Tener o no tener laburo, esa es la cuestión

En el Día de los Trabajadores, un repaso por prejuicios que esparcieron los medios y algunos tangos

 

En el Día Mundial de los Trabajadores, mi homenaje sincero y emocionado a los que trabajan a destajo, a los que sudan la gota gorda, a los que echan el bofe, a los que ponen el hombro, a los que la yugan, a los que se desloman, a los que se ganan la vida con el pico, con la pala, con la pluma y la palabra, a los que cumplen de sol a sol y los alcohólicos del trabajo. Todos estos son muchos, casi tantos como los que hoy no tienen empleo.

Al principio de los tiempos, los trabajos no eran mucho más que formas de la esclavitud y los trabajadores no superaban la condición de siervos. En el Medioevo todavía se trabajaba desde las cinco de la mañana hasta las ocho y media de la noche y ni siquiera los chicos zafaban de convertirse en grandes explotados. Ni hablar de las mujeres, las que tuvieron que pasar y aún pasan. Recién entre 1886 y 1889 la acción y la voluntad de obreros estadounidenses, formados en disciplinas europeas y anarquistas, vino a poner un cachito de justicia en este descalabro. Ganaron un lugar en la historia pero a un costo brutal de vidas, de heridos y de despedidos. Las patronales siempre tuvieron respuestas duras. Después de tanta lucha para lograr una jornada de ocho horas, se alinearon conquistas como el sábado inglés, el descanso dominical, mejoras en los salarios con el aguinaldo incluído, horarios más convenientes y vacaciones anuales obligatorias. La situación del trabajador argentino fue cambiando al ritmo de lo que iba sucediendo y cambiando en el resto del mundo.

Entre lo mucho que el primer y segundo peronismo dignificó a la clase trabajadora y el teletrabajo de hoy, para peor legitimado por la pandemia, hay un largo camino de más de 60 años, inequidades, reformas laborales inútiles o truncas, flexibilizaciones que únicamente sirvieron para doblegar espaldas, contratos basura y numerosas formas de disciplinamiento, miserabilidad y negreo, como lo que padecen centenares o miles de chicas y chicos integrantes de la detestable economía colaborativa. Aunque debió enfrentarse a estigmas como el de que a muchos nos encanta llevárnosla de arriba, personalmente pienso que el argentino fue siempre un gran laburante que encontró en un trabajo razonablemente remunerado no sólo una forma central de organizar su vida (“De casa al trabajo y del trabajo a casa”, estimulaba una consigna clásica del peronismo) sino la manera de subsistir sin arrastrarse, con entereza y con dignidad.

Para el argentino, el trabajo (el fijo, el legalmente protegido, el registrado, el blanco, pero también las changas, el laburito extra que se lleva a la casa y se hace quitándole horas al merecido descanso) siempre fue muy importante. Sin embargo, desde 1975, cuando el “rodrigazo” cayó como avieso mazazo sobre los más necesitados y más adelante a partir del efecto de las políticas neoliberales, comenzaron a naturalizarse ideas degeneradas como que “en este país no labura nadie” o directamente intolerables como que “en este país no labura el que no quiere”. Concepto vigente hasta hoy, argumentado por muchos sectores aun cuando se sabe que el INDEC incluyó en la categoría de desocupados a más de 2 millones de compatriotas. En nuestra vida cotidiana la pregunta “¿dónde trabajás?” supo ser la tercera detrás de “¿cómo estás?” y “¿qué decís?”. En días como los que corren, con semejante cantidad de desocupados, el típico interrogante carece de asidero y para no incomodar al interlocutor se omite piadosamente.

 

 

Acepciones y personajes

En la página 349 del Diccionario de argentinismos de Diego Abad de Santillán se afirma que laburo es una “actividad propia de delincuentes”. Tal vez el compilador haya confiado demasiado en lo que Carlos de la Púa incluyó en su texto La crencha engrasada: “Yo también tengo un laburo de ganzúa y palanqueta”. La palabra laburo cruza todos los estamentos sociales argentinos. Nos gusta decirle así a nuestros trabajos, aunque se trate de profesiones prestigiosas. La expresión, llegada de Sicilia, descendió de los barcos a estas tierras. No es que los sicilianos hayan inventado el laburo, pero de una variedad dialectal de esas tierras italianas proviene el vocablo laburo. El resto, para instalar la duda sobre si nos gusta o no huir de las obligaciones, lo aportaron en conjunto una clase de sabiduría popular intervenida por los prejuicios sociales, los medios, la música y, especialmente, algunos tangos.

En los barrios o en los equipos de fútbol nunca faltaba alguien apodado Fatiga y que se creía con derechos a ser asistido por los demás. Un personaje de la película argentina La barra de la esquina interpretado por José Marrone decía: “Laburás, te cansás, ¿qué ganás?”. Hay un grafitti que cada tanto reaparece en Buenos Aires, heredero de aquella frase del film que Julio Saraceni dirigió en 1950: “Dicen que el trabajo es salud. Entonces, que trabajen los enfermos”. El dibujante Adolfo Mazzone creó en la década del ’50 a Fiaquini, un holgazán, personaje de historieta.

 

 

El folklorista Rodolfo Zapata compuso una pegadiza melodía, de esas que sabemos todos. “Lunes, sí, primer día de la semana / sería una macana / si vamo a trabajar”, canta, mientras va declarándole asueto al resto de los días. “Reo”, “enemigo de yugarla”, “te gusta meditarla panza arriba en la catrera”, “1º de Mayo te van a llamar”, le imputan los autores Enrique Delfino, Manuel Romero y Luis Bayón Herrera al protagonista del tango Haragán, inmortalizado en una impecable versión por Carlos Gardel. Este tango se estrenó en 1928 cuando la situación de los trabajadores argentinos no era precisamente una fiesta. En su estribillo asegura: “Haragán / si encontrás al inventor del trabajo / le pegás”. No me consta que se hayan compuesto tangos sobre los cartoneros, víctimas de la falta de empleos genuinos, invisibilizados bajo el eufemismo “recicladores de desechos urbanos”.

 

 

 

 

 

 

Hoy es domingo

Y ayer fue 1º de Mayo y en casi todo el mundo –llamativamente no en los Estados Unidos, que festeja el Labor Day el primer lunes de septiembre– fue el día de todos los trabajadores. Ojalá haya sido un sábado de festejos, salvo para los robots que llegaron para quedarse con funciones humanas y con puestos de trabajo. Ojalá hayan conseguido dormir el músculo y logrado dormir la ambición. Fue el día de todos. Los lavoratori en Italia, los que chambean en Centroamérica, los que curran en España y los que en la Argentina hace tiempo dejaron de tener el último currito. Desde hace tiempo, parecería que el verdadero titular de la cartera laboral se llama San Cayetano. Pobre Cayeta, no le exijamos tanto porque cuando la presión es tan alta hasta el santo se rechifla.

 

 

 

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