SUSTITUIR IMPORTACIONES O MISERIA

La mala experiencia japonesa de obra pública ilustra sobre su esquiva promesa reactivadora

 

El salto que pegaron durante noviembre los índices bursátiles de la bolsa más importante del mundo, la de New York, es indicio de una economía internacional que se está preparando a pura esperanza vacunada para salir del pozo del estancamiento —en el que está desde 2008— y que la pandemia hundió más. En aras de lograr la mayor efectividad en la reactivación, las discusiones que se suceden involucran desde considerar especialmente no repetir todo lo que hizo Japón, que le imposibilitó salir del estancamiento en que cayó hace poco más de dos décadas, hasta las expectativas que suscita el reciente electo Joe Biden, pasando por los obstáculos que podría presentar el gran aumento de la deuda global. Relevar algunos datos y tramos de estas conversaciones globales arrima elementos para entrever por dónde la trayectoria de salida de la crisis pandémica puede facilitar u obstaculizar la recuperación argentina.

El Standard & Poor 500 (S&P 500) que es el índice más representativo de la bolsa de la Gran Manzana, pues engloba a las 500 empresas más importantes de la economía más importante del mundo, ganó casi un 11% en noviembre, su cuarto mejor mes en 30 años. El S&P 500 cerró noviembre rondando los 3.600 puntos. Los analistas de Goldman Sachs proyectan que el S&P 500 alcance los 4.300 puntos a fin del año 2021 y los 4.600 a fines de 2022. Los ejecutivos del JP Morgan le dicen a sus clientes que esperan que el S&P alcance los 4.000 puntos a principios del próximo año y los 4.500 para finales de año, 24% por encima del valor con que cerró noviembre.

Los otros índices relevantes se comportaron de forma alcista similar. El Nasdaq tuvo su mejor mes desde abril y su mejor noviembre desde 2001. El Russell 2000 en su mejor ganancia mensual desde que cotiza, avanzó un 18,3% en noviembre. El Nasdaq ha subido casi un 36% en lo que va del año, mientras que el Russell subió un 9%. El emblemático índice Dow Jones que alcanzó los 30.000 puntos ha ganado poco menos del 4% en lo que va del año. A pesar de cerrar a la baja el lunes 30 de noviembre, el Dow subió un 11,8% durante el onceavo mes, su mejor alza mensual desde enero de 1987 y su mejor noviembre en porcentaje desde 1928. Según datos del Bank of America, en la última semana de noviembre entraron a la bolsa 89.000 millones de dólares, superando el máximo histórico anterior establecido en enero de 2018. Por el momento los análisis que insisten en que se viene una ola vendedora que bajarían los valores accionarios van perdiendo terreno.

Estas impresionantes y alucinantes cifras no deben obnubilar el hecho de que la cotización de las acciones desde 2009 hasta la cuarentena de 2020 batían récord tras récord alcistas, en tanto la economía global seguía estancada y en todo el mundo, comenzando por los propios Estados Unidos, la distribución del ingreso se estropeaba. La política ofertista de la Fed y del resto de los bancos centrales que la siguieron, anulando tasas y limpiando carteras, obró el milagro. Esa ambivalencia retumba en vista de que Biden está encaramando los mismos funcionarios que fueron responsables durante la administración de Obama de lograr que la cosa no empeore pero no que mejore, lo que redundó en el llamado estancamiento secular. Janet Yellen, nominada ahora Secretaria del Tesoro, entre 2010 y 2014 fue la vicepresidenta de la Reserva Federal y presidenta desde febrero de 2014 hasta febrero de 2018. Jared Bernstein, nominado para el Consejo de Asesores Económicos de Biden, diseñó el anodino plan estímulo de Obama. Para presidir ese consejo fue propuesta Cecilia Rouse, con una trayectoria que arranca con Bill Clinton y que con Obama reverdeció todos los laureles pro globalización.

 

 

 

Yellen, Bernstein y Rouse

 

 

 

New York Times, populistas impensados

Yellen, Bernstein y Rouse entre las actuales mayores espadas económicas de Biden, fueron durante la presidencia de Obama absolutamente funcionales a los intereses de las grandes corporaciones para relocalizarse en la periferia de bajos salarios (especialmente China). La fractura que expresa Trump nació justamente para tratar de revertir ese proceso. Wall Street, al apoyar decididamente a Biden, aboga para que vuelvan los buenos y no tan viejos tiempos; buenos para ellos naturalmente. Igual que en 2020, en 2016 el argumento de Wall Street para ir contra Trump y apuntalar a Hillary Clinton en las presidenciales de aquel año fue justamente el de no cortar el proceso de relocalización en la periferia; tal como describe Adam Tooze en Crash, su ensayo sobre la crisis financiera global iniciada a fines de la primera década del siglo.

Cabe, entonces, preguntarse: si estos demócratas no fueron todo lo efectivos que requería la hora y dañaron a los trabajadores, ¿por qué ahora harán algo distinto y cambiarán su enfoque sobre la globalización? La temperatura contradictoria de este clima de época está bien tomada en la editorial del New York Times del 28 de noviembre, titulada: “Hablemos de salarios más altos”, con la bajada que reza: “La nación y el Partido Demócrata necesitan desesperadamente un reemplazo para la cansadora historia de que los recortes de impuestos impulsan el crecimiento económico” y esto, como se aclara ya en la propia editorial, debido a que “cuando los demócratas hablan de fomentar el crecimiento económico, a menudo suenan como republicanos con algunos pruritos”. Ocurre que “uno de los grandes éxitos del Partido Republicano en las últimas décadas es la incesante propagación de una fórmula simple para el crecimiento económico: la reducción de impuestos. La fórmula no funciona, pero eso no ha afectado su popularidad”.

La editorial del Times pone de manifiesto que “este no es solo un problema político para los demócratas; es un problema económico para los Estados Unidos. La nación necesita un conspicuo relato sobre los impulsores del crecimiento económico, para reunir apoyo para mejores políticas públicas. Las dolorosas lecciones de las últimas décadas, junto con la investigación económica reciente, apuntan a un candidato prometedor: salarios más altos […] Aumentar los salarios de los trabajadores estadounidenses debería ser la prioridad de los responsables de la política económica y la medida del desempeño económico bajo la administración Biden […] El argumento aquí es que los salarios más altos pueden avivar el motor del crecimiento económico […] el consumo impulsa la economía estadounidense y los trabajadores a los que se les paga más pueden gastar más. Los ricos gastan una parte menor de lo que ganan y, aunque presten a los pobres, el resultado general es aún menos gasto y consumo”.

El comité editorial del Times señala con realismo que “los salarios están influenciados por un tira y afloja entre empleadores y trabajadores, y los empleadores han ido ganando. Una evidencia clara es la enorme divergencia entre el crecimiento de la productividad y el crecimiento de los salarios desde aproximadamente 1970. La productividad se ha más que duplicado; los salarios se han quedado muy atrás”.

 

 

JY, JY, JY

La revista inglesa The Economist, suponiendo implícitamente que el camino más directo del que disponen los norteamericanos y el resto de los países del G-7 para salir adelante es el alza salarial —y condición necesario de los otros—, viene advirtiendo que el proteccionismo que se sacó la careta con Trump está para quedarse, porque lo primero no es posible sin lo segundo. Aleccionan que el expediente sólo está disponible para la seriedad de los países desarrollados; los emergentes atravesados por la corrupción mejor que no lo intenten. Peso de la responsabilidad del hombre blanco o descarado racismo de los gorilas ingleses aparte, habrá que ver si la necesidad proteccionista no choca de frente con el verdadero comportamiento demócrata. Por lo pronto, Biden declaró a la prensa que no suprimirá en lo inmediato los aranceles del 25% que Trump impuso a los productos chinos.

En junio de 2018, pocos meses después de dejar la poltrona de la Reserva Federal, según consigna el sitio CNBC, Yellen dijo en un evento del Credit Suisse que «hay algunos problemas comerciales válidos con China, y quizás con Europa, pero siempre nos hemos acercado a tratar estos problemas de una manera ordenada, respetando los principios de la OMC y los principios comerciales establecidos desde hace mucho tiempo […] Resistir al proteccionismo y apoyar firmemente un sistema multilateral basado en reglas es lo que los Estados Unidos defendió y promovió como un sistema global con gran éxito” […] Y me preocupa mucho ver que los Estados Unidos adopte enfoques bilaterales y acciones unilaterales”. Adewale “Wally” Adeyemo, un inmigrante nigeriano que viene de presidir la Fundación Obama y durante esa administración fue un funcionario dedicado a la economía global, fue nominado como segundo del Tesoro. El portal Politico informa que Adeyemo se ha mostrado partidario de la política línea dura de sanciones y regulaciones de inversiones externas de Trump.

 

 

Adewale “Wally” Adeyemo.

 

Mientras presidía la Fed, en un seminario convocado por la Reserva Federal de Boston para reflexionar sobre el futuro del análisis macroeconómico (14/10/2016), Yellen dijo creer que los efectos de “la política monetaria de los Estados Unidos en otras economías son positivos; es decir, las políticas diseñadas para proporcionar estímulo a la economía de los Estados Unidos también impulsan la actividad en el extranjero”. Se aprecia que no consideró hechos como el fallo del finado juez Thomas Poole Griesa, episodio en el que no movió un dedo, ni tampoco por el demencial endeudamiento del gobierno de Macri; ambos ocurridos durante su mandato.

Yellen y Cecilia Rouse ganaron fama académica como especialistas en el sector laboral, o sea de la porción del análisis económico neoclásico que se ha revelado completamente erróneo, aún para sus sostenedores y cuyo peso muerto pone de manifiesto el editorial del New York Times.

 

 

Made in Japan y Argentina

El Financial Times durante noviembre publicó una serie de artículos sobre la nula efectividad que tuvieron las medidas puestas en práctica en Japón para dinamizar una economía que permanece estancada desde hace dos décadas. Eran medidas ofertistas que nunca consideraron aumentar los salarios, lo que si hubiera tenido los efectos buscados porque la inversión es una función creciente del consumo. El Financial no abandona la fe ofertista y aboga por energía verde y esas cosas, pero una de las notas deja muy a las claras de que si algo no hay que hacer en función de enfrentar el marasmo es obra pública. En el artículo del 25/11/2020 se cita a Toshihiro Ihori, académico especializado en política fiscal japonesa quien señala que con la obra pública «hubo resultados a corto plazo, pero no produjo un resurgimiento duradero».

El profesor Ihori refiere que «con las obras públicas, el multiplicador es uno casi por definición». Lógico. Las obras públicas se hacen para regenerar el espacio político que se pierde por la decisión política de no alterar la distribución del ingreso que causó el patatús. En la práctica se cae en construir elefantes blancos que después se hace difícil mantenerlos porque se usan poco: no tienen demanda. El Financial es categórico sobre esta mala experiencia: “La principal lección de la campaña de obras públicas de Japón es que, finalmente, Japón la abandonó”. Entiéndase bien: la obra pública en infraestructura es tan indispensable para el desarrollo como desaconsejable como política de reactivación.

Frente a este panorama y a su propia realidad, la Argentina o retoma la sustitución de importaciones, ineludible para sostener el consumo que es la base de las decisiones de invertir, o entra en distintas variantes que nos conducen a la factoría de bajos salarios. Para impulsar el consumo se necesita aumentar los salarios. Esos incrementos se pagan aumentando los precios de los bienes o sea son inflacionarios. Para evitarlo, el Estado tiene que prestarle el dinero a las empresas para financiar esos aumentos a muy largo plazo. El crecimiento que sobreviene diluye esos pasivos de las empresas. El efecto multiplicador bastante mayor que el uno universal de la obra pública hace que financiar esos préstamos resulte perfectamente factible con recursos fiscales. De todas formas, la financiación es una cuestión técnica solucionable de una u otra forma. El verdadero problema es la decisión política.

 

 

 

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