Diez años sin Lilia

La última entrevista a la compañera de Rodolfo J.Walsh

Verbitsky, Lilia y Víctor de Gennaro, en ATE

 

El fenecido 2025 cargaba con aniversarios como el  del libro sobre Rodolfo Walsh y la Prensa Clandestina, que El Cohete reeditó la semana pasada, en una edición de acceso libre y gratuito, y la primera década de la partida de su compañera, Lilia Ferreyra.

Meses antes de aquel 31 de marzo de 2015 –cáncer de pulmón de fumadora irredimible– hablamos por última vez ante un grabador. Me ratificó mucha de la información histórica circulante, corrigió algunas cosas y compartió recuerdos familiares con Horacio Verbitsky. En la segunda hora, me relató aspectos de su militancia, la fuga del país y el retorno, para reemprender formas organizativas de prensa, ¿qué otra cosa si no?

 

El mandato

Con Walsh, en San Vicente, semanas antes del 25 de marzo de 1977, hablaban “de la posibilidad de caer; uno u otro, y de qué hacer. Si a él le pasaba algo, me dio un mandato. El primero era que sobreviviera. Pero el mandato fundamental era que debía comunicarme con Horacio. Yo tenía un teléfono para encontrarme con Horacio. Para Rodolfo, que yo tuviera el contacto directo con Horacio, era esencial; no sólo para mi sobrevivencia, sino para la continuidad del trabajo. Y eso era porque de todos los compañeros, en quien confiaba a pleno por su grado de responsabilidad, de adhesión, de capacidad, y de afec-ti-vi-dad, era en Horacio”.

 

 

 

 

Después, cuando yo llamaba y le dejaba mensajes para encontrarnos, ya teníamos arreglado una cita previa, que no se dejaba por teléfono, por supuesto, pero él no contestaba. Durante una semana fui, desesperada; estaba sola, había perdido todo.

“Entonces se dio una cosa, medio mágica. En una de las tardes en que había estado esperándolo, durante una hora, violando toda regla de seguridad, en una confitería de Scalabrini Ortiz, me fui caminando por Córdoba. Caminar me ayudaba a soportar el dolor. Caminé en dirección a la 9 de Julio. Y en una esquina, encuentro a Horacio, a Piri Lugones, a su compañero y a otro, que me ven. Yo los veo. No sabés lo que fue ese encuentro. Me miraban temerosos, suponían que yo había caído también, y que esa cita que yo le dejaba a Horacio era una cita también envenenada. Cuando se aclaró todo, tuve mi primera sonrisa en mucho tiempo.

“Ese día, yo devolvía un departamento que alquilábamos acá en la Capital, donde todavía teníamos papeles y demás cosas; no mucho, porque casi todo había sido trasladado a San Vicente. Hasta ese momento, se pensaba que Rodolfo estaba desaparecido, no se sabía; podían estar destruyéndolo en la tortura. Era el único que conocía ese departamento, él y yo, pero ahí estaban esas cosas. ¿Qué hacíamos? Lo hablamos con Horacio y él dijo ‘vamos a buscarlos’.

 

“Después de una semana, era peligrosísimo. Fuimos los dos y cargamos en un bolso cantidad de papeles, los originales de ANCLA y otros materiales como una carpeta de enseñanza de criptografía. También una caja china, con una llave china, donde Rodolfo guardaba su diario personal, notas secretas. Todo eso se lo lleva Horacio, que lo tuvo guardado.

 

“En base a esos papeles, editará el libro RWYLPC, con un trabajo sobre la ESMA que se le atribuyó a Rodolfo, pero lo hizo Horacio, que estaba en la parte de Informaciones sobre militares, mientras Rodolfo estaba en la parte policial.

“Con él hicimos infinidad de copias de la Carta a la Junta. El tenía un stencil y un mimeógrafo, escondidos en su placard. Retomó ANCLA, si bien no había formado parte de la redacción inicial, sí en el área donde estaba, de ahí salía información que se distribuía por ANCLA.

 

 

Asaditos

“Empezamos a vernos cada mes. Nos encontrábamos siempre con Horacio, y él fue un gran apoyo. Nos veíamos con él y su mujer en un parquecito atrás del club Ferro, donde había parrillas y él hacía unos asaditos. Tenía esos gestos, no sólo de encontrarnos para hacer copias de la Carta y todo lo normal, sino también la contención afectiva”.

 

A laburar

Mientras estuvieron clandestinos, recibían “unos pesos de la orga”, lo que se cortó cuando informaron que se iban. “Yo conseguí unos trabajos increíbles”, recordaba Lilia.

“Fui a uno, para hacer de secretaria. Era la oficina donde iba a reunirse el Comité Organizador del Mundial de Hóckey. En la calle Bartolomé Mitre o por ahí, empecé en una pequeña recepción con un teléfono en una sala con una mampara que dividía. Detrás, ante una mesa muy grande, se reunía el Comité”.

 

Los trabajos de Lilia

 

El administrador le avisó de la primera reunión. Cada uno que arribaba se presentaba con su nombre y rango de cada fuerza armada. El primer punto del orden del día fue… la seguridad del evento: El listado de todas las personas involucradas y sus antecedentes. Con la montonera oyendo todo al otro lado de la mampara lo dijeron. Terminada la reunión, se despidieron hasta la semana siguiente.  Lilia dejó pasar tres días antes de regresar con su “cara de chica exitosa”, de 36 años, para decir:

–Mire, señor, me salió otro trabajo. No puedo negarme. Le agradezco tanto…

En aquel fatídico 1977, Carlos Lang, secretario del Comité Organizador de la Copa, había regresado de Bélgica con la confirmación de que acá organizarían el Mundial ’78, entre el 19 de marzo y el 2 de abril. Lo hicieron. Y el 27 de mayo de 1978, de una pizzería de Villa Devoto, según consignaron los periodistas especializados Julio Boccalatte y Marcos González Cezer, fue secuestrada Adriana Acosta, de 22 años, jugadora de hockey del club Lomas, quien permanece desaparecida. En su memoria, la cancha en el CeNARD lleva su nombre.

 

Adriana Acosta 

 

Después, Lilia consiguió empleo como administrativa en un aserradero por Villa Adelina, en el conurbano norte. Allí veía trabajar a extranjeros indocumentados, por lo que le preguntó al contador si ahí tenían obra social. “Me despidieron por sindicalista”, resumió.

En ese verano que daba inicio a 1978, regresó en tren hacia Retiro, sin esperanza, se vio sin margen para nada. Se veía, “sin salida, ni trabajo, ni familia” que la mantuviera”. Alquilaba el altillo más barato de Constitución. Probó antes un último recurso solidario. Trabajó en el estudio de una abogada que fue jueza, María Luisa Anastasi, la madre de Sylvina Walger. Ahí recibía cartas del exterior que la instaban a emprender el exilio.

“María Luisa me llevó a su casa en Palermo chico, un tercer piso de un edificio de Coronel Díaz, de lo más pituco que imaginás. En un piso vivía el agregado cultural de la Embajada de Estados Unidos; en otro, alguien de La Nación. Había mucha custodia. Sylvina y una amiga me llevaron a la boutique de la mamá de Horacio Rodríguez Larreta, Cristina Díaz Alberdi, en la calle Alvear, la cerraron y me vistieron con ropa francesa elegantísima. Así pasaba yo entre los custodios, con mucha elegancia, aunque ahí tampoco podía quedarme mucho tiempo. Me fui, pero con un equipaje muy elegante”.

 

La alegría no es brasileña

“Horacio no quería que me fuera. Tal vez porque, si me iba, sería otra pérdida. Consideraba que podíamos zafar, que ya no pertenecíamos más a la Orga”.

Por fin decidió irse:

“Salí rumbo a Río, en un viaje de 56 horas en micro. Llevaba escondidas copias de la Carta a mis Amigos, de Rodolfo. Voy pasando entre personal que revisaba documentación. Me toca una chica que –estoy convencida– era una de las prisioneras de la ESMA que ponían en la frontera para marcar, una rubia de pelo lacio, nada que ver con las empleadas. Me miró, la miré. Pasé. Subí al ómnibus. Arrancó. En el puente sobre el río Uruguay, no subió nadie a buscarme. Amanecía. Cuando pasamos la mitad del puente, ya en Brasil, me puse a llorar por primera vez en dos años. No paré de llorar hasta Río casi, con la Carta. Ese amanecer fue simbólico, era como el mandato de que debía sobrevivir”.

Ahí debió esperar varios meses para poder salir hacia México.

Vía México

“Cuando quise salir de Brasil, también sufrí. Tenía un pasaporte a mi nombre, pero la reválida estaba trucha; me la habían mandado así. Cuando me presenté ante Migraciones, me lo retuvieron. El tipo se fue adentro y no me traía el pasaporte. Habían subido todos al avión. Fui acompañada por gente de Brasil, como el periodista Newton Carlos, y argentinos que empezaron a vociferar que se iba el avión. Yo de Argentina no había salido con pasaporte sino con un papel; ese papelito ahora estaba dentro de un documento. El tipo me dijo:

–Usted, con esto, no puede entrar a Mexico. Con esto, no la dejan entrar al país, la meten en un avión y la deportan a la Argentina.

–No importa, es mi problema. Deme la documentación.

“Corrí. Ya estaban retirando la escalera. Subí de última. Me senté, me até y, hasta que no llegué a México, no me desaté. Fue a finales del ‘78”.

 

Lilia sabía que, al llegar, debía pasar por Migraciones. Había oído de una de sus amigas que la acompañó:

–Antes de ponerte en la fila, fijate en la cara de los que están en los mostradores.

“Hay cosas intuitivas. Yo estaba dura, con la tensión de que ahora me meten en cana y me mandan en un avión, pero ya estaba jugada. Encaré a un mexicano que me recibió el pasaporte, me hizo tac-tac con los sellos y ni me lo miró. Cuando por fin salí, se me aflojaron las rodillas y caí al suelo; quedé arrodillada en el piso. No podía levantarme. Estaba bien, ni doblada, pero no podía incorporarme”.

Allá, unos amigos le consiguieron trabajo como Jefa de la Oficina de la Integración de Documentos, en la Secretaría de Turismo. Editaba textos que venían sin puntuación; los “traducía”, según ella. Trabajó con economistas que planificaban programas nacionales. Así la enviaron a España para que redactara un trabajo sobre México para las Naciones Unidas.

“Con lo que me pagaron, fui a conocer Roma, otro de los mandatos de Rodolfo era que yo debía conocer Roma. México fue la bocanada de oxígeno que necesitaba. Fue un paréntesis. Tengo un cariño, un agradecimiento, como si fuera una segunda patria. Una de las primeras sorpresas fue que los amigos que me esperaban me alojaran en la casa de Jorge Bernetti, compañero de militancia en el gremio de Prensa. Una de las primeras cosas que me dieron fue una libreta para anotar teléfonos. Lo raro que era, pasar de la clandestinidad donde no podía anotarse nada, a tener eso. Fue como vivir de nuevo otra vida”.

 

De regreso, Lilia

“Volví en abril del ‘84. Y Horacio estaba esperándome, con un auto, en el aeropuerto, con su mujer peruana. Estaba mi hermano también”.

Fue entonces que Lilia se reencontró con los papeles de Walsh rescatados del departamento que Verbitsky le había guardado.

Hacia septiembre comenzó a salir la revista El Periodista de Buenos Aires, en cuyo segundo número se publicó la primera nota de Verbitsky que recuperó la memoria del autor de Operación Masacre. Justo un año después, la misma editorial La Urraca, publicó el libro que El Cohete puso a disposición como regalo de fin de año, a cuatro décadas del juicio a las Juntas y a una de que despidiésemos a una mujer valiente cuya luz se impuso a cualquier sombra.

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí