Retenciones: un problema político

El consumo, y no la renta de la tierra, obliga a congeniar los intereses de las mayorías

 

Los precios de las materias primas en el mercado mundial, referencia que sirve para calibrar en cada país los precios de los bienes finales a partir de su impacto en distinto grado en los costos –en los que entran como insumo–, siguen orbitando en la estratósfera. Las retenciones a las ventas externas argentinas de sustancias alimenticias son el único medio eficiente para frenar el marcado deterioro del poder de compra de los salarios internos que la situación internacional genera, tanto por su impacto en los precios de los comestibles como en el nivel general de precios, azuzando la inflación. Los eventuales sucedáneos de las retenciones están para fuegos artificiales antes que otra cosa. Cuando se inquiere por qué no se llevan las retenciones al nivel adecuado, se recibe como toda respuesta: “Obvio, 2008”. Obvio nada. Ese no era, ni es, el problema político real de imponer retenciones. Para perfilar lo que de verdad implica, es menester primero recorrer el conflicto ruso-ucraniano a fin de tratar de intuir si su impacto alcista va o no más allá de la coyuntura, no sea cosa de gastar lo que se supone una muy considerable porción de capital político en algo momentáneo. Resulte lo que resulte, es una circunstancia puntual de la cuestión general. Por eso, conviene empezar por ahí para entrever lo que finalmente nos depara el destino en esta Argentina endeudada y empobrecida que sale –como el resto del mundo– de la pandemia.

Las sanciones impulsadas por lo norteamericanos a Rusia por el conflicto que entabló con Ucrania le echaron mucho más nafta al fuego de la inflación global. Hay que tener en cuenta que antes de los tiros, misiles y bombas, la marcha de los precios mundiales venía muy empinada con relación a su nivel anual durante las últimas tres décadas. Independientemente de cómo Rusia consiga restablecer el balance de poder que está buscando y que la OTAN quiso alterar con la incorporación de Ucrania a su seno, los mercados a futuros de las materias primas indican, más allá del serrucho típico que describe gráficamente sus cotizaciones diarias, que la actual escalada de precios al menos va a llevar dos años para recuperar cierta normalidad. Los operadores de los mercados financieros globales, de acuerdo a lo que ahora exteriorizan los indicadores de sus expectativas de inflación, suben la cuenta a cinco años.

Los distintos análisis de consultoras y bancos de inversión de los países de la OTAN cuantifican que la caída del PIB ruso por efecto de las sanciones será este año entre 7 y 9%. Por el momento, como es lógico por la incertidumbre reinante, no abren juicio de cuánto tiempo le insumirá a los rusos retomar la tendencia del crecimiento del producto bruto. Aunque ya se han levantado voces de que el Occidente sancionador va a tener que pagar un costo alto en términos de caída de su propio crecimiento, hasta donde llega nuestro conocimiento no se han divulgado públicamente cifras que midan la debacle. En los grandes medios, incluso los especializados, nadie parece muy ansioso por encontrar una respuesta cuantitativa. El mundo interconectado en grado sumo, la quintaescencia de la globalización, está para mostrar su lado oscuro otra vez, como en la crisis de 2008 y la retranca de 2014.

Un trabajo de académicos de las finanzas de la London Business School (LBS) halló que la correlación promedio entre los mercados del Reino Unido, Francia, Alemania y los Estados Unidos era de 0,11 entre 1946 y 1971, o sea, se movían muy poco en conjunto. Entre 2001 y 2021, la correlación entre estas cuatro grandes economías aumentó a 0,88, lo que significa que los mercados se movieron en la misma dirección casi todo el tiempo. Aunque el trabajo no suma a Japón, su incorporación seguramente refuerce la tendencia. Hay que recordar que entre 1946 y 1971 rigió el orden de Bretton Woods, por el cual no se admitía la financiación privada de los déficits de la balanza de pagos y el tipo de cambio era fijo, pero se podía ajustar con autorización del FMI. Según los datos del trabajo de la LBS, para 1974 los norteamericanos –que significaban un tercio del producto bruto mundial– explicaban el 54% del mercado mundial de valores. Hoy son un cuarto del producto mundial, pero significan el 60% de la timba financiera global.

 

 

Asistencia versus sanciones

Un ángulo no frecuentado por los análisis de las sanciones lo presenta en la última edición de la centenaria revista británica New Statesman el historiador Nicholas Mulder, de la Cornell University, quien acaba de editar el ensayo “The Economic Weapon: The Rise of Sanctions as a Tool of Modern War” (traducción posible: El Arma Económica: El Auge de las Sanciones como un Instrumento de la Guerra Moderna). Haciendo pie en la inefectividad de las sanciones que le impuso la Liga de la Naciones (antecedente de la ONU) a la invasión italiana a Etiopía ordenada por Benito Mussolini en octubre de 1935, Mulder subraya que “el verdadero fracaso de la Liga no fue que no implementó suficientes sanciones. Fue que no tomó medidas que hubieran ayudado a Etiopía a defenderse. El economista John Maynard Keynes argumentó que el apoyo financiero a gran escala a Addis Abeba ‘revolucionaría la eficacia de la defensa etíope’, pero las obsesiones occidentales con el equilibrio presupuestario y la falta de voluntad para ayudar a la autodeterminación africana hicieron de esa ayuda una letra muerta. La lección de hoy debe ser clara. La ayuda a Ucrania es de suma importancia para colaborar en su lucha. Ucrania ha sufrido décadas de crisis económicas y estancamiento. La asistencia positiva para la víctima, no sólo las sanciones negativas contra el agresor, debe ser una prioridad máxima para todos aquellos preocupados por la supervivencia de las naciones libres”. Actualmente, no se habla de esto último. Incluso, hasta la entrada de Rusia, Ucrania estaba bajo un programa de ajuste del FMI (al respecto, ver la nota de Lucas Castiglioni y Francisco Cantamutto publicada en El Cohete el pasado 13 de febrero). Debe consignarse que la perennidad de “las obsesiones occidentales con el equilibrio presupuestario” hace que sean parte de la orden del día a medida que la dura pandemia va quedando atrás.

En esto de evaluar la carrera punitiva contra Rusia para intuir cómo nos afecta, en la misma edición de New Statesman otro historiador, el conocido Adam Tooze, reflexiona sobre la reacción que produjeron las hipótesis sobre el conflicto de marras del académico norteamericano realista John Mearsheimer. Tooze establece que “la ira dirigida contra el eminente estudioso de las relaciones internacionales refleja la frustración liberal por el poder limitado de Occidente para evitar la guerra de Rusia en Ucrania”. A muy grandes y toscos rasgos, en la teoría de las relaciones internacionales conviven dos escuelas principales: la realista, que busca el equilibrio de poder, y los idealistas o liberales, que persiguen la paz a través de imponer los valores compartidos. En idioma ridículo: dos países que tienen hamburgueserías McDonald’s no se toman a cohetazos. Hablando en serio, Mearsheimer sostiene que el impulso de la expansión de la OTAN en 2008 para incluir a Georgia y Ucrania fue un error desastroso. Igual que las políticas posteriores, de manera que Occidente debería aceptar la responsabilidad de haber creado una situación peligrosa al extender una alianza antisoviética a lo que queda de la esfera de influencia de Rusia. La reacción de Putin no debería ser una sorpresa.

Tooze señala que “debe reconocerse que su enfoque ofrece una visión real. De hecho, aunque no se dice en voz alta, el diagnóstico de Mearsheimer sobre la crisis de Ucrania es compartido de facto por una gran parte de los actores de la política exterior estadounidense. La promesa de ingreso a la OTAN que hizo la administración Bush en 2008 fue un acto de arrogancia. Occidente no abandonará Ucrania, pero tampoco intervendrá militarmente”. En consecuencia, puntualiza que “una confrontación directa con Rusia es algo que la OTAN siempre ha tratado de evitar. Estados Unidos le dejó claro a Putin que no habría participación militar. Las entregas de armas de emergencia contribuyen en gran medida a desdibujar esa línea. Una zona de exclusión aérea sería letalmente peligrosa”.

El historiador británico evalúa que “a pesar de todo, pretender que esto es una victoria intelectual del realismo de Mearsheimer sería perverso. Sin duda, tiene razón sobre las causas subyacentes de la tensión. Pero eso no es lo mismo que explicar la guerra (…) El general prusiano Carl von Clausewitz pudo haber dicho que la guerra es la extensión de la política por otros medios, pero eso aún plantea la pregunta de por qué alguien, con una gran potencia o no, recurriría a un medio tan radical y peligroso”. No obstante lo cual y en marcada contradicción con su comentario previo, alerta que “debemos comenzar por reconocer que, para la gran mayoría de los analistas, esta guerra ha producido un impacto que no confirma, sino que pone en duda nuestro sentido de la realidad”. Resalta que “adoptar un enfoque realista hacia el mundo no consiste en buscar siempre un juego de herramientas gastado de verdades eternas, ni consiste en adoptar una actitud dura para vacunarse para siempre contra el entusiasmo liberal. El realismo, tomado en serio, implica un desafío cognitivo y emocional interminable. Se trata de una lucha minuto a minuto para comprender un mundo complejo y en constante evolución en el que nosotros mismos estamos inmersos. Un mundo en el que podemos, hasta cierto punto, influir y cambiar, pero que desafía constantemente nuestras categorías y las definiciones de nuestros intereses”. Para Tooze, entonces, “en esa lucha por el realismo, la tarea interminable de definir con sensatez los intereses y perseguirlos lo mejor que podamos, recurrir a la guerra, de cualquier lado, debe reconocerse por lo que es. No debe normalizarse como la reacción lógica y obvia a circunstancias dadas, sino reconocerse como un acto radical y peligroso, cargado de consecuencias morales. Cualquier pensador o político demasiado insensible o superficial para enfrentar esa cruda realidad, debe ser juzgado en consecuencia”.

 

 

La cosa nostra

Entre 2 y 5 años es lo que los análisis, por ahora, prevén que durará –yendo y viniendo– la consecuencia alcista del conflicto en los precios globales de las materias primas, aunque la conflagración tiene miras de cesar más temprano que tarde. Son precios globales que la salida de la pandemia ya había colocado en marcada dirección al ascenso. Si es por esta perspectiva coyuntural, no hay discusión posible en elevar las retenciones, en tanto la meta es recomponer el apocado poder de compra de los salarios. Ahí es cuando aparece en la conversación pública la revuelta chacarera de 2008. Se confiesa en voz baja que se le teme y por eso, en el actual nivel, las retenciones duermen el sueño de los injustos. Fatalmente, entonces, surge la pregunta de cómo puede ser que el 8 ó 9% del producto bruto (la riqueza anual que genera el agro argentino) tenga acuciado al 92% restante, cómo los intereses de 1 ó 2% de la población pueden imponerse perjudicando seriamente el nivel de vida de la mayoría trabajadora.

La renta de la tierra es un precio tan político como los salarios. La diferencia de los mayores precios internacionales respecto de su nivel normal, sin retenciones, es la captura la renta de la tierra. Con retenciones, la captura el salario. El Estado, en definitiva, es el que dirime el nivel de cada uno, pero con una más que sensible diferencia. Mientras el capitalismo agrario puede reproducirse sin renta (caso típico actual: el sector de los países desarrollados que es el más productivo de sus pares del planeta sin renta y completamente subsidiado), por el contrario necesita, en el mundo tal cual es, mantener la buena salud de los salarios en tanto que la inversión es una función creciente del consumo. En el caso argentino, más aún todavía, cuando los salarios están muy por debajo de su nivel normal.

La clase dirigente argentina, salvo muy honrosas excepciones, se comporta objetivamente laudando siempre contra el salario. De la desagradable e innecesaria pobreza reinante se sale con más salario. Hacer tanto hincapié en el gasto social, lo cual como paliativo es indispensable, da para sospechar si no están llevando demasiado lejos sus fervores reaccionarios. Sus prédicas de cantamañanas ofertistas son necesarias para esquivar la realidad de que la inversión depende del consumo. Ahí está el problema político real de por qué no se elevan las retenciones. No es por cagones, sino por reaccionarios que no han movido un dedo para organizar a la sociedad civil, no contra los intereses del campo, sino a favor de los intereses bien entendidos del conjunto de la sociedad argentina, su desarrollo y su democracia. Los chacareros se siguen haciendo los guapos porque enfrente no tienen a nadie con la suficiente sensatez de ponerlos en caja, de congeniar sus intereses con el de las mayorías. Y eso es muy malo para los unos y para los otros.

El compositor ruso Modest Mussorgsky estrenó en 1874 la suite Cuadros de una exposición, con la que homenajeó a su amigo el artista y arquitecto Viktor Hartmann, quien había muerto un año antes a la edad de 39. Las 10 partes musicalizan otros tantos cuadros de Hartmann. La décima se titula “La Gran Puerta de Kiev” y gira en torno a las campanas del pórtico diseñado por Hartmann. Atenerse a las razones de por quién doblan las campanas que nos dio Ernest Hemingway, en su novela homónima sobre la Guerra Civil Española, provoca recordar un diálogo de su protagonista, Robert Jordan, cuando explica a sus compañeros ibéricos que en su país (Estados Unidos) hay impuestos sobre el ingreso y “también impuestos sobre el suelo”. Le retrucan que “los grandes propietarios y los ricos harán una revolución contra esos impuestos”, y Jordan responde: “Es posible”. Le preguntan si hay muchos fascistas en su país, a lo que Jordan contesta: “Hay muchos que no saben que lo son, aunque lo descubrirán cuando llegue el momento”. Los opositores actuales están convencidos de que ganan las presidenciales de 2023, mientras la historia está pasando por la Gran Puerta de Kiev, abierta irracionalmente.

 

 

 

 

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