SOPLO

Del descuartizamiento de Túpac Amaru a la persecución a Milagro Sala

Con la lucha popular, a los presos liberar.

Consigna, 25 de mayo de 1973 (por la noche).

 

Nos falta el aire. Metáfora y condición vital sin nada de novedoso desde hace dos años. Nos falta un soplo o acaso una ventisca primaveral, entre la salida del infierno y la premonición de un verano que acaso concentre una esperanza. Nos falta el aire por el naufragio de la pandemia: nos ha dispensado dolor y malestar. Nos legó un paradójico estar fuera de lugar, un ser fuera del ser, un dislocamiento existencial como sociedad. Nos falta el aire también, un soplo colectivo, eso que nos sustrajo la experimentación macrista, una pandemia con otra carnadura. A esa experiencia hoy se le adosa un incipiente fascismo desgreñado que contrabandea libertad. La “ética” de ese fascismo libertario está en la escena central de una película reciente: Silk Road. El protagonista libertario emite una señal al margen de toda duda: matar y enriquecerse en detrimento de la vida colectiva, en contra del Estado.

La convocatoria del 17 de octubre insinúa un soplo de regeneración. Son las Madres, que respiran: “Nosotros no debemos nada”. Esa consigna puede ser dicha porque tiene un justo reverso insinuado: es a nosotrxs a quienes nos deben aquellos que desplegaron todos los métodos de la extorsión de la plusvalía. Ese estar en la Plaza será un momento de estar afuera estando juntxs, de estar al aire libre, de nuestro estar abiertos a un tiempo aún inestable. Un acto que soplará hacia el pasado —el 17 de octubre fue un resoplido popular para liberar a un preso político y un octubre del 17 se pergeñó una respiración inspiradora—, soplará sobre el vacío del presente —dejado por las muertes de nuestros afectos, por los conflictos latentes irresueltos; nombraré apenas uno: Milagro Sala, acallada y descuartizada como Túpac Amaru—, soplará en dirección del futuro, que es idea, fenómeno, momento que ignoramos y por eso mismo posibilidad de invención, atmósfera de libertad, nuevo aliento que inspira: luchas (momento doble, de negación y afirmación) para proyectar los miedos, las esperanzas, las necesidades físicas, psíquicas, sociales, los desequilibrios técnicos, culturales, económicos, ecológicos, los deseos que laten en los barrios, en las instituciones, en los movimientos, en las familias, en los distintos momentos de la progresión de la vida, en cada cual, de La Quiaca a Ushuaia.

El 4 de noviembre de 1780 se desarrolló un gran acontecimiento insurreccional en el corazón de los Andes, tendiente a la independencia. Se libró el vendaval encarnado en el nombre de Túpac Amaru II —o sea, cabeza, representante, dueño y defensor de “sus” tierras—, José Gabriel Condorcanqui, que conmovió los cimientos coloniales en las Indias, con un proceder cuidadoso, incluso en la lucha armada. Arrancó con la ejecución en Tungasuca del funcionario superior de la provincia de Tinta, Antonio Arriaga, presenciada entre otrxs, por un genovés residente en Sicuani (“salchichero” de oficio): Santiago Bolaños. La insurrección “tendiente a destruir el temerario abuso y perversa costumbre de repartos y demás hechos que amenaza a todos” —son palabras del Túpac— constituyó uno de los momentos de mayor relevancia de rebeldía y herejía en el camino hacia la independencia hispanoamericana. Fue el movimiento rebelde indígena —acompañado por un programa social de honda sensibilidad humana— más grande de la historia colonial y el antecedente más próximo de la emancipación del siglo XIX.

Por la lucha contra las injusticias aplicadas a lxs naturales del Continente fue descuartizado. Le suministraron torturas metódicas, aplicadas con refinamiento, a las cuatro de la mañana el 29 de abril de 1871 por orden del oidor Benito de la Mata Linares: “A la víctima le fueron amarradas las muñecas a la espalda y atados los pies. En la atadura de éstos fue colgada una barra de hierro de cien libras [45 kilos] y alzado el cuerpo a dos varas del suelo” (Boleslao Lewin, La rebelión de Túpac Amaru y los orígenes de la emancipación americana, Hachette, 1957). Esa tortura fue proporcional al grado de descomposición del régimen colonial. Por eso mismo, como siempre, los regímenes caducos, sostenidos por gobiernos despóticos, en el fondo, reconocen la razón de sus enemigxs, y por eso mismo las represiones son tan crueles, tan despiadadas.

Julio A. Costa cuenta que el cacique Cipriano Catriel, en un discurso a lxs indígenas de las pampas del sur, les recordó que los españoles: “descuartizaron vivo a José Gabriel Túpac Amaru y a toda su familia, después de arrancarles la lengua y los ojos”. Y Alberdi, en Crónica dramática de la Revolución de Mayo, invocó el nombre de la rebeldía con motivo del juramento de los conspiradores justo en la víspera del magno evento: “Por el Dios de la libertad, de la igualdad y de la patria, por los sepulcros sagrados de nuestros abuelos los incas, por las víctimas de Tupamar”.

Túpac es expresión de rebeldía popular contra el orden español y de rebeldía americana en general. Su insurrección reconcentraba la imaginación de otro modo de vida y el nombre se convirtió en sinónimo de actitud rebelde frente a las autoridades coloniales, si bien su rebelión encontró una persistente negación por la novedad que entrañó. El 23 de diciembre de 1780 el Túpac escribía: “En breve se verán libres del todo; a toda voz digan ¡viva! ¡Viva el dueño principal! ¡Muera! ¡Muera el usurpador!”. Esa imaginación, símbolo de la rebeldía americana, tiene en la Argentina reciente dos terminales nerviosas: en la bandera de la organización conducida por Milagro Sala; ahí el Túpac es la base que establece una compleja y densa dialéctica junto con Evita y el Che Guevara; y en los propios modos de lucha, de edificación (levantar casas, barrios, piletas, salas para tomógrafos o de odontología) de Milagro.

En la vandalización del barrio de Alto Comedero —memoria que se quiso obligar a una reconversión carcelaria, pues no lo es— se cifra una destrucción aún más profunda: la experiencia de otro tipo de ciudad, de otro modo del vivir en común, de otra forma de edificar la vida, dentro de un tupido entramado de relaciones comunitarias y al reparo de un Estado nacional democratizador sostenido por políticas igualadoras. Por eso mismo, Milagro fue descuartizada por ese Jano bifronte Morales/Macri. Descuartizar ha sido su primer acto de gobierno. Y hoy sigue siendo descuartizada por los poderes tardocoloniales provinciales y nacionales. No podemos seguir permitiéndolo. La estructura colonial quedó resquebrajada con la insurrección andina. Volvamos a resquebrajar lo que debe ser resquebrajado, desde el movimentismo y desde la representación.

Pensar, en este momento crucial, en el que el sentido de lo humano se encuentra horadado, me parece, tiene un peso específico gravoso. Ese pensar es un pesar colectivo: que debiéramos poder llevar a cabo según las formas de conjunción del ser. El acto del 17 de octubre en la Plaza, convocado por las Madres, tal vez concentre la escena de un nuevo soplo, resoplido de una nueva mística, el chispazo que nos vuelva a llenar de aire, un viento de locura, una ventisca de vida, un empujoncito para sobreponernos al malestar diario, luego de la experimentación macrista, después de estos años de naufragio pandémico que aún no hemos terminado de atravesar, a casi veinte años de 2001, momento histórico-político crispado, cuestionamiento del orden institucional que marca un antes y un después en la historia nacional; instante en el que poderes que parecían inexpugnables, con potentes injerencias en la separación social, fueron resquebrajados.

Del naufragio de los ’90, de los días de lucha decembrinos de 2001 también surgió un susurro, un presidente —“un retozón neumático hecho persona […] un pneumático, que parecía escapar de alguna carrocería desgajada […] correspondía a un estilo, un modo, una ecuación de gobierno. El aliento, la respiración que da vida” (Horacio González, “El soplo vital”)— y un intensísimo movimiento latinoamericano que fue atacado con la voluntad de hacerlo desaparecer, índice de su heterodoxia. Si queremos considerar (pensar, sopesar, politizar) lo que nos está sucediendo debiéramos mirar hacia la Plaza, ir y habitarla, emitir soplidos que en sus primeros instantes acaso serán leves —esa levedad indica que algo se nos está escapando de las manos en el convulsionado escenario de la política nacional—, soplar desde el río hacia las diagonales que se abren en dirección de las grandes avenidas de la nación democrática, soplar para que un nuevo espíritu neumático despliegue una respiración masiva y una lengua social, que con su soltura avente las cenizas, la sensación de naufragio y la anestesia de la pandemia; soplar para volver a encendernos, acalorarnos, enardecernos. Ahí acaso esté la memoria del 2001: aventar las cenizas, agitar la resistencia, desplegar el bullicio de la gran convocatoria para recomponer la vida popular al margen de temores o cálculos consensualistas ante desafíos que es preciso afrontar. Los buenos aires de un espíritu libertario, el pálpito de una energía creativa nueva: llevar a las instituciones representativas el soplo asambleario del 17.

 

 

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