Sala de espera

Chocaron hace rato. Que zafen depende de la lucidez opositora en la construcción de una alternativa

 

Por estos días, el principal desafío de gestión del gobierno de Mauricio Macri consiste en esperar. Esperar que los directores del Fondo Monetario Internacional aprueben la nueva versión del préstamo stand-by que se acordó a nivel técnico con Christine Lagarde hace más de tres semanas. Esperar que un puñado de diputados peronistas “racionales” le aporte los votos que le faltan para darle media sanción al proyecto de presupuesto que incluye los recortes drásticos ofrendados al FMI. Esperar que algún banco internacional se anime a financiar a las empresas constructoras mencionadas en la causa de los cuadernos que deben construir las rutas previstas en los proyectos de participación pública-privada adjudicados en junio. Esperar que los bancos argentinos le digan a qué tasa de interés están dispuestos a financiarle otros siete días de ajuste monetario al Banco Central. Esperar la próxima función de stand-up de la diputada bromista Elisa Carrió.

Mientras el Presidente espera, a sus gobernados nos siguen pasando cosas. El miércoles el INDEC informó que en septiembre los precios de los bienes y servicios que consumimos los argentinos subieron 6,5%, incluyendo un 7% de aumento en alimentos y bebidas. Es el registro de inflación mensual más alto desde abril de 2002, cuando atravesamos el nadir de la crisis post convertibilidad. Tal vez para escarmentar a los cínicos que osaron insinuar que esa cifra de inflación minorista no reflejaba del todo la magnitud de la remarcación en las góndolas, el INDEC anunció el día siguiente que durante el mismo mes los precios mayoristas escalaron 16%. Vamos de nuevo, esta vez en letras para que no queden dudas: Dieciséis por ciento. En un mes. Más del triple del promedio mensual de la inflación mayorista (4,5%) registrada en lo que va del año. Es un salto dramático por la impresión que causa, y trágico por las penurias que promete. La recesión impedirá que los comerciantes trasladen de inmediato todo el costo a sus clientes, pero sus efectos se sentirán en los meses por venir. Hasta los analistas más complacientes con el gobierno conceden que la inflación minorista rondará el cinco por ciento en octubre.

 

 

La semana que viene el INDEC completará este panorama desolador cuando difunda su índice mensual de actividad económica, que mostrará un empeoramiento de la recesión que comenzó en junio. Mientras los grandes diarios nacionales siguen dedicando sus secciones de economía a discurrir sobre el dosaje correcto de las LELIQs, las LECAPs, las LETEs y las LEBACs, quien se interese por conocer mejor cómo impacta la macro que gestionan los funcionarios en la micro que padecemos todos, puede repasar los diarios del interior publicados esta semana, cuyos titulares delatan los síntomas de una enfermedad terminal que no se cura con antibióticos financieros: “El transporte interurbano al borde del colapso” (La Capital de Rosario), “Preocupación en la UOCRA por 150 despidos en INTESAR” (La Capital de Mar del Plata), “Un grupo de alumnos se quedó sin boleto estudiantil en Plottier” (La Mañana de Neuquén), “La crisis revirtió la tendencia en el turismo de Córdoba capital” (La Voz de Córdoba), “Día de la Madre: aún hay poca demanda y hasta ahora lo más pedido son los desayunos” (El Litoral de Corrientes), “Sigue el paro de colectivos y advierten que sin subsidios el boleto se irá a $40” (El Litoral de Corrientes), “Sigue el paro nocturno de colectivos por tiempo indeterminado” (Primera Edición de Misiones), “El consumo de carne cayó un tercio en 2018 en San Juan” (El Diario de Cuyo).

Pero la semana no le deparó al gobierno sólo malas noticias. El jueves, finalmente, el FMI publicó en su página oficial que la agenda de la reunión de su directorio del viernes 26 de octubre incluirá el tratamiento y, presumiblemente, la aprobación de los cambios a la línea de crédito stand-by de la Argentina. Nos toca compartir cartel con la auditoría del Reino de Bután, que no debería robarnos mucho tiempo porque Bután es uno de los 175 miembros del FMI (sobre un total de 189) que no le deben plata al organismo. Nuestro caso es disitinto: si el directorio aprueba la recomendación de Lagarde, la suma de los desembolsos que la Argentina recibirá en 2018 superará el total de los fondos prestados a los otros trece países que tienen líneas de crédito vigentes con el organismo.

El directorio demoró más de un mes en tratar el caso argentino porque el FMI y el gobierno querían que la Cámara de Diputados aprobara el proyecto de presupuesto antes de que el organismo difundiera las exigencias y las proyecciones del nuevo acuerdo. Las demoras ocasionadas por el fallido intento de aumentar retroactivamente las tarifas de gas, entre otras complicaciones, les impidieron lograrlo. Pero todavía podrían salirse con la suya si los bloques opositores no reúnen las voluntades suficientes para negarle al oficialismo el quórum que necesita para debatir el presupuesto en la sesión del próximo miércoles.

Ultimamente me preguntan seguido si “¿chocan o zafan?». Para contestarlo, primero hay que aclarar que “chocar” es un concepto económico y “zafar” es un concepto político. La respuesta económica es simple: van a terminar el año con casi 50% de inflación, más de 10% de desempleo y gobernados por el FMI. Chocar, chocaron hace rato. La respuesta política es más complicada: que no zafen depende, sobre todo, de la convicción, lucidez y generosidad que dediquemos sus opositores a construir una alternativa que se los impida. El debate del presupuesto ofrece una oportunidad inmejorable para demostrar esa dedicación.

 

 

 

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