Si quieres ver a tu tierra en paz

A 40 años de Kamikaze, el álbum donde Spinetta reflexionó sobre la (triste) experiencia argentina

 

La escritura como forma de vida supone el cultivo constante de la sensibilidad. Me refiero a una sensibilidad ante (casi) todo lo que ocurre, por banal que parezca. Porque quien escribe está siempre a la caza de material, conscientemente o no: de historias, pero también de datos sueltos, palabras evocativas y elegantes, emociones, sensaciones, personajes o rasgos aislados de seres humanos reales que merezcan ser aplicados a un personaje futuro, y por supuesto, imágenes. (Visuales, claro, pero también literarias. Recién me quedé prendado de una frase de Douglas Stuart en su nueva novela, Young Mungo, donde describe una marca de dientes sobre el alféizar de una ventana como «perfectas medialunitas de ansiedad».)

La sensibilidad de la que hablo vendría a ser algo así como el sentido arácnido de Peter Parker, que dispara un estado de alerta antes de que sepas qué lo produce o por qué. O, si prefieren, como un par de antenas invisibles que están a la pesca de estímulos y nunca dejan de trabajar. Ni siquiera cuando estás concentrado en otra cosa, distraído o —se los juro—, durante el sueño. Si se me permite contradecir a Gardel, Pettorossi y Lepera, puede que el músculo duerma, pero la ambición literaria no descansa nunca.

Así fue que pesqué un dato que pretendía escaparse. Había quedado oculto detrás de los recordatorios de Malvinas, que durante estos días ocuparon una posición central, y además masiva, en nuestras conciencias. Más allá de los 40 años del inicio de la guerra, este abril se cumplen 40 años de la difusión de Kamikaze, un álbum peculiar dentro de la producción de Luis Alberto Spinetta. Parte de la peculiaridad tiene que ver precisamente con esas antenas, o ese sentido arácnido del que hablo. Kamikaze fue grabado durante febrero y marzo del ’82 en los Estudios Del Cielito de Parque Leloir, muy cerca de donde hoy vive el Indio Solari. Lo cual significa que Spinetta sacó a relucir el tema que da nombre al álbum y establece su concepto central poco antes de que nuestro país fuese empujado a la guerra, una posibilidad que hasta el arranque de ese abril no entraba en el menú ni del más delirante.

 

 

 

 

Hago el esfuerzo por recordar y fracaso, pero aun así sigo planteándomelo: algo habrá removido en muchos de nosotros la llegada de un disco de tapa púrpura que decía KAMIKAZE en pleno furor bélico. Tal vez no lo hayamos verbalizado, pero si tenías dos dedos de frente era imposible no asumir que la toma de Malvinas tenía algo de misión suicida, desde que desafiaba a un enemigo de gran superioridad en términos bélicos, aliado a su vez de naciones todavía más poderosas. Yo que era clase ’62, razón por lo cual tenía edad de estar haciendo la colimba y por ende de ser enviado al sur (no la hice porque había pedido prórroga, como estudiante de periodismo de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora: objetivamente, me salvó el periodismo), ¿habré escuchado Kamikaze pensando que algún día podía hablar también de mí?

Por entonces no teníamos forma de hacer sintonía fina y discernir entre los guerreros que asumían con nobleza el albur del sacrificio y la indignidad de sus comandantes. (Nada más distante, en términos de sentido, que un kamikaze tradicional y Leopoldo Fortunato Galtieri, el campeón del animémonos y vayan.) Lo indiscutible era que la mera mención de esa palabra debe haber tañido en nuestras almas cuerdas inquietantes.

 

 

El joven Spinetta, con su acústica Ovation.

 

 

¿Por qué pensaba Spinetta en kamikazes, durante aquellos tiempos previos a la guerra? Hay una respuesta tan concreta como engañosa: había leído un libro que Fernando Castro dedicó en el ’71 a la historia de estos tradicionales guerreros (en japonés, kamikaze significa viento divino) y le había fascinado. Kamikaze es la palabra que los traductores occidentales aplicaron a los pilotos que deliberadamente estrellaban sus aviones cargados de bombas contra las embarcaciones de los Aliados, durante la Segunda Guerra. Eran parte de una unidad especial de ataque cuyo nombre se abreviaba en Japón como tokkōtai. A partir de entonces, el concepto se generalizó a las misiones suicidas de cualquier clase: un musulmán que se calza un chaleco de bombas y se mete en territorio enemigo para detonarse y detonarlo es también, a su modo, un kamikaze.

Spinetta leyó ese libro, sí, pero la pregunta sigue siendo válida: ¿por qué lo leyó entonces —como quedó claro, no se trataba de una novedad editorial— y por qué resonó en su alma justo al despuntar 1982?

 

 

El libro sobre los kamikazes que leyó Spinetta.

 

 

Yo estoy lejos de considerarme spinettiano. Lo mío eran más bien Los Redondos y después Charly. Me gustaban Almendra y ciertas cosas de Pescado Rabioso, me compré el disco inicial de la banda Jade —Alma de diamante—, pero a partir de entonces las búsquedas de Spinetta —tanto líricas como musicales— se alejaron de mis zonas de disfrute. Sólo lo reconsideraba cuando bajaba un poco a tierra, o por lo menos a alturas a las que yo podía proyectarme. (Me encantó Privé, por ejemplo, un álbum donde creo que hizo un esfuerzo por conectarse con su tiempo y las nuevas tecnologías que traía aparejadas.) Lo cual no significa que de tanto en tanto no apreciase alguna canción suelta. Por eso, entre otras razones, conservo el recuerdo del concierto de Las Bandas Eternas como una de las experiencias más memorables de mi vida, en materia de música en vivo.

 

 

Spinetta, durante el legendario concierto donde repasó su carrera con las «Bandas Eternas».

 

 

Pero Kamikaze fue de esos discos que compré, gasté y dejaron huella en mí. Fue una bomba de profundidad en el océano de la guerra, que además era amable a simple oída — asequible. Predominantemente acústico, la guitarra de Luis y el piano de Diego Rapoport, sin base rítmica — ni bajo ni baterías. Incluía algunas de las canciones más bellas y directas de Spinetta, como Ella también y Barro tal vez. Muchas practican una poética muy narrativa. Antes que sus letras más voladas, que se prestan a la parodia capusottiana (¡Luis Almirante Brown!), tiendo a apreciar más las canciones de Spinetta que se apegan a la progresión a que te obliga una historia, a la necesidad de que un sentido, aunque no sea del todo explícito, exista: lo que va de Ana no duerme, pasando por El anillo del capitán Beto y llegando a La bengala perdida, por mencionar tres ejemplos.

Y en este álbum hay muchas de ese estilo, raro en él. Empezando por la canción dedicada al guerrero epónimo, «el noble kamikaze» que hace arder su propia piel, «quemando al enemigo». Una vez arribado al más allá a que aspiraba en virtud de su heroísmo, comprende que cometió un error porque, en ese reino, «morir así —dilapidando su vida en un gesto violento— es en vano».

 

 

 

 

 

 

 

Nobleza obliga

El final de la canción Kamikaze revela que Spinetta sí podía practicar sintonía fina aún entonces, y distinguir entre la nobleza de propósitos y la validez de los medios empleados para obtenerlos. No olvidemos que la herida de los jóvenes argentinos que habían sido víctimas de la represión estaba fresca, aún rezumaba sangre. Algunos de ellos habían asumido que entre las posibilidades que entrañaba su compromiso estaba la del suicidio, a través de una dosis de veneno que llevaban consigo o del modo que considerasen pertinente.

Pienso, inevitablemente, en Vicky Walsh. «Mi hija —escribió Walsh a sus amigos— no estaba dispuesta a entregarse con vida… Era una decisión madurada, razonada». Según Walsh, Vicky gritó: «Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir». Su muerte, subraya, fue «gloriosamente suya». Esto es indiscutible. Algo que no puede ser negado, aunque todavía existen quienes lo intentan.

 

 

Vicky y Rodolfo Walsh.

 

 

El Spinetta que escribió Kamikaze venía de esa tragedia argentina, sin ser consciente de que estaba al filo de formar parte de otra, como todos nosotros: la guerra de Malvinas que la dictadura, ese Saturno que se alimentaba a base de sus propios hijos, lanzó tan sólo para aferrarse al poder que se le escapaba de forma irremediable. Esa irresponsabilidad tendría como resultado, ¡otra puta vez!, el sacrificio de los más jóvenes.

Pero Luis Alberto, está claro, era un pacifista. «No concibo la posibilidad de que los hombres se maten —lo cita Eduardo Berti en Spinetta: crónica e iluminaciones—, ni por inmolación, ni para beneficio de la guerra, ni jugando a los dados o la ruleta rusa, ni en la calle, ni en los accidentes». ¿Cómo explicaba, pues, o como justificaba la fascinación que sentía por estos guerreros que iban a la muerte en nombre del honor nacional?

Por un lado, entiendo que la complejidad de la circunstancia histórica, inseparable de la violencia, lo llevaba a trascender lo blanco y negro y a considerar los grises. En el texto que figura en el sobre interno del álbum, Spinetta admitía: «Admiro profundamente la decisión de aquellos jóvenes kamikazes, al margen de la abominación de la guerra». No hay nada en esas canciones que permita una conexión literal con la tragedia de los ’70, pero de todos modos mi sensación es que Kamikaze es el disco más transparentemente político de la obra de Spinetta. (Como digo, no soy spinettiano y por lo tanto no consumí la tonelada de exégesis que existen sobre sus canciones. Como el objetivo de este texto no es la exégesis spinettiana —al menos, no de forma central—, prefiero confiar en mi propia percepción, arriesgándome, por cierto, a mis potenciales errores.)

 

 

Túpac Amaru II: la unidad perdida.

 

 

Tanto en el tema que da nombre al disco como en las dos partes de Águila de trueno hay una valoración del sacrificio por una buena causa. Ni aliento ni justificación: reconocimiento de la generosidad de quien puso en juego su vida entera, y honra al caído que formó parte de una gesta igualmente generosa. El kamikaze puede haber incurrido en un «error» que sólo advierte a posteriori, ya en el ultramundo, pero ese error no lo despoja de su nobleza. El eje temático de las dos Águila de trueno —compuestas durante ese annus horribilis que fue el ’76— es Túpac Amaru II, o sea José Gabriel Condorcanqui, el caudillo inca que se rebeló contra la corona española a fines del siglo XVIII. Por esa rebelión —que precedió a la Revolución Francesa— le cortaron la lengua, intentaron arrancarle piernas y brazos en vida, lo decapitaron, trozaron su cuerpo y distribuyeron sus miembros por distintos puntos geográficos. (Una crueldad que parece primitiva hasta que uno se informa sobre los métodos de los desaparecedores de los ’70. Con el agravante de que estos no eran extranjeros, sino que torturaban y asesinaban a sus compatriotas.)

En la primera parte de Águila de trueno no hay mención a la causa de los hechos. Condorcanqui ya está derrotado y estaqueado, y reclama consuelo. Sobre el final, los tambores y las campanas parecen pedirle «que se junte con su cuerpo», primero, y a continuación, «que responda por nosotros». La violencia queda fuera de cuadro, es un hecho consumado. Lo que prima es una voluntad de superación, de trascendencia, expresada en los instrumentos que llaman a «Gabriel» a volverse uno —a reunificar el alma con el cuerpo disgregado, Latinoamérica como el cuerpo desmembrado de Condorcanqui— y a responder por nosotros —o sea a hablar, a representarnos nuevamente. El hecho de que esa reunificación no se haya concretado aún parece ser la causa de la tristeza que permea la parte II de la canción. Allí Spinetta le habla a un «hombre que llora», con cuyo desconsuelo empatiza: «Te diré que te sentí llorar», dice. Pero en el final prevalece la esperanza que Túpac Amaru establece en pleno tormento, cuando afirma «Este cuero ya se acorta —por los tientos que lo mantienen estaqueado—, pero no mi fe».

¿No nos sentíamos así casi todos, durante ese tiempo envenenado: estaqueados por tientos invisibles, pero aun así soñando con un mañana?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un kamikaze de la creación

Mediante ese álbum, Spinetta reconfiguró el término kamikaze para adaptarlo a su sensibilidad. Sin dejar de honrar a los guerreros tradicionales, lo tiró para su lado, convirtiéndolo en sinónimo de la entrega a otro tipo de ideales. En el texto que figura en el sobre interno del álbum, se pregunta: «¿Ya no hay más kamikazes de la vida creativa?»

Muchos años después, en el contexto del libro Martropía (2006) de Juan Carlos Diez, Spinetta confesó haber sido siempre «un kamikaze creativo», alguien que se deja llevar hasta el límite por el deseo de producir algo bello y único. «Creo que hay de ese tipo de kamikazes —agrega—, aunque me da la sensación de que cada vez menos. Ahora lo más standard y lo más seguro es lo que pega con la gente. No es que los guíe una intención mala, sino que simplemente no hay ningún resultado musicalmente bueno».

 

 

 

 

 

La inclusión en el álbum de la canción Barro tal vez, compuesta a sus 15 años, construye en el mismo sentido. Hijo de un tanguero aficionado, y contemporáneo del boom del folklore en los ’60 —la primera canción que aprendió a tocar a los 12 fue Ki Chororó, de Aníbal Sampayo—, Spinetta no tuvo empacho en hacer de Barro tal vez una suerte de zamba beatle, donde se expresa con una franqueza que prácticamente no volvió a frecuentar. «Si no canto lo que siento / Me voy a morir por dentro», dice. Tan simple y tan crucial como eso. Esa comunión con el deseo creativo lo desnuda, lo reduce a su expresión más esencial: «Si quiero me toco el alma / Pues mi carne ya no es nada». Si calla, asegura, se le pudrirá la boca.

No había nada más real, para el Spinetta adolescente, que su necesidad de expresarse. Pero al mismo tiempo esa necesidad ponía en marcha un proceso, entrañaba una tarea que sacar adelante, una brega física como la del Yahvé que nos habría construido a base de polvo o la del rabino que dio vida al gólem de Praga — un procedimiento volitivo: «Ya lo estoy queriendo / Ya me estoy volviendo canción / Barro tal vez». Quien necesita expresarse con una intensidad semejante no puede sino ser un kamikaze.

Por eso es significativo que Spinetta haya rescatado esa canción en el ’82. Porque a sus 15 años —en 1965— seguramente no existía para él nada más que ese deseo, como para el común de los adolescentes existe apenas la burbuja de su circunstancia. Pero retomarla después de la tragedia de los ’70 implicaba asumir la consciencia de la mortalidad, que pesa sobre la canción sin que haya necesitado cambiar ni una coma de su letra.

Después del genocidio —después de nuestros Auschwitz—, ya no hubo forma de cantar lo que sentíamos sin asumir que eso podía costar la vida.

 

 

 

 

 

 

 

Dale gracias

Spinetta pertenecía a la generación masacrada. Razón por la cual no podía ser inmune a la politización que era popular entre sus iguales. A fines de los ’60 se sumó a una agrupación llamada JAEN: Juventud Argentina para la Emancipación Nacional, fundada por un tal (¿pueden creerlo?) Rodolfo Galimberti. (De ese grupo participaron también, se dice, los muchachitos Carlos Grosso y Chacho Álvarez.) Pero a esa altura Almendra ya era una realidad, así que no le quedaba otra que elegir entre una y otra banda. Y sus afinidades electivas no podían ser más evidentes. Por eso me pregunto si a través de Kamikaze Spinetta habrá querido exorcizar, sabiéndolo o no, la culpa de quien sobrevivió a tantos de sus contemporáneos por haberse abierto a tiempo para dedicarse a otra cosa.

Porque Kamikaze le rinde en función doble. A través de esa imagen honra a los caídos y al mismo tiempo se reivindica él también como un kamikaze, sólo que dedicado a otro tipo de batallas. ¿Quién puede negar que Spinetta, y el Indio, y también Charly, se mandaron a fondo, con todo, en una línea de lucha alternativa, sólo que política a través de lo cultural antes que política sectorial o partidaria? En Dale gracias, de su disco debut con la banda Jade, ya había cantado, en eco de sus lecturas de Carlos Castaneda: «Recuerda que un guerrero no detiene jamás su marcha».

 

 

 

 

También es posible que no haya habido culpa, y que yo esté proyectando sobre Kamikaze mi (de)formación cristiana. Pero de cualquier modo ese álbum, cristalizado al término de una masacre y a las puertas de otra, sirve como puntapié inicial para la discusión que quiero sugerir. Está claro que Spinetta, por herencia, talento y vocación, pintaba más para crear obra artística que para militar en las calles. Se trata de dos generosidades distintas, pero generosidades al fin. Si bien es cierto que necesitamos de aquellos que intervienen en el mundo material y lo mejoran, también es innegable que no podríamos seguir adelante —porque la lucha es árida, durante la mayor parte del tiempo: contemplen nuestro presente, ¡está más seco que el Sahara!— no podríamos seguir adelante, insisto, sin las y los artistas que crean los fueguitos que nos guían en la noche. Y en ese sentido, el noble guerrero que expone el cuerpo en la lid es igual de imprescindible que aquel que compone el himno que glorificará su entrega.

¿Seríamos los mismos si en 1915, en plena Europa y con la Primera Guerra en marcha, Kafka no hubiese publicado La metamorfosis? ¿Seríamos los mismos si durante la Segunda Guerra y bajo los ataques aéreos que llovían sobre Gran Bretaña T. S. Eliot no hubiese escrito tres de sus Cuatro cuartetos? ¿Seríamos los mismos si, a pesar de la violencia que imponía la segregación racial, Coltrane no se hubiese mandado en el ’65 a grabar A Love Supreme? Y conste que elegí obras que, siendo contemporáneas a circunstancias inescapables —como las Guerras Mundiales o el apartheid que primaba en los Estados Unidos—, no hablan de esas circunstancias, por lo menos directamente.

 

 

Franz Kafka: nos convierten en bichos.

 

 

Vale que Rebecca West haya publicado El retorno del soldado en 1918 y que Evelyn Waugh escribiese Put Out More Flags a comienzos de los ’40, tanto como que Marvin Gaye haya compuesto What’s Going On? con Al Cleveland y Obie Benson, en respuesta a la represión policial del Jueves Sangriento del ’69. Pero además de las obras creadas en caliente, es vital que existan obras que se aparten de lo testimonial, de la protesta directa, para considerar dimensiones de la existencia que los conflictos urgentes relegan al olvido.

¿Trata La metamorfosis sobre la Primera Guerra? Claro que no, a no ser que consideremos que en cierto modo hechos semejantes nos convierten en insectos de un día para el otro. ¿Versan los Four Quartets de Eliot sobre la Segunda Guerra? Más bien son reflexiones metafísicas, que lindan con el misticismo. ¿Sería A Love Supreme un reflejo de las indignidades a las cuales la sociedad blanca de Estados Unidos sometía a la minoría negra? No hay forma de considerar ese álbum como una obra de protesta.

 

 

T. S. Eliot: «La humanidad no tolera demasiada realidad».

 

 

Y sin embargo, tampoco hay forma de separar esas obras de su contexto sin perder algo esencial. La Europa estallada por guerras intestinas y actos terroristas debe haber creado un estado de ánimo a partir del cual la idea de sentirse un bicho, a merced de fuerzas superiores, incomprensibles e incontrolables, quedaba apenas a un salto imaginativo. Vivir en un país bombardeado mientras su salud fallaba habrá influido sobre el Eliot que escribió: «La humanidad no tolera demasiada realidad». La opresión blanca habrá tornado imperiosa la invención de un lenguaje musical nuevo, que sólo entendiesen los iniciados o aquellos necesitados de elevarse por encima de la indignidad cotidiana. Por algo Coltrane se toma el trabajo de incluir una suerte de poema entre los textos del álbum —que además dice haber recitado, mientras soplaba su saxo tenor— donde entre otras cosas dice: «Júbilo. Elegancia. Exaltación». Un plan de vida que me gustaría seguir, y que además —ventaja no menor— me ayudaría a tomar distancia de la frustración que me producen cosas como la prosternación oficial ante los altares de la UIA, la CGT genuflexa y el imperialismo estadounidense.

Como parte de esta misma trama, Spinetta colocó en Kamikaze una canción que se llama Ah, basta de pensar. Por supuesto que no se trata de una invitación a afiliarse al PRO o a los libertarios, sino a dejar de sentirnos abrumados por tanta data que descorazona y razonar a través de circuitos alternativos, o al menos laterales, que confluyan con un sentir más elevado. Spinetta registra allí una «omnipotencia cruel» que lo «hiere como el sol»; vuelve a ser sensible ante alguien que «llora ahí»; se pregunta «qué razón de ser / me habrá puesto piel»; y deja de monologar para dirigirse a un otro o una otra a quien le desea lo mejor, que es de lo que se trata cuando uno está bien de alma y puede trascender el egoísmo: «Que todo sea como vos quieras», canta.

 

 

John Coltrane: júbilo, elegancia, exaltación.

 

 

Una de las canciones que más me gusta es la que se llama La aventura de la abeja reina. Es de esas que cuenta una historia, claro. Me recuerda a la vena narrativa de Genesis, particularmente a una canción de Tony Banks, One From The Vine, que forma parte del álbum Wind & Wuthering (1976). (En el final, el protagonista de ambas canciones es desplazado del eje central para revelar que está siendo observado por otro, u otros.) La canción de Spinetta habla de una abeja que goza de la vida y agradece su suerte («Bendito sea este viento», dice; otra mención al «viento divino» que en japonés se dice kamikaze), cuando una voz la convoca a una caverna donde termina encerrada. «Jamás escaparás de aquí», le vaticinan. La abeja contempla «miles de colmenas / ardiendo en el fuego / millones y millones / de sordos tapires», y concluye: «¡Pero esto es el infierno!» Aun así, ni siquiera entonces duda: «Yo sé bien que saldré de aquí». Al reconciliarse con la idea de su mortalidad («Sé que no me va a importar / Si a la luz de un verano / Muero al morder mi presa… / Dejando en ella mi aguijón»), rompe el sortilegio y consigue escapar. «En ese instante —dice— comprendí / que explicar esto a alguien / sería inútil». Como suele ser inútil, agrego yo, intentar que alguien capitalice nuestra experiencia y evite cometer los mismos errores. Cada uno debe bajar a su propio infierno y encontrar la forma de salir de él, quizás no entero pero sí más sabio.

¿Alguien duda de que, a pesar de referirse a tapires, abejas, rayos y tímidas flores, Spinetta hablaba de nuestra aventura anímica en el país-campo de concentración?

 

 

 

 

 

 

 

Quedándonos o yéndonos

Las canciones de Kamikaze provenían de épocas diversas. Ya conté que Barro tal vez era obra del artista adolescente. Ella también es una balada amorosa —de mis favoritas de Spinetta— que formaba parte de la ópera rock que Almendra no pudo concretar en el año ’70. Pero aun así, exhiben una complementariedad digna de un álbum conceptual. La abundancia de imágenes naturales, que llega a su cenit en La aventura de la abeja reina, prosigue en Quedándote o yéndote, compuesta en este caso con su amigo y cómplice de la vida, el fotógrafo Dylan Martí. Allí asoman el sol, las flores, el cielo y la lluvia, conjugándose en la dirección de la tesis que he tratado de sostener y Spinetta enuncia limpiamente: «Y deberás crear / Si quieres ver tu tierra en paz».

 

 

 

 

 

 

Pero quizás no haya canción más transparente respecto de la voluntad de Spinetta que aquella que cierra el disco. No sé ustedes, pero cuando yo oigo o leo la expresión «casas marcadas» pienso en una cosa, y sólo en una: las viviendas que, durante los ’70, la represión seleccionaba para convertir en blanco de sus ataques. Sin embargo, la canción Casas marcadas invierte ese oscuro sentido por completo. «Casas marcadas / Por el sol / Casas marcadas / Por la luz», canta Spinetta. Precedidos por la liberación de la zona circundante, los ataques a esos targets solían ser nocturnos, porque la intención de las operaciones en las tinieblas era destilar terror, no sólo en las víctimas sino además en sus vecinos. Lo que Spinetta predica allí no puede ser más opuesto: «Deja que la luz te brille», dice. Su deseo es que el decurso natural de la vida limpie esas casas, mediante la luz del sol y la circulación del aire. «Vaya con la casa / Que despide viento», recomienda. Algo en la misma línea de los versos que cierran Quedándote o yéndote: «La lluvia borra la maldad / Y lava todas las heridas de tu alma».

Desde el pozo más profundo en que nos sumió la historia contemporánea, Spinetta no avizoraba una salida política —ninguno de nosotros estaba en condiciones de visualizarla—, pero sí una anímica, condición inicial para cualquier transformación que pudiésemos desear. Y deberás crear, si quieres ver tu tierra en paz. Crear en el sentido más amplio del término: sembrar literal y simbólicamente, alumbrar una familia, concebir una obra bella. Sé que debo haber escuchado alguna canción de Spinetta durante mi adolescencia: tal vez haya sonado en una radio (en casa, mi madre era la dueña del dial) o durante un fogón, lo cual sugiere que con suerte conocía Muchacha y no mucho más. Pero tengo clara con precisión la fecha en que decidí prestarle atención a Spinetta. Fue en junio de 1980, cuando me compré el libro del recientemente fallecido Miguel Grinberg que se llamaba Cómo vino la mano. En el capítulo dedicado a Spinetta sigue estando la marca en birome que hice entonces, destacando la frase que me llevó a pensar: Uh, este hombre debe valer la pena. Ahí Spinetta decía: «Ahora ya no tengo más excusas, ya comprendí que crear, y crear cosas hermosas, depende de una vida hermosa».

 

 

 

 

En los momentos angustiantes —y este, como dije, es un momento de cruce del desierto para el pueblo argentino—, siempre reaparece esa frase de Spinetta. Aquellos que sufren carencias elementales no pueden darse el lujo, pero los que mal que mal paramos la olla y contamos con manos amigas a las que recurrir, tenemos la responsabilidad de mantener alto el estado de ánimo y defender la belleza que podemos cultivar. Y deberás crear, si quieres ver tu tierra en paz. Ya aclaré que Spinetta dice crear en el sentido más amplio, pero, del mismo modo, cuando dice tu tierra no está hablando tan sólo de tu país o tu ciudad. Tu casa es tu tierra, o mejor: tu familia es tu tierra, ya sea de sangre o de amistades. Y tu interioridad —tu mundo privado, esté hecho de los materiales que hayas elegido— también es tu tierra. Eso es lo que hay que crear y recrear cotidianamente. Porque si vamos a esperar que el mundo exterior se ordene como querríamos para empezar a ser felices, estamos fritos.

Por eso, como en casi todos los órdenes, la cosa iría de adentro hacia afuera. Crear un microcosmos bello a escala de nuestro núcleo social y emocional también es hacer política. Si no construimos un ambiente armonioso, alentador, en nuestro hogar y en nuestro círculo afectivo, ¿cómo podemos demandarlo de la macro política y social? ¿Qué derecho tendría yo de putear a la pendejada de la Franja Morada que celebró una muerte mientras demandaba otra, si no me hubiese asegurado, en la medida de mis posibilidades, de enviar al mundo a hijas e hijos que son generosos y abominan de la violencia? (Con la momentánea excepción del menor, lo admito, que todavía es fan de Michael Myers y de Jason Vorhees, protagonistas de las sagas terroríficas Halloween y Viernes 13.)

 

 

 

 

 

Spinetta creó una obra hermosa y vivió una vida hermosa, como lo atestigua ese florilegio de hijos suyos, a cual más maravilloso. Y dentro de esa obra hermosa, Kamikaze ocupa un lugar privilegiado. Porque en un tiempo umbrío levantó la bandera de los mejores instintos, y esa bandera sigue flameando hoy, guiándonos como lo hizo en el ’82. Si él pudo avanzar aún entonces, contra todas las tinieblas de este mundo, ¿cómo podríamos no hacerlo nosotros, que contamos con artistas maravillosos —con creadores de obras hermosas— como Lazarillos?

Esas obras que crearon para salvarse a sí mismos, nos salvan también. Por cierto: siempre y cuando estemos dispuestos a hacer la parte que nos corresponde, a trabajar para arrancarle un sentido a nuestro propia aventura. Por eso me gustan tanto estos versos que Eliot escribió durante la Segunda Guerra, mientras a su alrededor el mundo se derrumbaba.

No dejaremos de explorar de ningún modo

Y cuando concluya nuestra exploración

Llegaremos al punto de partida

Y conoceremos el lugar por primera vez.

Crear cosas hermosas —en nuestra casa, en nuestro lugar de trabajo, en nuestro barrio, en nuestro país—, depende de que llevemos adelante vidas hermosas. A 40 años de Kamikaze y 42 del descubrimiento de su frase en el libro de Grinberg, sigo pensando que Spinetta tiene razón y que la cosa es tal como la dijo entonces.

Ya no tenemos más excusas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí