SEXO, ANGUSTIA Y LUCHA DE CLASES

Devenires de pequeñoburgueses aburridos, en tiempos de estafa social

 

Peor que burgués asustado es burgués aburrido, pues al primero la arbitrariedad le estalla en forma explosiva mientras que al segundo el estrago se le hace constante. Y si se trata de un pequeñoburgués, más que peor. La víctima es quien se posa inmediatamente debajo en el gallinero que, de tal modo, liga la catarsis en forma de explotación, bosta, esnobismo, pelotudez y/o angustia en cualquiera de sus múltiples variantes. Para el ojo atento, a menudo el pequebú da ostensibles señales de su condición, sólo reconocible a los ajenos, jamás a los propios: “En mitad de camino al shopping, por tomar un atajo a la ligera, Ana Karina fue a parar al conurbano (Ana Karina no, Karina. Nunca usaba sus dos nombres. Su madre se lo reprochaba: ‘Te elegimos un nombre precioso, de actriz francesa’. Acaso lo hiciera por eso)”.

Sí, de una sola pincelada gruesa con pincel fino, Hugo Salas (Caleta Olivia, 1976) arranca y pinta al óleo al personaje con un detalle que no requiere de adornos. La escena contiene todo lo que tiene que tener: shopping como destino, banalidad como método, ajenidad como encuentro. También condicionamiento consuetudinario: emblema pretencioso, fundamento bruto, ignorancia impertérrita y adolescente formación reactiva. Potente capacidad de síntesis que instala al lector de Hasta encontrar una salida no sólo en atmósfera sino también dentro del lenguaje propio de una clase y un corte etario al que la lluvia nunca moja y las balas le resbalan. No por invulnerables oriundos del planeta Kriptón, sino porque se encuentran lejos de registrar tales avatares, aún en el momento en que quedan exánimes o se desangran o joden al prójimo hasta los cien años. En ningún momento en la novela se dice, pero podemos imaginar a quién votan.

Modismos que no es necesario describir porque cada idiosincrasia se encuentra incorporada a la acción: “La resiliencia es la capacidad de sobreponerse a las cosas. Por ejemplo los violan. Hay chicos que los violan y les arruinan la vida y otros que los violan y los superan. Es más, les hace bien. Entonces lo que le interesa a la psicología positivista es aprender de esos chicos que salen adelante, estimular la resiliencia. Porque violarte siempre te van a violar. Es la vida. Lo importante es no tomárselo a la tremenda”. Salas, autor visionario, da cuenta del horror antes de que fuera canonizado por el senador Urtubey.

Filosofía barata y botas de Maldonado, no sólo el pequebú estándar ejerce su peculiar lenguaje sino que cada personaje desarrolla su propia habla, virtud estilística inusual en una literatura viciada por diálogos en que todos parlotean igual. Tanto los habitantes del country como el repositor de supermercado, el granjero de Tennessee convertido en actor porno en Los Ángeles o el taxi boy porteño, cada ambiente y cada protagonista —todos lo son— ejerce su carácter idiomático. Menuda tarea de investigación y registro la de Salas, capaz de aplicar una textura diferenciada a las damas burguesas, al ambiente cinematográfico de Hollywood, a las prostitutas caras y a las baratas, pasando airoso del sainete costumbrista al lenguaje de la novela negra, de la soberbia a lo exquisito, a lo sórdido. Con lo cual los relatos dentro del relato se equilibran en una dinámica cuya agilidad deviene de una acción sin adjetivos: “Nunca esperé que vivieras hasta ahora. Todo esto ha sido muy injusto con nosotros. Este dinero hubiera servido para algo mejor, pero es tuyo. Y ni se te ocurra decir que no lo quieres. Es tuyo y es mi manera de terminar de una vez y para siempre contigo. No quiero volver a oír tu nombre. Ni soportar tu voz en el teléfono todas las semanas. Si no has tenido la delicadeza de morirte, hazme el favor de desaparecer. Puedes quedarte esta noche”.

Historias paralelas que insinúan entrecruzarse de modo no tan claro, en un recurso narrativo no por transitado, agotado; se resignifican a medida que se acelera la trama, mediadas por el sexo como hilo conductor. Más escenario que razón de ser, esa vía aparece como un garchar bien sin mirar a quién (bien, es un decir) como medio de paliar la angustia del aburrimiento burgués, con un cariz muy distinto en quien lo ejerce como materia prima para obtener el billete. La inclusión, en las postrimerías de la novela, de un epígrafe adoptado de un célebre filósofo que dio nombre a la economía política (lamentablemente en una traducción defectuosa), desafuera toda frivolidad para situar Hasta encontrar una salida en la estofa de la cocción sociológica, sin necesidad de manuales, teorías, hipótesis, papers ni monografías.

Historia que comienza en el interior profundo de ese medio pelo jauretcheano al que el propio Jauretche expulsaría por tilingo, pasea por los sets, playas y mansiones de Los Ángeles, California; pasa por los barrios porteños y los jardines suburbanos, juega con lo verosímil hasta tornarlo realidad. Demuestra el poder de la ilusión puesta a fabular hasta desmentir aquellas evidencias brindadas por los sentidos: “Del estudio nunca le pagaron por la última escena y él no se atrevió a reclamar. Así y todo, juntó bastante, podía vivir de los intereses por un tiempo, hasta que muriera. No le costó elegir el destino. Iría a esa ciudad tropical, la de Carmen Miranda, donde todos vivían en espléndidos ranchos, montaban a caballo y los gauchos cantaban el samba. Quería morir lejos de su familia. (…) Pero bueno, tampoco imaginó que él pudiera seguir vivo después de tanto tiempo. Tampoco imaginó que él no se había contagiado”. Porque entonces, seguir con vida resulta la única salida, cuando todas las demás no son sino la inadvertida entrada hacia otra cosa.

 

FICHA TÉCNICA

 

 

 

 

 

 

Hasta encontrar una salida

Hugo Salas

Buenos Aires, 2018

220 págs.

 

 

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