Sociedades y/o cementerios

Si lo único que da status de ciudadano es la propiedad, las sociedades se convertirán en cementerios

 

Buena parte de la semana mi mundo estuvo dividido en cuatro grandes temas: Jueces, Elecciones en Estados Unidos, Procurador y Vacuna Rusa. En el medio, mil temas más, algunos mas alegres y afortunados que otros. Y un enorme cansancio, dicen que es porque Mercurio estuvo retrógrado y en conjunción con no sé qué planeta que llama a la reflexión sobre el pasado. A decir verdad, reflexión, lo que se dice reflexión no tuve tiempo para hacer, así que sólo tuve registro del cansancio. En lo trascendente, ya leí el primer horóscopo chino 2021 y pinta bien para los dragones. Con esa inasible certeza tengo suficiente para tirar un par de semanas más.

Antes de que pierdan la paciencia adelanto: de los jueces diré lo mismo que he dicho desde que empezó esta discusión bizantina. A saber: la Constitución Nacional, desde 1994, reconoce un solo modo legítimo y legal de designar a los jueces. El Consejo de la Magistratura llama a concurso, los postulantes se presentan y rinden. En base a ese concurso, el Consejo elabora una terna de postulantes y la remite al Poder Ejecutivo, que selecciona a uno de los jueces de la terna y eleva su pliego para que el Senado de la Nación le otorgue su acuerdo, que sólo podrá ser dado previa audiencia pública que convocará el Senado para examinar al candidato. Votado en el pleno de la Cámara de Senadores el acuerdo, esto se notifica al Poder Ejecutivo, que procede a designar al candidato.

Todo lo que contradiga este trámite o no le dé cumplimiento en su totalidad será una designación siempre provisoria y no generará para el juez designado en modo excepcional ningún derecho adquirido, Derecho al pataleo tienen todos, pero no derechos adquiridos. Hay matices, claro y no voy a especular sobre ellos, porque me basta con conocer el trámite ordenado por la Constitución, que es bastante simple y esta expresado en el artículo 99 inciso 4.

Hoy leí a un juez decir que rendir un concurso le resultaba indigno. Creo que hay un error grave de concepto. Todos los jueces designados desde 1994 han pasado por al menos un concurso y nadie ha resultado indigno por ello. La dignidad o indignidad de los magistrados no se juega en el hecho de rendir concursos –exigencia constitucional, por cierto—, sino más bien con lo que hacen como jueces luego de haberlos rendido.

Así que, más allá de las apasionadas intervenciones que el tema genera, yo me limito a repetir como un mantra el artículo 99 inciso 4 de la Constitución y recordar que la forma de designación de los jueces no hace otra cosa que garantizar el principio de “juez natural”, que más que un derecho de los propios jueces es una garantía de los justiciables.

También sobre los jueces diré que lo mejor que me pasó en estos días son sin duda los stickers que comenzaron a circular en los grupos de WhatsApp protagonizados por Carlos Rosenkrantz, actual presidente de la Corte Suprema de la Nación, y que en mi universo de abogados nos hacen morir de risa. Eventualmente eso me llevaría a una reflexión sobre que se infiere del estado de situación del Poder Judicial argentino, si la cabeza de máximo tribunal del país es un motivo de chiste entre abogados. Pero como dije, más allá de lo que indicaban los astros esta semana, no tuve tiempo para reflexionar.

 

 

 

Del procurador diré solo lo siguiente: necesitamos un procurador que medianamente entienda el sistema procesal acusatorio y que cuente con la legitimidad necesaria para implementarlo. No es el caso del funcionario que actualmente tiene a cargo el ministerio publico fiscal y cuyo único mérito para ocupar ese lugar es el de haber sido el funcionario del ministerio público con más antigüedad en el cargo cuando el macrismo forzó la renuncia de la entonces procuradora Alejandra Gils Carbó. Mérito por mero paso del tiempo, al que ahora se suma el nuevo récord de ser Eduardo Casal la persona que más tiempo se ha desempeñado como procurador interino. El calentamiento de sillas como único mérito es, sin dudas, uno de los argumentos más desconcertantes que deben afrontar los fervientes meritócratas autóctonos.

De los mil nombres en danza, aclaro, el mío no es uno. Creo que sólo lo pronunciaron sectores de la oposición para intentar meter cuña entre el Presidente Alberto Fernández y la Vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. He hecho todo lo posible para dejar claro que no solo NO me han ofrecido el cargo, sino que además y en lo personal no tengo vocación alguna de ocuparlo. Básicamente, porque no tengo vocación de fiscal. Pero más importante aún —creí necesario decirlo públicamente—, no sólo para despejar hipótesis dañinas de grietas internas en el Frente de Todos, sino además para respaldar el único nombre real que hay en danza, que es el de Daniel Rafecas, el procurador que ha sido propuesto por el Presidente.

La política consiste en también en saber que jugar al juego de “río revuelto, ganancia de pescadores”, es asumir que no somos más que los pescados, es decir las víctimas de ese juego. Y así como no tengo vocación de fiscal, tampoco la tengo de víctima. La política de verdad, la buena política, se construye de otra forma. Con acuerdos. Como se construyó el Frente de Todos. Con nuestras diferencias y coincidencias. Yo, que tuve la oportunidad de ver de cerca ese proceso, lo pongo en valor. Y creo que mi obligación es cuidarlo, porque en esa unidad radica nuestra fuerza. Y no podría permitir que el narcisismo de ver ni nombre publicado me impidiese comprender que lo importante no son las individualidades, sino el proyecto colectivo. Que sólo es posible de realizar en la unidad del Frente de Todos.

De la vacuna rusa me parece importante decir que sea rusa, china, inglesa o de cualquier nacionalidad, yo me voy a poner la primera que esté disponible en la Argentina. En mi balance de vida, siento que la pandemia me robó casi un año de vida, porque este año solo trabajé y, que salvo leer, no pude hacer las mil cosas que amo hacer y que diferencian mi vida del mero automatismo de cumplir con mis obligaciones. Y aun cuando estoy agradecida de estar viva, vivir con miedo de contagiarme una enfermedad que en mi caso sería mortal y evitar el contacto con las personas que quiero no sería una vida que elegiría. Como de hecho no la elegí, porque la otra opción era morirme y francamente no me parece una opción.

En agosto proclamé altisonante que Navidad la iba a pasar con mis padres y mis hermanos en San Juan, aunque tuviese que hacer “la gran difunta Correa” para llegar a San Juan, esto es atravesar caminando el desierto hasta mi casa materna. Gustavo, que duda razonablemente de mis posibilidades efectivas de concretar exitosamente la travesía, pero no duda de mi terquedad para intentarlo, propuso un plan alternativo que involucra ruta, música y kilómetros infinitos. Una versión del paraíso posible. Con la vacuna, no solo será posible sino que además podré ir en el asiento de acompañante y cebar unos mates y no protagonizar una versión rutera de Conduciendo a miss Daisy. Y con vacuna además abrazar a los míos será algo seguro, que no cree riesgos. Después de un año sin poder hacerlo, no tengo deseo más profundo. Y no voy a seguir escribiendo esto porque voy a terminar llorando de angustia por la ausencia, y de impaciencia por la fecha de esos abrazos.

Ideologicen todo lo que quieran, pero abrazar a mis padres no tiene ideología. Las vacunas tampoco.

A esta hora ya sabemos quién será el nuevo Presidente de Estados Unidos. Pero más importante que el nombre es el hecho de que ese proceso electoral demostró el nivel de deterioro de la idea de democracia en las sociedades modernas. No como valor, ya que en los discursos la democracia sigue siendo algo importante para la mayoría de las personas y los países, sino como praxis de los pueblos.

El tema es muy amplio y debería hacer una nota sobre eso, pero no quiero dejar de señalar un hecho menor pero importante. Donald Trump, candidato republicano, comenzó a ser censurado en medios de comunicación y en redes sociales. En lo personal los discursos de Trump me resultan cuestionables por casi todo o desde todos los lados desde los que los analizo. Pero aun por repulsivos que me resulten, más repulsiva me resulta la censura. Que es la cancelación de debate de ideas. Además esa censura dice fundarse en propósitos nobles, pero finalmente su ejercicio no es más que un ejercicio exacerbado del derecho de propiedad.

Allá lejos y hace tiempo leí un libro que me encantó y que se llama Un árbol crece en Brooklyn. Es una novela sobre una familia pobre en Norteamérica a principios del siglo XX. Hay una escena donde la madre de los protagonistas exhibe con doloroso orgullo el título de propiedad de terreno donde acaban de enterrar al padre y un poco la conclusión es que lo único que convierte en ciudadano a alguien es la propiedad. Aun cuando sea de su tumba.

Enorme mensaje para tener en cuenta a veinte años de iniciado el siglo XXI. Si lo único que da status de ciudadano es la propiedad, entonces las sociedades están destinadas a convertirse en cementerios.

Los derechos de la sociedad y de las personas que la conforman no pueden limitarse ni verse limitados por los títulos de propiedad. Esto a propósito de la definición acerca de la libertad de expresión como derecho sistémico de las sociedades democráticas. Se dice que es un derecho sistémico porque no puede hablarse de sistema democrático sin libertad de expresión.

Parece absurdo tener que explicarlo en el 2020, pero absurdamente, no lo es.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

12 Comentarios
  1. Rosa Sosa dice

    Excelente nota, me encantan tus escritos. La «gran Difunta Correa» es medio áspero, sobre todo en un tórrido verano!

  2. gerardo senderowicz dice

    Genia, ojala este la vacuna para navidad. Solo para que puedas viajar, ya es «él» logro.

  3. Carlos dice

    Graciana:
    Yo te admiro mucho «aún», pero que leas el horóscopo chino me decepcionó …mucho!

  4. HERNÁN DE ROSARIO dice

    En su artículo la doctora Peñafort expresa:

    “Donald Trump, candidato republicano, comenzó a ser censurado en medios de comunicación y en redes sociales. En lo personal los discursos de Trump me resultan cuestionables por casi todo o desde todos los lados desde los que los analizo. Pero aun por repulsivos que me resulten, más repulsiva me resulta la censura. Que es la cancelación de debate de ideas. Además esa censura dice fundarse en propósitos nobles, pero finalmente su ejercicio no es más que un ejercicio exacerbado del derecho de propiedad”.

    Donald Trump, aún presidente de los Estados Unidos, es un ciudadano que tiene el derecho a expresarse con entera y absoluta libertad. Yo rechazo su megalomanía, su perversidad y su cinismo. Pero como sujeto de derecho no puede sufrir la censura a la que lo sometieron varios canales de televisión mientras le hablaba al pueblo a mitad de semana. La libertad de expresión hace a la esencia de la democracia liberal. Con esta actitud esos medios pusieron en evidencia lo lejos que hoy está Estados Unidos de ese régimen político.

    A continuación me tomo el atrevimiento de transcribir parte de un ensayo de Miguel Carbonell (Doctor en Derecho e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM) titulado “El fundamento de la libertad de expresión en la democracia constitucional” (2014).

    Introducción: justificar y aplicar los derechos

    Fue Norberto Bobbio quien sugería que, en nuestro tiempo (caracterizado por el propio Bobbio como el “tiempo de los derechos”), no hacía falta preguntarse por el fundamento de los derechos, sino que el esfuerzo teórico y político debía dirigirse hacia su efectiva aplicación. “El problema de fondo relativo a los derechos —afirmaba Bobbio— es hoy no tanto el de justificarlos, sino el de protegerlos. No es un problema filosófico, sino político”. La afirmación es cierta, pero no creo que en América Latina podamos darnos el lujo de dejar de ofrecer buenos a favor de ciertos derechos. Argumentos que puedan justificarlos en nuestras sociedades profundamente conservadoras, profundamente afectas al autoritarismo que ha gobernado la región durante siglos. Justificar los derechos tiene pleno sentido en América Latina, sin que ello vaya en demérito de la permanente exigencia sobre su efectiva aplicación. No son cuestiones que deban estar reñidas siempre y en todo momento. En las páginas siguientes se exponen tres distintos argumentos que sirven para explicar, con mayor o menor provecho, porqué la libertad de expresión es importante para cualquier democracia constitucional. En el apartado final de este breve ensayo se aportan algunas consideraciones acerca del objeto que protege la libertad de expresión y que nos permite distinguirla de otros bienes tutelados constitucionalmente.

    Justificaciones de la libertad de expresión

    Sobre la libertad de expresión, partiendo de una óptica filosófica más que normativa, podríamos preguntarnos: ¿qué justifica que debamos proteger la libertad de expresión? ¿Por qué debe una persona tener el derecho de expresar un punto de vista con el que no estamos de acuerdo? ¿Qué valor importante se tutela al permitir a ciertos sujetos defender ideas que sabemos que están equivocadas o son contrarias a la evidencia científica disponible? ¿Por qué debemos permitir que las personas adultas se alleguen de material que consideramos obsceno o que difunde valores contrarios a nuestras creencias más íntimas o esenciales? Hay al menos tres distintos tipos de justificaciones de la libertad de expresión, o tres grandes tipos de argumentos que sirven para fundamentar su importancia: a) el argumento sobre el descubrimiento de la verdad; b) el argumento de la auto-realización personal, y c) el argumento de la participación democrática. Veamos, aunque sea a grandes rasgos, qué propone cada una de estas aproximaciones.

    El argumento sobre el descubrimiento de la verdad

    La verdad es un concepto o un objeto que suele ser valorado positivamente en las sociedades contemporáneas. Algunos pensadores le reconocen a la verdad un valor autónomo, mientras que otros la defienden a partir de postulados utilitaristas: la verdad sería algo valioso en la medida en que permitiría el progreso de la sociedad y el desarrollo humanos. Ahora bien, para llegar a descubrir la verdad, en la medida en que esto sea humanamente posible, es necesario poder discutir todos los elementos relevantes, dejando que cualquier persona se exprese sobre un cierto tema. En este sentido, como lo dijo el gran juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos Oliver Wendell Holmes, debemos crear un “mercado de ideas”, donde cada una compita con las demás en una suerte de competición intelectual que nos acerque a todos a la verdad. El pasaje de Holmes en el que expresa su postulado del mercado de las ideas es el siguiente: “Si el hombre es consciente de que el tiempo ha dado al traste con muchas ideas enfrentadas, entonces se dará cuenta, aún más de lo que cree en los cimientos de su propia conducta, de que al ansiado bien supremo se llega mejor a través del libre intercambio de ideas; de que la mejor prueba a que puede someterse la verdad es la capacidad del pensamiento para imponerse en un mercado en el que entre en competencia con pensamientos contrarios; y de que la verdad es el único fundamento a partir del cual puede llegar a colmar sus aspiraciones sin riesgos ni peligros… tendremos que estar siempre vigilantes para poner freno a quienes pretendan controlar la manifestación de ideas y opiniones que detestemos o que consideremos que conducen a la muerte… Únicamente una situación de inmediata y grave emergencia hace que no se pueda dejar que sea el tiempo el que haga rectificar a quienes incitan el mal”.

    El argumento de la verdad como vía para defender la libertad de expresión parece ajustarse a patrones claros de racionalidad: ¿cómo podré dar con la verdad si no escucho todos los elementos que pueden ser relevantes para formar mi propio criterio? ¿Cómo podemos saber si tal o cual postulado es cierto si no tenemos a la vista todas las circunstancias o puntos de vista que sean pertinentes? Este tipo de razonamiento se aplica incluso en los procesos judiciales, en los que la búsqueda de la verdad legal se emprende a partir de una serie de reglas formales y sustanciales que nos indican, entre otras cuestiones, que el juez debe escuchar a las partes y que estas tienen el derecho de aportar ante el órgano judicial todos los elementos de convicción que sean oportunos para el caso concreto que se está ventilando. Ahora bien, el elemento de la verdad no puede servir para justificar por sí solo el derecho de libertad de expresión. En efecto, puede haber cierta información que sea verdadera, pero que no pueda ser dada a conocer; es el caso de la información relativa a la vida privada de las personas. Aunque una información de ese tipo sea verdadera, el darla a conocer está prohibido en la mayor parte de los Estados democráticos. Por otro lado, algunos especialistas en el tema han señalado que una debilidad de este argumento es que una discusión libre no necesariamente permite llegar a la verdad.

    Para ello sería necesario no solamente dicha libertad, sino también que los participantes en el debate lo hicieran de forma desinteresada, poniendo a un lado sus argumentos y actuando de buena fe respeto de las posturas contrarias. Esto no siempre se verifica en la práctica, como cualquier observador de la política contemporánea puede atestiguar. Por otra parte, en la actualidad el “mercado de las ideas” que postulaba Holmes quizá no esté abierto para todos. Hay personas que tienen la capacidad de hacerse oír por sus semejantes, mientras que otras no tienen acceso a los canales de difusión del pensamiento y deben contentarse con transmitir sus puntos de vista a las personas que tienen cerca. La accesibilidad al mercado tiene poco que ver con el contenido de verdad de las ideas que cada persona defiende; puede haber ideas verdaderas que simplemente no figuren en el debate público, mientras que otras —que son falsas— se diseminan con gran amplitud. Finalmente, el argumento de la verdad parte de una idea que difícilmente es verificable: aquella que sostiene que todos los participantes en el debate público van a sostener posturas e ideas racionales. El postulado del interlocutor racional como participante activo o pasivo del mercado de las ideas puede ser puesto en cuestión. Ahora bien, pese a sus defectos, el argumento que se basa en la búsqueda de la verdad para defender la libertad de expresión es interesante, ya que nos permite defender una idea valiosa (la verdad) y porque da lugar a regulaciones jurídicas que permiten e incluso fomenten el pluralismo informativo, de modo que todas las ideas puedan llegar al menos a ciertos destinatarios. De la misma forma, el valor de la verdad permite determinar algunos límites a la libertad de expresión; por ejemplo, en muchos países democráticos están prohibidas las expresiones comerciales que se alejen de la verdad o que difundan entre el público ideas fraudulentas sobre un cierto producto.

    El argumento de la auto-realización

    La libertad de expresión permite realizarnos como personas, al propiciar nuestro crecimiento intelectual y moral. Al estar expuestos a una diversidad de ideas, pensamientos, noticias e informaciones, podemos ir forjando nuestra propia personalidad y delimitando los ideales que han de guiar nuestra existencia. La libertad de expresión nos permite ser individuos más maduros y reflexivos, con lo cual nos beneficiamos nosotros, pero también beneficiamos a la sociedad en la que vivimos. En parte, la libertad de expresión que ejercemos tanto en calidad de emisores como en calidad de receptores nos puede acercar al ideal de vivir una vida feliz. La libertad de expresión, en este sentido, sería un elemento productor de felicidad. Por eso es que debemos defender la libertad de expresión, incluso de forma preferente frente a otros derechos. Ahora bien, como pasa con el argumento de la búsqueda de la verdad, el argumento de la auto-realización personal tampoco puede ser utilizado de manera aislada para justificar cualquier ejercicio de la libertad de expresión.7 Por ejemplo, este argumento no nos permitiría justificar que también las llamadas personas morales o personas jurídico-colectivas —por ejemplo, los partidos políticos— tuvieran derecho a la libertad de expresión (lo que se reconoce en la mayor parte de países democráticos del mundo). Las personas colectivas no pueden tener conciencia moral y, en esa medida, no pueden aspirar a algo así como la “auto-realización”, que es más bien un privilegio de las personas individuales (…).

  5. CECILIA dice

    Que gran nota……como siempre. Y como siempre: gracias.

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.