Sólo por oro

Bono demográfico y mentiras verdaderas en el ofertismo sin destino de la derecha argentina

 

Cuando un evento –o un conjunto de circunstancias– manda para atrás a los seres humanos en sus vidas y al sistema capitalista en su funcionamiento, a su manera (por obvias razones) cada uno intenta salir a flote. Diferentes por naturaleza, lo que tienen en común es que las respuestas que afloran para que las cosas vuelvan a estar en su lugar, o bien amplifican en vez de atenuar los impulsos iniciales, o bien los reponen en la senda por donde venían hasta que la contramarcha los sacó de cauce. Con estas ambivalencias se tejen las historias de uno o una para todas y todos y de todas y todos para una o uno.

Ilustran sobre ese primer tipo de respuestas que empeoran las situaciones –y nunca las mejoran– tanto los consejos del consultor Jaime Durán Barba a las que fueran sus criaturas electorales victoriosas en las presidenciales de 2015, actualmente en Juntos por el Cambio, como el mito del bono demográfico, enunciado como si fuera el tesoro no encontrado de la acumulación de capital. En la contracara de acciones que llevan a soluciones efectivas, se tiene a la discutida travesía actual del dólar como moneda mundial, cuando –en el margen– se la conecta con la pelea entre bandas que tiene a muy mal traer a la población de Sudán.

Con un buen toque freudiano se puede ironizar que la gente tiende a hacer lo que sabe. Cuando es lo que corresponde, ningún problema. El oficio y la experiencia juegan a favor. El problema es la inercia: tratar de tener éxito con un instrumento que se agotó. Un taura en las lides del malestar de la cultura como Jaime Durán Barba ha certificado que no está para incomodarse con nuevas sensaciones. Lo que sabe no sirve, pero, porfiado, trata igual. La observación se desprende de una reciente columna, de las que publica habitualmente en un medio porteño, en la que el ecuatoriano advierte que “no es posible ganar las elecciones ofreciendo más sufrimientos y privaciones a la población. Los votantes posinternet (post Internet) no quieren que se destroce lo que tienen en su metro cuadrado para que construyan una autopista al futuro más cómoda para los ricos”. Ahora bien, Durán Barba no se quiere quedar sin trabajo entre la clientela que le es afín y previene: “Si por alguna razón un candidato con esas propuestas llega a ganar las elecciones, es difícil que las pueda poder en práctica si no tiene un plan general político y de comunicación”.

Ese plan general debe ser un narcótico de guerra psicológica tan poderoso que tenga como efecto atontar cómodamente a “la gente común”, la que “siente que tiene poder”, a raíz de lo cual “cada día es más difícil ganar las elecciones con un programa de gobierno aprobado por los más ricos del país, justamente por eso: porque está aprobado por ellos”. Así es como “en otros países, el candidato más aplaudido por los empresarios perdería votos; acá, algunos creen que pasa lo contrario (…) Es frecuente que en el círculo rojo sean más aplaudidos quienes ofrecen satisfacer los deseos de los empresarios de forma más radical y en el menor tiempo posible. Desde el punto de vista electoral, hay un problema: la mayoría de los argentinos no son de ese círculo social y siempre creen que los ricos quieren hacerles daño”.

Hay que convenir que el temerario Durán Barba –con una audacia infrecuente– se tiene fe en que el plan general que dice tener recree hoy la Disneylandia de las presidenciales de 2015, pero en vez de campaña proselitista, como escudo del ajuste. Nada más y nada menos. La derecha reaccionaria ya sabe –porque lo pagó– cuál es el costo del narcótico Durán Barba: el fraude patético, lo que no quita que se priven de tropezar dos veces con la misma piedra. Y a decir verdad, no se ve qué otra respuesta podrían ensayar fuera de la obligada represión. Lo cierto es que con o sin Durán Barba, el 40 % del país históricamente ha sido –y continúa siendo– gorila, pero de ahí a plantear como estrategia engañar todo el tiempo al otro 60% con que no le están chupando la sangre, sino haciendo transfusiones, sería una hazaña nunca vista. Máxime cuando el que propone presentar a Drácula como un hematólogo abnegado se ufana de haberse “dedicado a estudiar cómo se genera el poder, cuáles son las dinámicas que lo explican, cómo la política se relaciona con el desarrollo tecnológico, con la forma en que nos comunicamos y con las percepciones que tenemos de la realidad”. ¿Habrá encontrado la manera de recrear el 18 Brumario en pleno siglo XXI? Vaya a saber uno.

 

 

 

Bono demográfico

Sea como fuere el sueño húmedo de Drácula, el hematólogo abnegado es producto de la fe de la derecha en el crecimiento por el lado de la oferta, como si en el capitalismo realmente existente se pudiese prescindir de las posibilidades de vender, del estado de la demanda, para tomar las decisiones de invertir. Es esa misma fe la que anima a los profetas del bono demográfico. Un bono es un activo financiero que rinde interés. Se acude a la metáfora de bono demográfico porque el activo sería la población cuando en su trayectoria en el tiempo atraviesa una etapa en que la Población Económicamente Activa (PEA: personas entre 16 y 65 años) es máxima y entonces la población dependiente (constituida por la suma de párvulos y adultos mayores) es mínima.

De manera que la diferencia –supuestamente positiva– con la que se encuentra la PEA por tener que gastar menos para mantener al sector de la población dependiente, se ahorre y se capitalice invirtiendo. Ese vendría a ser el rendimiento del bono demográfico, que según los partidarios de esta idea posibilita que el PIB per cápita avance a mayor velocidad de lo que la población envejece. Hay veces que, con su entusiasmo por la oferta y el bono demográfico, los neoclásicos se pasan largamente de vueltas. Informa el New York Times (13/02/2023) que Yusuke Narita, economista docente sub-40 de Yale, donde enseña probabilidad, estadística, econometría y economía laboral –muy popular en Japón e ignorado entre los gringos–, sugirió el suicidio masivo de personas mayores en Japón en pos de un esfuerzo creciente para renovar las jerarquías basadas en la edad. Siguió lo pregonado hace una década por Taro Aso, por entonces ministro de Finanzas del país de los cerezos, quien dijo que las personas mayores deberían “darse prisa y morir”. No debe ser suave la reacción de estas encantadoras personas al enterarse de que Ray Kurzweil, un ex científico de Google y eminente futurista, ha afirmado audazmente que los humanos lograrán la inmortalidad con la ayuda de nanorobots en sólo siete años.

Extravagancias aparte, en el ámbito de esta óptica estaríamos metiendo feo la pata porque envejecemos más rápido de lo que crecemos. El estado de la demanda no interesa porque en esta inconmovible fe se crece por el lado de la oferta. Lindo cuento, lástima que no tenga nada que ver con la realidad de que en el capitalismo se trata, antes que de producir, de vender como sea, lo que sea, adonde sea.

Asimismo, y esto es lo más llamativo, no tiene una teoría detrás que pueda responder con algún asidero la pregunta: ¿qué hay que hacer para crecer? Lo que tienen es una aproximación teórica –que ya tiene sus años– y que se puso en juego para llevar agua al molino de que no hacía falta sí o sí la intervención del gasto público para impedir la inherente trayectoria errática del nivel de actividad en el capitalismo. Lo que se necesita –enunciaron los neoclásicos padres de la criatura– es dejar que los precios hagan su trabajo de mostrar las escaseces y abundancias relativas. Un detalle que revela cuán inútil es para explicar el crecimiento en el capitalismo realmente existente: como el dinero no tiene precio, no se le puede aplicar la tan neoclásica tijera de la oferta y la demanda, y este modelo de crecimiento no contempla funcionar con dinero, apenas con trueque. Ese trabajoso análisis que hicieron los neoclásicos apenas sirve para explicar un porcentaje menor de cuánto le corresponde haber contribuido a cada factor de la producción en la tasa de crecimiento observada. Aplicado al bono demográfico, si el PIB per cápita crece más lento que el envejecimiento es que andamos consumiendo más de la cuenta. Hay que empobrecerse (ahorrar más) para ser más ricos y que funcione la ley de Say. Mal y pronto: la oferta crea su propia demanda. De Keynes y sus partidarios, estas personas escucharon hablar, incluso –colmo del cinismo– lo invocan como norte. El Drácula hematólogo tiene su escuela.

 

 

Bela Lugosi, caracterizado como Drácula.

 

 

 

El dólar

Cuando lo que falta es consumo, cuando en el capitalismo tal cual el consumo determina el ingreso, ante el estancamiento de la economía –para empeorar las cosas– proponen mitos y coartadas políticas esperanzadas en la falsa escuadra de que el ingreso determina el consumo. La ideología imperante lleva a que se ahonden todos los problemas ya serios y peliagudos de la sociedad argentina.

En cambio, la respuesta que asoma en el sistema en torno a las cuestiones que plantea el dólar como moneda mundial luce tan efectiva como cruelmente apegada a la realidad de las necesidades del equilibrio de poder del sistema internacional. En el debate argentino hay que tener en cuenta que la animadversión de la ciudadanía criolla por los norteamericanos implica un cuidado extra para que prime la objetividad. En una encuesta global reciente de Gallup sobre el prestigio del liderazgo mundial, en 96 de 134 países compulsados, los norteamericanos eran mejor receptados que los chinos. Aunque debe consignarse que, tanto en América Latina como en Europa, la aprobación del liderazgo de los Estados Unidos se desplomó entre 2021 y 2022. La aprobación media cayó del 41% al 39% en Europa y del 52% al 36% en las Américas. Pero la aprobación promedio del liderazgo chino es mucho más baja: 16% en Europa y 23% en las Américas. La aprobación es sólo del 18% en Brasil y de un solo dígito en varios países europeos, incluido Alemania (8%). Sólo en un puñado de países en ambas regiones (Bulgaria, Grecia, Hungría, Montenegro, Rusia, Serbia y Uruguay), el liderazgo chino es más alto que el de los Estados Unidos.

 

 

 

 

 

Hecha la digresión sobre la faceta reseñada del estado de ánimo nac & pop, ahora que se trata de paliar la falta de dólares con yuanes y reales es menester no perder de vista cómo funciona el sistema de pagos internacionales. Cuando un exportador argentino le vende su producto a un importador japonés en mil dólares, en Nueva York el banco con que opera el nipón deposita en la cuenta del banco con que opera el argentino esos mil dólares. Ese depósito lo liquida en pesos el Banco Central y esos dólares serán utilizados para importar productos de otros países. Nadie le va a reclamar jamás a los Estados Unidos que pague esa deuda que tiene con el mundo. Incluso, si se lo pidieran, recibirían papeles nuevos por los viejos, dado que el dólar es inconvertible. De resultas, tal como funciona el sistema basado en el dólar, pagar las importaciones en yuanes, reales o cualquier otra moneda, es una acción financiera que pospone usar dólares, pero no los reemplaza.

Las circunstancias de malaria argentina con la divisa norteamericana, y la salida parcial de la encerrona a fuerza de yuanes y reales, se da en una coyuntura global en la que:

  • Los rusos y Bangladesh financian la construcción de una central nuclear china con yuanes.
  • Rusia adopta el yuan chino para gran parte de su comercio mundial.
  • India anunció que saldará parte de su comercio exterior en rupias.
  • Brasil y China acuerdan abandonar el dólar por comercio bilateral.
  • Arabia Saudita estudia facturar exportaciones de petróleo a China en yuanes.
  • Francia compra gas a China en yuanes.
  • Los países BRICS planean desarrollar una nueva moneda de reserva.
  • Kenia promete deshacerse del dólar por compras de petróleo.
  • Los miembros de la ASEAN (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental) discuten la caída del dólar para los pagos transfronterizos.

Una hipótesis es que el uso del dólar como arma ofensiva en la política exterior norteamericana (sanciones a Rusia por Ucrania, entre otras) está recibiendo estas respuestas defensivas bilaterales y menores. En 1990, el 10% de los países recibían este tipo de sanciones. Ahora el 30% de todos los países tiene sanciones financieras de los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y el Reino Unido. Otra hipótesis es que una parte –más bien chica– de la caída de las reservas de dólares que tenían los bancos centrales (de acuerdo a distintas estimaciones, cayeron del 72% del total en 1999 a 60% en 2022) se debe a que pusieron dólares en otras especies financieras que rinden un poco más y hasta donde se lo permiten sus estatutos, los que –por lo general– exigen plena liquidez de las reservas. Una tercera es la del Banco de Ajustes internacionales, el BIS (por su sigla en inglés). En un reciente estudio, sostiene que como los Estados Unidos dejaron de ser importadores de petróleo a ser exportadores,  “la combinación de precios más altos de las materias primas y un dólar estadounidense más fuerte podría ser más común en el futuro que en el pasado”, cuando se movían en sentido inverso. De esto se sigue, de acuerdo al BIS, que “los efectos estanflacionarios de un dólar más fuerte se manifiestan a través de su papel dominante en el comercio y las finanzas mundiales. La reciente confluencia de tales incidentes ha aumentado significativamente el riesgo de que un crecimiento débil coincida con una inflación alta. De acuerdo con esto, la inflación se disparó a nivel mundial, mientras que el crecimiento cayó en 2022”.

En esto estaría el origen de las maniobras defensivas, en resguardarse de los efectos estanflacionarios del dólar revaluado sin la contrapartida de caída de los términos del intercambio. Pero como a todos los países el dólar le cuesta tanto como el oro, y ahora parece que con los mismos efectos estanflacionarios (y a Estados Unidos no le cuesta nada), algunos bancos centrales (principalmente ruso y chino) lentamente han empezado a comprar oro para sus reservas, aunque los bancos centrales muy mayormente siguen comprando bonos del Tesoro. Las medidas defensivas como tales no afectan el papel del dólar. El oro sí, si se impone, porque volvería convertible la divisa que dejó de serlo en 1971. El margen de maniobra se amplía mucho. Se podría pagar y cobrar en oro inmediatamente convertible a dólares.

 

 

 

 

 

 

 

 

En curiosa coincidencia con estos avatares del dólar, hace unas semanas estalló un conflicto sangriento en Sudán. Para el historiador Adam Tooze, esta pelea entre bandas –que tiene de rehén a una población civil muy castigada– “es un reflejo del cambio de poder provocado dentro de Sudán y la región en general, por una espectacular fiebre del oro”. Tooze acude a los datos del International Crisis Group, que en 2019 daba cuenta de que “en el Sahel central (Malí, Burkina Faso y Níger), la extracción de oro se ha intensificado desde 2012, debido al descubrimiento de una veta especialmente rica que atraviesa el Sahara de este a oeste. Los primeros hallazgos se realizaron en Sudán (Jebel Amir) en 2012, seguidos de otros entre 2013 y 2016 en Chad (Batha en el centro y Tibesti en el norte del país); en 2014 en Níger (Djado en el noreste del país, Tchibarakaten al noreste de Arlit, y la región de Aïr en el centro norte), y finalmente en 2016 en Malí (la parte norte de la región de Kidal) y Mauritania (Tasiast, en el oeste). El movimiento trans-fronterizo de mineros experimentados de la subregión, en particular de Sudán, Malí y Burkina Faso, ha fomentado la explotación de estos sitios. Estos descubrimientos recientes se suman al oro ya extraído en Tillabéri (oeste de Níger), Kayes, Sikasso y Koulikoro (sur de Malí), y varias regiones de Burkina Faso, lo que hace que el oro artesanal sea un tema de gran importancia en el Sahel”. Parece ser que el equilibrio de poder mundial no descuida el menor detalle.

 

 

 

 

 

 

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