SEXTO SENTIDO

El niño que seguimos siendo mira en derredor y ve fantasmas de regímenes a los que creía muertos.

 

 

Hay algo que me molesta de modo persistente, desde hace años. Una sensación que sigue jodiendo aun cuando apago la luz y ya no quiero pensar, como el mosquito que ronda la almohada, a pesar de los esfuerzos que hago por racionalizar lo que viene pasando desde —por poner una fecha— el año 2015. Sin embargo creo haber entendido, ¡finalmente!, de qué se trata. Si me permiten, voy a desarrollar mi hipótesis. Tómenla con pinzas, porque no proviene de un experto en política ni de un sociólogo ni de un psicólogo social, sino apenas de un ciudadano hipersensible, que siempre se llevó mejor con las ficciones que con la realidad. Pero dado que viví mucho en este país y estimo que no del todo inútilmente, considero que mi ocurrencia puede tener utilidad entre aquellos que, como yo, se sienten presos de una circunstancia siniestra que no terminan de entender del todo.

Mi postulado sería algo así.

En términos de la salud anímica (del estado de ánimo, diría el Indio) del pueblo argentino, lo que padecimos entre 2016 y 2019 y no ha cesado aún —porque de esos pozos no se sale de un día para el otro—, es perfectamente asimilable a lo sufrido durante la dictadura que entre 1976 y 1983 llevó adelante una minoría intensa de empresarios, jueces, periodistas, prelados, militares y policías.

 

 

La conjura de los necios.

 

 

Hago la primera salvedad, antes de que salte alguien a remarcar lo obvio. Por supuesto que sé que un régimen impuesto por la fuerza no es igual a uno que llegó a la Rosada por el voto mayoritario. Del mismo modo, entiendo que la dictadura dejó decenas de miles de víctimas fatales y que ese no sería el caso del gobierno que precedió al vigente. Pero una vez reafirmadas estas verdades de cuño general, cabe cerrar el cuadro para identificar las zonas grises que existen entre realidades que, cuando se observa sólo el plano general, parecen tan diferentes; las fronteras porosas entre gobiernos que a pesar de sus divergencias tuvieron elementos sustanciales en común.

La legitimidad de origen no debería ser moco de pavo. Llegar al gobierno pisoteando la Constitución y llegar mediante elecciones libres son postulados tan opuestos como el día y la noche. ¿Pero qué pasa cuando los votos son la resultante de una serie de operaciones político-mediáticas basadas en mentiras escandalosas, como la identificación de Aníbal con la siniestra Morsa y el presunto «magnicidio» de Nisman? (Cuyo suicidio fue flagrante de tan evidente, salvo para aquellos de tan mala fe que a medio metro de un avestruz te juran que es una nutria.) Ya sé, el resultado es el resultado como en cualquier partido de fútbol, aunque medien trampas y se hayan cobrado penales que no existieron. El tema es que, una vez proclamado el ganador, la institucionalidad de origen puede ser desmentida en los hechos por una práctica anti-institucional. Aquí cabría el dato remanido sobre Hitler llegado al poder por la vía del voto popular para hacer lo que hizo después. Pero no lo necesitamos, porque contamos con datos propios, frescos e inapelables. No recuerdo un solo gobierno democrático —y conste que ya era adulto durante el menemismo— que haya exhibido un desprecio más olímpico por el mismo corpus legal que le permitió llegar a la primera magistratura, que aquel que puso en práctica el ne(cr)oliberalismo de Macri.

 

 

El distintivo de la STASI, la KGB de Alemania Oriental, dedicada a espiar a sus compatriotas.

 

 

Hechos como la utilización del aparato de Inteligencia para espiar —al estilo de la Stasi de Alemania Oriental— opositores, empresarios a los que se quería voltear por diversas razones y hasta a la propia tropa (salvo a Pato Bullshit, como recordó esta semana Rodolfo Tailhade); la vampirización del Poder Judicial —que ofreció el cuello del modo más querendón y, ya reconvertido en súcubo, se prestó a violar la ley para perpetrar lo ilegal, encarcelando a espiados y emboscados—; y la complicidad con las corporaciones de medios, que daban entidad a las falsas denuncias, amplificándolas vía primeras planas y alertas televisivos con música de catástrofe, todo esto conformó un sistema que fue espejo deformante del mecanismo represivo de los ’70. Como las fuerzas armadas y la policía ya no integraban el círculo de decisiones, no hubo secuestros, torturas y asesinatos. Pero esta última versión del sistema no creía necesitarlos, desde que concibía para sus víctimas otro tipo de muerte: la civil, a cuenta de la demonización, el procesamiento judicial, el encarcelamiento y el despojo de sueldos, pensiones y bienes.

Lo que no constituyó un reflejo deformante de la dictadura sino un perfecto doble especular fue el plan económico que aplicó el ne(cr)oliberalismo entre 2016 y 2019. Ni ustedes ni yo somos expertos en el tema, pero basta con repasar la carta que Walsh escribió en el ’77 para darse cuenta de que, cambiando unos pocos nombres y alterando (apenas) ciertas cifras, parece que la escribió no hace 44 sino hace 2 años.

 

Walsh: un plan para beneficiar a «la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales».

 

En la política económica de ese gobierno —dice Walsh en los puntos 5 y 6— debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.

Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas… alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%, prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial… Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. …Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública… suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por… los bajos sueldos o la «racionalización». Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes.

Sigue Walsh: Tampoco en las metas abstractas de la economía… han sido ustedes más afortunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%… una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia. …Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica… sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales.

 

Patricia Bullshit.

 

La inquietante superposición de ambos procesos económicos torna inevitable la pregunta por las otras víctimas. Porque además de los asesinados por la represión de entonces y de los perseguidos por el macrismo —algunos de los cuales siguen arrastrando causas judiciales absurdas o continúan presos, prolongando la injusticia del mismo modo en que ocurrió durante los años iniciales de Alfonsín, el primer gobierno democrático post-dictadura (¡alcoyana alcoyana!)— resulta imperativo poner en el mismo plano de importancia a los millones de vidas que los dos períodos dejaron sin trabajo, sin salud, sin asistencia social, libradas a su suerte y embrutecidas por la discriminación, la violencia, la angustia y los consumos tóxicos; generaciones forzadas a crecer de modo silvestre, sin educación, sin los nutrientes para que el coco les funcione a full, a la sombra de padres ausentes o quebrados; pibes revictimizados por enfermedades que creíamos desterradas, a los que nada se les da pero se los apalea y encierra cuando pretenden tomar algo del único modo que está a su alcance.

¿Soy yo, nomás, o cuando se los contempla de este modo, aquel gobierno y este más reciente dejan de verse antitéticos por su origen para parecer más bien hermanos, o al menos primos —literalmente— de sangre?

 

 

 

Veo regímenes muertos

Podría escribir muchas páginas listando continuidades que asumió el régimen macrista respecto de la dictadura empresario-judicial-periodístico-eclesiástico-milico-policial (¿me olvidé de alguien?), porque las coincidencias superan por afano —je— a las diferencias. Un repaso por los apellidos de las primeras líneas de funcionarios y legisladores del anterior gobierno prueba que el macrismo merecería ser llamado Dictadura: la nueva generación o bien Oli-garcas: Succession (The New Batch, o La Nueva Cepa). Pero más elocuentes son los hechos que prueban que, antes que prolongación o evolución de un proceso, el ne(cr)oliberalismo conserva la vieja identidad — es prácticamente lo mismo. El Blaquier que entregó laburantes de Ledesma en los ’70 —y a quien la Corte macrista sigue protegiendo, al no expedirse sobre un recurso de queja presentado cuando se revocó su procesamiento— es el mismo que, cagándose en los protocolos sanitarios mientras su empleado Morales hacía la vista gorda, forzó a sus laburantes a yugar a pesar de la pandemia; un foco infeccioso que costó la vida de muchos empleados e infectó al menos a medio millar. Gente para quien el fin siempre justifica los medios: pasándose los muertos y los enfermos por ahí mismo, la conducción del ingenio manifestó que la zafra 2020 había sido «un éxito», superando la del 2019 en un 5 % a un precio mensurable en sangre.

 

Carlos Blaquier: old habits (cagar gente, por ejemplo) die hard.

 

Pero más que los elementos objetivos en común me interesa el clima de época que ambos regímenes propiciaron; o, por decirlo de otro modo, el aire artificial que obligaron a respirar mientras ocuparon la Rosada. Porque hoy, cuando se piensa en la dictadura, nada pesa más que el relato de la represión, del que el común de la gente se enteró más tarde y terminó imprimiendo sobre sus vivencias personales. Pero durante aquellos años, a causa de la naturaleza clandestina de la violencia, la realidad de los secuestros pasaba a años luz de la vida cotidiana de los argentinos. Si tenías la fortuna —como en el caso de mi familia— de no haber perdido a ninguna relación ni saber de casos cercanos, los días transcurrían con visos de algo muy parecido a la normalidad.

La gente laburaba. Los medios de transporte circulaban. Íbamos a la escuela. Había fútbol, la tele seguía andando como de costumbre. Por supuesto, había películas, libros y canciones prohibidas pero eso no era novedad, lo padecíamos desde antes. Y sin embargo, aunque no fuese visible ningún movimiento fuera de lugar ni nadie dijese nada impropio, todo era perfectamente falso. Aunque en el ’76 tomásemos el mismo colectivo que en el ’75 para hacer un recorrido idéntico, lo del ’76 ya era otra cosa: una performance que nada tenía de libre, despojada de espontaneidad desde que estaba condicionada por el terror. Que millones experimentábamos, sin poder explicarlo ni fundamentarlo. Por eso mismo, dado el desconcierto producido por la amenaza vaga, informe, sobreactuábamos nuestras conductas habituales; aceptábamos zombificarnos, simular una vida de la cual ya no disponíamos del mismo modo.

 

Vida cotidiana en la Argentina de los ’70.

 

Alguno estará pensando: Pero durante el macrismo no hubo terror. A lo que corresponde responder: No en términos generales, pero por supuesto que sí en caso de que fueses ex funcionario kirchnerista o empresario en la mira del gobierno o un juez o fiscal honesto — o si eras hijo, hija o pareja de alguno de los anteriores. Pregúntenle a Alejandra Gils Carbó, que como en una pesadilla debe haber descubierto el número de teléfono de una hija suya en las páginas de Clarín, publicado por el impresentable de su editor. O a los hijos de los jueces Freiler, Farah y Ballestero, después del llamado público —televisivo— a que se los bullease por portación de apellido.

Convengamos que hubo terror focalizado sobre blancos específicos y pasemos al resto de la población, la masa de la cual formamos parte. Allí no hubo terror, pero se experimentó otra cosa. Millones de nosotros nos habíamos mantenido a lomos del enloquecido potro argentino a pesar de los corcoveos, durante décadas: sobrevivimos a la dictadura, celebramos la primavera alfonsinista, nos hundimos por culpa de la hiperinflación, volvimos a practicar la falsedad perfecta gracias al uno a uno (¡Viva y gaste como si fuese british, sin dejar de ser argento!), casi nos quedamos sin monta por obra y desgracia del pusilánime De La Rúa y, cuando Néstor sorprendió, nos convencimos de haber llegado al cielo. Habíamos arribado a lo que hasta entonces sonaba a Argentina Año Verde: volvieron la justicia y la prosperidad razonable, el potro se aquietó y adoptó una marcha amable, predecible por primera vez en décadas.

El problema fue que entendimos que esos doce años de enfilar en la misma dirección significaban que el pasado había quedado atrás definitivamente; que ya no habría frenadas bruscas, y mucho menos grandes retrocesos. Por una vez en la vida, nos dijimos que la Historia avanzaba en sentido progresivo, hacia una mejora general de las condiciones de la existencia, sin ser desmentidos por la realidad. Y así nos íbamos a dormir y así nos levantábamos: pensando que una etapa nefasta —que coincidía con casi toda nuestra vida— había sido superada de una puta vez, y que de allí en más, sin importar el resultado de las elecciones, todas las fuerzas políticas empujarían en la dirección consensuada del desarrollo del país. ¿O acaso no ocurrió así en todas las naciones que admiramos, que en un momento coincidieron en la voluntad de crecer y engrandecerse aunque hubiese alternancia política en sus gobiernos?

 

 

Desde ese convencimiento —parte de nuestro paisaje anímico, fuésemos conscientes de ello o no—, los años de régimen macrista operaron como un mazazo. Y funcionaron así adrede. Mi memoria es caprichosa, pero por algo conservo el recuerdo de Marcos Peña (otro de los apellidos de la nueva cepa, desde que es hijo del secretario de Comercio Exterior de la dictadura) hablando de las medidas que vendrían apenas asumiesen y diciendo algo parecido a: No lo van a poder creer. Y así fue. Aunque quisimos prepararnos y nos agarramos fuerte, el gobierno macrista funcionó como un shock del que todavía no nos recuperamos ni en la práctica —piensen en la deuda astronómica que, ¡otra vez!, pesa sobre nuestra descendencia— ni en nuestro espíritu. Si la salud anímica del pueblo fuese una membrana elástica, el macrismo fue un ariete que le dio de lleno y la deformó hasta casi desgarrarla; y aunque el ariete se retiró formalmente, la membrana no ha conseguido volver a su forma original.

 

 

 

 

El envase era nuevo, y por eso desconcertante: partido político representado por presuntos profesionales del éxito económico, jóvenes y cancheros, impecablemente vestidos, técnicamente libres de los vicios de la política tradicional, que llegaban al gobierno en elecciones democráticas. Pero una vez que asumieron el poder formal del Estado, la sensación que se impuso sobre el pueblo fue una que nada tenía de novedosa. No podíamos definirlos con precisión, elegir las palabras que describiesen lo que eran en realidad, porque no se correspondían con el arquetipo de nuestros cucos: no eran milicos sino civiles, no eran políticos manchados por la sospecha de corrupción que salpicaba al gremio entero (ni tampoco eran gremialistas, dicho sea de paso). Por el contrario, eran poster boys del ascenso social, hijos o descendientes de verdaderos self made men como Franco Macri. Pero para entender qué eran en verdad, más allá de las apariencias, había que ser hipersensibles como el crío de El sexto sentido.

La parte consciente de nuestros cerebros nunca facilitó las palabras que necesitábamos, pero la zona del inconsciente pescó la cosa al vuelo. Volvíamos a sentirnos como nos habíamos sentido en momentos precisos de nuestra vida: inermes, sin mecanismos —ni instituciones— de defensa, sometidos a una inflación como las que se habían comidos nuestros sueldos, posesiones y planes, sin perspectiva alguna de mejora en el futuro, mientras los medios cacareaban mentiras a las que sabíamos mentiras. De ser el pibe de la película de Shyamalan, nos habríamos metido en la cama y levantado la sábana hasta nuestras narices, para susurrar: Veo regímenes muertos. Pero no lo éramos, y por eso no entendimos a tiempo.

 

Todos somos el pibe que ve fantasmas de cosas muertas.

 

Algunos piensan que el principio del fin del gobierno macrista fue la protesta que suscitó la reforma previsional, en diciembre del ’17. Yo creo que la cuenta regresiva se activó en mayo del ’18, cuando Mugricio anunció suelto de cuerpo un acuerdo con el FMI. Esa no la pensaron bien, no la vieron. Claro, para ellos —para los sectores de poder que el gobierno representaba— el FMI siempre había sido sinónimo de oportunidades de negocios. Pero para el pueblo, incluyendo a aquellos que votaron a Macri sin participar de sus prebendas ni estar prendidos en sus matufias, la sola mención del FMI sacudía las ramas del árbol de nuestros traumas. Y a continuación la realidad hizo llover sus frutos: los sueldos se encogieron, las deudas personales crecieron como bola de nieve, la falta de pruebas contra los perseguidos olió a podrido, los programas dedicados a denuncias se convirtieron en spinoffs de Cha cha cha —en el papel de periodistas, ciertos (sobre)actores son los nuevos Capusotto, Alberti y Cedrón— y el gobierno defendió toda violencia policial y gendarme a libro cerrado, lo cual nunca es buena señal.

Lo que explica el pasmo, la imposibilidad de reaccionar bien y a tiempo que nos pone timoratos, la confusión de la que seguimos siendo presa, es el hecho de que no terminamos de asumir que Mugricio y su gavilla eran la continuación de la dictadura por otros medios; y que su actuar detonó una depresión clínica machaza en todos nosotros, a escala del país. Un mambo del que también participaron los que habían creído honestamente que el PRO podía ser una alternativa pero se toparon con un deja vu de los ’70, en materia de desesperación económica y abandono estatal;  un blues reminiscente de aquel que nos abatió de Videla a Bignone. Sí, ya sé que nos levantamos día tras día y hacemos lo que hay que hacer, pero por dentro estamos secos. Nos movemos por inercia. Si pudiésemos elegir, dormiríamos tres cuartos del día con la persiana baja. Percibimos la destrucción que esta gente desató y ansía profundizar pero aun así seguimos embotados, porque para reaccionar deberíamos responder preguntas abrumadoras, que nos cuesta encarar.

¿En qué fallamos? ¿Qué bicho nos picó, para que gentilmente abriésemos paso a los intereses que antes resistíamos, hasta que volteaban la puerta a botinazos? ¿Cómo permitimos que nos regresaran a un infierno al que habíamos jurado no volver jamás?

 

 

 

 

 

 

Salida de emergencia

Ya habrá tiempo para análisis de conciencia y subsecuentes mea culpa, porque entender las razones por las cuales tropezamos tantas veces contra el peñasco de los que secuestran al Estado para usarlo contra el pueblo —gente que antes tomaba el poder a punta de bayoneta, y a la que ahora votamos— es fundamental. Pero lo que querríamos saber urgentemente, mientras rumiamos esas cuestiones, es lo siguiente: ¿se puede detener, y revertir, este proceso de enajenación de la voluntad popular que sigue en marcha? Puedo ponerlo de un modo aún más simple: ¿tenemos esperanza?

Yo diría que sí, y no por voluntarismo sino porque me atengo a la experiencia histórica. Con el tiempo nos levantamos de la postración, nos sobrepusimos al horror físico y espiritual de aquella dictadura que confundimos con sus antecesoras —Presidente milico de ceño adusto, un poco de censura y represión light, que sobrevivías para narrar como una hazaña—, pero que tardó nada en revelar que era otra criatura por completo, tirando a demoníaca. Por supuesto, no nos recompusimos de manera perfecta: por algo estamos preguntando estas cosas y soñando con dejar atrás el padecimiento actual. Buena parte de la gente se había resignado a malvivir en medio de una crisis eterna y a convivir con la impunidad de quienes pisotearon la Constitución, librando una guerra unilateral contra la voluntad popular. Pero acá hay que hacerse una pregunta vital.

¿Salimos solos, por las nuestras, del pantano?

No. Nos sacaron, nos ayudaron a salir.

¿Y quién nos sacó?

La gente que, predicando con su ejemplo, lideraba el camino que conducía más allá del desierto.

 

 

Madres y Abuelas, las locomotoras del movimiento de derechos humanos, insistieron en el reclamo institucional, demandando justicia cuando era insensato esperar nada parecido. Durante años contemplamos a las viejas con cariño pero ante todo con piedad, convencidos de que nunca obtendrían nada. La Historia terminó dándoles la razón. Lo determinante fue que llegase a instancias de decisión ejecutiva un ñato que, a diferencia de sus antecesores, paró la oreja para ver qué deseaba el pueblo. Eso es lo que me da esperanzas, aún hoy: entender que, mientras de un lado presionaban los poderosos de siempre —la Embajada, lo que Walsh llamaba viejas y nuevas oligarquías, las corporaciones mediática y judicial, o sea gente con fondos multimillonarios para sostener su guerra contra la ciudadanía—, todo lo que hizo falta para dar vuelta la Historia fue un grupo de señoras que habían sido amas de casa casi toda la vida, un puñado de abogados con paciencia de santos, algunos militantes, el ñato de Santa Cruz y su compañera — y por supuesto, el pueblo que los bancó tan pronto entendieron que, sin su apoyo, sería imposible hacer lo correcto.

Mi intuición es que necesitamos crear una movida nacional, transversal, extrapartidaria que demande, primero, una reconstrucción del Poder Judicial, para extraerlo del bolsillo de los poderosos y ponerlo al servicio de sus verdaderos mandantes. Muchos le bajan el precio a esta cuestión, diciendo que los temas de la Justicia no le importan al pueblo. Por eso hay que contarle a la gente hasta qué punto el Poder Judicial incide sobre su vida cotidiana y decirle que si los jueces cumpliesen con su deber (incluyendo, por supuesto, el de pagar impuestos), todos estarían cobrando otros sueldos, otras jubilaciones, gozando de perfecta conectividad, contando con vacantes escolares para sus hijes, confiando en su cobertura de salud y disponiendo de una tonelada extra de derechos. (Aclaración: cuando hablo de movida extrapartidaria no quiero decir apolítica. Hacen falta ciudadanos individuales y organizaciones civiles pero también políticos de todas las formaciones que hagan profesión de fe democrática — lo cual puede sonar a obviedad, verdad de Perogrullo, pero es el punto crucial.)

 

 

El primer objetivo de un Poder Judicial reconfigurado para ser virtuoso debería ser la obtención de justicia respecto al período que acabamos de vivir, así como se la reclamó durante décadas para los actos de la dictadura. El proceso que conocemos como Memoria, Verdad y Justicia demandó un tiempo que desde la ansiedad de hoy suena excesivo, pero eventualmente consiguió aquello que deseábamos: desterrar los golpes militares del mapa de lo posible. ¿Qué faltó para completar la transformación? Avanzar con los juicios a los responsables civiles de aquella insensatez. Ya no tiene sentido preguntarse si la condena a empresarios que colaboraron con la masacre o recibieron de los milicos cosas que no les pertenecían habría cambiado la cosa, complicando el advenimiento del macrismo. Lo único que cuenta hoy es que mientras los poderosos sigan haciendo lo que se les canta, no habrá democracia real ni sustentable.

Aplicar justicia a los ricos que abusan de su posición dominante y los ex funcionarios que perjudicaron el país a conciencia, debería desterrar del mapa de lo posible, con apoyo popular, la depredación que el ne(cr)oliberalismo produce desde hace décadas sobre el cuerpo de la presa argentina. Esa debería ser la aspiración de un proceso democrático que busca completarse, para pasar de pantalla de una puta vez y concentrarse en un desarrollo del que participe su entera población: poner a los poderosos bajo el paraguas de la misma ley que juzga a los comunes, para que ya no vuelvan a corromper al Estado en su beneficio ni puedan secuestrarlo para que haga lo contrario de lo que la Constitución establece. Cuando el Estado ejerce violencia contra la mayoría de sus mandantes —y la violencia económica es tan insidiosa, y por ende judiciable, como la física—, es porque algo huele a podrido en Purmamarca. (No me equivoqué. Es un chiste. ¿O no les consta todavía que en materia de putadas de los poderosos no tenemos nada que envidiar a los clásicos?)

 

«O, my offence is rank it smells to heaven» .

 

Este movimiento virtuoso ayudaría a separar la paja antidemocrática del trigo legal, ahora sí en el seno de los partidos formales. Porque la derecha ne(cr)oliberal —que, como dice un meme que circula en estos días, piensa que cualquier cosa es una dictadura menos la dictadura— aprovechó nuestro estupor depresivo y el fenómeno autoritario mundial para correr tanto los límites, que ahora hay discursos e iniciativas antidemocráticas en el seno de partidos políticos legales. Han desactivado los valores democráticos, empleando las palabras que los definen en defensa de barbaridades y así despojándolas de sentido. Y de ese modo confundieron nuestro criterio como si viviésemos en la Torre de Babel, donde nada de lo que se dice es comprensible.

Tenemos que estar muy desorientados y deprimidos para tolerar sin decir ni mu que el alcalde de la capital del país jure: «Me preocupa la educación», cuando no hubo día de su mandato que no hiciese algo para bombardear su versión pública. Si estuviésemos en forma, saldríamos a la calle y patearíamos la sede del gobierno hasta que encallase al borde del río, preferentemente a la altura de Costa Salguero. Tenemos que estar muy abombados, al filo de la insensibilidad, para bancar sin decir ni pío que una lengualarga que en 35 años de tarea no ha producido un (1) solo hecho político encomiable —yo le digo Pato Bullshit, pero Alberto acaba de rebautizarla Patricia La Del Ocaso Permanente, o si prefieren La Del Hundimiento Interminable— ataque al gobierno arrogándose la defensa de un pueblo al que nunca ha hecho otra cosa que cagar, desde lo más alto y con deleite.

 

 

Love is a many splendored thing.

 

Una cosa es que la oratoria política mueva a embellecer datos reales, en el intento de presentar la acción propia como el vaso medio lleno. Y otra muy distinta es que permitamos que sigan jugando en la arena política personajes que dicen lo contrario de lo que hacen a la vista de todo el mundo. Esto es francamente intolerable. Si es verdad que queremos salir de la depresión, hay que expresarse de modo que los políticos comprendan que la mentira descarada, la deshonestidad y la tomadura de pelo al votante no puede formar parte de una fuerza que se disputa los favores del pueblo. Es hora de recoger la baraja y dar de nuevo, pero recordando las reglas del juego cuyo incumplimiento lleva a descalificación. Los ricos no pueden hacer lo que se les canta el culo. (Como negarse a tributar.) Los jueces no pueden hacer lo que se les canta el culo. (Como Borinsky, que se considera en posición de juzgarse a sí mismo y rechazó dos veces su propia recusación.) Los funcionarios no pueden hacer —¡ni tampoco decir!— lo que se le canta el culo. Si tu discurso se caga en las leyes y se amotina contra las autoridades elegidas por el pueblo, tu lugar no es la política sino extramuros, donde el ostracismo envía a los resentidos, los delirantes y los terroristas.

 

 

Por cavilar sobre cosas como estas, días atrás mi cabeza produjo el siguiente sueño. (Ya sé que este recurso narrativo es un cliché, pero el sueño fue real y tiene sentido, por lo cual se ganó su derecho a ser contado.) Yo acababa de visitar algún tipo de exposición en un edificio descomunal pero elegante y moderno, una suerte de Malba en esteroides. Y lo que el sueño contaba eran mis esfuerzos por salir de ese edificio de una vez. Cada salida aparente estaba bloqueada, de un modo siempre diferente. (Dicho así suena kafkiano, lo cual sería otro cliché, pero los sueños kafkianos no terminan como el mío.) El hartazgo y la frustración se volvieron tan grandes, que cuando asomé a una potencial salida que en realidad daba a un abismo vertical, yo, que no soy ajeno al vértigo, consideré tirarme de cabeza y acabar con la tortura. Pero no lo hice. Y seguí buscando la puerta correcta, hasta que la encontré. No recuerdo cómo era ni cómo fue, porque los sueños nunca proporcionan respuestas masticadas. Pero desperté consciente de haber dado con ella.

Si no sucumbimos a la desesperación ni a la tentación de los atajos y hacemos lo que hay que hacer para abandonar el atolladero, nos encontraremos en la ruta hacia la salida — el portal que, como tantas otras cosas, tenemos en común.

 

 

 

 

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