Sobrevivir y ser libre, también

La película Carrero y el mundo a la altura de un caballo blanco

 

Hace un par de meses, en el BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), se estrenó Carrero, ópera prima de los directores platenses Fiona Lena Brown y Germán Basso. La película, cuya realización demandó ocho años, cuenta la historia de un joven que se siente libre cuando sale con el carro a cartonear por la ciudad.

Se sabe que gran parte del mundo del cine practica el paracaidismo y se dedica al extractivismo cultural: usar la pobreza como escenografía para contar una historia que no comprenden y exhibir una trama pintoresca hecha con los prejuicios de sus directores y los espectadores que imaginan sus productoras. El resultado no es inocente: no sólo porque ponen las cosas en lugares donde no se encuentran, sino porque contribuyen a reforzar los estigmas que pesan sobre el mundo que quiere retratarse. Sobran ejemplos. Uno de los más grotescos es El marginal.

No ha sido este el caso de Carrero, una película filmada con jóvenes y adultos del barrio, con los problemas y desafíos que tienen sus habitantes. El tiempo que exigió la película es el que requiere cualquier producción y post-producción, pero también los años que a los directores les llevó conocer el barrio y construir confianza con los vecinos, que se convertirían en protagonistas de una historia que se confunde con la realidad.

 

 

 

 

Llegaron al barrio con la idea de rodar un documental sobre una de esas escuelas de la periferia de la gran ciudad etiquetada como “riesgosa” o “desfavorable”, en las cuales sus maestros difícilmente suelen ganarse el cariño y el respeto de sus alumnos –sobre todo cuando tienen un plantel suplente que se la pasa rotando– y donde nadie quiere titularizar por el habitual destrato de sus directivos. Ya lo dijo Loïc Wacquant: el estigma vinculado al territorio se traslada enseguida a los vecinos de esos barrios y devalúa sus pertenencias, sus sueños; los avergüenza y transforma en gente sospechosa. Un estigma que todos los vecinos quieren sacarse de encima y por eso lo transfieren al vecino de al lado, al más vulnerable, a los recién llegados, sean los inmigrantes o las nuevas generaciones. Uno de los lugares más devaluados en estos barrios es el carrero, el cartonero, el ciruja, figuras que cargan con el desprestigio. Otro pararrayos que cataliza las tensiones barriales.

Se sabe también que una cosa lleva a la otra, y acá el documental se transformó en una película y los alumnos se convirtieron en actores. Una película que está hecha con empatía, con la mirada puesta en un mundo que les resultaba ajeno a los directores y querían comprender. Hace falta sensibilidad para ponerse en el lugar del otro y hacen falta ganas de escuchar para transformar las anécdotas y vivencias de esos jóvenes en un guión que se iba escribiendo a medida que la confianza saldaba las distancias y deshacía los mutuos prejuicios.

Carrero narra la historia de esos pibes que se dedican a cartonear, a veces tirando un carro y otras veces montados por un caballo que les ayuda a abrir la ciudad, a llegar más lejos. A medida que la ciudad se expande, se multiplican también los problemas: los prejuicios de los vecinos, las detenciones policiales, los bocinazos de los impacientes automovilistas, el ventajeo de otros grupos de jóvenes, las tentaciones. Carrero, entonces, no sólo es la historia de dos pibes que se dedican al cartoneo, es la historia de dos jóvenes que arriba del carro hallaron, como dijo Eduardo Anguita en su libro Cartoneros, “un punto de partida” para que cada uno “encare su vida”.

 

Fotograma: ‘Carrero’.

 

 

La vida de Ale, el protagonista de Carrero, es la vida de un joven que pendula entre la escuela, la desocupación, el trabajo precario y un incipiente proyecto de familia que lo rescate. Porque a la vida de Ale hay que leerla al lado de otras vidas parecidas, con similares derroteros, pero con otras elecciones, hechas de ocio forzado, jodas, travesuras y, a veces, delitos al boleo. La vida de Ale es la vida de un joven que hizo del carro una ocasión para mantenerse alejado de una madre que, como todas las madres, se pone pesada porque se preocupa por sus hijos y se resiste que se vayan para el lado de la calle; la oportunidad de no ir a una escuela que hace tiempo decidió abroquelarse sobre sus propias limitaciones y se auto-victimiza, pero también, la posibilidad de zafar del maltrato habitual que llega con los trabajos precarios que ofrecen los supermercados, las tiendas comerciales, las cooperativas municipales.

Estos jóvenes viven en un barrio pobre, con calles de tierra, en casas muy precarias. Pero acá lo importante no son las condiciones objetivas sino, sobre todo, cómo experimentan ellos la pobreza, la desigualdad social, la impotencia de un Estado bobo. Y, puntualmente, qué hacen ellos con esas limitaciones, cómo las transforman en un insumo para ensayar otras apuestas que le devuelvan la juventud y un proyecto de vida para esa juventud, que ahora rueda en cuatro patas.

Carrero es la historia de una amistad y de un caballo blanco, Luna. Una historia hecha de pistas falsas y otros convites. Porque no hay amistad espontánea. Los jóvenes invierten tiempo para componer amistades que compensen el lado oscuro de un mundo que no está a la altura de su bolsillo, que les devuelva otras emociones que no encuentran en la casa ni en la escuela y, mucho menos, en el mundo del trabajo informal, tan flojito de papeles. Pero hay que aprender a distinguir el trabajo de otro trabajo, y no pisar el palito. Ale y el Rengo se miden y sostienen, se enojan y ríen, uno enseña y el otro escucha, se hacen la segunda. Los roles se van a ir intercambiando. Una amistad hecha de relevos y apoyos mutuos, ajustada a una economía moral de favores.

Carrero nos cuenta la vida de un joven que encontró en el carro la oportunidad de conocer la ciudad y reinventarse a sí mismo. La ocasión de salir y volver a entrar al barrio abriendo el tiempo, cargándolo de nuevos proyectos. Ser carrero es una forma de libertad, es como salir a surfear en el asfalto; salir a carrear es salir a barrenar el tránsito, una experiencia llena de aventuras. Una libertad que le queda muy lejos a la clase media, que sólo puede ver en el cartonero una forma de disimular el delito, de ejercer la contravención, de faltar a la escuela, esquivar el trabajo y practicar la vagancia. Como dijo mi amigo Leandro de Martinelli, lo esencial es invisible a la clase media, sobre todo a aquellos sectores que no pueden ver en la economía popular una forma de experiencia digna. No pretendemos confundir la sobrevivencia con el socialismo, pero tampoco renegamos de la libertad de la que está hecha.

 

 

Fotograma: ‘Carrero’.

 

 

Cuando se mira de cerca, como hacen Brown y Basso, reponiendo el punto de vista de los jóvenes que se han subido a un carro, podemos darnos cuenta que no se trata de la economía, sino de la dignidad. Que subirse a un carro es la oportunidad de proyectarse hacia delante, de devolverle la libertad a una vida hecha a los tumbos, que todos los días choca contra la pared. Ya lo dijo Sartre, en una frase tan trillada como incomprendida: “El problema no es lo que somos, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. Acá la sobrevivencia hay que leerla al lado de la libertad. El mundo del trabajo les queda grande todavía y, por cierto, bastante lejos. Pero el caballo blanco les promete un trabajo hecho de autonomía y libertad. El caballo es lo que está a la altura de todos ellos. Carrear se encuentra a mitad de camino, entre el juego y el trabajo, la diversión y la responsabilidad. Hacer del trabajo una aventura. Frente a tanto trabajo monótono y mal pago, ser carrero se convierte en la posibilidad de agregarle adrenalina, curiosidad y, lo más importante, dignidad.

A diferencia del realismo del Nuevo –pero viejo– Cine Argentino, que rodeaba a la pobreza de tristezas y tragedias, los directores de Carrero proponen otro itinerario para sus protagonistas, más atento a las partes vitales y las apuestas que ensayan. No pecamos de románticos: ¿acaso hay que aclarar que se trata de una película? No busquen una verdad social. Es ficción, la magia de la que está hecha el cine y la vida de estos jóvenes cuando salen a rodar en un carro.

 

 

 

 

*El autor es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros, de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.

 

 

 

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