SOLO EL SALARIO SALVARÁ AL PUEBLO

El pejotismo entre el intratable presente y lo que augura el festival de exportaciones

 

Se pudo porque estaba Cristina. No alcanzó para gobernar en función de los fervores de las mayorías. El presente endiablado y sus perspectivas inmediatas indican que sería casi un milagro lograr que eso suceda antes de las presidenciales, en los tramos finales del año entrante. Si la pobreza entra por la puerta, el amor se va por la ventana. Los votos también. De ahí a que lo colecten los que hacen de la fuerza su derecho, es otro cantar. Acá nada suma cero.

A todo esto, desde que el peronismo entró en combate en febrero de 1946, el orden establecido lo trató impiadosamente. Se lo merecía. ¿Qué es eso de apoyarse en la mitad del país que estaba con la ñata contra el vidrio? Aquel azul de frio que envolvía a la mitad de los argentinos que estaban solos y esperando, realmente era oscuro y helado. Don Juan los invitó a ocupar ese lado de la mesa que permanecía –inverosímil— vacío. ¿La razón? Era de ellos por derecho propio. Desde entonces, odio y rencor. En esto de a verdades sabidas y a buena fe guardadas resta chequear si efectivamente su único heredero será el pueblo, que delibera y decide a través de sus representantes.

Con relación a la clase dirigente argentina con sentido nacional y popular, es cuestión de considerar que el espacio político del que va a disponer, conforme lo que anuncia el cercano porvenir, es uno en el que talla el festival de exportaciones de materias primas agropecuarias y minerales. Ese escenario deviene en el encuadre natural de las salidas alternativas a la sofocante coyuntura signada por la cotización del dólar y la inflación, que no dan respiro. Como nada es automático en el ámbito de la lucha de clases, la integración nacional —que metaboliza la imbatible contradicción capital-trabajo mediante el crecimiento igualador— va a tener que batallar duro para que ese dólar ducto no se instrumente en función de consolidar el país a dos velocidades. Para que el costado de la mesa que estaba vacío antes de don Juan, no vuelva a estar vacío.

De esta potencial recreación del país de la Generación del ’80, por el gran lugar que se llegaría a ocupar de acá a pocos años en la división internacional del trabajo, lo primero a no perder de vista es su verdadero significado económico. Por pura cuestiones marketineras, desde hace años la división del trabajo pasó a denominarse cadenas de valor, como si a los salarios los determinara en su cuantía el precio del bien final. La idea de a más precio de ese bien, más salario, es totalmente falsa. Incluso si entra la productividad en la receta. El precio de mercado del cobalto o los diamantes de sangre, ambos de África, normalmente reviste en el pelotón de las cosas muy caras. Son extraídos por trabajadores que viven y mueren soportando unas pobrezas inimaginables. Estos ejemplos, en su extrema inhumanidad, dejan claramente sentado que los salarios son un precio político en el que el nivel que alcance su poder de compra no tiene nada que ver con el precio del bien final ni la productividad del trabajador. El dato clave para que un bien tenga un precio como centro de gravedad alrededor del cual orbitan la oferta y la demanda, es la fijación previa del salario.

 

 

 

El triunfo de todos unidos

Si finalmente los planetas se alinean para la Argentina –verdad, hoy esos cuerpos celestes andan en cualquier lado—, la masa de capital multinacional que se volcaría para hacer posible el nuevo lugar muy ampliado del país en la división internacional del trabajo, va a necesitar un orden político que mantenga los ánimos apaciguados y aleje a los perturbadores. Para la generación del ’80 las coordenadas de ese orden político fueron Remington y Administración. Hoy por hoy, visto el comportamiento de los opositores que pivotea alrededor de la fuerza como derecho, el espanto del orden establecido global quizás les haga girar la cabeza hacia sus vituperados de siempre, vencer los prejuicios y arreglar la consolidación del país a dos velocidades con la parte (nada minoritaria) del transformista peronista, mucho más confiable que los especímenes peligrosísimos como el carcelero de Milagro Sala, entre otras figuras descollantes del bestiario. Los muchachos no dejan de mostrar predisposición. Al fin y al cabo, sin pagar salarios de 300 ó 400 dólares mensuales en una situación de muy bajo desempleo, los palos y despelotes políticos están asegurados. El gorilismo militante de los sectores de la fuerza como derecho, impide arribar a esa solución de pobreza estable, la que sale de taquito de las entrañas del transformismo peronista.

Lo que Néstor Kirchner refería como Pejotismo en particular, Antonio Gramsci lo llamaba transformismo y caracterizaba su acontecer como “la absorción gradual, pero continua y obtenida con métodos diversos según su eficacia, de los elementos activos surgidos de los grupos aliados, e incluso de los adversarios que parecían irreconciliablemente enemigos. En este sentido la dirección política se convirtió en un aspecto de la fundación del dominio, en cuanto a que la absorción de las élites de los grupos enemigos conduce a la decapitación de éstos y a su aniquilamiento durante a menudo un período muy largo”.

Que de las crisis salgamos dejando de garpe a un par de millones de argentinos, salvo entre 2003 y 2015, manifiesta que el transformismo peronista o conservadurismo popular tiene una gran incidencia. Asimismo, el hecho de que sin Cristina no alcance pero con Cristina no se pueda, después de esos 12 años de indudable avance económico y social, y que el candidato en 2015 haya sido Daniel Scioli, actual ministro de la Producción, ex Vicepresidente, dos veces gobernador bonaerense, embajador ante el país del Orden y Progreso, es un crudo testimonio que así lo prueba. El mérito del vecino de La Ñata es su apego a mantener los pies muy adentro del plato, en una situación estructural donde esa cazuela es un peso muerto para la integración nacional.

El salario básico universal o como quiera llamarse, como institucionalización definitiva del seguro de desempleo, es una meta importante que debe consolidar la política económica de la integración nacional, pues todo desarrollo capitalista en serio lo necesita para darle un horizonte previsible a la demanda efectiva. Eso es una cosa, otra un subsidio para el rescate inmediato de la indigencia, y otra muy diferente es —por el lado de una parte considerable de los movimientos sociales— el cariño que se manifiesta hacia una política de subsidio a la pobreza, con un olor inconfundible a macrismo rancio, lo que desnuda a ese sentimiento como otra expresión de ese transformismo conservador popular.

El extravío está muy bien reflejado por Alejandro Garfagnini del Frente Milagro Sala, conforme lo vertió en su nota principal de la semana pasada el director de El Cohete. Allí se informa que “un día antes de la movilización en reclamo por el salario básico universal, el Presidente recibió a un grupo de dirigentes de organizaciones sociales”. El primer mandatario fue ilustrado con los episodios de persecución política que sufrían las organizaciones por distintos estamentos gorilas. Entonces, “cuando la reunión concluía, Alberto Fernández hizo una referencia laudatoria a la denominada “Economía Popular”. El coordinador del Frente Milagro Sala por la Dignidad y el Trabajo, Alejandro Coco Garfagnini, le dijo que no estaba de acuerdo. Que existía una sola economía, a la que debían integrarse todos los trabajadores”.

En la nota continúa un audio de un reportaje radial que se le hizo a Garfagnini, donde con mucha lucidez y claridad disecciona la naturaleza reaccionaria del salario universal, en tanto institución del país a dos velocidades. Organiza la pobreza en vez de abatirla por medio de la creación de empleo. La insistencia de Garfagnini en la construcción de viviendas mediante cooperativas, gran experiencia de la Tupac al respecto, debe evolucionar –sin tener que abandonar lo que saben hacer— hacia el reclamo de una política de acumulación sobre la base del mercado interno que deja a un costado todas la taras que ha caracterizado la hibridez de la izquierda. Cuando se trata de acelerar el desarrollo y crear empleo hace falta capital y no importa de dónde venga.

El empleo lo crea la venta; las ventas crecientes (y entonces más puestos de trabajo) las generan los salarios al alza y no las tecnologías mano de obra intensiva que, además, son un mito y —como tal— se tiene todo el derecho a dudar de su existencia. No sería ubicuo solicitarle a la Tupac Amaru que olvide su cariño por el Che Guevara. Íconos son íconos. Sí quizás que pase a reflexionar sobre el significado actual del desarrollismo de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio, contemporáneos del Comandante Guevara. El dueto expresaba la integración nacional y uno, dos, tres más electrodomésticos, el auto, la escuela y las vacaciones en el ámbito geopolítico signado por los pactos de Yalta y Postdam. El Comandante era un foquista. En el seno del mismo método de análisis –el materialismo histórico— eso era exactamente lo contrario al buen predicamento político de Antonio Gramsci, cuyas enseñanzas acerca de la batalla cultural y la política de masas condujeron a la muy comunista clase trabajadora italiana (sobre la base del pacto nacional con los demócratas cristianos) a la victoria contra la pobreza —alcanzando un alto nivel de vida promedio— y a los misiles de la OTAN asentados en el bel paese apuntando a Rusia. Unos, dos, tres más Vietnam fue un espantoso error político.

 

 

 

Ledesma

Y ya que estamos por Jujuy, vale tener presente que el ingenio Ledesma recibió del gobierno del frondo-frigerismo un fuerte apoyo para su crecimiento. Sin ese sostén inicial, no parece posible que hubieran alcanzado el desarrollo posterior. Carlos Pedro Blaquier le devolvió a la sociedad argentina el favor que le hizo, apagando las luces para que se imponga la oscuridad represiva y alentando la persecución y cárcel de Milagro Sala, cuyo gran crimen fue bregar por la integración social.

La joven historiadora María Ullivarri, recientemente fallecida, en sus investigaciones sobre las luchas de los trabajadores de los ingenios dio con un laudo arbitral de conflicto azucarero entre cañeros e industriales en 1927 por los pagos de la cosecha resuelto en 1928 por el Presidente Marcelo T. de Alvear. Allí los trabajadores dicen que «los ingenios nos tratan como a enemigos olvidando que la prosperidad de las fabricas y la prosperidad de los cultivadores es la única garantía de la prosperidad de la industria azucarera. Desconocen que si el público argentino protege una industria es para estimular el desenvolvimiento material de muchos millones de conciudadanos y no para aventajar a unos pocos capitalistas. Y no recuerda que la única premisa que invoca el proteccionismo en la doctrina y en la práctica es la obtención derivada de un precio equitativo permanente para los productores y un lógico bienestar para los que trabajan». Y de esa realidad el laudo deduce que “una industria que no realice un esfuerzo máximo pare satisfacer esas condiciones tan razonables no tiene el derecho de ser protegida a costa del pueblo entero de la Nación”.

El comportamiento de Blaquier reproduce una constante histórica que es el cementerio del transformismo. Una política de integración nacional únicamente le puede dar la bienvenida a lo que augura el lugar a ocupar en la división internacional del trabajo si implica hacer crecer el mercado interno, de manera que las empresas se ganan el derecho a ser protegidas pagando salarios altos. Esto atañe a la masa de capital multinacional presta a volcarse en los sectores primarios en cuanto a salarios, no en cuanto a motivación, pues no tienen alternativa. Si en cuanto a motivación, comprende a las empresas que surten la ampliación de la canasta de consumo de los trabajadores, que todo proceso de desarrollo conlleva.

Ocurre que la falta de elasticidad del mercado interno, más allá de cierto punto, desalienta la inversión. Esta baja elasticidad se debe al estancamiento relativo de los salarios a un nivel cercano al costo de la reproducción biológica de la fuerza de trabajo. El mercado interno, en los países del centro, disfrutó de una expansión galopante desde mediados del siglo XIX cuando los salarios, a raíz de las luchas políticas, se despegaron del nivel de subsistencia y en el siglo y medio que siguió, se multiplicaron por diez. La reversión de las condiciones de la acumulación siguió a continuación en el plano internacional. El mecanismo del intercambio desigual permitió a los sobre-salarios del centro repercutir más intensamente sobre los consumidores de la Periferia que sobre las ganancias capitalistas del país que los estaba pagando. Todas las barreras de la capitalización de las ganancias se desplomaron, al resolver la contradicción entre los dos supuestos de la inversión: ampliación del mercado sin que caiga la tasa de ganancia. A partir de entonces, el capital ya no necesita correr a las antípodas; se queda en casa, al menos en la región del «centro», lo que impulsa su acumulación. Su movimiento hacia los países menos desarrollados, lejos de ser un flujo continuo regulador, se ha convertido en un por si acaso.

Ese “por si acaso” es el que se fue de mambo con China y que hoy los norteamericanos quieren revertir. No parece mellar esa tendencia que a la secretaria del Tesoro, Janet L. Yellen, le esté yendo muy mal en el Senado de su propio país para hacer aprobar el impuesto global a las grandes corporaciones, después de que pasó meses logrando que más de 130 naciones se sumaran al acuerdo destinado a evitar que las empresas trasladen empleos e ingresos por el mundo para minimizar su pago de impuestos. Desde Trump ese proceso está lleno de contradicciones, pero no tuercen la dirección de minimizar el “por si acaso”. Para la Argentina ese es un dato de la realidad y si se quiere atraer inversiones por fuera de las que deben localizarse si o si acá por razones de explotación, entonces es menester bregar por el alza de los salarios. La condición necesaria para que el transformismo resulte acotado, es dotar de fuerza política a un verdadero programa de transformación.

 

 

 

 

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