Sobre eunucos y beldades

Las imágenes de la música

El tocador de laud, Caravaggio, 1597. Según se demostró, el modelo que utilizó el pintor era uno de los célebres castrati de la época.

 

Cuando Horacio Verbitsky, a raíz de una polémica, invitó a sus lectores a opinar sobre las mujeres que, de modo eximio, se dedican a la interpretación pianística exhibiendo, de manera concomitante, su belleza física o vestimenta insinuante, me abstuve de participar. 

Pensé que el doble fenómeno era inevitable en nuestro tiempo y que, en sí, no merecía mayor consideración. Se trataba, al fin y al cabo, de otro corolario —lógico— de nuestra sociedad audiovisual, donde es lo visual, no lo auditivo, lo que predomina; siempre bajo el paradigma de la maximización de ganancias.

En consecuencia, si aparece una excelente pianista que, además, posee o cultiva un físico escultural, pues bien, no será improbable que pronto estemos ante la nueva Yuja Wang, con sus videos multiplicando visualizaciones en YouTube, Instagram y TikTok. Martha Argerich, seguramente, va a tocar siempre mejor que estas nuevas virtuosas, pero hoy “Martita” es una mujer de más de 80 años, que se viste con blusas, largos vestidos negros y zapatones chatos, no stilettos. Que tenga menos visualizaciones que sus jóvenes congéneres no debería sorprender a nadie.  

Sí me interesó, en cambio, la nota de HV sobre los cantantes castrati, hoy, afortunadamente, desaparecidos de la faz de la Tierra. Ahora bien, resulta que, justamente, que hayan existido los castrati arroja algo de luz, por contraste, sobre la cuestión de las bellas pianistas hodiernas. El mundo musical de los castrati creo que, estrictamente, no terminó con las prohibiciones —directas e indirectas— de los papas León XIII (1878-1903) y San Pío X (1903-1914), sino, de modo real, hace solo unos lustros, cuando las imágenes, a través de las redes sociales (quizás un poco antes, con los videos), ganaron definitivamente un lugar principal y preponderante en el mundo musical. 

Antes, ese mundo musical, sobre todo el académico, había sido el hábitat feroz del sonido y de la competencia entre sonidos; un mundo predominantemente auditivo que podría definirse, casi, como un “universo para ciegos”. Alguien objetará que la ópera es un mundo teatral, de imágenes, escenarios y vestidos, además de música; puedo responder, con tranquilidad, que escuché todas las grandes óperas de la historia —las de Mozart las aprendí de memoria— sin haberlas visto y, como los libros, casi que prefería imaginarlas, sin despreciar nunca el acontecimiento de verlas. 

En ese ya antiguo mundo musical, la imagen o la figura del intérprete tenían una importancia secundaria, cuando no marginal. Al punto que pudo pensarse y practicarse por siglos la castración de niños para lograr determinados registros sonoros. Estos eran únicos en cuanto se extraían solamente de los varones de nuestra especie. Varones castrados que en su adultez se verían privados por esa intervención en su infancia —que también les aseguraba un ingreso vitalicio—, no solamente de su integridad corporal, sino de ciertos rasgos físicos que se asocian tradicionalmente con la masculinidad, empezando por la voz, pasando por la vestimenta (en sus actuaciones) y terminando con la ausencia de descendencia. En el mismo sentido, del lado femenino, no descubro nada si señalo la perenne imagen estereotipada de la cantante de ópera obesa, totalmente opuesta a lo que hoy se considera el ideal de belleza femenina, por más discursos inclusivos que se propalen al respecto. 

Vale precisar aquí, respecto de aquellos hombres que ya no existen, la distinción semántica que se usaba para el colectivo. Castrato se aplicaba al cantante lírico que, siendo un niño, sufría la pérdida de sus órganos reproductivos para lograr que mantenga, de por vida, el registro puro de su voz infantil. Esta intervención debía realizarse antes de la maduración sexual adolescente. En oposición, eunuco es el varón castrado en la adultez, cuando la amputación carece ya de efectos sobre la voz, que seguirá siendo siempre la de un adulto. Es un hecho que entre los varones adultos (no castrados) existen también los que poseen registros de voces agudas —como veremos abajo— y ello provoca que el fenómeno de los castrati no solo sea visto hoy como una forma de salvajismo, sino que además como uno innecesario, que duró siglos. Como Dios escribe recto con renglones torcidos —a veces demasiado torcidos—, todo aquello sí produjo la creación de un inmenso repertorio lírico, dedicado a los castrati; repertorio cuya belleza y perfección musical son únicos. 

Ese mundo puramente auditivo, el de los castrati, fue en el que yo crecí hasta finales del siglo XX y bien entrado el XXI. Los rostros de los intérpretes de música clásica aparecían, con suerte, en el “arte de tapa” de vinilos, cassettes y CDs; solamente interesaba lo que se escuchaba de ellos, no cómo se veían o vestían. Recuerdo, en algún momento de aquellos bárbaros tiempos, haber tirado a la basura algunas grabaciones de grandes intérpretes por juzgar que no respondían al estándar mínimo exigible respecto de ciertas obras. No me olvido de una de Vladimir Ashkenazy con su versión —que consideré deplorable— de las baladas y scherzi de Chopin; me parecían carentes del nervio que exigen esas composiciones. La reacción juvenil e inmadura de un fanático de Chopin. 

Volviendo a los castrati, su desaparición trajo el dilema de qué hacer con el repertorio compuesto para ellos por grandes genios de la música a lo largo de no menos de cinco siglos. Como indicó HV en su nota, ese repertorio “de agudos” fue asumido en el siglo XX por hombres, aquellos que poseían el registro vocal de contratenor, el más agudo que se encuentra entre los varones; esos roles no fueron abordados, en general, por las mujeres, cuyo registro paralelo al de los castrati, entiendo, sería, sin ser un experto, el de las mezzosopranos. Entre estos señores de voz “femenina” estuvo Alfred Deller, referido en la nota del domingo pasado. Entre las mezzosopranos que han descollado últimamente, recuerdo a Tatiana Troyanos y Cecilia Bartoli, que interpretaron obras destinadas a los castrati. La primera, de modo eximio, el papel de Cherubino, en Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadeus Mozart, bajo la batuta de Karl Böhm.

Actualmente, uno de los mejores contratenores del mundo —si no el mejor— es un argentino, tucumano, cuya carrera internacional se hizo a puro esfuerzo y talento autodidacta, con no mucho apoyo en nuestra patria. Así, prácticamente de la nada, obtuvo, en el año 2003, el primer premio del prestigioso concurso Bertelsmann Neue Stimmen en Alemania, el cual nunca antes había sido ganado por un contratenor. Su nombre es Franco Fagioli y asumió el repertorio de los castrati con una perfección tan sublime como lo es su voz, descollando en sus presentaciones en los más importantes teatros europeos, hasta el día de hoy. Lamentablemente, el Teatro Colón y otras salas líricas de Argentina han ignorado a Fagioli en sus programas —como si no existiera—. Seguramente porque su esforzada y exitosa trayectoria se desarrolló siempre en el exterior, alejada de las trenzas y amiguismos locales. Como estamos hablando de ópera y no de fútbol, este Messi de la lírica mundial es casi un desconocido en la Argentina. 

Ahora bien, dentro de este fenómeno visual en el que se ha convertido la música, incluida la ópera, y dentro del mismo nicho de los contratenores sucesores de los castrati, hace algunos años surgió la figura de otro cantante de calidad excelsa, el polaco Jakub Józef Orliński. Su voz y talento musical (con una formación académica europea a la que nunca pudo acceder Fagioli en la Argentina) han progresado en su carrera artística exhibiéndose a la par, como las “chicas que se sientan al piano”, de su innata belleza física. Así, esta voz “femenina” aparece emergiendo de un rostro y cuerpo que se comparó con el del David de Miguel Ángel. Algún video musical lo muestra en la pose de aquella estatua y los sellos discográficos no trepidaron en hacerle grabar videos cantando con el torso desnudo —o sugiriendo un desnudo total— para deleite de ciertas damas y también de algunos caballeros. Estas dotes han permitido a Orliński desarrollar también una carrera de modelo publicitario y comercial; y últimamente se presenta como experto en breakdance, modalidad de danza surgida en los años ochenta y que —ingenuo de mí— pensaba que la humanidad habría ya superado en el siglo XXI. Como se ve, el fenómeno hedonista-musical que hace unos meses suscitó la polémica entre HV y algunos lectores no se limita, en absoluto, a las mujeres.   

 

Abajo dos videos de Franco Fagioli interpretando Ombra mai fu de Georg Friedrich Händel (1685-1759) y Alto Giove de la ópera seria "Polifemo" de Nicola Porpora (1686-1768). 

 

 

 

Para terminar, tres videos de Orliński interpretando piezas religiosas breves del maestro Antonio Vivaldi (1678-1741): Vedrò con mio diletto; Initium sapentiae timor Domini y Sento in seno

 

 

 

 

 

 

 

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