de morir, arrollado por un auto. Martins sospecha que esa muerte no ha sido accidental, pero termina descubriendo mucho más: que Lime no está muerto y se dedica al contrabando que prospera en la ciudad dividida entre cuatro poderes (rusos, ingleses, estadounidenses y franceses) y medio demolida por las bombas.

Es un militar inglés, Calloway, quien le demuestra a Martins la naturaleza del negocio ilícito de Lime: no contento con manejar el mercado negro de modo de subir artificialmente el precio de la penicilina —en alta demanda, debido a los heridos por los bombardeos—, Lime determinó que sus márgenes de ganancia no eran suficientes y decidió diluirla para tener más botellitas que vender. A cuenta de lo cual muchos hombres perdieron sus miembros o sus vidas. Pero el negocio tuvo consecuencias aún peores. «Lo que más me horrorizó fue visitar el hospital de niños», cuenta Calloway. «Habían comprado su penicilina para usar contra la meningitis. Murieron cantidad de críos, y otros enloquecieron. Se los puede ver en el ala psiquiátrica».

 

 

Holly Martins (Joseph Cotten) y la vuelta al mundo en «El tercer hombre».

 

 

Cuando se entera de esto, Martins enmudece. Calloway lo compara a un avión que se viene a pique, pero yo me permitiré presumir que se queda sin aire — que se le corta la respiración. «Para Martins, un mundo llegaba a su fin», reflexiona el inglés. Poco después entiende que Lime no ha muerto. Su amigo lo encuentra en el parque de diversiones, y desde lo alto de la vuelta al mundo, cuando Martins lo cuestiona por lo de la penicilina, Lime le pide que no sea melodramático y lo invita a mirar a la gente que quedó abajo y desde esa altura se ve «como moscas negras». «¿Realmente sentirías pena si uno de esos puntos dejase de moverse para siempre? Si dijese que te voy a dar 20.000 libras por cada punto que dejase de moverse, ¿me dirías que me las guardase — sin vacilar? ¿O más bien calcularías cuántos puntos te podés permitir?», pregunta Lime, para cerrar esa clase maestra de cinismo con la frase: «Esta es la única manera de ahorrar, en estos días».

Ahí estamos nosotros, en estos días: en lo alto de la vuelta al mundo, encerrados con nuestros Harry Limes, con el pecho cerrado y la respiración entrecortada. Como el pobre Martins, vemos pasar la vida entera delante de nuestros ojos mientras la cuestionamos de pe a pa. Y empezamos a comprender con el cuerpo, en el cuerpo, que los grandes nombres de los negocios mundiales; esos emprendedores que creaban riquezas inconmensurables de las que todos participábamos de algún modo; esas dínamos, motores de alta gama que le habían permitido al mundo adquirir su velocidad actual, no son otra cosa que versiones contemporáneas de Harry Lime. Ni siquiera Bill Gates, que parece humano y sensible, se salva. Roberto Bissio, coordinador de la red mundial Social Watch, dice que la Fundación Gates ha sido instrumental a la hora de combatir los servicios públicos de salud en beneficio de los servicios privados — una decisión que, aunque ya no estemos en la Viena de posguerra, mediremos pronto en cantidad de muertos.

 

 

Harry Lime (Orson Welles) en «El tercer hombre».

 

 

Siempre nos parecieron inteligentísimos, eminentemente envidiables. Pero hoy descubrimos que no son figuras míticas a lo Charles Foster Kane, Bruce Wayne o Christian Grey —por mencionar billonarios de la ficción—, sino apenas Harry Limes infinitamente más ricos, que no se conformaron con el margen de ganancia que obtenían aumentando truchamente el precio de la penicilina. ¿Qué otra cosa son los que especulan aumentando precios en esta circunstancia límite, sino Harry Limes argentos? Hablo de gente que pretende vivir en un mundo hecho de números, firmas y sentencias y finge no ver que detrás de esas abstracciones hay gente. Yo no conozco a Paolo Rocca ni a Rosenkrantz, pero creo que si tuviese que acercarme a dos metros de distancia tomaría el recaudo de llevar mi propia provisión de oxígeno, porque gente como esa consume todo lo que la rodea. Pregúntenle a los 1.450 laburantes a los que Techint acaba de despedir con la excusa —cinismo Marca Lime, esta es la única manera de ahorrar, en estos días— de la pandemia. Pregúntenle a Boudou, que seguirá preso aun sin condena y en medio del coronavirus gracias al voto decisivo de Rosenkrantz.

Estamos en ese exacto momento de una relación abusiva en la que la víctima comprende que, si no hace algo ya, si no toma una medida drástica, más temprano que tarde la van a matar. Porque el capitalismo no es libre empresa, democracia, oportunidad para todos sino Harry Lime, y para Harry Lime los demás somos apenas puntos que sacrificar en pos de una ganancia.

 

 

Lime acorralado en «El tercer hombre».

 

La oportunidad está dada. No la buscamos, pero apareció. Pero por supuesto, como dice el filósofo Byung-Chul Han: «Ningún virus es capaz de hacer la revolución… No podemos dejar la revolución en manos del virus… Somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo… para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta». Mi única duda respecto de esta afirmación es si hablar de capitalismo destructivo no constituye una tautología.

Si nuestro deseo no está puesto en este cambio, significa que el deseo al que nos resignamos es tanático — involuntario, seguramente, pero de todos modos un deseo de muerte. Pero si en efecto entendimos que, ya desde el recogimiento forzado por la cuarentena, lo que importa es focalizar nuestra energía creativa en esa dirección (porque, créanme, si no empujamos con todo lo harán los peores, apostando al autoritarismo y la vigilancia estatal o corporativo a lo Gran Hermano), no tenemos tiempo que perder. Esto también es de Piglia en Respiración artificial: «El que no está a la altura de su deseo, decía la Coca, ese es uno a quien el mundo puede llamar un cobarde».

La novela arranca con esa frase que me marcó tanto: «¿Hay una historia?» Pero a las pocas páginas Piglia contrabandea —no a lo Harry Lime, sino al modo de quien resiste en medio de una dictadura capitalista— la verdadera pregunta, la esencial, la que todos deberíamos estar formulando: «¿Quién va a escribir esta historia?»

Yo tengo mi respuesta. ¿Y ustedes, qué dicen?

 

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

46 Comentarios
  1. Daniel dice

    El aire es el elemento más importante en la conexión con el resto del universo. Sin respirar no duraríamos más de algunos minutos. Habremos hecho muy mal las cosas para que nos ataquemos en nuestra función más escencial. Un dato importante : el aire es información. Al igual que los alimentos y líquidos q ingerimos. Ese intercambio de información (respirar-exhalar,comer-defecar,beber-orinar) es el q define el estado de muestra evolución, ya q esos elementos al entrar en nuestro organismo llegan con cierta información q luego es modificada por nuestro cuerpo antes de ser expulsada. Ciclo «perverso» al cual jamás escaparemos puesto q el arquitecto se ha asegurado q cumplamos con el informe «online» a costa de muestra existencia. A quién interese la «perspectiva universal»,con todo gusto compartiré más definiciones q ayudan a completar el rompecabezas de la existencia

  2. Daniel Olivares dice

    A mi tu propuesta me lleva a una reflexión de otro tipo. ¿Cuántos «oficios», o «servicios» se inventó el capitalismo para que consumamos? ¿Cuántas personas se morirían de hambre si canceláramos para siempre esos «oficios» y «servicios? ¿Estamos dispuestos a modificar nuestras pautas de consumo o estamos perdidos para siempre? Y si estuviésemos dispuestos a modificar nuestras pautas de consumo, qué hacemos para ayudar a todos los que se caen como consecuencia?

  3. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Impecable, como de costumbre.
    No debería hacer ninguna digresión sobre el particular, porque todo está dicho en su brillante exposición.
    Pero, dado que también significo para el sistema -como millones-, uno de esos puntos negros, al menos permítame algo de catarsis.
    Manuel Freytas, refería en un artículo titulado “El dilema del capitalismo con la «población sobrante»: mercancía sin rentabilidad” (24/9/09-iarnoticias.com):
    “Según la ONU, con «menos del 1%» de los fondos económicos que han utilizado los gobiernos capitalistas centrales para salvar al sistema financiero global (bancos y empresas que han desatado la crisis económica), se podría resolver la calamidad y el sufrimiento de miles de millones de personas (casi la mitad de la población mundial) que son víctimas de la hambruna a escala mundial. ¿Y porqué no se hace? Por una razón de fondo: Los pobres, los desamparados, la «población sobrante», no son un «producto rentable» para el sistema capitalista.
    …Según la ONU, en el mundo ya hay más de 1.000 millones de personas que padecen hambre, la cifra más alta de la historia, y en todo el planeta hay 3.000 millones de desnutridos, lo que representa casi la mitad de la población mundial, de 6.500 millones.
    …Hay que aclarar, a modo de ejemplo más esclarecedor, que los 6.700 millones de dólares del programa para «combatir el hambre mundial», equivalen solamente a un 10% de la fortuna personal de Bill Gates, el hombre que encabeza la lista de millonarios a escala global.
    La directora del PMA remarcó que, con «menos del 1%» de las inyecciones económicas que han hecho los gobiernos para salvar al sistema financiero global, se podría resolver la calamidad de millones de personas que son víctimas de la hambruna.
    Dentro del mercado y de la sociedad de consumo capitalista, la lógica de producción no se mide por la satisfacción de las necesidades básicas de la sociedad (comida, vivienda salud, educación etc.) sino por los parámetros de optimización de la rentabilidad privada.
    La producción de bienes y servicios (esenciales para la supervivencia) controlada por el capitalismo está socializada, pero su utilización está privatizada: No responde a fines sociales de distribución equitativa de la riqueza producida por el trabajo social, sino a objetivos de búsqueda de rentabilidad capitalista privada.
    En este marco, y fuera de la orbita del control estatal de los gobiernos, los recursos esenciales para la supervivencia están supeditados a la lógica de rentabilidad capitalista de un puñado de corporaciones trasnacionales (con capacidad informática, financiera y tecnológica) que los controlan a nivel global, y con protección militar–nuclear de EEUU y las superpotencias.
    En ese escenario, la producción y comercialización de alimentos no está supeditada a la lógica del «bien social», sino a la más cruda lógica de la rentabilidad capitalista.
    Según la FAO, diez corporaciones trasnacionales controlan actualmente el 80% del comercio mundial de los alimentos básicos, y similar número de megaempresas controlan el mercado internacional del petróleo, de cuyo impulso especulativo se nutre el proceso de subida de los alimentos, causal de la hambruna que ya se extiende por todo el planeta.
    Detrás de este fabuloso negocio con los recursos esenciales para la supervivencia humana, se encuentran los principales bancos y grupos financieros de Wall Street, que juegan un rol determinante en la especulación que se ejerce en los mercados energéticos y de materias primas y que impulsan la actual escalada de los precios de los alimentos.
    Entre los primeros pulpos trasnacionales de la alimentación, se encuentran la empresa suiza Nestlé SA., la francesa Groupe Danone SA. y la Monsanto Co., que lideran mundialmente la comercialización de alimentos y que, además de controlar la comercialización y las fuentes de producción, poseen todos los derechos a escala global sobre semillas e insumos agrícolas.
    …Despojados de su condición de «bien social» de supervivencia, esos recursos se convierten en mercancía capitalista con un valor fijado por la especulación en el mercado, y los precios no se fijan sólo por la demanda del consumo masivo, sino básicamente por la demanda especulativa en los mercados financieros y agro–energéticos.
    Y los gobiernos, al no tener poder de gerencia sobre sus recursos agroenergéticos se convierten en títeres de las corporaciones que los controlan y que se apoderan de la renta producida por el trabajo social de esos países.
    Y como el capitalismo trasnacional (las corporaciones que controlan el petróleo y los alimentos) sólo produce para quien tiene capacidad de comprar esos productos, la falta de poder adquisitivo de las mayorías empobrecidas del planeta, lleva su vez a que las corporaciones reduzcan la producción para achicar costos y preservar la rentabilidad vendiendo menos pero más caro.
    …De esta manera, a los pulpos petroleros y alimentarios no les interesa producir más, sino ganar más produciendo lo mismo con rebaja de costos de personal e infraestructura.
    Y por más apelaciones que hagan las instituciones «asistencialistas» del sistema capitalista como la ONU y la FAO (que suceden a la caridad religiosa) las corporaciones transnacionales establecen su dinámica productiva a partir de la relación costo–beneficio.
    Esto es, y atendiendo a la lógica esencial que guía el desarrollo histórico del capitalismo, sólo producen atendiendo a la ley de la rentabilidad, a la ley del beneficio privado, y no a la lógica del beneficio social.
    Por lo tanto, no hay «crisis alimentaria» (como sostienen la FAO, la ONU, el Banco Mundial y las organizaciones del capitalismo como el G–8) sino un incremento de la hambruna mundial por la especulación financiera y la búsqueda de rentabilidad capitalista con el precio del petróleo y los alimentos.
    El control de las fuentes, de la producción, de la comercialización internacional y de la masa de recursos financieros emergentes por las corporaciones trasnacionales, vuelven impotentes a los gobiernos dependientes (sin poder de gerencia sobre esos recursos) para resolver los problemas de la hambruna que aquejan a sus pueblos.
    …En este escenario, y dentro de los parámetros funcionales del sistema capitalista (establecido como «civilización única») la «población sobrante» (los desposeídos y famélicos de la tierra) son las masas expulsadas del circuito del consumo como emergente de la dinámica de concentración de riqueza en pocas manos.
    Estas masas desposeídas, que se multiplican por las periferias de Asia, África y América Latina, no reúnen los estándares del consumo básico (supervivencia mínima) que requiere la estructura funcional del sistema para generar rentabilidad y nuevos ciclos de concentración de activos empresariales y fortunas personales.
    Pero de esta cuestión estratégica, vital para la comprensión de la crisis global y de su impacto social masivo en el planeta, la prensa internacional no se ocupa. Los medios locales e internacionales están ocupados en dilucidar cómo la crisis produce la disminución de las fortunas de los ricos y la pérdida de rentabilidad de las empresas.
    …Durante las crisis (como la que hoy vive el sistema capitalista) las empresas y bancos preservan su rentabilidad «achicando costos».
    Y las primeras víctimas, las variables de ajuste, son las masas asalariadas y los sectores más vulnerables de la sociedad que pagan la crisis de los ricos con despidos y reducción de sus salarios, mientras que los sectores más desprotegidos sufren el impacto directo de los recortes de los planes sociales y de ayuda a la pobreza de los gobiernos.
    Quien trate de quitarles el control de los recursos esenciales a las empresas y bancos trasnacionales, antes deberá derrotar al poder militar nuclear de EEUU y de las potencias aliadas de la Unión Europea, gendarmes y reaseguros políticos de las corporaciones capitalistas que han convertido el planeta en una economía de enclave al servicio de la rentabilidad privada.
    Dentro de esta ecuación (de un sistema de producción mundial solo orientado a la búsqueda de rentabilidad) se desarrollan dos efectos inversamente proporcionales: Un crecimiento récord de las fortunas personales y de los activos empresariales capitalistas, y un crecimiento récord (como consigna la ONU) de los pobres y hambrientos que ya alcanzan la mitad de la población mundial…”
    No es nada que no conozcamos los lectores del Cohete, pero en estos tiempos que corren hay que tratar de expresar lo que la pandemia evidenció como nunca nadie pudo hacerlo antes.
    El analista, hace más de 10 años atrás, termina haciendo algunos interrogantes que, me parece, justo en este contexto no se pueden soslayar.
    “…¿Acaso se utilizarían tanques, aviones y arsenales nucleares para detener a los miles de millones de pobres atacados de «hambre celular» que se abalanzarían masivamente sobre las ciudades para conseguir alimentos por los medios que fuesen?
    ¿Con qué discurso los políticos del sistema podrían contener a los atacados de incontinencia alimentaria y reencauzarlos por la senda de la «civilización» y de la «gobernabilidad democrática» capitalista?
    ¿Cuánta propiedad privada concentraría un «empresario» capitalista antes de que las multitudes de hambrientos saqueen su casa y destruyan todo lo que encuentran a su paso, incluso su vida y la de su familia?
    ¿Cuántas balas o misiles alcanzarían a disparar las tropas militares antes de ser destrozadas por las multitudes enfurecidas por el hambre y la reacción instintiva de la búsqueda de supervivencia a cualquier precio?
    No se trata de una revolución racional y planificada por la toma del poder político, se trata de la «barbarie» en su escala primitiva, una regresión al hombre prehistórico, sin ningún molde de «civilización» o de «convención social» que lo contenga en su búsqueda de alimentos para sobrevivir en la inmediatez.
    Se trata, en última instancia, de una reacción inconmensurable de la masa de «población sobrante», que el estúpido, irracional y criminal sistema capitalista todavía no registra.”

  4. Nené Vidal dice

    Mi padre, cuando le anunciaban una muerte que no le afectaba, decía siempre: «Uno más que se olvidó de respirar». Una huevada, pero suma.

  5. Rodolfo dice

    «yo tengo mi respuesta. Y Ustedes?»

    Ya ves que no has escrito en vano. Hemos respondido muchos.

    Tu artículo en el aire no será detenido por máscaras ni mascarillas. Que tiemble el coronavirus y sus esbirros humanos.

    Será replicado hacia quienes no se suben a este Cohete.

    «…Que la reseca muerte no me encuentre
    Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente…»

    León Gieco

  6. lucio dice

    …Pero Rosenkratz, como otra generación de abogados brillantes, bajo el auspicio de Carlos Nino uno de los grandes filósofos de Argentina, se formó como tantos otros a pedido de Raúl Alfonsín afuera. Ese conocimiento que adquirieron muchos abogados de la época llevaron a algo como el juicio a las juntas…Amado Boudou si tiene condena, es un ladronzuelo millonario, nada que festejarle ni por asomo.

  7. apico dice

    Hermosa descripción de una metáfora. Creo que nada en si mismo es verdadero o falso.Pero ya sabemos, la historia la escriben los que ganan,y por ahora los ganadores son ellos. Sin embargo,ese 99%, está mas vivo que nunca,y los Blimes de la vida real se están quedando sin aire. Sería necesario claro que quienes hoy detentan un poco de poder, mediante el apoyo de los sectores populares, se animaran a ser audaces y valientes y condujeran al pueblo a «la victoria». Lamentablemente, no veo a nadie con capacidad de asumir semejante desafió,creo que ellos mismos,se creen y tal vez lo sean,parte de las élites siniestras que nos impiden respirar. Se sienten valerosos tirando una manguera finita por donde seguir respirando, para poder continuar explotándonos el tiempo que nos queda de vida. Cuando era muy joven, tuve un compañero sindicalista que me decía que el socialismo estaba a la vuelta de la esquina,según le aseguraba su camarada Posadas, a quien seguía ciegamente. Fue un gran maestro, pero yo lo sabía equivocado.Yo me hice peronista,delegado de base, luego dirigente gremial, fui preso y liberado,y el pasó indemne por todo aquello,porque sabía cuidarse, decía. La decisión de lucha, en algunos hombres y mujeres,es una pulsión de vida que generalmente, se paga con la muerte misma, o la prisión según las épocas. Hoy ya viejo, te digo Marcelo, que el corona pasará y será anécdota, pero la economía neoliberal al está acabada y el Imperio tambalea. No es una profecía, como a la que acudía mi maestro, es la noticia con el diario del lunes. Obviamente habrá muchos necios que no la leerán, pero como decía el Gral o Evita, «quien quiera oír, que oiga»y los que no, se los llevará puesta una historia, la nuestra. Que viva Zapata. Un saludo peronista.

  8. Ricardo Comeglio dice

    Reflexiones que me vienen a la mente al leer el texto.

    1) La cultura del ahogo es la necesaria para mantener el capitalismo dinámico.
    Espacios reducidos en el hogar son útiles para que las personas “salgan” y gasten. Por eso es impensada una cuarentena en Japón donde viven en “nichos”, literalmente.
    Nadie puede estar sólo consigo mismo en un espacio enorme porque es muy alto el costo de construirlo y mantenerlo. Eso está reservado a los más afortunados que no sólo tienen un espacio enorme, sino que varios en diferentes lugares.
    Para que un negocio/espectáculo sea redituable es necesario que te ahogues en una masa humana.
    Si no salís a consumir debés quedarte a consumir y te ahogan con televisión, internet y streaming y para asegurarse que lo hagas te crean la necesidad de “compartir” lo que haces, haciendo a cada uno el inspector del otro que verifica el consumo mutuo. Siempre fue así, los esclavos vigilan a los otros esclavos. En las barracas los presos del nazismo eran controlados por los propios presos que también morirían.

    2) Si no haces lo que todos hacen el sistema te ahoga.
    Bullying, mobbing, sexing, exitismo, clasismo, etnocentrismo, idealismo, adoración al cuerpo y la juventud, racismo, xenofobia, homofobia, lateralidad (zurdos), religiosidad impuesta, mentalismo o cuerdismo, neurodivergencia, jerarquismo, discriminación por no discriminar y epistémica.

    3) La historia sólo es para los vivos, por lo tanto no muere nunca y es por eso que existe en tanto existan seres vivos y sólo porque existen, pero sólo la vivimos.

    4) Nunca existió con mayor certeza que ahora la oportunidad de “quedar en la historia” para cualquier ser humano y nunca la historia universal se concentró más que en estos momentos donde lo único que importa es la historia propia, por eso jamás hubo tantas historias como las que hoy existen. Murió la historia universal y emergió la historia individual.

    5) Las manifestaciones son orgásmicas manifestaciones de desahogo comunitario y marcan, hoy más que nunca, que nos estamos ahogando por algo.

    6) Los hijos, todo el día en casa, nos ahogan porque nos impiden ser. Individualismo dixit.

    7) Siempre fuimos un punto negro en el espacio, de lo contrario no se habría inventado la planilla Excel. Lo que está mal no es que seamos ese punto negro sino en que aspiremos a ser quienes manejan la planilla, porque eso es ser cómplices de ellos y no nos permite moralmente echarles la culpa de nada.

    8) Ningún virus es capaz de hacer nada, excepto pretender vivir de acuerdo a las armas biológicas que posee, por lo que tiene la misma libertad natural de hacer lo que está determinado debe hacer, igual que nosotros.

    9) Lo extraño es que un virus no liquida a otro de los suyos y no lo hace sólo porque no es necesario para él hacerlo, no porque sea inmoral.
    Para un humano es inmoral eliminar, discriminar, menoscabar, estafar o matar a otro ser humano, pero sin embargo lo hace porque ha creado un sistema para el cual es necesario que lo haga.

    Es más que claro que no está mal el ser humano sino el sistema dentro del cual vive pero nada va a cambiar hasta que cambiar ya no importe.

  9. Luis Del Giovannino dice

    «que la víctima sienta que ese mal es su responsabilidad» propio de la cultura judeo cristiana de estar marcados por la culpa. Muy buena reflexión pleno de metáforas sobre el universo binario y que todo será plano una eterna repetición de lo mismo consumidor consumado., entre muchas otras. Muchas gracias.

  10. Néstor dice

    Ante la pregunta «¿Quién va a escribir esta historia?» . La respuesta sería: ¿Nostros? Ese 99%.
    Me hizo pensar mucho esta columna. Como todas las que escribis … todas son mejores para mi. Sin distinción alguna. Muchas gracias por hacer publico todo este saber… y mas aún, tu interpretación de la historia, los hechos , y textos que privilegias. Pero por sobre todo : TU INTERPRETACIÓN.

  11. Gerardo Cabezon dice

    muy bueno recurrir a Susan Sontag,la metafora de la respiracion y las frases de Piglia en Respiracion Artificial,buenisimas,yo profundizaria(si pudiera)sobre el exceso de comida y bebida,el exceso de bienes materiales y del cuerpo,pero no poder vivir sin respirar,y trabajaria sobre esas sobrecompensaciones del sistema,y el contraste con no poder ventilar,ahogarse,sobre lo escencial y lo que no lo es,sobre las elecciones y las opciones del sistema.El valor de realidad que tiene lo simbolico.El significado de la invasion de ambientes,transmision de animal a hombre,turismo y velocidad de traslado y aviones.En fin el valor historico de la cuarentena ante la peste y los limites del espacio personal y del hogar.tendrias que hacer una novela.muy buenas puntas de trabajo

  12. Jimena dice

    Excelente texto. Qué ganas de ser valiente.

  13. Tito Palumbo dice

    La respuesta a ¿Quién va a escribir esta historia? La da Noam Chomsky en numerosos artículos publicados. El último que leí “NO PODEMOS DEJAR QUE COVID-19 NOS CONDUZCA AL AUTORITARISMO” fue publicado en el sitio Web “Truthout” on line y es del 21 de marzo de 2020.

    Él dice: “…Es un problema institucional, que se puede resolver, pero solo bajo una tremenda presión pública…”

    “…. (los problemas de una guerra nuclear, el cambio climático y la degradación de la democracia) No van a ser tratados por las principales instituciones, estatales o privadas, actuando sin una presión pública masiva, lo que significa que los medios de funcionamiento democrático deben mantenerse vivos, como lo hizo el Movimiento Sunrise, como lo hicieron las grandes demostraciones masivas a principios de los 80, y la manera como las continuamos hoy…”

    1. Rodolfo dice

      …por eso, vayámonos preparando para cuando termine la cuarentena (que seguramente se tratará de prolongar con distintos pretextos).
      El cambio social no vendrá de la mano de las instituciones ya anquilosadas, ni de super héroes, ni de extraterrestres, ni de virus que actúen sobre la voluntad de los poderosos.

      La calle nos espera.

      Si la dejamos vacía, la copará la policía o quien represente la peor cara del capitalismo salvaje.

      La muerte que debemos temer es la de nuestros proyectos de un mundo justo aunque más no se para nuestros hijos y nietos.

  14. ANA KELLER dice

    Brillante Marcelo!

  15. Claudio dice

    Gracias Marcelo!!!!! Magnifico ( como puso Elba como unico comentario) tu narración, para mi es un descubrir de infinidad de temas y cosas que desconocía, tus imágenes, videos y narración es una nueva forma de arte sin lugar a dudas, está mas allá de la literatura, mas completa sin duda, gracias por el video de Leonard Cohen a quien no conocía y no puede dejar de escuchar sus temas mientras terminaba con la lectura de tu columna, y luego de eso escuché su discurso cuando recibió el premio Principe de Asturias (otra obra de arte, gracias YouTube).
    De nuevo Gracias!!!

  16. Adhemar Principiano dice

    Magnifico analisis. profundo, claro y amplio. ojala logre abrirle la cabeza a un importante sector de la comunidad. Tambien debo agradecerte que volviera ami neuronas, el exelente film y el libro de piglia. Dos joyas de la creacion intelectual.

  17. HERNÁN DE ROSARIO dice

    El excelente artículo de Marcelo Figueras me llevó a reflexionar sobre lo que estamos padeciendo a raíz de la pandemia del coronavirus. Desde hace más de una semana los argentinos estamos aislados, encerrados en nuestros hogares por la aparición de un virus, el Covid-19, que hasta el momento nada lo detiene. Nos ha obligado a perder gran parte de nuestras libertades y, fundamentalmente, a sentir más que nunca un miedo ancestral: el miedo a la muerte. Todos quienes estamos en cuarentena-no sólo en nuestro país sino también en todos los países invadidos por el coronavirus-tenemos miedo a ser vencidos por el Covid-19, es decir, tenemos miedo a morirnos en muy poco tiempo. En Argentina nos estremecemos con las cifras de muertos diarias que sacuden a España e Italia y nos cuesta creer que uno de los sistemas más adelantados del mundo, el estadounidense, poco pueda hacer para frenar la pandemia.

    Sí, tenemos miedo a morirnos en muy poco tiempo. Estamos aterrados, paralizados por el miedo a la muerte.

    A continuación transcribo en su totalidad este breve y excelente ensayo elaborado por la filósofa Diana Mejía Buitrago (Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquía-Medellín) cuya lectura quizá ayude a serenar un poco los ánimos.

    La concepción de la muerte en Epicuro (*)

    A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia.
    Schopenhauer

    En este escrito intervienen varios rasgos característicos que exaltan el sentido y el significado que posee la muerte en lo que atañe al sustrato vital del hombre. El miedo a la muerte es un aspecto relevante a la hora de tratar el tema. Así lo supo Epicuro, y como muestra de ello se propuso establecer las razones por las cuales resulta irracional temer a algo que no está en el hombre en el momento en que éste deja de experimentar sensaciones. Este ensayo tratará, además, de mostrar la visión epicúrea de la muerte, trazando un paralelo con la concepción schopenhaueriana de la misma, pues tanto Epicuro como Schopenhauer argumentan en épocas distintas que no hay sentido alguno en el temor hacia la muerte.

    Al abordar el tema de la muerte surgen varias opciones o vías a través de las cuales se puede hablar de ella; sin embargo, son discordantes en el plano filosófico, aunque algunas veces ciertos filósofos le den un tratamiento similar a este tema. En la antigüedad griega fue Epicuro quien se encargó de enfrentar esta cuestión a partir de la supuesta irracionalidad con que es manejada por la mayoría de los hombres, pues su condición humana no permite que no sientan miedo: un miedo irrefrenable por el no-ser, por el no-estar, por la ausencia de sensación. Es debido a este miedo, a este temor incesante por no saber qué pasará después, que no se puede pensar en la plenitud de la vida, en su disfrute y goce, sino que siempre está la incertidumbre de pensar en la muerte como el aspecto perverso y maléfico que daña la vida. A partir de allí, Epicuro dice: Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros. Porque todo bien y todo mal residen en la sensación, y la muerte es privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros, la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada hay, pues, temible en el vivir para quien ha comprendido rectamente que nada temible hay en el no vivir (125 59). Con este fragmento describe Epicuro su concepción acerca de la muerte, que habla sobre la pérdida de toda sensación. Por ello y por otras razones expondrá en su carta que no hay que temer, pues si la muerte implica la ausencia de sensación, ¿por qué temerle si al fin y al cabo ya no se sentirá nada?

    El bien y el mal nacen de la sensación, del saberse vivo, y si no hay tal sensación ya no habrá dolor, por lo tanto no estará el mal en la vida del hombre. Cuando existimos, la muerte no está presente, y cuando ella está presente ya no existimos; así que, según lo enseñado por Epicuro, no hay motivo tal para temerle a algo que no estará presente mientras existamos en este mundo. Viéndolo desde esta perspectiva, parece fácil vivir experimentando el placer sin necesidad de pensar en la muerte próxima, pero la sola idea de pensar en dejar de ser y abandonar el mundo terrenal, nos pone en evidencia ante la sensación de un miedo interminable, quizá hasta el momento de no llegar a sentir nada más. Pero realmente lo que fundamenta el temor a la muerte no es ella en sí misma, sino la expectativa que nos genera el pensar en el futuro. Para Epicuro “es necio quien dice que teme a la muerte, no porque le angustiará al presentarse, sino porque le angustia esperarla”. Pensar en la muerte significa disminuir de algún modo el placer de vivir, puesto que se está creando en el hombre una “turbación”, un bloqueo al no poder llegar a la realización plena de la felicidad por medio del placer. Desde el punto de vista epicúreo, una vida plena está determinada por la relación entre la ausencia de preocupaciones y la búsqueda del placer para alcanzar la felicidad. En su propuesta ética, Epicuro indica al hombre que para conseguir la felicidad debe desligarse y liberarse de los miedos que lo atan en este mundo, tales como el miedo irracional a la muerte, el dolor producido por la ausencia de placer, el temor a los dioses y el tiempo que se llevará el placer. La teoría epicúrea pretendía entonces dejar el ánimo sereno, libre de cualquier prevención que obstaculizase la vida feliz. Es sabido que nadie en este mundo puede sobrevivir a la muerte biológica; todos los hombres por su carácter finito deben terminar en algún momento con el sustrato vital, pero ello no implica que se deba vivir, mientras se tenga sensación, con la duda y el temor a la muerte.

    La vida está en cada lugar del cuerpo y desaparecerá en la misma medida con él. La idea de apartarse del temor que proporciona el pensar en la muerte incluye estar bien tanto física como mentalmente; es decir que tanto el cuerpo como el alma deben mantener una armonía, una relación que equilibre el bienestar del hombre para no pensar en la muerte y alcanzar la dicha que proporciona la salud del alma y del cuerpo. Por ello, tanto la tranquilidad del cuerpo como la del alma conducen a un estado de dicha, de satisfacción y felicidad producidas por el placer de saberse vivo. Según Epicuro, el hombre sólo debe preocuparse por estar bien, tranquilo y feliz, se rejuvenece a través de la impavidez: mediante la sorpresa, la inquietud y el asombro. Quedarse tranquilo cuidando de sí mismo, recrea en el hombre su rejuvenecimiento en el filosofar. A este respecto dice Epicuro: “No hay que simular filosofar, sino filosofar realmente. Porque no necesitamos aparentar estar sanos, sino estar sanos realmente (…) Nadie por ser joven dude en filosofar, ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud del alma. El que dice que aún no tiene edad de filosofar o que la edad ya le pasó, es como el que dice que aún no ha llegado o que ya le pasó el momento oportuno para la felicidad”. Aquí la filosofía resalta su carácter práctico y se ejerce como terapéutica, expresando los principios necesarios para obtener una vida feliz. Así queda claro que el temor, y más exactamente el temor a la muerte, puede ser combatido a través de la sabiduría que nos proporciona la práctica de la filosofía. Una característica fundamental que está presente en la necesidad de combatir el temor es la imperturbabilidad, pues esta consiste en quedar libre de todas las cosas que puedan perturbar la conciencia y el buen juicio del hombre. Si somos imperturbables podremos transitar por el camino que conduce a la felicidad y hallar el destino adecuado para ello.

    Por otro lado, en una época bastante posterior al epicureísmo se encuentra la filosofía schopenhaueriana, clasificada por algunos como “filosofía vitalista”, la cual es establecida desde el punto de vista práctico al igual que la filosofía epicúrea. De manera similar a Epicuro, Schopenhauer se refiere a la concepción de la vida y de la muerte a partir de su propio concepto de voluntad cuando advierte: “(…) a la voluntad de vivir le está siempre asegurada la vida, y mientras ella aliente en nosotros, no debemos preocuparnos por nuestra existencia, ni aun ante el espectáculo de la muerte (…) Nacimiento y muerte pertenecen por el mismo título a la vida y se mantienen en equilibrio entre sí como condicionados recíprocamente o, si se nos permite esta expresión, como polos del fenómeno total de la vida”. Tanto para Epicuro como para Schopenhauer, la muerte es tomada según este pasaje como la consolidación de la vida: ambas, vida y muerte, se necesitan la una a la otra para poder ser. Esto proporciona un sentido práctico a la experiencia de la vida. El ciclo natural de la existencia se centra en la estructura que determina el nacer, el crecer, el reproducirse y el morir. Así pues, la tragedia de la muerte se sustenta en lo que la misma naturaleza ha dejado claro desde siempre. Por ello y debido al inagotable ciclo natural, la muerte, trágica y arrasadora, existe necesariamente en la vida de los hombres para hacer cumplir los dictámenes de la naturaleza. Ante esta posición inevitable, Schopenhauer pensaba que todo cuanto existe está desde su nacimiento condenado a la desaparición, y la misma naturaleza se encargará de empujar al hombre a la muerte cuando éste haya cumplido su misión que en, palabras de Schopenhauer, no es otra que conservar la especie.

    Respecto de esta aseveración hecha por el filósofo alemán, resultaría similar la relación que se presenta entre éste y Epicuro, pues ambos argumentan que no hay por qué temer frente a un episodio tan claro y cotidiano como lo es la muerte. Por un lado, Schopenhauer sigue el curso de la naturaleza para explicar el sentido de la muerte y declara que no debe existir temor alguno cuando esta se presente, pues la naturaleza misma así lo ha determinado para cada uno de los habitantes del mundo. De igual manera, Epicuro hace notar que el temor a la muerte es algo infundado, y por lo demás, irracional puesto que cuando la muerte llega se terminan las sensaciones, así que no hay dolor alguno que subsanar; por tanto la muerte, vista desde esta perspectiva, no existe. La concepción que Schopenhauer tiene acerca de la muerte se remite a expresar que ésta no es más que “un cambio constante de materia, bajo la permanencia invariable de la forma y esto se expresa por la caducidad de los individuos y la estabilidad de la especie”. Al respecto relaciona de manera análoga la generación de la vida con la nutrición y la renovación al igual que la muerte con la excreción, la eliminación o la evaporación de la materia. Así como Epicuro expone que no hay por qué tener miedo a la muerte, ya que esta llega cuando no existimos y por lo tanto, cuando no hay dolor, Schopenhauer usando el ejemplo de la excreción aduce que de la misma manera en que nunca nadie siente miedo o tristeza por perder la materia excretada, asimismo debería ser la actitud cuando la muerte llegue a cumplir en mayor escala lo que sucede cotidianamente con la excreción. Así como se permanece indiferente en el primer caso, también debe suceder lo mismo en el segundo. A tal punto que Schopenhauer muestra una comparación con la muerte cuando afirma: “la muerte es un sueño en el cual la individualidad es olvidada”.

    Aunque la filosofía schopenhaueriana es “altamente” trágica y sumamente racional, y el epicureísmo, al contrario, se fundamenta en la esperanza de una vida feliz, poseen una relación en sus formas de concebir la muerte de manera “sensata”, pues están de acuerdo en decir que la muerte es un elemento más de la vida: “el miedo a la muerte porque ésta nos pueda arrebatar el momento presente, es tan absurdo como si temiéramos deslizarnos hacia lo bajo del globo terrestre desde la altura en que ahora felizmente nos encontramos” (Schopenhauer). El problema radica en que el miedo a la muerte señalado por ambos filósofos se fundamenta más en la parte afectiva y moral del hombre que en su parte racional, y por lo tanto, ligada al ciclo natural tal y como es entendida la vida. Al igual que Epicuro, Schopenhauer determina que la filosofía servirá como ‘terapéutica’ (aunque no lo llame de ese modo) para tratar de curar los males del espíritu, pero sabe y por lo mismo advierte que la misma filosofía se queda corta para solucionar lo que él llamará “los dolores del mundo”. Por ello, y en vista de lo ya señalado, sugiere que hay una sola parte en la filosofía, el arte, capaz de calmar a la voluntad de su incesante lucha por subsistir en un mundo plagado de tedio y aburrimiento. La música, la más excelsa de todas las artes, posee el “don” de aliviar al espíritu de los males que le deja la voluntad de vivir. Schopenhauer opina que, a causa del placer, entró el sufrimiento en el mundo; para él, el deseo es el principio del placer, y por lo tanto, el principal causante de los dolores que aquejan al hombre.

    A diferencia de Epicuro que decía que por medio del placer se lograba la vida feliz, Schopenhauer pensaba que el placer es el causante de todos los males y dolores del hombre, precisamente porque el deseo ha entrado en él. Cuando el hombre desea, sufre de dos maneras: por no obtener lo que desea o por obtenerlo y volver a desear casi inmediatamente tras haber satisfecho su deseo. Por eso en su ética, contrariamente a la ética epicúrea, Schopenhauer propone la supresión de los placeres que le hacen daño al cuerpo y al alma y no permiten la imperturbabilidad del espíritu. Epicuro hablaba acerca del sabio como un ser autosuficiente, que sabe dominarse a sí mismo y que por lo tanto lleva una vida feliz; pero para lograr esto debe ser prudente y saber en qué momento se deciden ciertas cosas. Precisamente por estas características es que la vida del sabio no es fácil; al contrario, implica el dominio de sí, el autocontrol y la regulación de las pasiones. Esta observación es paralela a la idea de Schopenhauer cuando dice que el hombre genial o el hombre de genio o el genio (filósofo) es el que más sufre a causa del placer, de las pasiones, del deseo, de su satisfacción e insatisfacción, de la irrefrenable voluntad, y por lo tanto, de la perturbabilidad que todos ellos le proveen. Viendo las dos posiciones con respecto al placer, a la vida y a la muerte, se puede decir que, tanto en una época como en otra, la situación referente al tema de la muerte no se ha modificado en gran medida.

    Tanto Schopenhauer como Epicuro trataban la irracionalidad del miedo y la imposibilidad de la tranquilidad y de la vida feliz mientras el hombre esté perturbado por las cosas que le hacen daño. La posible conclusión a la que llega Epicuro se sustenta en lo siguiente: “Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que mientras somos la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta ya no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no está y éstos ya no son (…). El sabio, en cambio, ni rehúsa la vida ni teme el no vivir, porque no le abruma el vivir, ni considera que sea algún mal el no vivir”.Entretanto, Schopenhauer concluye: El que abrumado por la carga de la vida y aun amándola y afirmándola, teme sus adversidades y se rebela a soportar el penoso lote de su suerte, en vano espere hallar la liberación en la muerte. (…) ¡Vano espejismo el que le ofrece el Orco sombrío y helado! La tierra rueda por el espacio, pasando del día a la noche: el individuo muere, pero el sol brilla sin cesar y el mediodía es eterno”.

    Referencias

    1-Epicuro. Obras. Trad. Monserrat Jufresa. Madrid: Tecnos, 2007.
    2-Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. México: Porrúa, 1998.
    3-Reyes, Alfonso. La filosofía helenística. México: F.C.E., México, 1959.

    (*) Escritos-Medellíon (Colombia)- volumen 20-número 45-julio/diciembre 2012.

    http://www.scielo.org.co-pdf

  18. Federico dice

    ¡Me va alumbrando la luz de los que no respiran! quizás, sea tiempo de entender de una buena vez el otro capitalismo -a mi modo de ver-, ese «neo» capitalismo responsable con identidad «comunista». No podemos negar que han entendido el mundo nuevo. El otro son los mismos de siempre, esa ortodoxia asfixiante (si de respiración hablamos) sobre pueblos enteros como lo es EEUU con su régimen dolarístico para todo el mundo. (acá los Rocca, los Macri, los Ledesmas, enamorados de ese libreto). Y por el otro lado, una Rusia o China, activamente comercial capitalista (neocapitalista), pero que bien sabe preservar y cuidar a sus obreros, y al pueblo en su conjunto, para que sigan respirando humanidad, desarrollo y expansión. Pero de un modo más certero y metódico. Saludos Marcelo.

  19. Cuca Rapoport dice

    Querido Marcelo, quién escribiría qué, está calamidad natural o de laboratorio es demasiado inteligente para permitirnos pensar. Si respiramos pensamos y más al oriente si respiramos trascendemos, ves? nada nos va a salvar, no vamos a recuperar identidades capaces de juntarse, mente con mente con otra tan igual ,tan diferente, ni yo misma entiendo el murmullo de pensamientos , a diferentes niveles que pasan por mis neuronas resueltas a cotejar, a conocer, a DAR a otros humanos las sensaciones y anhelos a que nos lleva aislarnos.
    Yo, cuando era una criatura tuve enfermedades raras, mi padre, estudiante de medicina, me miraba y me pedía,
    “Otro parte de guerra, no, por favor”. Una vez tuvo que irse al Uruguay para conseguir penicilina que aquí no había llegado, todavía. Usaba metáforas yo, nací en 1939, de ahí en más se me ocurrió meterme con mi cuerpo hasta que pude pensar, estudiar, enfervorizarme, casarme, enviudar, escribir, esta es mi última pasión, pero HOY siento que la Historia me está doliendo, que para qué, que mis proyectos dejarán de serlo, que el fin es lo seguro. De todos modos se me ocurre recurrir a la rabia, la física cuántica podrá seguir? Y si usamos las cajas de Shrodinger y como sus gatos de laboratorio nos declaramos ni muertos ni vivos, el virus se tendrá que ir confuso. Perdón por usar este espacio para este dislate, disculpa Marcelo.

  20. Diego dice

    El Che no podía respirar.

  21. Susana elsa Mullion dice

    Tu mejor artículo Marcelo!

  22. cynthia dice

    Impresionante texto que en acto ya es la narración de la historia. Inaugura grandes relatos y formas del relato mínimo, las que ponen en cuestión nuestras coordenadas o las hace sobreyeevar Bien o mal. Se inaugura un nuevo modo del relato? Dificil encontrr la metáfora que no sea singular, Buscamos respiradores, porque hay lo irrespirable. Este párrafo tan cercano a Lacan también es muy bueno. la traición es haber cedido en el deseo, lo que pasa que el deseo, por definición inconsciente a veces es un deseo que no va hacia lugares muy cuerdos. pero bueno, los anhelos están a la luz. La historia la escriben los que……
    «Si nuestro deseo no está puesto en este cambio, significa que el deseo al que nos resignamos es tanático — involuntario, seguramente, pero de todos modos un deseo de muerte. Pero si en efecto entendimos que, ya desde el recogimiento forzado por la cuarentena, lo que importa es focalizar nuestra energía creativa en esa dirección (porque, créanme, si no empujamos con todo lo harán los peores, apostando al autoritarismo y la vigilancia estatal o corporativo a lo Gran Hermano), no tenemos tiempo que perder. Esto también es de Piglia en Respiración artificial: «El que no está a la altura de su deseo, decía la Coca, ese es uno a quien el mundo puede llamar un cobarde».
    gracias, Cynthia

  23. Marta Salon dice

    IMPACTANTE.
    Me dejó pensando. Con un sabor amargo.

  24. Alicia dice

    Maravilloso texto que nos interpela a todos!!!! Gracias!!!!

  25. Diana Laurencich dice

    El tercer hombre y Respiración artificial. Uff. Qué buena dupla para inspirar este domingo. Yo le agregaría la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera y ahí tenemos nuestro desafío. Everybody knows. ¡Gracias Marcelo!

    1. Rodolfo dice

      Bien! por acordarte de Saramago.

  26. Alejandra dice

    Que Placer leer tus columnas Marcelo!! Gracias.

  27. Helida López dice

    Hola Marcelo: No imaginé que este domingo elegiría tan bien el segundo autor, luego del Maestro Horacio para leer. Usted ha pintado mi domingo de transparencias vitales. Por alguna razón, al leer, suelo suspender la respiración hasta que advierto cierto mareo, entonces, caigo en la cuenta, inspiro profundamente y remoto desde el principio del párrafo, del verso, lo que sea que me fascinó «quitándome le respiración»…
    Agradezco haber retomado ejercicios de respiración en estos días de cuarentena, lo que me han permitido inspirar.expirar desde el comienzo de su artículo.
    También agradezco a la vida esta instancia de vida que atravieso que me permite hacer una valoración de ella que me deja incluir tanta excelencia en mi existencia con sólo montarme al cohete cada domingo!
    Gracias por esta nota tan llena de gente que amo, como Michel, Susan y Ricardo y tantos otros que aún no he recorrido…
    Gracias, Marcelo por sus neuronas, y por el lazo que las asocia a su corazón, iluminando a seres que andamos buscándole el sentido a este milenio loco, pero extraordinario.

  28. pelusa dice

    Marcelo Figueras «se me cortó la respiracion» cuando Ricardo Piglia emergio en tu texto.
    Una vez mas : gracias por esta entrega dominical…

    1. Monica dice

      Graciad Maestro!

    2. Gustavo Martín dice

      Una joyita coleccionable, a través de ficciones nos haces ver que la realidad necesita de un buen escritor y esta vez no lo tiene que elegir los medios monopolicos! Gracias !! Muchas gracias Marcelo. . .y quedamos a la espera de #BigBang 2020!! Abrazoa

  29. Matias dice

    Hola Marcelo.. Cuando nombraste que nos ahoga, enfermedad y metafora pensé en los millones de viejos que viven cada vez más siempre que alguien pague su medicina. No se lleva a los mayores el coronavirus? Cinico yo? Lo sé.

  30. Luján dice

    Marcelo, te leo siempre y cada día disfruto más de tus columnas, pero está de hoy es suprema. Será porque también tuve una enfermedad, linfoma, y eso me abrió un mundo de posibilidades. Por lo tanto, viví y vivo esa situación como una oportunidad.
    La pregunta de qué nos querría decir está pandemia es así tal cual como la describis y analizas tan acertadamente. Y encima con una prosa que parece un baile, que va fluyendo, te va llevando a profundizar estos pensamientos a partir de la experiencia. Todo lo que pasa por el cuerpo tiene otro valor, no? Agradezco a tus pulmones el que te hayas «guardado»durante la dictadura, porque nos permite disfrutarte hoy.
    Te agradezco porque cada domingo me ayudas a pensar, un poquito más. Y otro agradecimiento más mundano, pero no menos importante en momentos de aislamiento social: descubrí This is us y la estoy disfrutando muchísimo, entre lágrima y lágrima.
    Te dejo un abrazo!!!

  31. Gustavo Ruggiero dice

    Gracias Marcelo. Como siempre, tus escritos resultan inspiradores…valga la metáfora….porque tu pregunta final se puede responder así… para escribir la historia hay que tener suficiente inspiración. Eso sí, no pidamos prestado el aire.

  32. Ely dice

    Sublime toda la nota, desde el comienzo al fin y con la yapa de que tenemos la misma edad y me resonaron los relatos de tu adolescencia durante la dictadura!!!!

  33. Vanesa dice

    Que mejor ejemplo que USA ( donde vivo) aqui el seguro medico es un «lujo» es 45 us$ la visita al dermatologo PARA EL QUE TIENE OBRA SOCIAL!!!!!! obvio, que si sos «sanito» y tenes in laburo mas o menos, tenes acceso a toda la technology una 4×4, etc. PERO NO TE ENFERMES!!!

  34. Inés Casala dice

    Me dejaste sin aire!! Por un momento, luego me llegó el aires desde el arroyo de mi barrio. Gracias

  35. Mónica dice

    A tu pregunta: quien recoja los pedazos y los una con oro.

  36. Mónica dice

    Ganas de volver a ver El Tercer Hombre, de leer el libro (en la edición que leí decía que la novela se había escrito con posterioridad al guión), de leer al maestro Piglia…
    Me acordé de mi infancia con bronquios chiquitos que me dejaban en cama meses y de allí mi amor por los libros… me acordé que los pulmones son órganos pares, órganos de relación…

    1. Mónica dice

      A tu pregunta: quien recoja los pedazos y los una con oro.

  37. Elba Amado dice

    Magnifico !!

    1. Alicia dice

      Maravilloso texto que nos interpela a todos!!!! Gracias!!!!

  38. Ricardo Finochietto dice

    Gracias por reconocerte en Piglia. Un grande de verdad, Renzi

  39. Carmen dice

    Dijo una vez Ernesto Guevara de la Serna:
    » Al Imperialismo no hay que darle ni un tantito así de ventaja»

    1. Elba Amado dice

      Magnifico !!

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.