Spinoza y la cultura judía argentina

Entrevista a Diego Tatián sobre una escena intelectual atravesada por el autor de Ética

 

En varios de los trabajos de Diego Tatián, doctor en Filosofía, docente y prolífico autor, aparecen referencias preciosas a escritores y editores como Manuel Sadosky y Gregorio Weinberg, León Dujovne, Gregorio Bermann, Samuel Glusberg, Oscar Cohan, Alberto Gerchunoff y Bernardo Verbitsky, animadores de una escena cultural de libros, teatro, revistas y conferencias. En conversación con El Cohete, le preguntamos sobre ellos.

 

Diego Tatián.

 

 

—En tu libro Lecturas imaginarias hacés referencia a Samuel Glusberg (seudónimo de Enrique Espinoza –compuesto por la españolización del nombre de Heine y del apellido de Spinoza– y autor de Spinoza, águila y paloma) como “protagonista de la cultura judía de izquierda”. También evocás a Alberto Gerchunoff, fundador de la Sociedad Hebraica Argentina, militante socialista y autor de la autobiografía Entre Ríos, mi país, en la que los judíos recién llegados de Europa conciben a la Argentina como una “república de hombres libres”. ¿Qué clase de izquierda era esa, y cómo funciona en ella la condición de la migración judía a la Argentina?

—En la primera mitad del siglo XX hubo una acción cultural e intelectual muy importante por parte de escritores y filósofos judíos, que no fue marginal en la república de las letras porteña ni carecía de vinculaciones con los grupos que animaban la vida literaria de Buenos Aires, como Sur, Boedo, etc. En el caso de Gregorio Bermann, desarrolló su vida intelectual en Córdoba. Aunque llegó a esa provincia poco después de la Reforma Universitaria, fue una de las plumas más relevantes de esa máquina colectiva de escribir que fue la cultura reformista, introductor del psicoanálisis y corresponsal de Freud, combatiente voluntario de la República en la Guerra Civil Española, referente de la izquierda política por muchos años y en los ’60, hacia el final de su vida, compañero de ruta del grupo Pasado y Presente.

Imagino que esa acción además producía efectos importantes hacia el interior de la comunidad judía y libraba una batalla contra el judaísmo más conservador. Spinoza pudo haber sido el nombre que organizó esa contienda (una fractura que en el terreno político llega hasta nuestros días). En el caso de Glusberg, es explícito el seudónimo, que compone el nombre de pila del gran poeta de la izquierda hegeliana y el apellido españolizado de un judío laico proscripto y maldito. Glusberg publica en 1932 una novela breve de Alberto Gerchunoff llamada Los amores de Spinoza, en la que recrea la leyenda de un amor no correspondido del filósofo con la hija de su maestro de latín. Sería interesante estudiar –creo que no hay un estudio suficiente sobre esto– el impacto que tuvo en los intelectuales judíos argentinos la llegada al país de Rodolfo Mondolfo en 1939, expulsado de Italia por su condición de socialista, y principalmente por judío, tras haber sido sancionadas las leyes raciales de Mussolini. Glusberg publica la traducción de algunos artículos de Mondolfo sobre Spinoza en la revista Babel, de la que era editor.

En ese mapa, sacando a Bermann –ideológicamente inscripto en una izquierda más radical–, creo que este grupo de intelectuales judíos, con matices importantes, comulgaron con un socialismo democrático y pacifista. Gerchunoff más orgánicamente, ya que se afilió muy joven al Partido Socialista; Glusberg a través de la acción editorial y cultural en medios socialistas.

—En tu introducción a la memorable obra de León Dujovne, Spinoza, mencionás su labor docente (en la UBA), periodística, ensayística y de traductor, su adhesión al socialismo y su amistad con Jorge Luis Borges. ¿Qué importancia tuvo su Spinoza en la filosofía argentina?

—Editado en cuatro volúmenes por el Instituto de Filosofía de la UBA entre 1941 y 1944, el Spinoza de Dujovne fue la gran introducción de la filosofía spinozista en el mundo de habla española. Su tesis principal es que la herejía de Spinoza tiene raíces en el judaísmo antiguo, es la expresión de un judaísmo marginado, y que su Ética es también una alta expresión de la cultura judía. Dujovne era un políglota, trabajó con prácticamente toda la bibliografía existente hasta ese momento, en todas las lenguas. El destino de su biblioteca es curioso. Cierta vez le comenté a Horacio González –quien me dijo haber asistido a algunas clases de Dujovne, según él, un profesor aburrido– que estaba buscando desde hacía tiempo los volúmenes de su mítica obra sin poder hallarlos. Creo que fue a fines de los ’90 o comienzos de los 2000. Me sugirió que fuera a la librería Romano, cuando aún existía en la calle Lavalle. Fui ese mismo día. Apenas entré, había un largo contenedor en el centro, con libros ordenados de lomo. Todos eran de o sobre Spinoza. El libro de Dujovne que había ido a buscar no lo encontré; lo que encontré fue su biblioteca personal, ni más ni menos. Los libros tenían la firma de Dujovne y el sello de la Biblioteca de la Universidad Bar Ilan de Buenos Aires, donde seguramente fueron donados tras su muerte en 1984. Cuando Bar Ilan cerró al no poder contar con el financiamiento del Banco Mayo, presumo que vendió la biblioteca, y los libros de Dujovne que formaban parte de ella, a las librerías de viejo. Una pena que no se conservase íntegra. En la Biblioteca de la Sociedad Hebraica (que lleva el nombre de Alberto Gerchunoff) hay joyas de la bibliografía spinozista antigua, muchas de ellas donadas por el bibliómano polaco Jacob Shatzky. No estoy seguro de cuándo es esa donación, pero tal vez también pudo ser aprovechada por Dujovne para su trabajo.

La reedición completa del Spinoza de Dujovne (en dos volúmenes) fue una de las últimas publicaciones de la Biblioteca Nacional cuando Horacio González era su Director. Han transcurrido setenta años desde su publicación original, pero no ha perdido su importancia para el spinozismo en lengua castellana.

—Bernardo Verbitsky fue jefe de redacción de la revista Davar, Manuel Sadosky y Gregorio Weinberg dirigieron la colección de Clásicos Fundamentales para la Editorial Lautaro, Gregorio Bermann escribió también sobre Spinoza en la revista Judaica y fue discípulo de Deodoro Roca.  ¿Cabe hablar de ellos como lo hacía Gramsci a propósito de los “organizadores de la cultura”?

—Más generalmente, creo que había una idea ilustrada de la importancia de la cultura para la vida democrática; una confianza en las universidades, las instituciones culturales, las revistas y los libros como instrumentos de debates capaces de remover supersticiones religiosas y políticas. Bernardo Verbitsky fue lo que los italianos llaman un uomo di cultura: escribió novelas, cuentos, ensayos, se interesó por el habla popular –el tango, particularmente–, estuvo vinculado al cine,  además de su labor periodística como editor de Davar y de otros medios. Sadosky y Weinberg dirigían esa colección de filosofía en la editorial Lautaro, perteneciente al aparato cultural del Partido Comunista. En ella incluyeron una traducción española del Tratado teológico-político con un prólogo de Dujovne, en 1946. A instancias del propio Weinberg, en 1950, Lautaro publica los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, con prólogo de Bermann. De manera que la impronta gramsciana en la manera de pensar la organización de la cultura pudo haber estado presente.

Pienso que algo de esto persiste en la acción de otros dos filósofos judíos, que tal vez cierran un ciclo. Me refiero a León Rozitchner y su poderosa lectura de Spinoza durante su exilio venezolano y a Gregorio Kaminsky, quien tras la recuperación democrática y la vuelta del exilio estuvo al frente del Instituto de Filosofía (que cuarenta años antes había editado el libro en cuatro volúmenes de Dujovne) con ese espíritu de intervención político-cultural. En esos mismos años del inicio democrático, Goyo Kaminsky publicaba su Spinoza: la política de las pasiones, que acaba de ser reeditado hace pocos meses.

—De Oscar Cohan sabemos poco. Su traducción de la Ética de Spinoza fue reeditada hace pocos años por Gredos. ¿Qué podrías decir de él?

—Salvador Kibrik, director del Museo Judío de Buenos Aires, compiló en 1977 una serie de escritos (de autores judíos y no judíos) en un libro-homenaje en conmemoración del tricentenario de la muerte de Spinoza. En línea con una anterior iniciativa frustrada de Ben-Gurión (con quien Kibrick había mantenido correspondencia), se trata de un volumen concebido como una intervención internacional para despojar de validez la excomunión de Spinoza y promover la anulación oficial del herem, cuya validez se cuestiona por haber sido obligada la comunidad hispano-portuguesa de Ámsterdam a llevarlo a cabo. Kibrick proporciona tres argumentos: el herem fue dictado por un cuerpo administrativo carente de valor religioso; no existe constancia en los archivos de la Sinagoga de que la sentencia hubiera sido dictada por la Sinagoga misma; en caso de haber existido efectivamente, la condena a Spinoza se debió a una tremenda presión política, acatada por la fuerza por la comunidad. Dictado bajo presión, miedo, coacción o intimidación, carece de toda validez, debido al principio jurídico universalmente aceptado según el cual todo acto jurídico realizado bajo esas condiciones es nulo y sin valor. La iniciativa del Museo Judío no prosperó (las resistencias debieron ser muchas y existen hasta hoy: el año pasado mismo, 2021, la Sinagoga portuguesa de Ámsterdam negó el permiso de ingreso a un investigador norteamericano de la filosofía de Spinoza por hacer su elogio, y lo declaró persona non grata por divulgar sus ideas).

Ese mismo año del tricentenario de la muerte de Spinoza, la editorial judía Acervo Cultural, con la asesoría general de Gregorio Weinberg, editó en cinco volúmenes las Obras completas del filósofo. Hasta donde he podido saber, el único texto escrito por Oscar Cohan es un breve artículo de apenas tres páginas en ese homenaje a Spinoza que hizo el Museo Judío de Buenos Aires. Y allí consta esta noticia: “Oscar Cohan. Es un argentino amigo de la filosofía. Traductor fidelísimo del latín y el alemán, manifestó su devoción por Spinoza con su magnífica versión del texto latino del Tratado de la reforma del entendimiento, en 1944. A partir de ello tradujo del mismo idioma el Epistolario y la Ética”.

Fuera de este pequeño escrito ocasional, de su trabajo sólo nos han llegado cuatro traducciones: el Spinoza de Carl Gebhardt, tal vez el mayor instrumento de divulgación spinozista en América Latina, publicado por Losada en 1940; la traducción del Tratado de la reforma del entendimiento –la primera en lengua española–, con otro texto de Gebhardt como introducción, publicada por la editorial Bajel en 1944; una versión del Epistolario editada por la Sociedad Hebraica Argentina en 1950. Finalmente, la versión de la Ética publicada por Fondo de Cultura Económica en 1954, reeditada por José Gaos en la UNAM y más recientemente por Gredos. En mi opinión es una buena versión, que resiste el paso del tiempo.

Actualmente, el rastro de Oscar Cohan ha desaparecido casi por completo de Buenos Aires. Una vez, hace varios años (creo que fue 2007 ó 2008), me encontré casualmente con Bernardo Koremblit en una librería de Buenos Aires. Me invitó a conversar a su casa, un antiguo departamento lleno de libros en la avenida Corrientes. Cuando le pregunté por Cohan me respondió contundente: “Nadie va a poder decirle nada de Cohan… Aparecía y desaparecía de manera imprevista, nadie sabía mucho de él. Yo sólo puedo decirle que era un verdadero erudito, de maneras exquisitas, agradable, recoleto, muy aislado; participó en algunas mesas redondas en la Sociedad Hebraica, pero se iba inmediatamente después. Era muy gentil, pero también insociable; no le gustaba figurar. César Tiempo y Francisco Romero lo apreciaban mucho. Si a usted le parece un hombre misterioso, no lo es sólo ahora, después de tantos años. Era muy misterioso cuando vivía. No creo que vaya a encontrar mucho”, insistió.

Antes de despedirnos, me dijo: “Llámelo de mi parte a Gregorio Weinberg y pregúntele a él. Tal vez recuerde algo. Aquí tiene su número”, y me extendió un papelito. Apenas salí a la calle, ansioso, llamé a Weinberg desde un teléfono público. Cuando le pregunté por Cohan, me dijo: “Olvídese de Cohan. Nadie sabe nada de Cohan”.

Quizá sólo nos quede por hacer una novela cuyo personaje sea un fantasmal traductor de Spinoza en la Buenos Aires de los años ’40, de quien nada se sabe…

 

 

 

 

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