TEMPORADA DE MILAGROS

Cada año escolar que empieza levanta una barricada contra la brutalidad del poder

 

Con algunas de las cosas más determinantes de la vida —la familia que heredamos, el país de origen— nuestra relación es de amor / odio: sin negarles la importancia que han tenido y tienen en la creación de lo que somos, hay momentos durante los cuales las idolatramos pero también otros, muchos otros, en que nos encantaría prenderles fuego y vigilar la pira hasta asegurarnos de que no queden sino cenizas; o irnos a miles de kilómetros, a un lindo iglú en la isla de Bathurst, en territorio Nunavut —o sea, al Polo Norte— e instalarnos allí para siempre, con la tranquilidad de que nunca volveremos a saber de ellas.

Con la escuela pasa lo mismo. La sola mención conjura una serie de recuerdos escalofriantes, como si en cualquier momento fuese a sonar el timbre que nos obliga, ¡nuevamente!, a retornar a clase: el madrugón impiadoso, la incomodidad de los guardapolvos, las autoridades y los límites arbitrarios, los compañeros indeseables, las materias y los temas que se resisten a nuestra comprensión, la espada de Damocles de las pruebas anunciadas, y qué decir de aquellas que nos saltaban encima por sorpresa… La escolarización parte de una experiencia traumática: el momento en que nos desgajaron del hogar que era un universo que giraba en torno nuestro y donde éramos reyes — o al menos libres, en un espacio que conocíamos de pe a pa y por el cual circulábamos sin patente. El edificio escolar, en cambio, era ancho y ajeno. Allí nuestro ascendiente desaparecía por completo, las reglas cambiaban y los berrinches o el encanto perdían efecto. Saltar de casa a la escuela era pasar del sitio donde estaba claro quiénes éramos a otro que nos obligaba a reinventarnos, y a defender con los dientes esa identidad flamante.

Pero también estaba lo otro, claro. Los amigos que se volvían hermanos, los juegos nuevos, los primeros bandos a los que sumarse o a los que combatir, la adrenalina de la competencia, el descubrimiento de zonas de la realidad —el elemento lúdico de los números, los cuentos escondidos en las clases de Historia, el arte que sobrevive a los enchastres, el placer físico que estalla cuando las cuerdas vocales armonizan por primera vez— que nos fascinaban a nuestro pesar.

 

 

Yo fui a una primaria pública: la Leandro N. Alem (escuela número diecinueve distrito escolar doce, la cantinela no se me va a olvidar nunca) del barrio de Flores, justo frente a la plaza. Según la leyenda familiar, al principio costó un huevo que me quedase —se argumentaba que era demasiado chico, hice primer grado con cinco años— pero encontré una maestra que fue amorosa y me contuvo, la señorita (todas eran señoritas, por más casadas que estuviesen) Schinocca. La sucedieron otras, que toleraron con paciencia zen mi tendencia a dibujar a Batman con cualquier excusa —una tarea sobre la importancia de la vacunación antirrábica terminó con Batman y Robin inoculando a un picho— y, a pesar de lidiar con cuarenta pibes durante la jornada completa, se las ingeniaron para alentar mi curiosidad. La maestra de cuarto me regaló un libro de mitología griega que todavía conservo. Un par de años después otra maestra, la señorita Barbeito, leyó a Cortázar en clase y me abrió los ojos para siempre.

Puede, sin embargo, que la enseñanza más trascendente me la hayan impartido mis compañeros. Suena extraño, ya lo sé. Pero enseguida les cuento.

 

Un experimento deslumbrante

La educación formal nos familiariza con conceptos abstractos, que no siempre logra bajar a tierra. Yo no recuerdo, por ejemplo, cuándo fue que me explicaron de qué iba la democracia. Imagino que debe haber sido en la primaria, durante la segunda mitad de los ’60, cuando oí por primera vez lo del sistema republicano y toda esa vaina; y que me debe haber resultado algo tan gaseoso como el análisis sintáctico o la noción de raiz cuadrada, desde que todo lo que había conocido hasta entonces eran dictaduras militares y democracias truchas, que se vendían como tales pero estaban montadas sobre la proscripción del peronismo. Recién en los ’80, después de la caída de la última dictadura, estuve en condiciones de entender con todo mi cuerpo qué significaba una democracia. Y lo fundamental para experimentar el vértigo de esa consciencia fue la relectura de lo que significaron aquellos años en el corazón de Flores.

Democracia era lo que existía entre mis compañeros y yo. Que no podíamos ser más diferentes: estaba el Negro M., que vivía en Ciudadela y me convenció de que tenía un muñeco de Robin Hood que disparaba flechas y todo (era mentira, fui hasta su casa en el bondi línea 1 para cerciorarme); el gallego V., que ya no recuerdo si era literalmente gallego pero sí era español; el Flaco G., cuyo padre reparaba radios; el rusito Carlos B:, que siempre estaba entre los mejores alumnos; el Negro T., cuyo viejo era portero en mi academia de inglés; el Chino Ch.; Marcelo B., que era fan del teatro ya de chiquito y me empujó a leer Shakespeare y el Becket de Anouilh cuando no habíamos llegado a séptimo.

 

 

Gente de los más distintos orígenes, plasmados en todos los colores del espectro social que iba desde las familias laburantes que sólo disponían de lo elemental a la clase media de vida holgada. Y en el contexto de la clase éramos todos iguales: se nos enseñaba lo mismo y cada uno hacía con ello lo que podía o quería. Y yo lo percibía así —me lo grababa profundamente, ahí donde registramos lo que importa de verdad— porque hacía amigos aquí y allá por lo bien que me caían, sin importar prosapia, cuenta bancaria o color. Disfrutaba tanto con el tanito M., que era el más simpático de los arados, como con B. que me recitaba Ionesco a los 10 años. Más aún: creo que fue ahí, y no en mi casa, donde desarrollé sensibilidad hacia aquellos que parecían necesitar más de cuidado o de cierta atención; una característica que hizo eclosión más tarde, durante la secundaria (durante la dictadura), y que me llevaba a arrimarme a los parias de la clase porque no me gustaba que se sintiesen solos o peor: despreciados.

Democracia era aquel experimento de equiparación de oportunidades sociales que asumí como la normalidad, como aquello que la vida era habitualmente y estaba bien que así fuese; y que el contacto con esos pibes me enseñó a valorar, en el marco amoroso de la educación pública. Esa pluralidad era la puesta en acto de la riqueza de lo humano. Si no soy racista, si celebro las diferencias, si veo más allá de la apariencia de quien se me cruza delante, es porque lo aprendí —insisto: más y mejor que en mi casa— en los patios de la escuela pública, donde tomábamos mate cocido y nos repartían en una palangana unas facturas cuadradas y planas que bautizamos mosaicos Saponara.

 

 

El escándalo

Ya sé, alguno de ustedes estará pensando: Eh, pero aquella escuela pública era otra escuela pública. Puede ser. Nada es lo que era hace medio siglo, pero ese razonamiento es un arma de doble filo: así como ciertas cosas se han degradado, otras mejoraron sensiblemente. Mis dos hijos pequeños van a una escuela pública —esta queda delante de una plaza diferente, pero plaza al fin— y mi sensación es que lxs pibxs no son tan socialmente diversos como lo eran mis compañeros, pero a la vez siento que cada unx de ellxs es más diverso por dentro. Cosas como la dictadura y la globalización han dejado su marca, produciendo individuos más complejos. Para graficarlo con un ejemplo pueril: así como en aquel entonces ibas a comer afuera y no tenías más opciones que cantina o parrilla (¿ravioles o milanesa?), ahora nuestros paladares responden a estímulos más variados. (Que en este momento mucha gente no pueda probarlos no significa que no los conozca o desee. Lo cual parece otro tema, pero es el tema al que quería llegar. Ténganme paciencia, ya casi estoy ahí.)

Veo a los críos alistarse para regresar a clase y reconozco —sobre todo en el mayor— la misma ambigüedad que alguna vez sentí. La perspectiva de volver a cargarse de obligaciones lo incordia, y a la vez lo entusiasma el reencuentro con les amigues y con el espacio que se convirtió en un anexo del hogar y con lxs maestrxs que supieron ganarse su amor. Parecerá un contrasentido, pero esa ambigüedad me tranquiliza. No es más que un pibe pero ya diferencia entre los aspectos más hinchapelotas de lo institucional y el jugo que se le puede sacar a la experiencia, aun en contra de la voluntad de las autoridades.

El aprendizaje esencial de esa época de la vida no depende del conocimiento académico. En mi experiencia, aquella escuela pública de la primaria fue mi formación democrática; y mi secundaria en un colegio privado —donde mis viejos me mandaron para sentirse más tranquilos, dado que la cosa ya se estaba caldeando— fue el laboratorio donde se me sometió a una experiencia dictatorial controlada, y por ende menos cruenta que aquella que la sociedad toda experimentaba puertas afuera. Que no se malentienda: en términos generales fue una linda experiencia, que me regaló amigos que todavía valoro. Pero al comenzar la dictadura —a mitad de camino, yo hice primer año en el ’74—, el colegio cambió al rector permisivo que tenía hasta entonces por otro que, en un juego especular quizás involuntario, la iba de dictador benevolente al mejor estilo Videla. Y su poder se cristalizó en una experiencia que todavía lucho por superar.

Ya estábamos en quinto año cuando tres compañeros hicieron una broma estúpida que no tiene sentido detallar. (El adjetivo es el adecuado: estúpida es lo opuesto a maliciosa.) Y el rector decidió expulsarlos, a pocos meses de egresar y a pesar de que le constaba de que eran buenos pibes —quiero decir: nunca zarpados ni jodidos, por algo no habían ligado ni una amonestación en cinco años— y también buenos alumnos. Protestamos, movilizamos a nuestros padres, pero fue inútil. Y terminamos aceptando la decisión arbitraria, simplemente porque el rector reunía un poder omnímodo contra el cual la democracia que encarnaba el resto de la comunidad educativa —la totalidad de los padres y de los alumnos— nada podía hacer. Todavía recuerdo la expresión de aquel de los tres que era mi amigo, despidiéndonos al pie del micro con que partíamos al viaje de fin de ciclo del que había sido marginado. A veces pienso que muchas de las cosas que hago todavía hoy remiten a mi impotencia de entonces, a mi deseo de no ser nunca más cómplice de una injusticia, a mi necesidad de no volver a sentir que no hice lo suficiente.

 

 

Esa es una de las razones por las cuales me alegra que mis hijos vayan a una escuela pública, donde las autoridades deben someterse al escrutinio de los principios democráticos. Otra razón es esta: el hecho de que lxs docentes de estas escuelas pertenecen a esa rara categoría de los empleados públicos en los que se puede confiar. ¿Quién de nosotros pretendería saber los verdaderos motivos por los cuales este tipo o esa tipa quieren ser concejales, diputados, jueces, fiscales, Presidentes? La respuesta debería ser: porque quieren servir a su comunidad, pero todos sabemos que es muy probable que tenga que ver con el ego, la ambición, la adicción al poder y/o la codicia. En cambio con los docentes —y en especial con aquellos que trabajan en el ámbito público— no hay mucho margen de error. Nadie se convierte en maestro o maestra en busca de notoriedad, impunidad o a la pesca de un negociado suculento. Hay algo esencialmente generoso, hasta el límite con lo utópico, en la vocación del/a docente: abrazarla es optar por dar, dar y después dar —además en tiempos como estos no se trata tan sólo de conocimientos, sino además de ofrecer comida, cobijo, reconocimiento y contención— todavía un poco más.

Yo soñaba desde que estaba en la primaria con escribir novelas de aventuras. Y cuando al fin pude hacerlo, descubrí que la circunstancia histórica me impulsaba a cambiar los escenarios exóticos por las calles de mi ciudad y a los héroes con espadas por personas comunes que practicaban otra clase de heroísmo. Cuando escribí Kamchatka —el libro con el cual aprendí a armonizar con lo que verdaderamente quería decir, como en las gradas del coro de la primaria— entendí que mis maestrxs eran lo más parecido a héroes que había conocido en la vida real. Y en aquel contexto de crisis furibunda (terminé de escribir la historia original justo antes del estallido de 2001), escribí esto que habla de entonces pero parece prefigurar esta hora por la cual atravesamos:

En otras épocas los maestros eran venerados. La gente peregrinaba desde sitios remotos para oírlos hablar, en busca de conocimientos sobre el mundo físico y las leyes de la lógica, sobre los humores del cuerpo y la esfera celeste, sobre los ciclos de la naturaleza y la historia antigua, atesorando cada una de sus palabras con el celo de quien entiende que, a diferencia de los poderes seculares, la sabiduría no se corroe con el tiempo… Otros llevaban sus enseñanzas allí donde las imaginasen requeridas, en mula, nave o carruaje, como quien lleva el don el fuego a una tierra que sólo conoce el frío.

(…) Mi país natal, Argentina, vive su Edad Media. La tierra está manejada por señores feudales, que se quedan con la parte del león y envían su diezmo a un rey distante. Las calles son el dominio de bandidos en busca del sustento que no pueden obtener de otra forma y de los soldados que dicen protegernos. Las ciudades están sucias y malolientes, y en sus rincones más oscuros anidan los gérmenes de futuras epidemias. Un ejército de menesterosos hurga las basuras, detrás de un bocado y de algún objeto que valga en el trueque. Y cientos de miles de niños comen poco y mal, creciendo frágiles, sus cerebros prematuramente cansados, mientras ven que al otro lado de las cercas se cosechan los granos que irán a dar a bocas lejanas.

En estos días pienso mucho en aquellos maestros… Eran más bien grises, pero levantaron efectivas barricadas contra la violencia del mundo exterior, que jamás traspasó los umbrales del colegio; sé por testimonios que en la misma época otras escuelas se volvieron salvajes, articulando el único lenguaje con que el poder sabía expresarse. Estoy seguro de que ninguno de aquellos maestros imagina el efecto que tuvo en mí. Pero yo sí los recuerdo y los veo en los maestros de hoy, cuyas barricadas exhiben las marcas de una arremetida más grande e insidiosa. El hecho de que sigan trabajando día tras día es una afrenta para los poderes de este mundo, que alientan la ignorancia de las mayorías porque saben que es condición de su supervivencia: nos necesitan torpes, aletargados, dóciles. Creo, de todos modos, que la principal causa por la que hoy se combate a los maestros con sueldos magros y tareas quiméricas es otra, más miserable y por eso inconfesa. Un maestro es alguien que decidió pasar su vida encendiendo en otros la chispa que encendieron en él cuando niño; devolver el bien recibido, multiplicándolo. Para los poderosos de este mundo, que de niños lo recibieron todo y ahora lo arrebatan todo, la lógica de esa decisión es obscena, un espejo en que no quieren mirarse y por eso rompen, huyendo del escándalo.

La cosa está peor que en 2001, porque el grado de descomposición social que existe hoy es inédito. (Cortesía de diez años de prédica que alentó el costado más mezquino de nuestra ciudadanía, copyright reservado por Clarín, La Nación y asociados — una factoría de mentiras que haría que Goebbels esplendiese de orgullo.) Pero cada marzo pienso que, a pesar de todo, en los meses por venir la chispa que distribuyen los y las docentes encenderá en muchos pibxs el fueguito que eventualmente los convertirá en faros; y me compadezco de estos déspotas, brutos como un balde pinchado, que están convencidos de que se salieron con la suya y no entienden que, con el comienzo de un nuevo año escolar, se acaba de abrir otra temporada de milagros.

 

 

 

 

 

 

 

 

33 Comentarios
  1. Cuca Rapoport dice

    A mi escuela me llamaste, confundo ciertas trazas de mi personalidad con el milagro de la escuela pública, hice mi primaria en la Cornelio Saavedra de la calle Sarmiento al2500, mis compañeres provenían de varios ámbitos, hijos de rusos, polacos,espagnoles,italianos y María Yosihara, la única japonesa, hija del tintorero del barrio.Usted tiene razón, nos sentíamos compás, no me olvido del aspecto religioso que NO SÉ TENÍA como obstáculo, para mí el polaco, alto,rubio,con muchas pecas era un chico precioso, y Maria, de voz suave y ademán calmado me atraía como el Japón, tanto que , sin la tecnología,tenía el afán de ser Geisha. Me placían
    Mis amigues y amaba a mis maestras, perfumadas y con delantales almidonados.Por la composición de mi familia, por la segunda guerra, por la bomba y por las escuchas en grupo con tíos y primos ,los que me separaban en algo eran mis contactos con el mundo lastimado y doliente y las distintas interpretaciones de los hechos crueles.En la secundaria, profesores de neuronas movedizas pudieron con mis ansias, recuerdo q en los 50,muchos de elles ,con trajes de sastrería y mujeres con sombrerito coqueto marcaban diferecias, era una escuela pública de Caballito, el Liceo 2, de todos modos nos diferenciábamos más por lo q sabíamos o intuíamos que por pertenencia a una clase social determinada. Se comentaba que la hija de Frondizi estudiaba muy bien, pero no sé a q Frondizi se refería
    Cuando egrese, después del acto, me senté en un escalón de la escalera y lloré por un buen rato.
    Gracias Marcelo.

  2. Cristina dice

    Soy docente y lo seré hasta que llegue mi hora final. Muchas gracias. Sos otra manifestación del valor de haberte encontrado con quien pudo encender tu llama. Muchas gracias!

  3. Alfredo dice

    Soy maestro hace 31 años. Muchas gracias por tu nota

  4. Sara Berlfein dice

    Que lindo tu Nota es una caricia Gracias

  5. Deborah dice

    Un mimo al alma en estos tiempos difíciles. Gracias!!

    1. Alicia Lopez dice

      Cada año renuevo mi vocacion con la esperanza de contribuir a un futuro mejor!
      Es muy triste lo que estsmos viviendo perl al decir de Claxton: No entremos mansamente en esa oscura noche!..
      Gracias por tu nota..
      Alicia

  6. Alicia Ortiz dice

    Hoy te conocí Marcelo como lectora. Soy docente jubilada y fui como abuela al acto de comienzo de clases. Muy buenas palabras de la Directora, que valoró la lucha docente. Después habló la Supervisora escolar y citó un fragmento (que me gustó) de este artículo. Por supuesto, llegué a casa y busqué el articulo para leerlo completo. MARAVILLOSO!!!!!. .Nunca te había leído. Así como los/las/les maestros encienden esas chispas, vos también las encendés. Gracias

  7. Maria del Carmen dice

    Despues de haber trabajado como maestra de niños, adolescentes y adultos en la escuela publica durante 39 años coincido con tu apreciacion sobre el abandono que el actual gobierno hace sobre la educacion publica ya que esta es peligrosa para el sistema neoliberal pues enseña a pensar a los ciudadanos actuales y futuros.

  8. Maria del Carmen dice

    Trabaje 39 años de maestra en la escuela publica con niños, adolescentes y adultos..Solo puedo decirte que me parecio magnifico tu relato y que coincido totalmente en que el abandono que el gobierno actual hace de la educacion publica tiene que ver con lo peligrosa que resulta esta institucion que enseña a pensar a los futuros ciudadanos.

  9. Juan Luis castro dice

    Soy maestro de la escuela 5 DE 20 Mañana voy a trabajar feliz

  10. Damián dice

    Hola Marcelo, ¡muy sentidas tus palabras!
    Yo hice todos mis estudios en instituciones públicas y me identifico mucho con la experiencia que describís (aunque no con la conciencia que me gustaría). Hoy estoy en un mundo de clase media (entiéndase, familiares y conocidos) que se extraña porque envío a mi hija a una escuela pública, y que observa en lo privado toda fuente de virtud (barrios privados, salud privada). Difícil es explicarles, cada vez más, lo que vos tan bien sellas en tu nota.

  11. Alicia Quevedo dice

    Gracias por explicar tan bien esta vocación, para muchos, inexplicable. Así se la describo a mis hijos y a mis alumnxs, como un fueguito hermoso que hay que compartir para vencer al tiempo y a las injusticias del mundo.

  12. Monica dice

    Hola! Sentida narrativa, comparto tus reflexiones sobre las trayectorias escolares, que se articulan con los vínculos, con la presencia de otres, huellas de miradas y palabras. A mí me marcaron para elegir enseñar en Institutos de formación docente. Intento alimentar la pasión por la educación pública junto a estudiantes. Gracias. Abrazos

  13. Pablo Pineau dice

    Despido a mis alumnos futuros maestros siempre con ese texto de Kamchatka. Me da mucha emoción verlo recuperado por el autor

  14. Pato Notaristefano dice

    Mí situación escolar fue al revés: primaria en un colegio asuncionista de Lanús, y secundaria pública el el Normal 5 de Barracas. Pero la sensación, idéntica. Soy lo que soy por haber ido a ese colegio, en el que la Señorita Mercedes, directora, nos saludaba por nuestros nombres cada vez que nos cruzaba por algún pasillo, donde las maestras nos leyeron a Borges y a Cortázar, donde todo se resolvía en grupo, la biblioteca era un mundo por descubrir y lxs abanderados se elegían por voto (si, en 1982 (estaba en 7mo) votabamos a quienes irían a la bandera de patio y la de ceremonias en cada fecha patria).
    Gracias por estos recuerdos y ese agradecimiento a lxs docentes que venimos golpeados desde arriba, por este cariño que tanto necesitamos para fortalecer nuestra lucha.

  15. Cecilia dice

    Símplemente GRACIAS

  16. Mirta dice

    Hice 1er año en 1973 y tambien pase de tener Ersa, (con un libro hermoso que conservo de E.F. Mignone) y de hizar la bandera a media asta x la muerte de Allende… a otra directora acorde a los tiempos que corrian 76 en adelante. Y quizas por tener maestras de primaria que me marcaron fui 34 años docente de escuelas publicas Acabo de jubilarme como directora de una de ellas y tu retrato de la escuela me hizo llorar de emocion. Por lo vivido, por lo que pasamos.. y … por la esperanza de que mientras haya maestros que luchan por la escuela publica…nada estara del todo perdido

  17. Mariana Viñas dice

    Bellísima nota. Conmovedora. Acuerdo con la ternura con la que describía a tu escuela pública. Me identifica al ir en retrospectiva hacia la mía, en La Pampa, 1er grado en el 76′ pero con una dictadura que no calaba entre les pibes o no lo supe ver. Con respecto al 2001, no acuerdo o no entiendí, porque el grado de descomposición social no me parece, por suerte, mayor, si no al contrario, hoy existen las organizaciones sociales, las enormes y heterogéneas contenedoras. Si no fuera x ellas sí, ya sería otro 2001. Abrazo y gracias.

  18. Haydée Susana Lin dice

    Soy perfectamente consciente de que todos los fines de semana rompo la paciencia de mis amigos de Facebook compartiendo tus notas. Hoy te las agradezco de todo corazón. Sobre todo ésta.

  19. Victoria dice

    Muchas gracias por la nota, Marcelo. Es muy hermosa y cierta.

  20. Amigo dice

    Figueras del «Expreso Imaginario»? Que lindo lo que escribiste y que bien se lee. Interesantes recuerdos y reflexiones. Levantan el animo.

    1. Marcelo Figueras dice

      No llegué a escribir en el «Expreso», aunque me habría encantado…

      1. Guido dice

        bueno.. fue imaginario lo del amigo.. digamos todo…

        1. Marcelo Figueras dice

          ¿En qué sentido habría sido imaginario?

      2. Sergio dice

        Hola Marcelo, soy Sergio Canosa. Fuimos compañeros de 4 a 7 en el Leandro Alem. Te recuerdo como el capo en lengua con Barbeito. Un abrazo. Bella nota has escrito que compartimos entre docentes de UTE, el gremio. Hasta siempre.

        1. Marcelo Figueras dice

          ¡Un abrazo, Sergio!

  21. Claudia Alvarez dice

    Todo el escrito me pareció maravilloso reflejo de lo pasado y del presente. Soy docente de primaria y este lunes se inicia mi utopía anual de lograr que en algunos de los chicos que pasen por mis aulas quede mi huella. Pequeña, como un fueguito que irá tomando fuerza en un futuro cercano. Sin esperanza en las nuevas generaciones sería imposible continuar. Gracias por su reconocimiento ante tanta descalificación gobernante.

  22. Gastón dice

    Gracias, me llevo el tercer párrafo de Kamchatka para leer el martes a mis alumnos.

  23. Graciela dice

    Me emociona tu historia. Cuanta verdad, es en la querida escuela pública donde entre compañeros, ejercemos la democracia más hermosa. Gracias

  24. PABLO VILLARREAL dice

    Abrumado con la riqueza de imágenes que compartimos coetaneamente. Comencé el secundario en 1972, en el Urquiza a pocas cuadras de la Alem a la que fui dos años… Y además de haber vivido incertidumbfes parecidas, dedico casi treinta y nueve años a ser docente de primaria, hoy como director en una escuela de Soldati. Gracias por tu valoración hacia los docentes, resulta un grato apapacho y muy escaso en las últimas décadas. Y me doy cuenta que, tal vez, detrás de la máscara de Batman, que también me atrapaba, me hubiera encontrado un rostro muy familiar.

  25. Pablo David Covella dice

    Estimado Marcelo: hoy te escucho a diario por El Destape Radio.
    Esta dura belleza que has escrito me sacó lágrimas que, para ser sincero, no se me resisten mucho en estos días tan tristes, tan difíciles, en los que, sin embargo, uno nunca pierde la esperanza del milagro. Vos hiciste tu primer año en el ’74, así que serás un añito menos joven que yo, que lo hice en el ’75, pero en una estatal, igual que la primaria, y viví experiencias similares a las tuyas. En la secundaria también nos cambiaron el rector estilo padrazo de los ’40, MAESTRAZO de vocación, por la vice de apellido inglés, autoritaria y represora; nos sacaron la matera «comunista» ERSA (Estudio de la Realidad Social Argentina) por «Instrucción Cívica»… bueno… no quiero aburrir, sólo decirte que tu nota me emocionó profundamente, me sentí muy cerca de tus sentimientos y sensaciones y te la agradezco profundamente.
    Pablo Covella.
    DNI 14575486

  26. cristina strifezza dice

    Me identifico con tu historia…. Soy de ciudadela.,..tengo tu edad y entendí tarde el concepto de democracia… Pero soy docente, psicóloga… La patria es el otro. Chin chin

  27. Silvia H Garcia dice

    Otro regalito para leer antes de levantarme, abriendo la reseña del Perro y clickeandon la tuya.
    Mas tarde seguiré con la historia del Indio intercalando un ensayo de la antropologa Marcela.Lagarde : Las cautivas.
    Hoy el Pag12 llega mas tarde porque Lito – mi diariero- lo hace personalmente.
    Asi cominza mi domingo.
    Gracias Marcelo Figueras

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