Sueño de la razón

 ¿Para qué sirve y qué es el G20?

 

Para el sherpa o negociador argentino ante el G20, Pedro Villagra Delgado, ex vice canciller de Susana Malcorra, “la desigualdad es uno de los elementos que más afecta al tejido social”. Lo afirmó un día antes de que Maurizio Macri asumiera formalmente la presidencia del G20 para el año 2018, cuya cumbre se celebrará en Buenos Aires en el próximo diciembre.

¿Para qué sirve y qué es el G20, cuya presidencia simula catapultarnos a las primeras filas de la gobernanza internacional? Es una cumbre económica donde se reúnen CEOs de grandes multinacionales y presidentes de veinte países, gigantes de la talla de Putin, Trump o Xi Ping y otros, más modestos, como los mandatarios de Brasil, Argentina o México. Cada una de esas cumbres está precedida por varias cumbrecitas, no menos de cuarenta en el país que oficia de huésped, donde se negocia sin participación democrática. Nada de lo que allí se trate tiene un ápice que ver con lo que el ideólogo del libre comercio Adam Smith concebía como el “bienestar de las naciones”. Pomposamente suele anunciarse que los temas de las agendas son la desigualdad, el cambio climático, la miseria o el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales, lo que en realidad es una cortina de humo para lograr cierta captatio benevolentiae de la prensa y de los crédulos que sostienen la fe ciega en este capitalismo desmadrado, sacado de cauce, como ya lo calificaba Polanyi hacia la década de 1930.

Lo que se trata en estas cumbres nunca llega a la luz, son cabildeos misteriosos, se dice que no son vinculantes; suelen escudarse bajo la etiqueta de la “razón de Estado” cuando en realidad son “razón de multinacionales”. Lo cierto es que si algo las caracteriza es su creciente y brutal impopularidad. Ninguna de ellas, desde Seattle en adelante, pudo realizarse jamás sin un mega blindaje militar y policial cada vez más brutal, cada vez más oneroso.

La última cumbre se realizó en la ciudad alemana de Hamburgo, donde organizaciones sociales, sindicatos, asociaciones de protección al medio ambiente y grupos como Attac, Greenpeace u Oxfam organizaron una cumbre paralela abierta a todo el mundo para tratar aquellos temas que los grandes se esmeran en ignorar. La reunión alternativa, inaugurada por Vandana Shiva, se organizó en el Teatro Kampnagel (municipal) que puso a disposición su sala de mil butacas continuamente abarrotada de concurrentes. Imaginemos en Buenos Aires al Teatro Cervantes o al San Martín organizando cumbres paralelas disidentes… ¿Sería utópico desearlas para despabilar a nuestros adormilados compatriotas? Sea como fuere, en Hamburgo se hicieron visibles no pocas críticas.

En función de problemas candentes del mundo actual como guerras, migraciones imparables, hambre, desigualdad y violencia crecientes, cambio climático, concentración desaforada de la riqueza, ocupación de territorios públicos para su aprovechamiento privado, desertificación de suelos y contaminación de recursos naturales por las industrias extractivas con la consecuente expulsión de pueblos originarios, graves malformaciones genéticas causadas por la agroindustria… Para eso y mucho más no existen propuestas de solución y menos aun su contemplación en las agendas del G20. Las críticas se acumulan: nada se hizo en materia de generar un comercio justo que le ponga límites al avance inescrupuloso de las corporaciones monopólicas; lo mismo sucede con la falta de impulsos serios a energías renovables y al intento de reducir el consumo indiscriminado de energía global.

Uno de los principales críticos a las conclusiones del G20 de Hamburgo fue el en nuestro país nunca tan mal ponderado papa Francisco: “Me preocupa el accionar del G20 porque afecta a los inmigrantes de los países de medio mundo; y los afecta cada vez más con el pasar del tiempo”. Con razón lamentó que en la aparente unidad de estos foros hubiese “una trágica contradicción e inconsistencia”, evidenciada por la “aceptación, activa o pasiva, de conflictos armados”.

Sucede que en este tipo de cumbres económicas ya se ha hecho costumbre que los gobiernos actúen como testaferros de las grandes corporaciones. Sostienen el orden económico mundial, asaz injusto, y tienden a consolidarlo. No son parte de ninguna solución sustentable, más bien lo contrario: son los generadores de las grandes contradicciones con tal de seguir el rumbo de acumulación y extractivismo que, probado está, no han beneficiado más que a quienes lo detentan.

Imaginemos a la Ciudad de Buenos Aires en el peor mes del año: finales de 2018, fecha en la que se realizará la próxima cumbre. Si ya doce meses antes, por la reunión de la Organización Mundial de Comercio, la ciudad estuvo blindada e intransitable durante una semana, ocupada y custodiada por las cuatro fuerzas de seguridad, qué cabe esperar del G20, cuando, para un mínimo encuentro previo de los sherpas (negociadores) celebrado en Bariloche en noviembre de 2017, hubo que trasladar descomunales contingentes de gendarmes, policías y prefectos para garantizar una seguridad que le costó la vida a Rafael Nahuel.

Más allá de las aparatosas proclamas amarillas de “inserción en el mundo”, de “juego en las ligas mayores”, de adhesiones pour la galérie a desarrollos (in)sustentables, de panegíricos al libre comercio… ¿cuál es el beneficio concreto para la Argentina de organizar una reunión cuyo mayor exponente ha pateado el tablero del antiproteccionismo, ante el que de manera regular debemos arrodillarnos para que nos compre un par de limones de Tucumán? ¿Se trata realmente de estímulos a las inversiones, cuando nuestro gobierno, luego de lengüetear durante dos años los esmerilados zapatos del poder mundial, solo logró que se arrimen los buitres a picotear de las LEBACs? ¿Qué otras inversiones podemos atraer que aquellas que vienen por nuestros recursos en tierras, minerales, agua o lo que fuera en beneficio ajeno con exención de regalías? Quien así lo quiera que se llame a engaño pero la Argentina está en venta y el G20, así como toda aspiración de participar en altas cumbres, será su gran escaparate. Es por eso que el presidente Maurizio insiste: acaba de pasar la gorra en Davos, Rusia y Moscú acompañado por una parte importante de su gabinete. Ahora eso se llama “inserción inteligente de Argentina en el mundo”, en un mundo que, según los parladores de ocasión, espera ansioso saber más sobre el milagro argentino.

Para el presidente Maurizio y su nunca suficientemente autoalabado equipo de colaboradores, el G20 significa pura y exclusivamente un valor simbólico. Cumple con el rito secular de comulgar con una fe económica, la única capaz de prometernos un futuro, la más fundamentalista de todas. Como decía Walter Benjamin: “El capitalismo sirve esencialmente para satisfacer las mismas necesidades, tormentos o inquietudes a las que antaño daban respuesta las religiones.” Es parte de la misma ficción duranbarbesca que impulsa al intendente Larreta al proclamar una ciudad verde y llenarla de plástico verde en lugar de naturaleza; o de anunciar un balneario y, en su lugar, dibujar una pileta azul sobre el ardiente cemento. Llámese posverdad o como sea, el poder amarillo nos ha llenado de imágenes salvíficas que prometen una felicidad de pacotilla. La significación del G20 es el espectro de esa mueca sonriente, llena de colmillos, que ilumina por un instante la cara paliativa de una mentira universal, la de la religión fundamentalista del capitalismo.

Si la farsa se impone por sobre la tragedia, cabe preguntar cuánto nos cuesta el espectáculo. Hasta el momento ni siquiera puede saberse a ciencia cierta cuánto tuvo que gastar el Estado alemán para organizar la cumbre de Hamburgo. La prensa revela solo estimaciones que oscilan entre los cuatrocientos y quinientos millones de euros. Obviamente, las erogaciones principales atañen a la seguridad: el traslado y la manutención de escuadrones policiales. Pero Alemania, acostumbrada a tratar con este tipo de megaeventos (organizó el G8 de Heilgendamm en 2007), no invirtió un solo euro en materia de renovación de equipos militares, cosa que nuestro ministerio de Defensa viene anunciando sin prisa y sin pausa desde hace meses. Si se tiene en cuenta que el medio de millar de euros atendía casi exclusivamente gastos de traslado de tropas, la Argentina debe contemplar la compra de equipos para sostener con infraestructura la parafernalia bélica que traen los mandatarios extranjeros y, al mismo tiempo, disponer de material para garantizar la seguridad de aquellos que no vienen tan blindados.

Más allá de esto, se espera la participación de alrededor de veinte mil personas en los diversos encuentros relativos a la presidencia argentina del G20. Sólo para la Cumbre de Líderes en diciembre de 2018 de la que participan los jefes de Estado de los veinte países miembros, se esperan a más de siete mil. De los cuarenta encuentros previos participarán 13.000 personas: 600 ministros, 140 sherpas, 400 deputies (segundos en la jerarquía de los ministerios) y 1600 funcionarios expertos de los grupos de trabajo, como subsecretarios y directores. El total de funcionarios de alto rango, entonces, ascenderá a 2700 que estarán acompañados por alrededor de 8000 asesores técnicos.

¿Sabremos algún día lo que nos cuestan los sueños galácticos de un presidente que, a semejanza de las pesadillas estrambóticas de la historia desde Calígula a Ceaucescu, construyeron ficciones solamente por estar a la altura de los tiempos que corrían?

… Mientras escribo estas líneas hago un breve repaso de los planes de ahorro que el Estado argentino impuso por decreto solamente durante esta última semana: cierre del Ballet Nacional de Danza dirigido por Iñaki Urlezaga (50 bailarines sin trabajo); 120 despidos en el Hospital Posadas realizado bajo fuerte presencia policial; cierre de la planta de Fabricaciones Militares de Azul (250 empleados sin trabajo); el intendente Larreta emprende una costosísima reforma de la Plaza de Mayo sin que la decisión hubiera pasado por la Legislatura, al mismo tiempo, eroga 39 millones de pesos para uno de sus esperpentos, una pileta de natación sin agua y a ras de suelo; por decisión de la gobernadora Vidal se cierra el departamento de neonatología del Hospital Pacheco, única maternidad de alta complejidad para un partido de 400 mil habitantes; el Ministerio de Salud frenó el envío de fármacos a los hospitales y las provincias, en el mes de febrero se verán afectadas unas 70 mil personas con HIV (responsable administrativa de la demora es María Cecilia Loccisano, esposa del ministro Triaca)…

Gabriela Massuh es escritora
1 comentario
  1. Nora Dominguez dice

    excelente nota: inteligente, contundente en los datos que aporta para entender donde est´la barbarie y la exclusión

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.