ROMPER EL MALEFICIO

¿Hay forma de romper este ciclo de sometimiento sin que el remedio empeore la enfermedad?

 

Hace un par de semanas —el segundo día de febrero— se celebró un nuevo Día de la Marmota. Tradición que, en algunos lugares de Estados Unidos y de Canadá, le traslada a un bicho de esos la responsabilidad de anticipar si el invierno se prolongará o si la primavera llegará antes de lo esperado. Pocos días atrás, también —el 12 de este mes—, se cumplieron 30 años del estreno original de Groundhog Day, o Hechizo del tiempo, como le pusieron acá. En aquel momento —1993, les evito el engorro de hacer la cuenta— nadie daba un mango por la película. Era una comedia de Harold Ramis, director que sólo tenía en su haber dos o tres grasadas con Chevy Chase y gente de esa calaña. Su protagonista, Bill Murray, había sido más exitoso en la TV que en el cine, donde sólo se había hecho notar en un papel secundario de Tootsie y como el doctor Peter Venkman de Los cazafantasmas. Y su contraparte femenina, Andie McDowell, había brillado en algunas películas de culto (Sexo, mentiras y video de Steven Soderbergh, Short Cuts de Robert Altman), pero todavía estaba a un año de la consagración, que le llegaría de la mano de Cuatro bodas y un funeral.

 

 

 

 

El argumento, sin embargo, tenía su gracia. Murray interpretaba a Phil Connors, un meteorólogo televisivo a quien envían al pueblo de Pensilvania (difícil de pronunciar pero más aún de escribir: Punxsutawney) que es epicentro del Día de la Marmota, para que transmita y comente la ceremonia. Fastidiado por la banalidad del encargo, el tipo no disimula que odia su trabajo tanto como desprecia al pueblito y a sus simples habitantes. Con el mínimo esfuerzo se saca la tarea de encima pero al día siguiente, al despertarse en el hotel donde pernoctó, descubre que es nuevamente 2 de febrero y que todo lo que vivió ayer se repite hoy de forma idéntica.

La pesadilla se duplica a la mañana siguiente, y se triplica a la otra. Haga lo que haga, Connors está atrapado en un loop que lo condena a vivir un 2 de febrero eterno en Punxsutawney. Y a la vez, es el único en experimentar algo semejante. Cuando cuenta lo que le ocurre no le creen, porque a nadie le está pasando algo similar. En ese contexto, la canción con que el reloj lo despierta cada amanecer deja de sonar alegre para volverse ominosa: I Got You, Babe, dicen Sonny & Cher, pero la intención romántica del título original —que significaría Te tengo, o Te conseguí— se desdibuja para insinuar una acepción negativa: te atrapé.

Al principio, Connors se toma la cosa a la chacota y procede a hacer pelotudeces, como las haríamos todos si descubriésemos que nuestros actos de hoy habrán sido olvidados —borrados— mañana. Come hasta desfallecer, se emborracha, se levanta a cualquiera y hasta delinque, pero no importa: aunque se duerma en una celda, despertará al día siguiente en su cama del hotel, escuchando I Got You, Babe. Después intenta seducir a su productora, Rita (McDowell), sonsacándole información para manipularla en su favor. Pero a pesar de que Phil va conociéndola y usando lo que a ella le gusta para impactarla, Rita declina sus avances sistemáticamente. Condenado a permanecer cautivo eterno de esas 24 horas asfixiantes, Connors termina por bajar los brazos y, deprimido, decide suicidarse… al pedo, porque cada vez que se pega un palo aparece en su cama, mecido por Sonny & Cher.

 

 

 

 

 

 

Groundhog Day es una relectura moderna de Cuento de Navidad, el clásico dickensiano protagonizado por un Ebenezer Scrooge que, sacudido como Connors por un elemento fantástico —en la película no se explica el sortilegio, en el cuento son los fantasmas de otras Navidades—, entiende que las cosas cambiarán para mejor tan sólo cuando él mismo se atreva a cambiar. Porque tanto Scrooge como Connors son misántropos, sujetos que se creen más que el resto y que, al menos desde que fueron adultos, no han invertido un gramo de energía en cultivar relaciones afectivas.

El componente de fábula —es decir, la irrupción de lo mágico en una vida ordinaria— las emparenta a otro clásico, la película Qué bello es vivir (1946) de Frank Capra, que mencioné aquí mismo la semana pasada. En algún sentido, sugieren que para promover un cambio en estos muchachos tan recalcitrantes no basta con persuasión, consenso y coso, como diría Rinconet. Lo que haría falta es un sacudón grosso, una intervención extraordinaria. Y al mismo tiempo son relatos optimistas, porque apuestan por la capacidad humana de cambiar para mejor, de superarse. Pero lo que me gusta de Groundhog Day es la claridad con la que expone qué es lo que ocurre cuando, más allá de quejarnos, no hacemos nada para que las cosas cambien y las cosas, pertinaces, se emperran en seguir jodidas.

Quien no intente y sostenga algo distinto, se quedará encerrado en el tiempo como Phil Connors. Quien espere que las mismas conductas generen distintos resultados, vivirá el eterno retorno de lo mismo.

Que es exactamente, con sus picos y valles, lo que viene ocurriendo en este país desde hace por lo menos un siglo. ¿O no compartimos todos la sensación de estar regurgitando con mínimas variantes las mismas luchas, los mismos males, los mismos dolores y alegrías, desde que abrimos los ojos en este bendito país? ¿No creen ustedes que la Argentina está atrapada en su propio Día de la Marmota, del que no termina de salir porque —admitámoslo— nunca nos decidimos a hacer lo que deberíamos hacer para romper el maleficio?

 

 

 

 

 

 

Alles für mich!

Cada época tiene sus matices y sus protagonistas, pero todos los ciclos repiten tensiones esenciales. Siempre hubo un bando que, en términos generales, defendía los intereses nacionales con sentido federal (o sea, que nos quería a todos adentro del plato) y otro que pensaba exclusivamente en su conveniencia individual o sectorial. La praxis de este último bando, por lo general asociado al unitarismo y al liberalismo económico, implicó cagarse con alevosía en el desarrollo del país, encorsetarlo a su servicio —piensen en el puerto de Buenos Aires, la cabeza de Goliat— y condenar a millones a la intemperie. Siempre ha habido una parte de la dirigencia política y social que intentó apegarse a la ley y a las instituciones y, del otro lado, una falange que hizo la gran Píparo & Husband con la Constitución, cada vez que lo consideró conveniente.

El ciclo argento al mejor estilo ouroboros —la serpiente que come su propia cola, y por ende se devora a sí misma— es por todos conocido. Gobiernos populares sobre los que brilla el sol hasta que el establishment pierde la paciencia e inspira una reacción violenta, que los desplaza en favor de gobiernos ilegítimos. Ya se trate de regímenes militares o mascarones de proa civiles, se conservan en la cima del poder mediante la represión y el miedo hasta que sobreviene la catástrofe económica —con finas hierbas de crisis de representación política— y tiene lugar el caos. Tarde o temprano la cosa se endereza y sobreviene otro gobierno popular, que pone freno a la rapiña y redistribuye un poco, hasta que sobreviene otra reacción violenta fogoneada por los poderosos… y todo recomienza. En el fondo, se trata de una cinchada metafórica. Están los que tiran para el lado de redistribuir el ingreso —de obtener una tajada mayor de la torta, en reconocimiento a su trabajo incesante, del que todo depende (o dependía)— y están los que pujan por quedarse con más recursos, maximizando sus márgenes de ganancia aunque eso suponga explotar a sus congéneres.

Así descripta, la situación exhibe el trazo grueso, casi maniqueo, de la fábula. Pero, sorprendentemente, eso no la vuelve menos real, lo cual la arrima al dominio de lo tragicómico. Como la subtrama que Charles M. Schulz desarrolló durante años como parte de la tira gráfica Peanuts —la del perrito Snoopy—, en la cual Lucy sostiene la pelota de fútbol americano para que Charlie Brown tome carrera y la patee. En el último segundo, lo que Lucy hace siempre es mover la pelota, arrebatarla, razón por la cual Charlie erra el patadón y se cae de culo. Esta situación también constituye un loop, como el de la película de Harold Ramis: en cada nueva oportunidad Charlie le dice a Lucy que sabe que ella lo va a cagar; ella argumenta que esta vez no, a través de un planteo nuevo (que por cierto, presenta con elocuencia); Charlie cae en la trampa de creérle una vez más… y sobrevienen el porrazo y la frustración, ad nauseam.

 

 

 

 

Así de simple, de obvio, es el drama vertebral de la historia de Argentina como nación. El nuestro es un pueblo que sólo quiere vivir en paz, disfrutar de sus discretos placeres, y que por eso, ante las dificultades con que empiojan su camino, prefiere apechugar, como quien elige ignorar un dolor físico para cumplir con su responsabilidad. Lo dice el Indio en Todos a los botes: «Nos quieren pacientes». Por su parte, los que se consideran Los Dueños de la Argentina aprietan el torniquete cada vez que pueden (y que los conductores del Estado se lo permiten, no lo obviemos), pero ante la nueva vuelta del tornillo, el pueblo se empeña —literalmente, muchas veces— en la misma tesitura: endurece el cuero, desarrolla tolerancia extra para sobrellevar la nueva presión. Como se decía cuando era el tiempo de mis abuelos: se aprieta el cinturón, baja la cabeza y sigue adelante.

En los últimos 70 y pico de años existieron un puñado de oportunidades en las cuales el pueblo se sintió comprendido y contenido; y apenas dos en las cuales, además de apapachado, se lo benefició a través de medidas políticas y económicas. Veintidós años y monedas entre 70 pirulos —hablo de los primeros diez años de Perón, y de los doce años y medio del primer kirchnerismo— no son gran cosa. Pero fueron las únicas ocasiones durante las cuales los poderosos sintieron un cimbronazo, el tirón inesperado que llegaba del otro lado de la soga. Esto explica la virulencia de la persecución que el poder real desató contra los líderes de estos procesos, llegando al extremo distópico de negar su existencia real y hasta sus nombres.

En tiempos de brumas como los presentes, ese solo dato debería servir para orientarnos. Si Los Dueños de la Argentina han odiado y odian a esta gente con tanta saña, debe ser porque Perón, Eva, Néstor y Cristina son los únicos que los tocaron allí donde les duele — verbigracia, sus bolsillos. O, al menos, porque desnudaron que, a pesar de las dimensiones y de la fuerza bruta que la caracterizan, nuestra oligarquía no es invencible. En el mismo sentido, conviene pensar qué ocurrirá si en octubre gana alguno de los candidatos que, más allá de su discurso, no desean más que complacer a los poderes de turno, o directamente forman parte del staff. ¿Quién resultaría jodido en ese caso? (Y cuando digo jodido, esta vez quiero decir muy jodido.) Los únicos perjudicados serían el pueblo argentino y el kirchnerismo, que se encontrarían del mismo lado de la mecha. Esa comunión no puede ser casual, ¿no les parece?

 

Phil Connors (Bill Murray) y Rita (Andie McDowell).

 

 

A excepción de los períodos que el poder detesta por populistas, al poder le fue pipa mientras le hacía al pueblo La Gran Lucy: pidiéndole confianza cada vez, diciendo que todo sería distinto ahora, que su oportunidad había llegado, para traicionarlo en el último segundo. Y el pueblo hizo siempre La Gran Charlie: se levantó, se sacudió el polvo y empezó otra vez de cero o casi cero, con ese optimismo que los poderosos confunden con credulidad porque, para ser optimista, hay que saber lo que es bueno — o sea, hay que saber lo que los poderosos ignoran.

Pero el evento cíclico también incluye, como contenido opcional (porque a veces el loop llega en versión extendida, como Harry Potter o El señor de los anillos), un tramo durante el cual el pueblo dice basta. A veces se cansa del maltrato. Otras se harta de la inoperancia o la desidia del Estado a la hora de mejorar su calidad de vida. Resulta desconsolador percibir que no pasaron más que veintiún años desde el 2001 —serán veintidós en diciembre, recién— y ya asoma en el horizonte una nueva crisis de representación política, el perfume de una decepción contumaz. (Nada casualmente, el álbum del Indio del cual forma parte Todos a los botes se llamaba El perfume de la tempestad.) Discutir las razones del nuevo desencuentro entre el pueblo y sus representantes naturales sería importante, sí, y daría para largo. Lo que no podemos hacer en esta instancia es fingir demencia y hacernos los sorprendidos. Son demasiados años, ya, los que llevamos encerrados en este loop. A esta altura deberíamos saber lo que el Phil Connors aprende más rápido que nosotros: que si nos emperramos en sostener un mismo repertorio de conductas, sólo nos responderá el eco de las mismas, repetidas consecuencias.

El bigotudo Nietzsche, que algo de tiempo le dedicó a pensar en estas cosas, escribió en Así hablaba Zaratustra que nuestro destino debía ser muy otro: «Nuestro camino es hacia arriba, desde las especies a las super-especies». Se refería a poner a prueba los límites de las capacidades humanas, a ampliar el horizonte de nuestras vidas. Sin embargo, acto seguido se tomó el trabajo de dejar constancia de lo que consideraba el mayor obstáculo para que eso ocurriese: «Para nosotros es un horror la mente degenerada que dice: Todo para mí«.

 

 

Nietzsche: contra el eterno retorno, a los bigotazos.

 

 

 

 

El evento en el horizonte

Entre las cosas que urge hacer conscientes, una no menor es esta: mientras algunos nos obsesionamos con encontrarle una vuelta el intríngulis y quebrar el loop —este ciclo recurrente, que durante la mayor parte del tiempo nos trata como marmotas—, del otro lado también piensan en lo mismo. Ellos odian este eterno retorno de lo igual tanto como nosotros, pero porque no se bancan ni siquiera nuestras breves, modestas primaveras. No se contentan con primar casi siempre, no toleran el sinfín: quieren una línea recta, inalterable, una edad durante la cual dominen sin resistencias y ya nadie los moleste mientras sorben el caracú del último explotado.

Es peor aún, porque acá somos contados los que percibimos el problema y le dedicamos minutos robados al trajín cotidiano. Pero del otro lado son legión los que están pensando en eso, y en cómo resolverlo en su favor. Multitud. Pensando en múltiples idiomas. Y, como recursos son lo que les sobran, contratando a infinidad de bochos para que piensen por ellos full time y le saquen jugo a la Inteligencia Artificial de la que ya disponen. En paralelo, nosotros nos alegramos porque descubrimos que en Jumbo está más caro el vino y más barata la leche y perdiendo tiempo en comprar el vino en el chino y la leche en Jumbo, mientras celebramos como si le hubiésemos torcido el brazo al sistema.

 

 

Lo que deberíamos comprender con alarma es que el ciclo está cerca de romperse, pero de un modo que para nosotros —comunes mortales, cabecitas negras del mundo— sería el peor de los posibles. Como en otras oportunidades, se está echando leña al fuego del descontento popular. Pero esta vez la insurrección no será capitalizada por sensuales revolucionarios de izquierda, la gauche divine, sino por una muchachada que jugará para la derecha más impenitente. Cuando vivís en las condiciones en que viven y tus únicas perspectivas son no future, como en la Inglaterra de Thatcher, ¿a quién le importan las distinciones ideológicas?

Existe una juventud que se prenderá en la de romperlo todo, lo material y lo institucional, porque tiene claro que en lo que lleva de vida este sistema lo dejó de garpe —muchos de ellos eran niños entre 2003 y 2015— y por eso hace bien en desear algo nuevo. El problema es que nuevo y bueno no son necesariamente lo mismo. Y que los que hoy atizan su justa bronca no le darán soluciones, en un mundo que automatiza sus industrias a una velocidad que en un abrir y cerrar de ojos convertirá al movimiento trabajador en la inmovilidad desocupada — un bollo de masa que no cesa de levar. Lo único que la derecha hará en ese momento será ofrecerle a la mitad de estos pibes que se convierta en pretoriana de la otra mitad. Aunque puede que me equivoque en las proporciones. Una de las noticias de esta semana suena a comienzo de un chiste: ¿cuántos policías de CABA hacen falta para reducir a un homeless a sillazos?

 

 

 

 

 

El problema es que, de este lado, tampoco les ofrecemos razones por las que valga la pena luchar. Llegan rotos y ensangrentados a la Rosada y ahí les ofrecen una caja de curitas y, si no se muestran agradecidos, los tratan destempladamente. Hay gente en el bando popular que, como dice Mónica Peralta Ramos en esta edición de El Cohete A La Luna, parece dispuesta a «que la oposición logre sus objetivos, ya sea ganando las elecciones o fundiéndose con la cascara de un FdT vaciado de contenido, como quieren algunos sectores ‘lúcidos’ del establishment financiero internacional».

Y por supuesto que no desconozco que la cosa está difícil, en los términos a que nos conmina el poder. Guillermo Wierzba lo explica también hoy en El Cohete A La Luna: «Si el Poder Judicial se embarca en proscripciones políticas a líderes, si los empresarios fijan los precios que quieren, si la oposición impide el funcionamiento legislativo para resolver los problemas de fondo del país, si no se rompen las cadenas del acuerdo firmado con el FMI, ¿con qué herramientas queda el gobierno democrático para encarar la grave situación en que se encuentra la Nación y el pueblo?»

Estamos maniatados por un nudo gordiano. Pero, tal como Alejandro Magno lo entendió en su momento, cuando estás ante un problema que es insoluble en términos de las reglas que te imponen, lo primero que tenés que hacer es desconocer las reglas. Está más que claro que estos gerontes que nos desangran son recalcitrantes, como Scrooge y Phil Connors en su egoísmo. Para que lo reconsideren hay que pegarles a un susto de la puta madre, como en el relato y la película. La situación, como dice Wierzba, es grave para el pueblo argentino y en consecuencia no admite tibiezas.

 

 

Alejandro Magno y su pensamiento paralelo respecto del nudo gordiano.

 

 

En esta instancia, nada me gustaría más que decir exactamente lo que hay que hacer. Pero qué sé yo lo que habría que hacer. No soy político, soy escritor, lo cual constituye una variante moderna de la tarea del augur: mis intuiciones dependen tanto de lo que me informan como de lo que me ocultan como de la forma en que hoy cantan y vuelan las aves. No formo parte de ningún think tank, de este lado no contamos con tanques: los que pensamos andamos a pata, en bondi o en autos que ya preguntan cómo les festejaremos el cumple de 15. Lo mío no es el realismo, es la imaginación. Pero por eso mismo entiendo que, cuando los caminos trillados ya no te llevan a ninguna parte, no queda otra que dibujar uno nuevo. Pregúntenle a Phil Connors, que aprendió que la única forma de salir de ese pozo que había cavado para sí era hacer lo que nadie había esperado de él.

Lo mínimo que deberíamos hacer ahora, y a velocidad supersónica, es salir a buscar a estos pibes y escucharlos. Bancar que nos caguen a gritos hasta que se nos cuartee la piel de la jeta, aceptar que no hicimos lo necesario para que vivan dignamente, decirles que estamos exprimiendo el seso en busca de salidas que aún no encontramos y preguntarles si a ellos ya se les ocurrió algo piola. Y no busquemos convertirlos de una en militantes. Ofrezcámosles soluciones concretas, aunque más no sea a alguno de los miles de quilombos de su vida. Un pibe o piba ilusionados porque por fin les pasó algo lindo te la militan con la sonrisa, nomás.

 

 

 

Hace décadas que el Indio viene diciendo que los pibes llevan en sus nervios información del futuro de la que carecemos los mayores. En nuestra realidad cíclica, esta intuición sigue siendo tan relevante como lo era en los ’80. Contengamos a estos pibes, démosles con qué dibujar, veamos qué camino trazan — y acompañémoslos, claro. Porque si bien es cierto que el loop cruje hoy de modo que nos perjudica, el esfuerzo que nuestros explotadores hacen en esa dirección es tan, pero tan grande, que el punto de apoyo desde el que empujan se está agrietando feo. Cualquier día de estos se les puede abrir el piso debajo de los pies.

Colaboremos con esa grieta metiendo pico y taladro en derredor, mientras nos hacemos los giles, y pensemos qué construiríamos en caso de que el terreno se modificase. No puede ser que aceptemos como norma divina que el laburante sea cosa del pasado, porque las máquinas producen a menor costo para el empresario. ¿Por qué debo aceptar la lógica del explotador como si fuese la única? La humanidad puede y debe acordar cómo quiere vivir, atendiendo las deseos de las mayorías. Y tampoco se trata de caer en un neo-ludismo y mandarnos a destruir máquinas. (Aunque, ahora que lo pienso, pinta como germen para una linda novela… Hagan de cuenta de que no dije nada.) Pero sí deberíamos construir la posición desde la cual negociar con fuerza. Lo que Hobsbawm llamaba «negociación colectiva por disturbio». Debe existir un punto de equilibrio entre las necesidades de las mayorías y la lógica capitalista, que devuelva la cinchada al marco de algo parecido al fair play. Y si para encontrarlo hay que asustarlos con la posibilidad de incendiar la praderas e inutilizar el sistema, que así sea.

 

 

 

Hasta el afligido Kierkegaard —danés tenía que ser— entendía que siempre hay algo positivo a lo cual ponerle garra. «La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás», decía. Pero agregaba: «Sin embargo, debe ser vivida mirando hacia adelante».

Miremos hacia atrás, tomemos nota de los caminos que gastamos y no nos sirven —de las recetas trilladas que ya no obtienen resultados—, e imaginemos alternativas. Estamos a un tris de lo que la astrofísica llama event horizon, u horizonte de sucesos: un hecho que marca un punto de no retorno.

Pero eso no tiene por qué ser, necesariamente, una mala noticia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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