SOUNDTRACK DEL HORROR

Huella acústica de la Doctrina de Seguridad Nacional dictatorial, Abel Gilbert la escudriña en un ensayo

 

Agujero sin válvula de cierre, el oído funciona 24 horas al día, los 365 días del año, toda la vida (si ninguna dolencia lo perturba). Aún, el dormir se protege al soñar con un viaje en tren cuando las vías del ferrocarril rugen bajo la ventana. Nada impide que arriben ruidos, palabras, sonidos, música; más allá de la distinción entre oír y escuchar. Durante la última dictadura civil-eclesiástico-militar (1976-1983), autoproclamada con el eufemismo Proceso de Reorganización Nacional, el Terrorismo de Estado dejó rastros acústicos que permitieron identificar genocidas, lugares, trayectos, atrocidades. Los prisioneros reconocían a sus carceleros por las voces, los pasos, también por la música que hacían tronar al momento de la tortura. Los alaridos de quienes eran objeto del tormento resultaron marcas imborrables. Asimismo los ruidos de neumáticos y de los motores de los vehículos de las patotas cuando entraban o salían en los chupaderos. Sonidos imperecederos que no sólo percudían los cuerpos de los secuestrados sino también a los vecinos de las adyacencias que ignoraban —o querían ignorar— lo que allí pasaba.

Sin embargo, los sones terroríficos de los centros clandestinos de detención y exterminio no fueron los únicos. Hubo para todos, sin excepción. Hasta hoy, cuando suena la marcha militar Avenida de las camelias, la misma que engoló el anuncio del golpe de Estado en la madrugada del 24 de marzo de 1976, la piel se eriza. En su afán de conquista por la paz de los sepulcros, la dictadura contó con la complicidad, forzada o voluntaria, del espectro cultural. De Palito Ortega con sus films olfas castrenses a Alberto Ginastera con su obra Iubilum (Júbilo), estrenada en el Teatro Colón en 1980 y, entre medio, una cantidad de producciones variopintas ocuparon el espacio que va de lo popular a lo académico.

 

 

Alberto Ginastera y señora posan para el whisky y tocan en el Colón para la dictadura, 1981.

 

 

Es preciso reconocer que asimismo surgieron autores e intérpretes que, de distinta manera y diverso grado de conciencia, procuraron oponerse, resistir, contestar, al menos no someterse al canon que los dictadores pugnaron imponer. El rock nacional y en menor medida el folklore, entre otros ritmos plebeyos, entre el arrojo y la timidez, dijeron lo suyo cuando pudieron. Esa “banda sonora de más de siete años” que se zambulle “en el fondo inexplorado de las persistentes relaciones entre música/ sonido y ruido con la política en su etapa de mayor violencia estatal en la Argentina” es la que explora el escritor, compositor, músico, periodista, académico, docente e investigador Abel Gilbert (Buenos Aires, 1960) en las más de trescientas páginas de Satisfaction en la ESMA. Título potente que cruza el famoso tema de los Rolling Stones con el ícono del genocidio en la capital argentina, sintetiza el abanico antropológico de una investigación inédita tanto en la crónica como en los estudios sociales sobre la época.

 

El autor, Abel Gilbert.

 

Pasión por la verdad y exquisitez en la escritura caracterizan el relato de Gilbert que entrelaza “la música de la política y la política de la música, los modos de recepción y construcción social de significado de los objetos musicales que tematizaron o dieron cuenta abierta u oblicuamente de las circunstancias dramáticas, la música en las situaciones específicas de violencia, los modos de escucha de las emergencias políticas, y la presencia de metáforas sonoras y musicales en el discurso social”. Con el propósito de extraer  la “escucha de una época” de las garras del olvido y de lo nunca pensado, el autor desanda los pasos del “proceso de reorganización” —también perceptual— de las subjetividades, tendiente a la domesticación de los cuerpos del conjunto de la ciudadanía. Utiliza a tal fin recorridos por la historia profunda, categorías provenientes de las ciencias sociales, desarrollos musicológicos, referencias literarias, crónicas de la época y personales. Bagaje pormenorizado al detalle, desarrollos prolijos y fuentes inobjetables que hacen accesible al lector profano aún los pasajes dedicados al desguace experto en pentagramas.

Parte del “dispositivo sónico de la Doctrina de Seguridad Nacional”, materializado  en las marchas militares, con un rastreo secular que va de su génesis hasta las sucesivas transformaciones. Esquema metodológico general cuyo rigor se extiende a lo largo de nueve capítulos y una conclusión donde se articulan momentos históricos, voces, ritmos, letanías, lamentos y melodías. Huellas sonoras que  acompañaron las preferencias del torturador en su faena tanto como el consuelo entre los cautivos, las frases y fraseos que Charly García colaba en los recitales, como los torpes aggiornamentos con que las bandas de música milicas falsificaban una proximidad populachera.

 

 

Charly García en «Clics modernos»: siluetas de ausentes.

 

 

Satisfaction en  la ESMA aplica un original código literario destinado a la transposición de significados cuya eficacia metafórica suple las formalidades de la lógica. Cuando “la verdad sobre la muerte se filtraba hasta en el sarcasmo”, Gilbert asocia la aparición de La Máquina de Hacer Pájaros (grupo de Charly García que sucede a Sui Generis) en plena dictadura, a dar “máquina, no maquinarse, convertirse en una fría máquina de matar, máquina blanda, cuerpo maquínico…”. Lee, del mismo modo, en el tema Inconsciente colectivo, “un comentario o la respuesta al ‘no está, ni vivo ni muerto’ de Videla”, dado que entre esta ultima declaración del dictador y la canción mediaron seis meses apenas, a penas. Sucesivamente, en la música popular y en la “culta”, el autor destaca remedos contestatarios, formas de “no ahogarse, encontrar los islotes, peñascos de esfera pública, para fijar un territorio movedizo de lo decible, negociar significados, traficar sutilezas o subrayar lo manifiesto”. En el mismo código aunque con otra clave, encara a Ginastera: “La glosa castrense en Iubilum, su incrustación, no parece ser extemporánea. Como si fuera una placa (sonora) que lleva inscrito el recuerdo de sus funciones pedagógicas en el Colegio Militar, del significado de la espada y el escapulario”. Convicción certera o fuerza adaptativa, al estilo del “cantorcito de contramano”, como León Gieco caracterizaba al futuro gobernador de Tucumán que, raudo, apenas asomada la democracia en 1983 editó el disco Afectos, donde en el tema Levántate hermano se escuchaba: “Esos que te lastimaron tendrán que pagar. El tiempo va poniendo todo en su lugar. Dale hermano, que ese día tendrá que llegar”.

Inspiración contestaria, sutilezas semánticas, mensajes encriptados, sobreadaptación, resistencia, agachadas, azar y contingencia, algún oportunismo aprés-coup, como sea, Satisfaction en la ESMA consigna una producción compleja, sin lugar a dudas signada por ese genius saeculi que flota en el aire sin que nadie deje de aspirarlo por  más que ni cuenta se dé. Cuestiones y cuestionamientos de conversiones hacia uno u otro lado, por lo general en la clandestinidad de los espíritus, algunas veces en la conciencia de clase o en alguna clase de conciencia.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Satisfaction en la ESMA – Música y sonido durante la dictadura (1976-1983)

Abel Gilbert

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

334 páginas

 

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