Rotundo no a la xenofobia

Freno al control de inmigrantes en Suiza

La de Ginebra del domingo 14 de junio fue una de las protestas sociales más coloridas y diversas de los últimos años. Foto SSP.

 

La víspera del cónclave anual del G7 en Evian, Francia, del 15 al 17 de junio, miles de manifestantes coparon las calles de la muy cercana Ginebra —tan solo a 45 kilómetros, pero ya en territorio suizo— para protestar contra esa cumbre.

Convocada por la coalición helvética No G7 (No al Grupo de las 7 potencias capitalistas más desarrolladas), la protesta se realizó bajo la consigna “Construyamos la resistencia internacionalista”. Confluyeron fuerzas de izquierda, sindicatos, colectivos feministas, muy diversas organizaciones sociales y representantes progresistas de países vecinos.

 

Los feminismos y diversidades confluyeron en Ginebra con diversos actores politicos y sociales para denunciar al club de los poderosos. Foto SSP.

 

 

 

A las calles…

Las voces más optimistas cifraron en 60.000 el número de participantes en las actividades ginebrinas que arrancaron ya el sábado con un “contra cumbre G7”. La policía, por su parte, habló de 20.000. En todo caso, la de Ginebra fue una de las manifestaciones de resistencia más coloridas, numerosas y multi-generacionales de los últimos tiempos en este país de apenas 9 millones de habitantes.

Durante varias semanas la convocatoria estuvo en duda, porque no podía conseguir el permiso oficial para llevarse a cabo. Por momentos, las autoridades del Cantón de Ginebra se inclinaron por prohibirla. Las presiones sociales en aumento y la decisión de los organizadores de manifestarse a cualquier costo obligaron a que finalmente fuera autorizada bajo condiciones muy estrictas: un recorrido claramente definido, horarios fijos predeterminados y redoblada presencia policial fuertemente militarizada.

Según el partido Solidarités, uno de los convocantes, en las últimas semanas las autoridades ginebrinas y francesas intentaron “jugar la carta del miedo para desanimar a la población de unirse a la movilización… e intimidar a quienes se niegan a ser espectadores de las políticas de guerra, austeridad y destrucción ecológica promovidas por las potencias del G7”. Sin embargo, subraya su comunicado, la estrategia autoritaria y de seguridad fracasó ya que “decenas de miles de personas se reunieron en Ginebra para afirmar que otro mundo no solo es necesario, sino que además se construye a través de las luchas sociales, ecologistas, feministas, antirracistas e internacionalistas”.

Esencialmente pacífica a pesar de pequeñas escaramuzas entre la policía y un grupo minoritario de militantes radicales encapuchados, la protesta en Ginebra pareció resucitar la modalidad de contestación ciudadana, con consignas de anti-poder global, tan generalizadas a inicios de siglo. Ahora, también con banderas antifascistas para denunciar el sostenido avance de la ultraderecha en el continente los últimos años. Y desenmascaró, también, nuevos métodos represivos como la encerrona y cerco policial total durante horas en un parque de la ciudad a casi 300 personas, muchas de las cuales ni siquiera habían participado en la protesta. Esto generó fuertes críticas de observadores presentes in situ en representación de reconocidos organismos de derechos humanos, como Amnistía Internacional o la Liga de Derechos Humanos.

 

Marcha contra el G/ en Ginebra, Suiza. Foto: J.-P. Di Silvestro.

 

 

Cumbre sin brújula

A escasos kilómetros de allí, en la ciudad francesa de Evian, la cumbre de las superpotencias capitalistas culminó el miércoles pasado sin pena ni gloria. Los jefes de Gobierno de Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia (e invitados de países emergentes como India, Brasil, Kenia, Corea del Sur, entre otros) llegaron a la cita de la amurallada Evian más divididos que nunca. El país anfitrión debió negociar una agenda que contara con el beneplácito de Donald Trump suprimiendo temáticas esenciales, como la crisis climática, que molestan a la Casa Blanca. Ni siquiera el frágil acuerdo de los Estados Unidos e Irán para terminar la guerra alcanzó para aportar optimismo a un crecimiento económico mundial deprimido y en capa caída.

Finalmente, el cónclave del G7 poco avanzó en estrategias para resolver la crisis económica sistémica de la cual es uno de los principales responsables. Lo que sí ocupó un lugar central en el debate fue la el conflicto bélico en el corazón mismo de Europa, el de Rusia vs. Ucrania, del cual desde tiempo Trump quiere distanciarse. Así como el del Medio Oriente, donde Europa esta vez no acompañó al gobierno estadounidense que sale perdedor en su pulseada contra Irán. En síntesis: la desorientación geopolítica actual de Occidente y de sus principales potencias no encontró en Evian ni chaleco salvavidas ni brújula orientadora.

Una nota especial de la movilización contra el G7 fue la activa presencia femenina, feminista y de las diversidades en el contexto de una fecha histórica debido a que el 14 junio se conmemora anualmente la Huelga Feminista suiza de 1991. Protagonismo feminista por demás llamativo en Ginebra, pero con iniciativas similares en otras regiones y ciudades del país. Un día antes, en Lausana, esta movilización reunió más de 15.000 manifestantes.

 

 

Freno a la ultraderecha

El segundo fin de semana de junio, uno de los más activos de los últimos tiempos en cuanto a movilizaciones sociales en el país alpino, también fue escenario de una votación con un significativo impacto nacional, pero de trascendencia europea.

Con una clara mayoría, la ciudadanía helvética frenó la “Iniciativa de sostenibilidad” que proponía controlar drásticamente el número de inmigrantes y refugiados para asegurar que la población del país no llegase a los 10 millones antes del año 2050. Conocida como “¡No a una Suiza de 10 millones!”, esta propuesta impulsada por el Partido Popular Suizo, o PPS (Unión Democrática de Centro, en francés), acaba de ser rechazada por casi el 55 % de los votantes. El PPS es hoy la principal formación de extrema derecha y la primera fuerza electoral del país, con un 30% del electorado y una fuerte presencia en el poder legislativo, así como en el ejecutivo colegiado donde cuenta con dos de los siete puestos, participando de la denominada “fórmula mágica”, por la cual cuatro partidos componen el gobierno suizo.

 

Afiche de los sindicatos que se oponen a la iniciativa anti-inmigración.

 

La fallida iniciativa del PPS apuntaba a definir un techo poblacional máximo hasta el año 2050 mediante la fórmula siguiente: si antes de esa fecha la población —actualmente 9.1 millones— superara los 9.5 millones, el Estado debería tomar las medidas necesarias para frenar el crecimiento demográfico. La primera de esas medidas, una drástica restricción de nuevos ingresos por asilo y reunificación familiar. Si esto no fuera suficiente, en una segunda fase el Estado debería renegociar los acuerdos europeos que facilitan la inmigración laboral. Llegado al punto extremo de que esta segunda medida tampoco fuera suficiente, el Estado se vería obligado a rescindir su actual acuerdo con la Unión Europea (UE) sobre la libre circulación de personas. Pero esto último implicaría la rescisión de todos los otros tratados bilaterales que en el presente rigen la estrecha cooperación entre Suiza y la UE, con muy serias consecuencias para la Confederación Helvética que quedaría seriamente aislada a nivel europeo.

La población suiza hoy es casi dos millones mayor que a inicios de siglo. Más de una cuarta parte de la misma es extranjera, base esencial para el crecimiento en un país donde la natalidad confronta mínimos históricos. Por otra parte, amplios sectores clave, como la salud, el cuidado de ancianos y personas con capacidades diferentes, la construcción y el comercio, así como el turismo y la hotelería, entrarían en crisis si se limitara drásticamente la mano de obra extranjera.

 

 

Triunfo electoral, pero...

Si bien los resultados de la votación han clarificado lo que la ciudadanía suiza desea, de todos modos ha quedado flotando en el panorama político nacional una advertencia que no se puede ignorar. Concretamente, el hecho de que el PPS haya podido romper, montándose en el tema de la inmigración, el techo histórico de su propio electorado al lograr el apoyo de casi el 45% de los electores helvéticos.

Como está sucediendo en toda Europa y en muchas otras latitudes, también en Suiza la dicotomía entre “el ser nacional” y el extranjero (sea trabajador regularizado, temporero, refugiado o solicitante de asilo) confronta posiciones partidarias, polariza retóricas y atiza el gran debate político-ideológico. El miedo al “otro”, a la persona que es “diferente,” juega de válvula de escape en realidades donde ciertos problemas —en particular la escasez de vivienda y la sobrecarga de ciertos servicios, como el transporte y la salud pública— preocupan a una buena parte de la población. De ahí la trascendencia continental de este proceso electoral que acaba de concluir. El día siguiente a la elección, el editorial del cotidiano progresista suizo Le Courrier analizó dicha dicotomía, pero sin dejar de festejar la innegable victoria electoral sobre la iniciativa del PPS, a la que calificó de “engañosa, manipuladora y xenófoba”.

Engañosa, porque la misma le atribuye a la inmigración una serie de problemas que no habrían encontrado ninguna resolución en caso de imponerse una fórmula para restringirla. Por ejemplo, la carencia de vivienda, uno de los “males principales” del que se responsabiliza a los extranjeros. En realidad, los esfuerzos para sacar la vivienda de la espiral especulativa son sistemáticamente bloqueados por los mismos grandes grupos económicos que utilizan este problema como bandera de denuncia contra el Estado.

Manipuladora porque, aunque denominada de la “sostenibilidad”, la propuesta del PPS pretendía asociarse a la defensa del medio ambiente aun cuando este partido y el resto de las derechas promueven el regreso a la energía nuclear y defienden a muerte el uso del automóvil en detrimento del transporte público. Al igual que la extrema derecha en el resto del continente, más de una vez este sector defiende posiciones negacionistas del cambio climático y el calentamiento global.

El condimento xenófobo de la iniciativa frenada en las urnas, según Le Courrier, se expresa una vez más en su ofensiva contra los inmigrantes en general y los solicitantes de asilo en particular, aunque este último grupo representa un escaso 1,6% de la población suiza.

El segundo fin de semana de junio dio que hablar al sacar de su calma natural a un país que prefiere la rutina a los sobresaltos. En las calles, diferentes actores sociales, así como los feminismos y las diversidades, fueron protagonistas y ya anticiparon una gran huelga feminista nacional con claras reivindicaciones sindicales y de equidad para esta misma fecha en 2027. En las urnas, la mayoría del electorado suizo frenó a la ultraderecha y su iniciativa anti migratoria. Resultado que puede verse como un termómetro, si bien a pequeña escala, del estado de ánimo de una buena parte de la población europea, cansada como está de la creciente desigualdad económica, preocupada por el retroceso del Estado Social y harta de los postulados belicistas y violentos de la extrema derecha mundial, alentada y alimentada desde el trono imperial de Washington.

 

 

 

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