Rugby y sistema penal juvenil

Experiencias en contextos de encierro en la provincia de Buenos Aires

 

El barrio Los Talas en Berisso suele ser tranquilo. Cercano al río, hay zonas residenciales y quintas más apartadas, pero también sectores semi-urbanizados donde viven personas humildes: quinteros, changarines, obreros, gente sin trabajo que se las arregla como puede.

Una tarde como cualquier otra, “Pedro” y “Elías”, dos mellizos adolescentes de 16 años, fueron detenidos por personal del destacamento. Una pueblada de vecinos venía reclamando su encierro hacía tiempo. Había tardes que los dos jóvenes consumían bebidas alcohólicas, molestaban a la gente, insultaban a los que pasaban. La gota que rebalsó el vaso fue la aparición de agujeros de bala en los tanques de agua. Todos apuntaban a los mellizos.

 

 

Los mellizos bíblicos

“Los mellizos bíblicos” repetían algunos vecinos. Los apocalípticos. Esther, la mamá, no sabía qué hacer. Una vez más, desbordada, pedía a gritos al municipio de Berisso algún tipo de ayuda. La protección de sus hijos para que en el barrio no los linchen.

Pero eso nunca iba a llegar. Como en muchos otros casos, la única puerta que se abría para Esther era el sistema policial, la conocida institucionalización que se ofrecía como receta del viejo patronato de menores, ahora aggiornada como sistema carcelario similar al utilizado con las personas adultas: el llamado sistema penal juvenil.

La tarde que me tocó atender a los dos hermanos en la Defensoría, me contaron de sus vidas, de su mamá, del aburrimiento cotidiano, de la esquina donde se juntaban con otros pibes y hacían “yunta” hasta altas horas de la noche metiéndole “Rophi” y otras porquerías a la birra hasta que los ponía desquiciados. Y así venían luego los enfrentamientos con los vecinos y la poli del barrio.

En esas circunstancias, la policía y la Justicia los iba conociendo. Marcaba sus cuerpos, testeando los tiempos que se agotaban.

En aquella oportunidad salieron en libertad. El seguimiento dispuesto por el juez fracasó al poco tiempo, cuando Elías fue acusado de asesinato a un jubilado de la zona de Los Talas, en supuesta complicidad con una mujer que se aprovechó de la situación del hombre, seduciéndolo y ganando su confianza, hasta llegar a cobrarle la jubilación.

Una mañana el hombre apareció con un golpe en la cabeza dentro de su casa. Así lo encontró ensangrentado un familiar. Y todos los dedos apuntaron a Elías. Nunca nadie apuntó a la mujer. Elías tenía 16 años, la mujer rondaba los 40 años. ¿Un caso de reclutamiento o el simple armado de una causa?

 

 

El juicio de Elías

Durante el juicio, Elías expuso en todo momento que él no tenía nada que ver con el homicidio ocurrido. Que esos días él se encontraba en otro lugar, haciendo otras cosas. Que como la policía se la tenía jurada –y a la vez protegía a la mujer que había seducido y engañado al jubilado– él era un perejil que venía como anillo al dedo para dejar todo impune.

Pese a mis pedidos para que se impute del asesinato a la mujer, que había sido vista con la víctima y todos en el barrio sospechaban del aprovechamiento, nadie quitaba los ojos de Elías, quien supuestamente tenía un vínculo con ella y había conjurado quedarse con los bienes del pobre hombre.

Así lo vincularon a través de sus (supuestos) dichos a amigos a quienes él reconocía –a viva voz– ser el autor del hecho.

“Yo no me hago el picante, no soy picante, me engarronaron”, dijo Elías en el juicio oral ante los tres jueces que lo observaban como si fuera una rata de laboratorio, mientras los testigos citados al juicio y que lo sindicaban habían sido ocultados en una sala adyacente por orden del tribunal.

Como defensor de Elías, ataqué en todo momento la idea de testigos reservados, pero también la escasísima prueba que contaba la fiscal para acusarlo. Pues todos esos elementos de cargo giraban en torno a supuestos dichos que él había proferido ante personas ignotas (la Convención Universal de Derechos del Niño le da el derecho al niño-adolescente de participar activamente y preguntar a los testigos presentes en el juicio). Extraer confesiones por interpósita persona es un método amañado de obtener prueba. Más cuando esas personas son testigos ocultos, que el niño-adolescente no puede conocer. Pero esos métodos de la Inquisición eran considerados validos por la fiscal, y pese a que era la palabra del menor de edad contra la de otros chocando entre sí, en el plano de las íntimas convicciones, los jueces se inclinaron por encontrar a “Elías” culpable e imponerle 12 años de cárcel.

 

Una ovalada, no redonda

El ingreso de Elías a las instituciones de encierro fue difícil. Al principio se enteró de que su hermano mellizo, Pedro, había fallecido de una enfermedad. Eso lo sumió en una profunda depresión (su hermano era también su único amigo). Por otro lado, todos sabían que cargaba a sus espaldas con el asesinato de un pobre jubilado, así que los pibes se la cobraron como derecho de patio.

No la pasó nada bien durante los primeros tiempos, hasta que un día comenzó a salir y hacerse valer. En ese aprendizaje, el cuerpo le enseñó a encontrar cierta fórmula de respeto.

Alto, de contextura física más bien grande, torso fornido, brazos largos. De chico, en el potrero de Los Talas, le decían que con ese cuerpo no iba a llegar muy lejos jugando al fútbol. De hecho Elías era una máquina de cometer fauls. Lo ponían de defensor para que, en última instancia, bajara al rival que se acercara al arco, y lo matara a patadas.

Elías quería jugar, respirar al aire libre, patear una pelota, pero vivía engomado con miedo a los pibes. Hasta que un día se enteró por otros que los miércoles y viernes había unos profes que enseñaban otro deporte, algo que había escuchado pero que en su vida se imaginó iba a terminar fascinándolo: una pelota que en vez de redonda era ovalada, y que para sacársela a otro había que tirársele encima.

Eso le encantó. Entonces comenzó a salir para probar con el rugby.

Ariel Rodríguez es profesor de Educación Física y ex jugador de rugby. Desde hace tiempo, junto al docente y ex jugador Gastón Tuculet, viene enseñando ese deporte en los centros de encierro para adolescentes en la provincia de Buenos Aires. A ambos los conozco mucho, y gracias a su proyecto me involucré en la defensa de los pibes de otra manera. En realidad, ellos me enseñaron que para ser abogado penal y defensor de esos jóvenes, tenía que entender las formas en que las reglas se incorporan a sus cuerpos.

Esta entrevista que en adelante transcribo, se la hice a Ariel hace pocas semanas. Le mandé un wats y le propuse un par de preguntas que siempre me quedaron picando, y que él con toda gentileza me contestó.

–¿Desde cuándo funciona el rugby en los centros de encierro para adolescentes?

–El proyecto empezó allá por el año 2006. Yo llevaba a un chico del Instituto (en ese momento eran Centros de Contención) a jugar al Club Universitario. Lo sacaba con un permiso y lo llevaba a los entrenamientos para que mire los partidos, mientras yo trabajaba. Después empecé a llevar a un grupito. Un día uno de ellos me pidió jugar. Ese chico tenía un carácter tremendo, le costaba muchísimo socializar, pero se llevaba bien conmigo. Enseguida se enganchó. El juego lo trasformó, un cambio en su conducta, le hizo muy bien a nivel socialización. Entonces pensé en que la experiencia tenía que hacerse más masiva, más institucional. Fue ahí que a través de la Dirección General de Educación de la provincia (de Buenos Aires), arrancamos con el proyecto recién en 2012.

–¿En el año 2012, recién?

–Sí, en ese año. Comenzamos a entrenar a pocos chicos, eran 6 u 8. Era un momento en que meter al rugby en contexto de encierro era toda una novedad. A los chicos les costaba un montón el contacto físico, y bueno… tenían que tacklearse, tenían que abrazarse, no estaban más solos sino que necesitaban sí o sí del compañero que tenían al lado o el del frente. Porque si no tenían uno enfrente no podían participar.

–¿Y qué tipo de reglas se encontraron?

–Se encontraron con reglas muy estrictas, que no eran flexibles, cosas en términos de esas reglas que no se negocian… era todo nuevo. En un momento, cae un grupo de chicos del Instituto “Copa” a contarnos que había un operador que les enseñaba a jugar, y ya tenían un montón de destrezas adquiridas. Eso hizo que fluyera mucho más rápido.

 

Gastón Tuculet y Ariel Rodríguez en un entrenamiento.

 

–¿Y cómo llegaron a armar una cancha de rugby dentro del predio?

–No fue fácil, porque el proyecto fue creciendo y tuvo sus altibajos. Vos lo viviste con nosotros. Muchas veces no dejaban salir a los pibes o no había lugar para la práctica. O las canchas estaban llenas de animales, con excrementos. Había pozos, con pastizales, lo cual hacía un peligro el juego en esas condiciones del terreno. Después nos plantearon desde Minoridad que no podíamos realizar la práctica, entonces nos fuimos al Instituto Araoz Alfaro. Con el cambio de gestión se sumó Gastón Tuculet, que después de la tragedia personal que le tocó vivir (su hijo Juan Pedro de 19 años fue asesinado en 2013 en un episodio muy confuso) eligió ese espacio para poder un poco transitar, imagino yo, su pérdida y su dolor. Pero también para poder darle un cauce distinto a la cosa. Desde que él se sumó, creo que en 2013, comenzamos a trabajar juntos. Luego, el cambio de gestión estimuló el tema deportes y nos dieron vía libre para hacer la cancha dentro del predio.

–¿Cómo sentís que recibe el pibe que ingresa a un instituto la invitación a jugar? ¿Cómo se engancha?

–La verdad que los chicos la reciben muy bien. Como te contaba, ellos se encuentran con una práctica ordenada, cuando quizás, acostumbrados a una práctica deportiva totalmente informal, se topan con ese orden: la importancia de marcar la cancha (la marcamos con conos), de que hay un árbitro con silbato, de que ese árbitro les explica las reglas (que son totalmente nuevas y que muchas tienen palabras en inglés que para la mayoría es un idioma de las películas). Empiezan a entender que ese orden formal los hace ordenarse a ellos también y eso les permite disfrutar un poco más, relajándose, sabiendo que debe haber lealtad en el juego y que una persona que es el árbitro va a hacer cumplir esa lealtad. Pero también que son todos iguales, que el más petiso por ahí anda para cumplir otra función en el rugby que no necesariamente sea el contacto físico. Capaz que al más grandote que le costaba el fútbol, se da cuenta que ese físico acá le sirve y es fundamental.

–¿Hay un juego de roles que modifica las conductas a partir del juego?

–Sí, justamente, es ese intercambio de roles el que les mueve la estantería a los chicos y es como que se quedan con ganas de aprender un poco más. También la interacción con los entrenadores donde la pauta es “si hay un chico hablando, todos tenemos que escuchar”. Lo mismo “si el entrenador habla, los chicos tienen que escuchar”, “si alguien quiere hablar, para que todos podamos escuchar, tiene que levantar la mano”. O hablar directamente, pero tienen que esperar el momento en el que todos están escuchando, porque si hablan todos a la vez es un quilombo, básicamente. Donde nadie puede estar fumando en la práctica deportiva (algo que en otras prácticas allí sí está permitido). Donde ahí la pilcha no cumple una función distintiva, porque cuanto menos vistosa y más rotosa mejor para el juego. Todas pautas que a los chicos les impactan y es lo que –de entrada– les llega como cambio de actitud.

–¿Y el impacto en los cuerpos, en relación a su lugar de proveniencia?

–Los chicos llegan con una desventaja nutricional importante. Aunque muchas veces, no siempre. Y eso arrastra un montón de otras cosas. Hace que por ahí no se sientan bien, no estén seguros de sí mismos, que sus decisiones en lo cotidiano estén condicionadas a cómo se sienten: que estén débiles, flacos, que se cansen de nada, porque fuman mucho o no tienen una actividad sistemática. En cuanto a lo físico y a su desarrollo, cuando se encuentran con la invitación al juego, lo primero que les cambia es la cabeza, porque el rugby es algo nuevo, un deporte que les pide que sean más fuertes, más rápidos, más ágiles. Se tienen que cuidar. Muchos deciden incluso dejar de fumar porque sentían que se cansaban, y si se cansaban tenían que salir del partido y se perdían el juego, y el entrenamiento semanal. Entonces se daban cuenta de que para mejorar el juego pedían más exigencia física, mejorar el tema agilidad, fuerza, velocidad, etc. Esto más allá de que muchos de estos chicos vienen ya con un bagaje motriz muy interesante, cosa que no se ve habitualmente en los colegios secundarios, y por esto del juego libre que tienen todo el tiempo. A veces nosotros por meternos a arreglar o acomodar las cosas, hacemos macanas y limitamos esa creatividad que traen. Cuando los chicos se sienten fuertes y rápidos en el juego, les levanta la autoestima de una manera increíble. Cuando ellos sienten que sus cuerpos cambian y están preparados para someterse a un esfuerzo físico mayor, se les nota una sonrisa en la cara, y es cuando más lo disfrutan.

–¿Cómo es el tema del respeto o cómo sentís que funcionan las reglas del juego del rugby en un pibe que carece de todo tipo de adaptación a reglas, límites o prohibiciones?

–En función de esta pregunta que me hacés, la comparo en cómo funcionan las reglas o normas para los pibes de los clubes de rugby en general. Hay algo que nosotros hacemos siempre que es dar la misma clase de cualquier deporte, tal como lo daríamos en un colegio. Entonces me acuerdo cuando vinieron por primera vez, el día que llegaron con su look de gorritas, buen pilcha, zapatillas caras, fumando, charlando de cualquier cosa mientras nosotros les explicábamos del juego, etc. Bueno, ahí los profes nos plantamos y les dijimos: “Muchachos, esto es muy sencillo, acá con gorrita no se juega, con ropa para cuidar tampoco porque se les va a estropear. Además nos tenemos que escuchar para hablar, levantar la mano, las dudas que tengan, esperar al otro, etc. Y con el árbitro, callarse y escuchar, porque él es quien les va a explicar las reglas dentro de la cancha y se debe respetar. Lo que cobra el árbitro es lo que hay que escuchar. Eso entonces fue automático, sólo lo explicamos una vez. Nunca hubo pelea, siempre mucho respeto. Sin insultos. Mucho compañerismo, se cae uno, el otro lo levanta. En definitiva, esas son las reglas que sienten que deben cumplir para que puedan disfrutar más.

–¿Sentís que el juego les sirve a los pibes para cuando salen o sólo es para pasar el tiempo dentro del encierro?

–La verdad que acá hay algo que me duele mucho que es el tema del “después”. Lo que pasa también en todos los ámbitos educativos o deportivos, qué pasará luego. El tiempo suspendido. Salen y se encuentran de vuelta con esa realidad que tienen que superar, y si los conocimientos que fueron adquiriendo en el período de encierro no se los apropiaron debidamente, vuelven a lo mismo. Pero muchas veces no los pueden llevar a la práctica porque estamos ausentes nosotros. Entonces nos pasa que hay chicos que realmente están muy enganchados con el juego, interesados de seguir jugando afuera, nosotros les conseguimos el contacto con los clubes, nos comunicamos con ellos. Los clubes muchas veces los reciben, los becan, los contienen. En algunos casos continuaron jugando e incluso consiguieron trabajo en los mismos clubes donde fueron recibidos. Yo tuve tres chicos en Avellaneda en “Club Argentinos de Rugby”, que es donde trabajo. Uno de esos chicos era de Dock Sud, otro de la isla Maciel, otro de Lanús. Venían al club y entrenaron hasta que comenzaron a trabajar y dejaron. Clubes como La Plata, Los Tilos y la “U” también recibieron pibes y con muy lindas experiencias. La materia pendiente es el acompañamiento del pibe cuando sale, para que no vuelva al circuito penal.

–¿Cómo ves el exterior, el resto de los clubes de rugby o la Secretaría de Niñez o los funcionarios de la Justicia que ven esta experiencia?

–La gente de la Justicia que ha venido a participar o conocer, la verdad que de diez. Muchas veces fueron el motor para poder continuar con la experiencia, sobre todo con el afuera. Y el deporte del rugby termina funcionando como caso central o motor del trabajo para la evolución de los chicos en su egreso. Esto es fundamental que los funcionarios de la Justicia lo entiendan. Que el deporte o la práctica deportiva sea entendida como parte de la contención, tan importante como la escuela, o el abordaje familiar. El deporte es un refuerzo en esa contención. De los clubes de rugby la mejor siempre, de diez, siempre levantábamos el teléfono o mandábamos un wats, y la mejor. Recibiendo sin costo a los pibes, becándolos, llevándolos a jugar, de gira, la ropa, etc. (En el caso del Club Los Tilos, en 2013 se creó un área social para sensibilizar a sus jugadores y recibir a los pibes de los centros de encierro).

–¿Y el tema del Covid cómo impactó en el proyecto?

–Está todo más complicado a partir de la declaración de la pandemia. Pero, sobre todo, hay otra cosa que nos perjudicó mucho: fue lo ocurrido a fines de 2019 en Villa Gesell, con el asesinato de Fernando Báez Sosa a manos de un supuesto grupo de jóvenes jugadores de rugby. Esto hizo que mucha gente que no conoce el deporte, no conoce el ámbito, juzgó de manera anticipada un montón de cosas que pasan en todos los deportes y que le pasan a la sociedad, pues nadie está eximido de esas situaciones, lamentablemente… Cuando justamente todos los deportes sirven para aplacar esas situaciones. Y si esos chicos actuaron mal, es porque fallamos nosotros, los formadores, los educadores. No el deporte. Estaría bien que desde el organismo de Niñez se pueda retomar ese impulso deportivo que fue una experiencia rica y valiosa en estos últimos diez años.

 

Tuculet y Rodríguez entrenando en el Nuevo Dique.

 

 

 

La fórmula del respeto

Elías aprendió a jugar al rugby, se enganchó con los profesores Ariel y Gastón. Todas las semanas esperaba que lleguen el miércoles y el viernes. Quería jugar. Y que incluso yo, su defensor, lo fuera a visitar para verlo jugar. Que algún domingo lo vieran también su mamá y su novia. Ahora podía poner su cuerpo grandote en los tackles, el scrum, la patada.

Recuerdo que el día que conocí a Elías en la Defensoría sentí que su cuerpo estaba como electrizado, y ni él sabía qué tipo de movimiento brusco sus manos o su fuerza podían soltar. Los años que la pasó entre los centros Almafuerte, Castillito, Nuevo Dique, Copa, le sirvieron para amoldar su cuerpo a cierto control y neutralizar aquella electricidad.

El juego del rugby fue, claramente, como un catalizador.

Pero también estuvo el respeto. “Yo busco respeto”, me dijo un día. Percibí esa acumulación de respetos como un intercambio de dones. Un lugar donde antes había sólo heridas y estigmas que también lo maldecían; entonces él maldecía el mundo.

Identificarse con el respeto era lo que el juego también le enseñó. No el encierro, el juego dentro del encierro. Tanto a respetarse a sí mismo, pero también a los demás (siempre que se movieran dentro de esas reglas del jugar).

En ese ida y vuelta, Elías se imponía si se traicionaban las pautas adquiridas, y en eso era duro. No te la dejaba pasar. Iba al tackle ante lo que consideraba una falta de “su” respeto. Claro que una eso era consecuencia de un tipo de masculinidad que se ponía a prueba como regla fuerte entre los pibes de los barrios pobres. Más en aquellos pibes que les tocó pasar por el encierro carcelario, siempre adocenados por la violencia policial y la cultura patriarcal. En el fondo una rudeza cáscara, que guardaba semilla frágil, un destino de pura debilidad emocional y desolación.

Transcurridos unos años, Elías pasó a agotar la condena en el sistema penitenciario de adultos (la Unidad de Olmos, Varela y finalmente Gorina). Y a través de la UOCRA, consiguió hacer prácticas de albañilería en una obra. Más tarde, obtuvo salidas transitorias y –finalmente– la libertad. Actualmente bordea los 30 años, y es trabajador de una de las plantas de YPF en Ensenada.

 

 

 

*Julián Axat es escritor y abogado.

 

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