Siempre me gustaron las series que, a falta de denominación académica, llamamos "de médicos". En mis recuerdos vive todavía una que se llamaba Dr. Kildare y empecé a seguir a instancias de mi madre — la veíamos juntos. Era una producción de la NBC que duró cinco temporadas, entre el '61 y el '66, protagonizada por Richard Chamberlain como Kildare y Raymond Massey como su mentor, el doctor Gillespie. De adulto, le dediqué tiempo a cada capítulo de E. R. (o E. R.: emergencias, como le decían acá), durante quince años. Esta visión también se convirtió en un quehacer familiar, sólo que de la familia que yo había formado a mi vez: hacíamos silencio alrededor de la pantalla, sincronizando nuestras emociones con esas historias de —literalmente— vida y muerte.
Ahora estoy viendo una que se llama The Pitt y produce HBO Max. The Pitt ganó cinco Emmys por su primera temporada y el American Film Institute la eligió entre los diez mejores programas del 2025. Este viernes concluyó su segunda temporada y ya tiene contratada una tercera. La serie exhibe elementos en común con E. R. Además de los temáticos, comparte productores (R. Scott Gemill y John Wells) y también un protagonista: Noah Wyle, que en E. R. interpretaba a un médico aún verde, John Carter, y aquí progresó hasta jefe de la guardia de un hospital ficticio de Pittsburgh llamado Michael "Robby" Robinavitch. (La denominación The Pitt funciona como apócope del nombre de la ciudad, pero además complementa la definición: pit significa pozo, hoyo, fosa, y el servicio de guardia funciona en el sótano del hospital.)

En su crítica a The Pitt, la periodista del Chicago Tribune Nina Metz expresó un principio que comparto: "Una vez que viste un drama hospitalario, los has visto todos". Aun así, The Pitt apela a un recurso narrativo interesante: sus temporadas de quince capítulos transcurren en tiempo real. Cada capítulo de una hora reproduce lo que ocurre durante una hora del servicio médico, sucesivamente; así, cada temporada cubre quince horas contínuas del mismo día y, cuando llega al final, esas horas pesan como un año en términos emocionales. El día elegido para dramatizar durante 2026 fue el 4 de Julio: celebración de la independencia de Estados Unidos, o sea un feriado de reuniones familiares, barbecues y fuegos artificiales, y por ende más proclive a los accidentes que un día normal.
No es difícil entender por qué gustan las series de médicos. Aunque no constituyan un género en sí mismo —serían un subgénero del drama, nomás—, comparten con el policial la capacidad de encapsular con eficiencia los dilemas de la condición humana, en un comprimido narrativo que impresiona y te deja vibrando. En el policial, el catalizador es la violencia. Bajo su influjo, el homicidio y el robo instan a los protagonistas a revelar su esencia: quiénes son de verdad, en qué creen y en qué mienten creer, los extremos a que son capaces de llegar con tal de salirse con la suya, enriquecerse o vengarse. Los dramas hospitalarios, por su parte, son generosos en términos narrativos porque, como ocurre en cualquier nosocomio público, reciben a cualquier hijo de vecino — y, en consecuencia, hacen lugar a cualquier tipo de historia que acarreen consigo.
Nada de lo que atañe a la tragicomedia humana queda afuera de una serie de médicos. Es un microcosmos de la experiencia: allí se nace, se crece, se aprende, se sufre, se ama, se muere. Con generosidad narrativa digna de Dickens, el hospital da cabida a casi todos los géneros. Y la combinación del escenario único y la emergencia que ata al presente ofrece unidad de lugar y de tiempo, que concentra el drama y lo potencia.

Al hospital —unidad de lugar— llega gente común a la cual la vida le está dando un susto, mediante el cual le recuerda cuán breve es y que sus tiempos son independientes de nuestra voluntad. Ya sea por enfermedad o por accidente, aquellos que caen en la guardia lidian con la realidad de que su existencia podría concluir antes de lo que esperaban.
Tan pronto trasponen el umbral de la institución quedan en manos de los profesionales, de los cuales depende su sanación y hasta la supervivencia. Pero estos profesionales no son dioses, aunque sepan mucho y acrediten experiencia. Ellos también son gente, que no sabe más que aquello que la ciencia médica ha investigado y probado hasta hoy y que cuenta con instrumental y tecnología acotados. Haciendo uso de esas pocas pero poderosas cartas, intentan curar y salvar en tiempo récord, mientras lidian con sus propias vidas y sus limitaciones.
El drama hospitalario da para todo. En el módico lapso de una hora —unidad de tiempo— puede incluir comedia y dolor punzante, costumbrismo, divulgación científica, suspenso, melodrama, romance, pintura social, apunte político... Llegan a la guardia los que se la buscaron —la chica que clausuró su párpado al pegarse una pestaña postiza, el pelotudo que cayó por una claraboya cuando hacía parkour, la flaquita en bikini que, por no usar protector solar, quedó roja como tomate—, pero también aquellos a quienes la fatalidad fue a buscar en persona.
Esta temporada incluyó subtramas reveladoras, respecto del presente de los Estados Unidos. Una elocuente respecto de la crisis económica, a través de un personaje latino, Orlando Díaz, que sufre diabetes, no puede costear el tratamiento y aun así sigue trabajando para mantener a su familia — lo cual lo lleva a concluir que le conviene más a los suyos estando muerto, que vivo. También hubo una subtrama osada en términos políticos, que describió el modo en que los oficiales de ICE –Immigration and Custom Enforcement, los parapoliciales de Trump—, lejos de contribuir a la tranquilidad general, detonan conflictos innecesarios, de consecuencias a menudo irreparables.

Ocurre que el mundo ya no es aquello que asomaba detrás de Dr. Kildare y Ben Casey. Pocas cosas se parecen más a la forma en que experimentamos el presente que el frenesí constante de un servicio de emergencias. Estamos viviendo un tiempo límite, una realidad desbocada y peligrosa. La experiencia cotidiana que hasta hace poco parecía banal fue desplazada por la sensación de vivir en peligro constante.
Todos nos movemos con cautela, convencidos de que cualquier cosa puede pasar, en cualquier momento. Y por eso cuesta poco identificarse con la gente que cae a la guardia. Como ellos, veníamos regulando como campeones, hasta que nos salió al cruce el camión de la Historia. Y así estamos ahora, preguntándonos lo mismo que los pacientes de The Pitt, mientras nos trasladan sobre una camilla: ¿saldremos de esta? Y si salimos: ¿cómo quedaremos, qué perspectivas se abrirán o no para nosotros?
Un médico, ahí
A diferencia de otras series "de médicos", The Pitt pinta el servicio de salud en los Estados Unidos como una industria en crisis, casi tercermundista. Los enfermos y accidentados no pueden pagar el servicio. Los médicos y enfermeras son escasos y están sobreexplotados. La institución hospitalaria responde a reglas que atan más de lo que ayudan y está montada sobre una infraestructura deficiente. (En la segunda temporada, un ciberataque extorsivo fuerza al hospital a apagar sus computadoras, de manera preventiva. Eso obliga a médicos, técnicos y enfermeros a trabajar como en el siglo pasado, de manera analógica.)
En un reciente video para el New York Times, el crítico Wesley Morris puntualizó una de las razones por las cuales The Pitt es un drama hospitalario —un formato clásico, si se quiere— que, sin embargo, está en sincronía con este tiempo.
Morris identifica los tres lugares donde se concentra la acción. El 90% ocurre puertas adentro del servicio. Allí nunca hay respiro. Los casos que van a consulta se alternan con los que caen de urgencia. (La diseñadora de producción Nina Ruscio diseñó y construyó una escenografía de 1.900 m2 en un estudio de Burbank, California, bajo asesoramiento médico y con el objetivo de permitir el desplazamiento no sólo de los actores, sino de los camarógrafos y técnicos. Yo que fui testigo de unas cuantas filmaciones, admiro las coreografías que los artistas y técnicos de The Pitt desarrollan con gracia. Lo que queda plasmado se ve fluído y natural, aunque entrañe enormes dificultades de realización.)
El segundo escenario es la sala de espera. La cámara asoma poco por allí, pero cuando lo hace muestra siempre lo mismo: el lugar desborda de gente, sea la hora que sea. (Una única excepción: cuando aparecen los gorilas de ICE los pacientes empiezan a ralear, porque no pocos de ellos temen ser detenidos y deportados.) Muchos aguardan con estoicismo digno de mejor causa. Otros protestan la amansadora, que pinta interminable.
La muchedumbre que atesta la sala cumple una doble función. Por un lado, es expresión del realismo al que la serie aspira. La inflación creciente y los costos impagables de la atención privada hacen que cada vez más estadounidenses vayan a hospitales públicos — como acá, sin ir más lejos. Pero al mismo tiempo, la sala de espera cumple un rol simbólico. Allí aguarda la humanidad entera, lo cual nos incluye. La vida es una gran sala de espera, la antesala del lugar al que tarde o temprano acudiremos cuando nuestro cuerpo falle o resulte lastimado. Como dice Chuck Palahniuk en la novela Choke: "Después de que uno descubre todas las cosas que pueden salir mal, tu vida pasa a tener menos que ver con vivir y más con esperar".

El tercer escenario es el afuera: el playón donde está la entrada y al que arriban las ambulancias. Es el lugar que los protagonistas buscan cuando necesitan alivio, o quebrarse lejos de la vista de los colegas, o permitirse un cigarrillo. Lo que Morris apunta es que ese respiro no dura lo que sería necesario, casi nunca. El cigarrillo no llega a consumirse, la charla no concluye, la angustia no se diluye. Antes de que lo hagan, la realidad contraataca: llega una ambulancia o un auto particular, transportando a alguien que demanda atención urgente. Y eso se parece a lo que también ocurre en la cotidianeidad de quienes no somos médicos ni enfermeros.
En nuestras vidas ya no hay un afuera, no existe. Podés estar en casa, de vacaciones, desvelado o dormido en plena madrugada, y la realidad te asalta igual. Es una de las consecuencias de nuestro mundo híper-conectado por la tecnología. Nos invaden mensajes de texto o audio, noticias, memes, invitaciones, estemos donde estemos y a toda hora. La impudicia del celular —su intrusión en nuestra intimidad— es infinita. Y por eso nos identificamos con los protagonistas de The Pitt. (El mismo "Robby" Robinavich está al borde del burnout, del agotamiento físico y mental provocado por estrés.) Porque la clase de vida que llevamos: multitarea, sin espacios verdes para el alma y apagando fuegos de forma constante, no permite el uso racional de nuestra energía. Una vela puede prenderse y apagarse las veces que haga falta, pero una bengala no. Así nos consume este modo de vida. Una vez encendidos, no tenemos cómo parar.
Jon Stewart bromeaba esta semana, usando a Trump como excusa. Se supone que los que envejecen aceleradamente son los Presidentes, decía, a consecuencia de la tarea titánica de velar por el bienestar de todo un pueblo. Pero estos Presidentes —hablaba de Trump, insisto, pero el razonamiento también aplica a Milei— lo hacen todo al revés. Y como ellos no velan más que por su propio bienestar, los que envejecemos a los pedos, librados a la suerte, somos nosotros.

¿Qué instinto primará?
Creo, no obstante, que lo que torna relevante a The Pitt no es tanto su conexión con la intensidad de estos tiempos como su reafirmación de un formato clásico. Una historia de médicos recuerda inevitablemente la finitud que caracteriza la existencia. Vivimos como si fuésemos inmortales, como si no estuviésemos destinados a capotar. En consecuencia, un relato de ese estilo funciona como un cachetazo o un balde de agua. Despabila, redirige la atención hacia la conciencia de que todos podemos enfermar y morir en cualquier momento. Preguntarte qué harías en una situación semejante y cómo será la cosa en el futuro, cuando suene tu número —nada más humano que imaginar cómo será la muerte—, lleva naturalmente a que te formules la otra pregunta, la más importante: ¿cómo vivir? Porque el final está garantizado, pero lo indefinido es el camino hacia allí: la forma en que emplearemos nuestro tiempo, antes de que se acabe.
Todos los dramas hospitalarios cumplen con esa función, como señaló Nina Metz. Pero hay otra función que también desempeñan por default y que, sin embargo, suena hoy más trascentente que nunca.
Una serie como The Pitt nos recuerda algo que hasta no hace mucho era verdad de Perogrullo... pero ya no. Y esto es: necesitamos de los otros. De quien te encuentra desmayado y reacciona en busca de ayuda. De quien te carga en la ambulancia. De quien te recibe en la guardia y suministra los primeros auxilios. De quien te diagnostica y pone en marcha el tratamiento adecuado. Quien llame al 911 puede ser cualquier samaritano, pero una vez que llegaste al hospital necesitás profesionales que estudiaron durante años y dedicaron su vida a sanar y salvar a otros. ("La vida es tan corta y el oficio tan largo de aprender", reflexionaba Hipócrates hace 2.600 años.)
Esto, que a primera oída suena tan obvio, ha dejado de serlo en la sociedad actual, donde el contacto real, profundo entre humanos es cada vez más raro y se nos insta a un aislamiento cada vez mayor.

El uso político que se hace de la tecnología es siniestro. La pandemia nos empujó a un encierro mental que todavía no rompimos. Vivimos desde entonces como si la tecnología digital nos hubiese liberado del incordio de depender de los demás... ¡cuando dependemos más que antes, porque nunca estuvimos más indefensos! El celular es el juguetito con el cual nos distraemos, mientras los poderosos optimizan los mecanismos de explotación económica y nos sacan hasta lo que no tenemos. ¿Cuánta gente minimiza hoy la emergencia que significa no poder pagar una consulta médica o los remedios indicados, porque usa la IA para autodiagnosticarse y encontrar terapias "alternativas" — por no decir "gratuitas"?
Una sociedad que, cayendo en el engaño de la vida como emprendimiento individual, maltrata y explota a sus trabajadores de la salud, es una sociedad suicida. Si necesitás a alguien pero prescindís de él, no estás liberándote: estás firmando tu certificado de defunción.
Esta semana fuimos testigos de un paro por 72 horas del personal médico de PAMI, la obra social más grande de Latinoamérica. Milei adeuda a los prestadores casi 400 palos verdes. Un médico que trabaja para PAMI cobra por paciente 2.100 pesos mensuales, sin adicionales. Apelen a la calculadora si quieren sacar cuentas, pero recomendaría que no lo hagan a menos que haya antidepresivos a mano. ¿Cómo se puede destratar así a trabajadores esenciales? ¿Cómo se puede precarizar de ese modo un servicio del cual dependerán todas nuestras vidas, tarde o temprano?
En este contexto, una serie "de médicos" como The Pitt trata las mismas cuestiones de siempre pero a la vez realza otras que no pueden ser más actuales. Una cosa es la progresión inevitable de la vida, los cuerpos expuestos a la acción del tiempo y finalmente a la muerte. Otra muy distinta son los accidentes innecesarios. Y cuando digo innecesarios no me refiero a cualquier accidente. No hablo del auto que te llevó puesto o del dedo que te aserraste en el taller. Eso es azar, mal orto — la clase de fatalidades a las que estamos expuestos, por el hecho de estar vivos. Me refiero a cosas que no deberían haber ocurrido pero fueron buscadas: ejecutadas, perpetradas.
Perder cobertura de salud, carecer de dinero para comprar remedios y depender de médicos con la cabeza quemada por la sobreexplotación pertenece al orden de lo criminal, como la política que llevan a cabo los gobiernos de Trump y Milei.

Si lo estamos padeciendo lo que padecemos, es porque alguien quiere que así sea, y por eso lo instrumenta. Por eso hablo de accidentes innecesarios. Algo que no debería haber ocurrido pero está ocurriendo, entre otras razones porque existieron millones de votantes tan irresponsables como el pelotudo que hacía parkour y se cayó por la claraboya. Ahora estamos sufriendo todos, ellos y nosotros. Por el momento, sin reacción visible ante el dolor. Al contrario, incrementamos a diario la dosis de morfina digital para no vernos en la obligación de romper con la abulia y rebelarnos, como lo haría cualquiera que no hubiese perdido sensibilidad — cualquiera que todavía estuviese vivo, o al menos funcional.
Somos una sociedad en coma. Cuando estás en coma te pueden hacer cualquiera —pincharte, quemarte— sin que respondas al estímulo. Y a nosotros nos están torturando, mientras se cagan de risa. Francos cobra un palo verde por año en YPF, Adorni suma viajes y propiedades —porque "se le dio todo junto", como dijo la escribana— y los Milei coleccionan causas a partir de dádivas y estafas millonarias en las que dejaron todos los dedos marcados. Pero vos no acumulás más que deudas. Nos están dejando sin educación, sin salud, sin alimentación adecuada —a no ser que creas en los beneficios de la dieta a base de carne de burro—, sin trabajo, sin futuro y sin democracia. (Porque no la recuperaremos hasta que Cristina esté libre y en pleno uso de todos sus derechos, incluyendo los políticos. No es invento mío, simplemente es así: si en octubre del '27 sigue presa, la elección que tendrá lugar entonces será una tan condicionada, y por ende irregular, como las que tuvieron lugar durante la proscripción del peronismo y alumbraron Presidentes políticamente débiles, como Illia.)
Ahora hasta importamos problemas, como si no tuviésemos suficientes con los nacionales. Esta semana tuvo lugar una seguidilla de amenazas anónimas en escuelas secundarias, que prometían masacres como las que son habituales en los Estados Unidos. El detonante fue el asesinato de un pibe de 13 años en una institución educativa de Santa Fe, a manos de un compañero que cayó a la escuela con una escopeta y la intención de matar. Muchas de esas amenazas serán falsas, no lo dudo: obra de gente que busca un rédito político o de pibes que ansían alterar el curso de las clases. Pero fueron muchas, y en localidades muy distintas. Bastaría que una sola de ellas fuese real para que el país saltase de pantalla, y pasemos de Guatemala a Guatepeor. Sepan, padres y madres, que si sus pibes salen lastimados, el autor material habrá sido alguien cuyo nombre aún no conocemos, pero no habrá dudas respecto del autor intelectual. Y ese será el Presidente que rezuma idolatría por Trump y la sociedad enferma que lo alumbró, donde hay masacres así día por medio: Javier Gerardo Milei.

En el tercer episodio de Dr. Kildare, Gillespie le dice al médico novato: "Nuestro trabajo es mantener viva a la gente". Ese es el trabajo de los Presidentes, también: mantener vivo y saludable a su pueblo, colaborar con su educación y con su desarrollo, viabilizar una paz social basada en la justicia económica. Lamentablemente, nos dejamos llevar a un desvío de la Historia donde son comunes los Presidentes a quienes entusiasma la idea de eliminar civilizaciones y la perspectiva de que los pobres, ante el hambre, elijan morirse sin hacer ruido ni hinchar las pelotas — como sugirió Milei en mayo del '22, poco antes de que se lo ungiese.
Mala nuestra. Ya lo entendimos. Lo importante es que entendamos también que llegó la hora de impedir que sigan llevándonos de las narices. Porque, si no reaccionamos y volvemos cuanto antes al sendero de la virtud, nos van a desconectar de los aparatos que nos mantienen apenas vivos, con la excusa de pagar deudas internacionales y no abultar el déficit.
Dostoievsky decía que la compañía de los niños sana el alma. Lo comparto mil por mil, pero añadiría: lo que sana el alma y el cuerpo es la experiencia colectiva, la conexión sensible con los otros y la labor en conjunto para reparar el tejido social desgarrado por el capitalismo y sus asesinos a sueldo. Ese es nuestro trabajo, que nadie puede hacer por nosotros.
Los médicos te mantienen vivo pero no pueden sacarte del coma. Volver a la conciencia depende de nosotros, de nuestra voluntad —si es que existe aún— de dejar de convalescer y volver a ponernos de pie.
Eros o Tánatos. Esa es la verdadera elección que tenemos por delante.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí