Subversión no es mala palabra

Memoria, postverdad y negacionismo

«No somos más que huellas.
O sea la presencia como ausencia.
O sea escape»
Darío Z.

 

 

Huellas que vamos dejando, huellas que perseguimos, huellas que quedan como impresiones grabadas en nuestra memoria.

Memoria a la que debemos todo lo que refiere a nuestra identidad, a nuestra comprensión del ser y del mundo. Memoria sin la cual cada día, cada instante, sería incapaz de corresponderse con el anterior ni con el siguiente, memoria sin la cual no puede haber logos, ni construcción, ni deconstrucción, ni tesis, ni antítesis, ni síntesis. (Memoria que quisieron y quieren aplastar las botas, los trolls, los ignorantes, los militantes del odio.)

La piedra angular de todo conocimiento y de toda construcción ontológica, en la relación del sujeto con el objeto de conocimiento, con el fenómeno y con sí mismo. La capacidad de tener memoria y la capacidad en cuanto a fenómeno de persistir en el tiempo. (La construcción de la historia pasado-presente-futuro, sin necesidad para estas cuestiones de entrar en reflexiones metafísicas más profundas sobre la permanencia del presente en cuanto a la forma en la que experimentamos el tiempo.)

Sin memoria, «la presencia como ausencia» de las huellas, es un significante carente de significado, un vacío, despojado de conocimiento, la ignorancia en su más pura expresión, la incapacidad de reflexión porque no hay correspondencia entre el sujeto y el reflejo para que el nocse te ipsum sea posible, el conócete a ti mismo de los griegos. Se niega la dialéctica. Negar la memoria es negar el conocimiento, es lisa y llanamente ignorancia.  Ignorancia que no es más que un grado del saber, no existe por sí misma. Es ausencia de saber. Como el odio es ausencia de amor.

Pobres aquellos que han perdido o se han dejado robar la memoria. Amor y compasión para ayudarlos a recobrarse de su Alzheimer. Militancia de la Memoria es amar al prójimo en su máxima expresión, para no abandonarlo a la suerte de Sísifo.

Máxima expresión del amor es el amor de una madre, máxima expresión de la memoria es la transferencia de la memoria genética, el fenotipo dejando indelebles huellas grabadas en la orilla que separa el océano de lo inconsciente de la «tierra firme» de lo consciente.  Fenotipo que cala tan profundamente en los genes —de esto puedo dar cuenta por experiencia propia—, que aún sin conciencia del recuerdo, sin memoria consciente de los primeros golpes, que cual martillo sobre yunque nos van moldeando en esos primeros años en que es el mundo el que hace de nosotros, aún impotentes de hacer de nosotros por nosotros mismos. Golpes que forjan espíritus más fuertes, memoria que los alinea con su historia, amor para no convertirse nunca en aquello contra lo que se enfrenta. Máximo cuidado con convertirnos en eso que vemos en el abismo cuando lo contemplamos.

¿Cuál es más determinante en la construcción de esta verdad que llamamos “Yo”? ¿Lo que hizo el mundo con nosotros, o lo que nosotros hacemos con ello? No tengo certezas.  Intuyo que es la síntesis, pero no es una convicción, apenas una hipótesis. Sí sé que hay una construcción que trasciende al «Yo» y es el nosotros. Y esa construcción solo puede nacer del amor, jamás del odio, ni siquiera del odio por un enemigo en común.

Mi convicción es más profunda, sin llegar jamás al fundamentalismo que no me representa en ninguna de sus expresiones, sobre la forma en que en esta post modernidad la verdad se ha vuelto post verdad. Sobre la triste realidad de ser testigo de una época en la cual contando con herramientas nunca antes disponibles para acceder al conocimiento y a la búsqueda de la verdad, en lugar de hallar sociedades más despiertas y comprometidas con estas búsquedas, con el amor por el saber y la construcción del espíritu crítico, me encuentro con el sueño de los estados totalitarios hecho realidad, el doble pensar orwelliano a flor de piel, en un rebaño de repetidores, el coro del balido masificado, irreflexivos, incapaces de pensamiento propio ni mucho menos crítico, funcionales a los intereses del poder que inunda los canales de desinformación para continuar sosteniendo el yugo de ese séquito de corderos que ya desde los primeros niveles de formación educativa han sido intencionalmente programados para repetir sin cuestionar la post verdad que es para ellos la verdad incuestionable.

Porque lo dice la ciencia, porque lo dicen las sagradas escrituras, porque lo dijo la televisión, porque todo el mundo lo sabe, «es sentido común», repiten, porque todos repiten y pocos se cuestionan, pocos reflexionan, pocos investigan, no hay dudas «cuando la mentira es la verdad».

Se propaga como un reguero de pólvora la ignorancia supina atacando a su paso todo lo que no comprende, pero muy segura de saber la verdad.

En cambio, quienes buscamos verdades, reflexionamos sobre la información y la desinformación y cuestionamos todos los hechos, los fenómenos y los discursos con los que nos encontramos en nuestro camino y sobre todo nos cuestionamos a nosotros mismos más que a ningún otro. Somos más cautos, menos seguros de que nuestras verdades sean absolutas. No nos permitimos arrogarnos la posesión de la verdad. Seguimos construyendo permanentemente, desde el cuestionamiento, verdades provisorias que nos aproximen a la verdad más aceptable posible, contrastándola con los hechos y los fenómenos sin dejar que nunca se vuelva doctrina estática, porque lo estático está muerto. La vida está en el movimiento, es por eso que la memoria y la verdad siempre están vivas, siempre en movimiento, son una lucha que no se abandona, que no se olvida, que no se detiene, hasta el último aliento.

Esta lucha, esta persistencia, esta militancia del amor al conocimiento, a la verdad y a la reflexión consciente, nos enfrenta inevitablemente al trabajo diario de la gran masa anestesiada, que sin consciencia difunde la ignorancia y la mentira, servil a intereses que ignora y que incluso atentan contra su propia libertad. Es siempre, esta masa, este rebaño, el orgullo de los poderes que gozan manipulándolos. A aquellos que ellos mismos se han encargado de modelar en la ignorancia del oscurantismo y el negacionismo. Pero la ignorancia no se combate con ignorancia sino con educación. Como al odio no se lo combate con odio sino con amor. En donde el rebaño bala «esto es así, no hay discusión», es necesario buscar el modo de romper esa negación y abrirla a la capacidad de disentir, de dudar, de cuestionar. Donde no cabe discusión el pensamiento ha muerto, y por ahí se mete el oscurantismo con su yunta de «no es así», «no hay otra forma», «no hay cuestionamiento, es la única verdad nuestra verdad». Por supuesto, es más arduo el trabajo de educar y de enseñar a amar, porque no son fórmulas que se presentan para ser repetidas consecuentemente (Como lo es la educación institucional, herramienta de adoctrinamiento ya mencionada), sino que son pautas, invitaciones, sugerencias para motivar en el otro el intransferible anhelo por querer despertar del letargo, del sometimiento ante la mentira de la post verdad, del oscurantismo, del negacionismo, del status quo, y comenzar a recorrer el camino que es único e intransferible; camino que es hacia adentro más que hacia afuera del ser, en busca del des-cubrimiento del ser, del amor y del amor por el conocimiento que no siempre asegura un resultado final que lleve a la verdad. Pero sin lugar a dudas, mientras se lo recorra muchas mentiras serán develadas y la post verdad tendrá muchas más posibilidades de ser subvertida hacia la verdad. Porque subversión no es una mala palabra, aunque nos hayan querido hacer creer lo contrario.

 

 

 

 

 

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4 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimado Javier Matías:
    Sinceramente, impecable.

  2. Cecilia dice

    Magistral! Amor infinito, hermosura, sabiduria, humildad. Que fenotipo! Abrazo eterno hermano. Gracias totales! Compartiré tus palabras, que alumbran.

  3. ALBA LANZILLOTTO dice

    POR SUPUESTO QUE SUBVERSIÒN NO ES UNA MALA PALABRA. AL CONTRARIO, GENERALMENTE ES NECESARIA LA SUBVERSIÒN `PARA CAMBIAR SITUACIONES INJUSTAS Y PERVERSAS

  4. Germinal dice

    Coincido con vos, Javier. Hay que deconstruir los conceptos que nos han sido inoculados por la cultura dominante. Hay que despojar, por ejemplo, el significante «subversión» de todo el significado negativo y perverso que nos han impuesto a fuerza de adoctrinamientos masivos.

    Decía Nietzsche, “No hay hechos, hay interpretaciones”, con lo que ponía de manifiesto la preeminente centralidad que tiene la subjetividad humana en la captación y comprensión de la realidad. En otras palabras, nos venía a decir que la objetividad es ajena a la naturaleza humana, y que lo que cada época histórica llama verdad es un constructo subjetivo que ha logrado conquistar el imaginario de las personas.

    Este punto de vista nietzscheano, pensado en el ámbito de la política, fue convenientemente explotado en la historia por los soberanos para perpetuarse en el poder: desde las castas sacerdotales de la antigüedad hasta las élites financieras de la actualidad. Estas facciones instalan en la sociedad, por medio de todos los recursos disponibles –desde la educación hasta los medios de comunicación, pasando por los productos de consumo cultural–, una subjetividad que favorece la permanencia de la estructura de poder de la que son beneficiarios. Es la manera que tienen de contrarrestar el enorme diferencial demográfico en su contra, ya que estas castas nunca superan el 1% de la población en cualquier período histórico. No es lo mismo intentar dominar un rebaño de ovejas que una manada de lobos.

    Esta subjetividad hegemónica, también llamada relato, ideología, sentido común, moral, modo de pensamiento, etc., debe su eficacia al grado de arraigo en el inconsciente colectivo de la sociedad, logrando hacer pasar la obediencia como libre albedrío, la riqueza como meritoria y la defensa del statu quo como justicia, naturalizando las desigualdades provocadas por el sistema. Para el poder no hay mejor esclavo que aquel que se cree libre.

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