Sobre niños prodigios y genios únicos

La música que escuché mientras escribía

 

En una nota reciente sobre Bach y mi primer recuerdo escribí que era un genio único, del que todo intérprete es un humilde servidor y cada oyente un devoto, desde la cuna hasta la sepultura. A raíz de eso, recibí unas líneas de Andrés Jaroslavsky.

Jaroslavsky fue uno de los fundadores de HIJOS en Tucumán. Desde hace casi veinte años reside en York, la ciudad inglesa que fue capital del imperio romano y donde el emperador Constantino trocó la persecución del cristianismo por su adopción como religión de estado. Es un pianista aficionado y un pintor hecho y derecho del que hemos publicado algunos cuadros, como este que tituló El Silencio.

 

El Silencio, por Andrés Jaroslavsky.

 

La única vez que estuve allí para dar una charla en la universidad sobre el proceso de Memoria, Verdad y Justicia, Andrés me llevó al mejor restaurante italiano de la parte del mundo que conozco. Atendido por una familia siciliana, no tiene carta ni podés pedir. Sólo tenés que sentarte en una de las tres o cuatro mesas de un local precario y te traen lo que se les ocurre, tal como hace Carlos Sosto en la Palermo de Buenos Aires.

Andrés me escribió que en alemán Bach significa arroyo y que Beethoven decía a sus amigos “Qué arroyo, él debería llamarse mar” («¡Nicht Bach! Meer sollte er heissen»). Beethoven nació en 1770, veinte años después de la muerte de Bach, de modo que ni lo conoció personalmente ni se enteró de la merecida fama que le trajeron los siglos transcurridos hasta hoy. Pero eso no le impidió entender todo. En una edición anterior publicamos los últimos cuartetos de cuerdas de Beethoven, a mi juicio las piezas más profundas que escribió, con una dimensión trágica difícil de soportar.

Hoy te propongo sus sonatas para piano, interpretadas por el músico chileno Claudio Arrau quien, igual que Baremboim, fue un niño prodigio y ofreció su primer recital a los cinco años.

 

El pequeño Arrau.

 

Siempre me ha fascinado e intrigado esa aptitud única que sólo algunos elegidos tienen. Recuerdo ahora las libretas con dibujos infantiles que tuve la suerte de ver en el Museo Picasso del barrio gótico de Barcelona. Son esas cosas que ponen a prueba las convicciones del mejor ateo.

 

El Picador, óleo de Picasso a los 8 años.

 

Corrida de toros y palomas, dibujo de Picasso a los 9 años

 

¡Perdón, me fui por las ramas! Pero eran tan lindas…

Arrau grabó las 32 sonatas de Beethoven ya de grande, a partir de sus 38 años, pero seguía teniendo esa capacidad prodigiosa que nos asombra a los comunes mortales. Por ejemplo, se cuenta que interpretó de memoria los 48 preludios y fugas de El clave bien temperado de Bach, cosa que dicen que Beethoven intentó en vano.

No te lo pongo con ese espíritu deportivo, por el cual habría que amar a Malcuzynski, como las señoras gordas que asistían a sus conciertos anuales en la Buenos Aires de hace 60 años, sino porque me gusta mucho. Ojalá lo goces tanto como yo.

 

 

 

 

 

 

 

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