Desde hace varias décadas circula una anécdota referida al empresario norteamericano Henry Ford II y la automatización de los procesos productivos del gigante automotor. Como ocurre con la mayoría de las buenas anécdotas, podemos inferir que es apócrifa, aunque esa eventualidad no le quita interés. Como escribió Boris Vian en La espuma de los días (1947): “La historia es totalmente cierta ya que la imaginé de un extremo al otro”. Algunos detalles del relato cambian en función de quien lo transcribe, pero el remate es siempre el mismo. Hace unos años, el semanario inglés The Economist publicó su propia versión: “Se cuenta una historia apócrifa sobre Henry Ford II, quien mostró a Walter Reuther, el veterano líder del sindicato United Automobile Workers, una planta de automóviles recién automatizada. “Walter, ¿cómo vas a conseguir que esos robots paguen tus cuotas sindicales?”, se burló el jefe de Ford Motor Company. Sin dudarlo, Reuther respondió: “Henry, ¿cómo vas a conseguir que compren tus coches?”.
Para The Economist, “que el intercambio fuera cierto o no es irrelevante. La cuestión era que cualquier aumento de productividad requería un aumento correspondiente en el número de consumidores capaces de comprar el producto”. El artículo recuerda cómo Henry Ford —fundador de la dinastía y abuelo de Henry Ford II— impulsó la producción de vehículos inspirado en las ideas del ingeniero estadounidense Frederick Winslow Taylor, el padre de la organización científica del trabajo (lo que luego se llamaría taylorismo). No inventó la cadena de montaje, pero la perfeccionó a niveles de productividad hasta entonces desconocidos. Tres décadas más tarde, ese proceso productivo sería denunciado por Charles Chaplin en la inolvidable Tiempos modernos.
“Voy a construir un coche para el pueblo, el automóvil universal”, proclamó Henry Ford en 1906. Dos años después, salía a la calle el mítico Ford T (apodado en nuestro país “Ford a bigotes” por los tensores de dirección que sobresalían a ambos lados debajo del radiador). Fue el resultado de la estandarización de los procesos de producción, pero, como lo recuerda el artículo de The Economist, también de los incentivos hacia los trabajadores. Ford pagó mejores sueldos que la competencia: “Al ofrecer un salario sin precedentes de cinco dólares al día en 1914, atrajo a los mejores fabricantes de herramientas y maquinistas de Estados Unidos a Ford. La experiencia que aportaron impulsó aún más la eficiencia de la producción e hizo que los coches Ford fueran cada vez más asequibles. Con su ingenioso modelo T, Ford se convirtió en la primera compañía automovilística del mundo en acercar el automovilismo a las masas”.
Lo relevante de la anécdota es que incorpora al debate sobre la eficientización de la producción algo que el comentario de Henry Ford II parece olvidar: la conexión necesaria entre trabajo y consumo. El consumidor no es un ser de otra galaxia deslindado del destino de los trabajadores. Al contrario, en una economía que vive principalmente del mercado interno como la nuestra, el trabajador es el destinatario principal del producto manufacturado. Por eso, construir “un coche para el pueblo” y pagar sueldos de miseria sería una contradicción en los términos. Si un obrero especializado de Ford —durante décadas, la crema de los trabajadores industriales— no puede comprar el propio producto que fabrica, algo está mal en el proceso (recordemos que se trata de “automovilismo para las masas”, no de vehículos de lujo para una minoría de alto poder adquisitivo).
El manual neoliberal impuesto en la última dictadura cívico-militar, en los gobiernos de Carlos Menem, Fernando De la Rúa y Mauricio Macri, y ahora en el de Javier Milei —el Presidente de los Pies de Ninfa— comete el mismo error conceptual señalado en la anécdota de los robots: deslinda al consumidor del trabajador. La famosa propaganda oficial de la silla, difundida durante la dictadura, consolida ese error al crear un “consumidor ideal”, sin relación alguna con la producción nacional y los ingresos generados por esta.
Aporta además otro error obstinado: que las empresas argentinas, en su enorme mayoría pymes, deban competir con cualquier empresa del mundo, independientemente de las condiciones de borde (financiamiento, mercado protegido, subsidios estatales, etc.). Si no tuvieran éxito en esa contienda desigual, sería aceptable —para algunos incluso deseable— que fueran a la quiebra.
Hace unos días, el jefe de Gabinete, el ex vocero Adorno, habló con Luis Majul en una de esas entrevistas incómodas, al hueso, en la que el entrevistado corre serios riesgos de morir ahogado en la baba del entrevistador. Entre otros conceptos tóxicos, el funcionario afirmó: “Nosotros no tenemos que proteger industrias, nosotros tenemos que proteger el interés de todos los argentinos”, diferenciando una vez más al consumidor del trabajador. Por si quedara alguna duda, el funcionario le preguntó a un afónico Majul qué puestos de trabajo se perderían al importar un pantalón en lugar de comprar uno de fabricación nacional.
El economista del CEPA, Martín Epstein, podría darle al funcionario la respuesta que le retaceó Majul: “Lo que están haciendo (Caputo y Sturzenegger) no es nuevo: buscan abrir las importaciones para que nuestra economía sea más competitiva en el mercado internacional, pero el resultado que trae no es competitividad, sino una oleada de importaciones de bienes de consumo que genera niveles preocupantes de contracción del mercado interno”. Contraer el mercado interno es suicida en un país como el nuestro, que vive principalmente de dicho mercado: la Argentina consume el 70% de lo que produce.
La obligación de competir con cualquiera, en cualquier lugar, es una imposición absurda que ninguna potencia industrial practicaría jamás. Al contrario, todas siguieron los preceptos de Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro norteamericano, quien impuso la protección de la industria naciente a través de aranceles para fomentar la manufactura estadounidense, además de ofrecer subsidios y apoyo estatal. Hamilton buscaba la independencia económica de los Estados Unidos, ese objetivo que tanto enfurece a nuestros liberales imaginarios cuando se trata de implementarlo en Argentina. Los supuestos entusiastas de la libertad padecen una notable alergia a la protección de los trabajadores y las industrias de su propio país. Son prisioneros de un marco teórico liliputiense en el que pretenden meter al universo con un calzador. Lo que hacen, al fin de cuentas, es impulsar la producción del mundo entero, salvo la de nuestro país.
Históricamente, los robots han generado tanta fascinación como inquietud entre los seres humanos. Preocupado por el dilema que generaba la creación de inteligencia artificial, el escritor norteamericano Isaac Asimov estableció tres principios éticos fundamentales que deberían regir el comportamiento de los robots y su interacción con los seres humanos:
- No dañar a un humano ni permitir que sufra daño.
- Obedecer órdenes humanas (excepto si entran en conflicto con la 1.ª ley).
- Protegerse a sí mismo (excepto si entra en conflicto con la 1.ª o 2.ª ley).
Posteriormente, Asimov añadió una ley cero, jerárquicamente superior a las otras tres: un robot no puede dañar a la humanidad o, por inacción, permitir que la humanidad sufra daños.
Tal vez sea el momento de que los argentinos nos inspiremos en Asimov y establezcamos algunos principios fundamentales que nos protejan de marcos teóricos tóxicos y de planes de negocios que impulsan de forma cíclica la transferencia de riqueza de abajo hacia arriba. Un buen comienzo podría ser implementar la protección de los trabajadores y empresas de la Argentina como si fueran de otro país.
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