Si la señorita lo dice

La música que escuché mientras escribía

 

Esto viene con trampa. No lo escuché mientras escribía, sino entre párrafo y párrafo, porque exigía plena atención, como corresponde al personaje del que se trata. Nadia Boulanger fue la más famosa maestra de músicos del siglo XX. Vivió 92 años, con plena lucidez hasta el final. Tenía 90, en 1977, cuando Bruno Monsaingeon le dedicó el documental Mademoiselle. El violinista y escritor francés Monsaingeon es el autor de notables películas sobre algunos de los grandes músicos que fueron sus contemporáneos, entre ellos Sviatoslav Richter, Glenn Gould y Yehudi Menuhin. Su obra es comparable a la del cineasta sudafricano Christopher Nupen, quien documentó en varias películas el feliz encuentro musical entre los jóvenes Daniel Barenboim, Pinchas Zukerman, Jacqueline Du Pre, Itzhak Perlman y Zubin Mehta, sobre el final de los roaring sixties.

Pianista, organista, compositora, directora, Boulanger comenzó a dar clases a los 17 años con un original formato colectivo. Más adelante, cuando su fama se extendió por el todo el mundo, los jóvenes estudiantes alternaban con músicos, compositores y escritores consagrados y hasta algunos nobles y ricachones que se asomaban a curiosear el mito. A los 20 descubrió que nunca compondría nada de gran valor. Todo lo que había escrito le parecía inútil y dejó de hacerlo. Su amistad con Igor Stravinsky fue tan célebre como la imponente lista de quienes pasaron por sus clases, ya sea en forma fugaz, como George Gershwin, o sistemática, como Barenboim, Aaron Copland, Leonard Bernstein, Astor Piazzolla, Philip Glass, John Eliot Gardiner, Michel Legrand, Krzysztof  Penderecki, Kathleen Ferrier, Quincy Jones, Dinu Lipati, Igor Markevitch, John Eliot Gardiner, Burt Bacharah o el niño prodigio búlgaro Émile Naoumoff, entre muchos otros. De una exigencia abrumadora, sus clases privadas cubrían seis días a la semana, desde las 8 de la mañana hasta la medianoche. Primero en forma irónica, pero luego con reverencia, las clases en sus salones atiborrados de cuadros e instrumentos musicales fueron llamadas La Boulangerie, que en castellano quiere decir La Panadería.

 

El adolescente Barenboim que estudió con Boulanger.

 

 

Varios relatos la pintan de cuerpo entero. A Gershwin le dijo que no tenía nada para enseñarle,  porque él ya había encontrado su propia voz. Quincy Jones cuenta que Nadia le dijo que su música nunca podría ser mejor de lo que él era como persona. Ella misma dice que un gran músico puede ser un hombre dominado por los vicios y las debilidades humanas, pero nunca un mediocre. Y Pantaleón recuerda el interés que ella tenía por la vida privada de ese muchacho que ganaba todos los premios de composición pero a quien le daba vergüenza mostrar el bandoneón porque sentía que el tango era algo inferior, hasta que ella le enseñó a conocerlo y conocerse. Esa música está bien, ¿pero dónde está Piazzolla?, le preguntó.

Para la Señorita, cada cual debía buscar ser uno mismo. Lo digo en tradicional masculino porque esta maestra extraordinaria nacida en 1887 era una contradicción andante. A tono con la educación católica de su niñez, pensaba que el destino de la mujer era el matrimonio y la maternidad, lo que nunca tuvo. Escuchalo a Pantaleón contar su experiencia con ella.

 

 

 

 

En el documental de Monsaingeon, Boulanger dice algunas cosas que me impresionaron. Percibía, hace ya 45 años, algo que hoy es evidente: a mucha gente le cuesta prestar atención. Las cosas les ocurren y se las olvidan. Repiten sus acciones todos los días pero nunca evolucionan, porque cualquier cosa que les suceda, inmediatamente se les disuelve. Pueden pasar 20 ó 50 años sin encontrar lo que buscan. A esos durmientes ni vale la pena tratar de despertarlos. Otras personas, en cambio, tienen tal concentración que todo les resulta importante, son aquellas que aman lo que hacen. Así era ella.

Le parece ridículo discutir si un músico es mejor que otro, este es primero, este es tercero, dice. Pero casi nunca escucha a Max Bruch, y no pasa un día sin Beethoven. No le da todo lo mismo.

Al recordar sus primeras clases, como adolescente, Igor Markevitch dice que hasta ese momento había permanecido en la superficie de la música, que la Señorita le reveló sus profundidades. Además de la técnica, que enseñaba de un modo que ella define como draconiano, creía que es preciso estar dotado, tener talento, que es algo que no se aprende. Y además de la técnica y el talento, hace falta carácter,  sin el cual todo lo demás se dilapida. Es fácil explicar la diferencia entre una buena y una mala obra musical, pero es más complejo entre una buena composición y una obra maestra. Boulanger dice que aprecia de inmediato una obra maestra, pero no sabe por qué lo es. «No digo que no exista un criterio objetivo, pero yo no lo conozco. Tiene que ver con la fe. Acepto la belleza, como acepto a Dios, a la emoción y a una obra maestra. Hay condiciones sin las cuales no es posible una obra maestra, pero no sé qué es lo que la define».

 

 

 

A mí me pasa al revés, cuando me limito a decirte que tal o cual cosa me gusta, pero no me atrevería a proclamar que sea buena o mala. No es lo mismo, pero me parece igual.

 

 

 

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