Tarados

De Pellegrini y Perón al genio de Toto

Detroit Industry, South Wall. Diego Rivera, 1932-1933.

 

El ministro de Economía de la Nación, Luis Caputo, calificó de tarados a quienes proponen proteger la producción industrial. La expresión fue vertida ante la Cámara de Agentes de Bolsa y tiene algún matiz, pero el mensaje es claro: el ministro descalificó la promoción de la industria.

Textualmente dijo:

 

La caída fue a pesar de estar subsidiados en tarifas y subsidiados por todos los argentinos. Porque todos los boludos [sic] como nosotros pagamos las cosas dos, tres, cuatro, cinco, diez veces lo que valían. Una prenda valía diez veces más, un celular valía tres veces más, si pinchabas una goma, cuatro; si comprabas un auto, eran dos veces. A pesar de la gente que pagaba el doble, un cuádruple de lo que valía, a pesar de que se les subsidiaba la energía y todo, la industria cayó 10%. Para todos los tarados que hablan de la industria. El comercio también cayó, la construcción también cayó en estos 12 años y eso que se gastaron 15 puntos de producto en obra pública que ya sabemos a dónde fue”.

 

Borges enseñó a desconfiar de los diccionarios, pero siguen siendo una referencia. Según el de la Real Academia, tarado es el que padece tara física o psíquica, o es tonto, bobo, alocado. El sentido coloquial es, creo, aún más agresivo como descalificativo.

 

Industria y seguridad nacional

Casi simultáneamente, el 29 de julio, Foreign Affairs, una revista estadounidense centenaria donde escriben académicos y ex funcionarios norteamericanos de alto rango, publicó una nota de Jake Sullivan (asesor de Seguridad Nacional 2021-2024) titulada Cómo reindustrializar Estados Unidos. Argumentos a favor de un fondo de inversión estratégica.

 

 

Habitualmente, la primera idea sobre los beneficios de la industrialización de un país nos remite al bienestar social y al desarrollo económico. El autor analiza el sistema de promoción industrial de China, y propone repensar el de los Estados Unidos desde la perspectiva de que el desarrollo industrial es esencial para la seguridad nacional.

Dice Sullivan:

 

“... algunos sectores industriales estratégicos dependen de condiciones que los mercados privados no pueden garantizar, ni fijar precios de forma fiable. Las centrales nucleares, las fábricas de semiconductores, los astilleros, las fábricas de transformadores y las refinerías de tierras raras requieren una inversión inicial considerable, un retorno de la inversión a largo plazo, estabilidad política y confianza en la demanda a largo plazo”.

 

El autor piensa en las necesidades estratégicas de los Estados Unidos y, a partir de sus conclusiones (sobre las que no estoy en condiciones de opinar), establece los sectores a promover. En igual sentido, analiza las políticas de China. Obviamente, la Argentina está en una situación muy diferente a las dos potencias mundiales, pero, como cualquier estado, tiene la imperiosa necesidad de tener una industria robusta, adecuada a la dimensión del país y a sus estrategias de bienestar, desarrollo y seguridad.

 

Instrumento de soberanía

La nota comienza con una referencia histórica de la tradición de promoción industrial de los Estados Unidos. Lo hace recordando un informe de Alexander Hamilton de fines del siglo XVIII. Cuenta que:

 

“Desde su fundación, Estados Unidos ha considerado las finanzas como un instrumento de soberanía. En su Informe sobre Manufacturas al Congreso de 1791, Hamilton argumentó que la independencia económica era inseparable de la independencia política. La joven república, sostuvo, debía utilizar el crédito público para fomentar la industria productiva y la fortaleza nacional. Hamilton concibió un modelo pragmático de capitalismo estatal, en el que los préstamos y las subvenciones incentivaban la producción manufacturera incipiente, los aranceles protegían los sectores estratégicos y las instituciones públicas canalizaban el capital hacia objetivos nacionales a largo plazo. Siempre que Estados Unidos se ha enfrentado a pruebas existenciales, sus líderes han recurrido a la lógica de Hamilton”.

 

Además de haber sido secretario del Tesoro de Washington, Hamilton es considerado uno de los “padres fundadores”. Fue coautor de El Federalista y es venerado por los círculos liberales y conservadores de la Argentina.

Esta noción básica no era desconocida en nuestro país. Basta recordar la frase de Carlos Pellegrini: “Sin industria no hay Nación” o a las políticas de promoción identificadas desde 1945 con la gestión de Juan Perón, cuyo movimiento puede, por ello, ser identificado como el partido de la Producción y la Justicia Social.

 

Estudiar lo que hacen, no hacer lo que dicen

Sin embargo, muchas escuelas de cuadros, universidades y organizaciones controladas por los Estados Unidos promueven para los demás países políticas opuestas a las que, dice Sullivan, desde su fundación consideran “instrumento de soberanía”.

Los verdaderos patriotas argentinos son, pues, los que proponen estudiar qué hacen los otros países para lograr el desarrollo adecuado a los intereses nacionales, y no los que quieren seguir como bobos los consejos y recetas que nos sugieren, que son coherentes con la consecución de sus intereses, no de los nuestros.

Tan sabios consejos se atribuyen, justamente, a Perón. El mismo criterio era el de los funcionarios de su último ministro de Economía, José Ber Gelbard, cuando tenían la posibilidad de enviar cuadros técnicos a formarse en el exterior.

No es necesario coincidir con la ideología de ningún funcionario de los Estados Unidos ni con todo lo que haya dicho y hecho Pellegrini para distinguirlo junto con Hamilton, Perón, los líderes de China, etcétera, y, al compararlos con los funcionarios del Presidente Milei, darse cuenta quiénes son hombres y mujeres de Estado y quiénes califican en el términos usado por el ministro.

 

 

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