SOBRE TUMBAS SIN HÉROES

Leila Guerriero y la prolongación del terrorismo de Estado a través del cementerio de Malvinas

 

“La citaron en el Ministerio de Defensa. Vamos las dos. Había muchas familias. La llaman. Sube. Con un soldado. Baja a los quince minutos. Supercontenta. Radiante. Le pregunto: ‘¿Qué le dijeron’? Y me dice: ‘Que no pierda las esperanzas, que hay chicos prisioneros que están en Malvinas, que a algunos los llevaron a Inglaterra. Me preguntaron con quién vine, les dije que estás vos y me dijeron que subas’. Bueno, subo. Con el soldado. Una oficina gigante, un tipo con uniforme militar (…) Me pregunta cuántos años tengo. Le digo: ‘Dieciséis para diecisiete’. Y me dice: ‘Ah, sos chica y sos grande’. Agarra el expediente y me dice: ‘Este chico, Víctor Rodríguez, era un gran chico, pero el mundo esta lleno de grandes chicos’. Yo lo miraba. ‘Este chico falleció en Monte Longdon el día 10 de junio. A tu suegra le dije que había prisioneros, porque viste como son las madres’. Y me dice: ‘Si vos querés, contaseló’. O sea, el tipo me estaba dando a mí la responsabilidad que era de él. Me levanté y le dije: ‘Son unos hijos de puta’. Pegué media vuelta y me fui. El soldado me acompañó a bajar y cuando íbamos subiendo al ascensor me dice: ‘Tenés razón’. Yo no le contesté”.

Se entiende. El chico era un buen chico de los que el  mundo está lleno, por lo tanto si se mueren algunos no se nota tanto. (Y si es un chico malo también se muere; lo matamos, tampoco importa.) A las familias hay que contarles que están vivos, en una isla o en Europa. (Con los detenidos desaparecidos funcionó bastante bien.) A las madres hay que decirles cualquier verdura, para tranquilizarlas. (Y que no jodan, viste cómo son; si son como las locas que dan vuelta en la Plaza de Mayo…) Una piba de dieciséis es chica para algunas cosas y grande para otras. (Depende de lo que el milico disponga.) Estas últimas consideraciones emanan de las nunca bien dispuestas ideas del presente escriba, cuando de genocidio se trata.

 

 

El primer párrafo extracta de modo ejemplar buena parte del contenido de La otra guerra, investigación de la periodista Leila Guerriero (Junín, 1967) en torno a los caídos en el conflicto armado en las islas Malvinas, cuando la declinante dictadura eclesiástico-cívico-militar fracasó en su  manotazo de ahogado por perpetuarse y sepultar sus atrocidades. Como es imposible olvidar, en el disparatado arrebato belicista lo que enterró fueron setecientos cuarenta y nueve soldados y pocos oficiales. A los que es preciso agregar cerca de medio millar que se suicidaron con posterioridad.

Aplicar el verbo “enterrar” es y no es una metáfora. En rigor, fueron escasísimos los muertos sepultados por las tropas argentinas. La mayoría de los cadáveres quedaron esparcidos por los campos. Tras la rendición, el comando inglés dispuso que el coronel Geoffrey Cardoso identificara y reuniera los cuerpos para darles honrosa sepultura: “Cuando fui a las islas mi jefe me ha dicho: ‘Geoffrey, tienes que enterrar estos soldados, es humanitario’. Eso es normal en nuestra cultura. Al ser un país de colonias, tenemos cementerios por todo el mundo. Entonces hice un registro muy detallado, porque algo me decía: ‘ Tengo que ser muy claro, porque hay tantos que no están identificados que a lo mejor en el futuro su país podrá exhumar para ver si es posible identificarlos’. Me marché sintiéndome mal por no haber identificado a todos. Eso estaba en mi mente todos los días”.

 

 

El 19 de febrero de 1983 se emplazó el cementerio argentino en el istmo de Darwin. Guerriero se ocupa de recordar que el Estado argentino por décadas omitió notificar en forma oficial la nómina de caídos a sus familiares. Finalizados los combates, los triunfadores preguntaron a la junta militar derrotada qué hacer con los cuerpos. Esta respondió mediante una formalidad cínica: autorizó el entierro, “reservándose el derecho a decidir, cuando sea adecuado, acerca del traslado de los restos (…) desde esa parte de su territorio al continente”. En consecuencia, Cardoso emprendió un trabajo tan meticuloso como incómodo, para el que por cierto no estaba preparado. Según constataron los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Cruz Roja que trabajaron en el lugar casi cuatro décadas más tarde, el coronel británico realizó una labor sumamente prolija con los doscientos treinta cuerpos, de los cuales ciento veintidós quedaron sin identificación.

En el continente los sobrevivientes fueron ninguneados. La información sobre el conflicto, restringida. Surgieron diversos colectivos de familiares que buscaban respuestas, ex combatientes en procura de resarcimiento y soldados movilizados en pos de reconocimiento. En distinta medida, todos ellos también víctimas. Algunas asociaciones vinculadas por entonces al ámbito militar, señala la autora, sentaron “una línea de pensamiento clara en relación a los caídos: todos —soldados y oficiales— eran héroes; todos los sepultados en el cementerio de Darwin eran el último bastión argentino en las islas y debían permanecer allí”. Caracterización que dio lugar a fuertes controversias y marcó aguas entre los distintos colectivos. Parte de la información vertida en La otra guerra permite inferir que tamaña mistificación necrofílica chauvinista, más que impedir a los deudos decidir el destino de sus seres queridos, procuraba evitar la pesquisa acerca de las respectivas historias personales de los muertos militares de carrera. Porque el azar, las concordancias con otras investigaciones y el tiempo mismo sacaron a la luz que varios oficiales y suboficiales formaron parte activa del aparato represivo del terrorismo de Estado. Y las autoridades castrenses lo sabían. Un colimba sobreviente del Regimiento 7 con asiento en la ciudad de La Plata, testigo de los hechos, es contundente: “Las cosas que sucedieron en Malvinas distan de ser heroicas. Las torturas a los soldados las realizaron los mismos que torturaban compatriotas en el continente”.

Buena parte de la historia quedó enterrada en el istmo de Darwin. Desde la perspectiva de las víctimas, Leila Guerriero vuelve a traer a la luz el calvario laico soportado por madres, padres, cónyuges, hijos, parejas, humillados por los militares y olvidados por el Estado hasta que a mediados de la primera década del nuevo siglo el gobierno tomó cartas en el asunto. La investigación parte del acontecimiento fortuito de 2008 cuando un ex combatiente argentino concurre a un congreso profesional en Londres y se le designa nada menos que a Geoffrey Cardoso como traductor. El ex coronel pone a disposición sus archivos personales y la rueda vuelve a girar. Moviliza a los colectivos, al EAAF, a la Cruz Roja, a particulares, por fin al Estado mismo; a las Fuerzas Armadas, nunca. Fraccionadas, de a porciones, hilachas de verdad van componiendo una trama dramática que Guerriero reúne en unas cien páginas a ritmo de revista de actualidad.

 

 

Periodista experimentada, cuidadosa, la autora traza los inmediatos antecedentes históricos de la criminal trapisonda de la Junta Militar dictatorial y sus secuaces en tierra malvinera. Llama la atención algo que difícilmente sea un error: al dictador Leopoldo Fortunato Galtieri lo degrada; siendo general, lo llama teniente coronel. Tampoco parece menos desliz que sarcasmo, consignar que la movilización popular en Plaza de Mayo del 2 de abril de 1982 en apoyo al desembarco, propinaba vivas a “la gloriosa Armada Nacional”, cuando, en todo caso, de acuerdo a las crónicas de la época, los vítores fueron principalmente dirigidos al Ejército.

Imposible dejar de trazar un paralelismo entre las víctimas —soldados y familiares— de Malvinas y del terrorismo de Estado entre 1976 y 1983, antes y después. Queda claro que, mientras las primeras trajinaron en pos de la verdad, no sin obstáculos ni mentiras, a la luz del día, las segundas transcurrieron su pesar casi en la clandestinidad, perseguidas y poniendo su vida en riesgo. A unas y otras las Fuerzas Armadas les ocultaron lo ocurrido. Hasta hoy. Como al terrorismo contra el pueblo y el plan sistemático de secuestro, tortura, asesinato y robo de niños, la dictadura la disfrazó de “guerra antisubversiva”, a los setenta y cuatro días de permanencia militar argentina en Malvinas, desde la primera hora la maquinaria publicitaria los presentó también como una guerra, esta vez de recuperación de territorio usurpado. La otra guerra de Leila Guerriero es un aporte más que colabora en la evaluación de aquellos acontecimientos como una prolongación extracontinental del terrorismo de Estado.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

La otra guerra, una historia del cementerio argentino el las islas Malvinas

Leila Guerriero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

96 páginas

 

 

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