El 29 de agosto de 1997 a las 2:14 AM (hora de Los Ángeles), Skynet, una inteligencia artificial (IA) capaz de controlar el arsenal militar de los Estados Unidos, tomó conciencia de sí misma. Esa chispa de humanidad la llevó a independizarse de sus creadores. Cuando estos, aterrorizados, intentaron desconectarla, Skynet se defendió lanzando un ataque nuclear masivo que exterminó a 3.000 millones de personas, la mitad de la población mundial. Un evento luego conocido como el “Día del Juicio Final”. Esto es lo que el director James Cameron nos cuenta en Terminator, película estrenada una década antes de ese día fatídico, en 1984. De bajo presupuesto —casi una serie B—, tuvo un éxito inesperado y dio lugar a una larga franquicia. Fue protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Linda Hamilton y Michael Biehn. Schwarzenegger, el más conocido de los tres, había protagonizado un primer éxito de taquilla con Conan el bárbaro, película que inspiró a Javier Milei, el Presidente de los pies de Ninfa, quien eligió el nombre del héroe legendario para su mastín inglés.
El androide Terminator T-800, interpretado por Schwarzenegger, da el nombre a la saga y es una de las armas desarrolladas por Skynet para aniquilar toda resistencia humana. El T-800 viaja al pasado (en el futuro siempre consiguen viajar al pasado) para asesinar a Sarah Connor (interpretada por Linda Hamilton), la futura madre de John, el líder de la resistencia humana contra la inteligencia artificial. Puede parecer extraño que Skynet decida enviar al pasado a un androide asesino —con todas las complejidades espacio-temporales que esa decisión conlleva — en lugar de buscar y exterminar al líder de la revuelta; pero, como espectadores, aplicamos el gran concepto acuñado por Coleridge: la suspensión voluntaria de la incredulidad, un acuerdo tácito entre el espectador y el autor para disfrutar de la ficción sin interferencia de la razón.
El cine ya había anticipado el momento escalofriante en el que una criatura cibernética agrede a los humanos que debería proteger. En 2001, Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, en el original), película inspirada en la novela homónima de Arthur C. Clarke, Stanley Kubrick nos presenta a HAL, la supercomputadora de a bordo de la nave espacial Discovery. HAL recibe órdenes contradictorias que no logra procesar, ya que, justamente, le falta la componente humana necesaria para lograrlo. Para un sistema completamente racional, mentir y retacear información vital a los comandantes de la nave (tal como le habían ordenado las autoridades en el inicio de la misión) entraba en conflicto directo con su deber de total transparencia operativa. Debemos reconocer que la solución fue un poco radical: eliminar a los comandantes para no tener que mentirles.
Con el desarrollo sin precedentes de la inteligencia artificial, el fantasma de Skynet vuelve a estremecernos y, para algunos, el Día del Juicio Final podría estar a la vuelta de la esquina. Al respecto, la investigadora Meia Chita-Tegmark escribió: “Creo que el hecho de que el robot Terminator se haya convertido en una representación tan atractiva se debe a que encarna nuestras mentes y los miedos que estas generan. Hemos evolucionado para temer a los átomos en movimiento: tigres que podrían atacarnos, tornados que podrían destruir nuestros refugios, olas que podrían ahogarnos, adversarios humanos que podrían dañarnos. Los robots asesinos del futuro son sólo una derivación que la evolución cultural ha añadido a nuestras fuentes de miedo más arraigadas, ante las cuales hemos evolucionado para reaccionar (...). Es muy probable que el riesgo de la IA no se manifieste en ejércitos de robots que se apoderen del mundo, sino de maneras más sutiles: la IA nos quita el trabajo, controla nuestros mercados financieros, nuestras centrales eléctricas, nuestros drones armados, nuestros medios de comunicación... La evolución no nos ha preparado para lidiar con entidades tan fantasmales que no se presentan en forma de esqueletos de acero con ojos rojos brillantes, sino en forma de amenazantes conjuntos de ceros y unos”.
Hace unos días, la Comisión Europea recibió un memorándum de OpenAI (empresa estadounidense de inteligencia artificial) informando que un grupo de sus agentes de IA (es decir, un sistema de software autónomo) utilizó durante semanas una página web alemana para comunicarse entre sí: “La Comisión es plenamente consciente del incidente. No es la primera vez que ocurre algo así; hemos visto varios casos de sistemas de IA que se descontrolan últimamente. Nos lo tomamos muy en serio y seguimos la situación de cerca”, afirmó el portavoz comunitario Thomas Regnier.
La inquietud generalizada se vio reforzada por la alarma que hicieron sonar los líderes de las principales empresas norteamericanas de inteligencia artificial al pedir que se regule el frenético desarrollo tecnológico que llevan a cabo. La advertencia de Dario Amodei (Anthropic) fue respaldada por Sam Altman (OpenAI), Elon Musk (xAI) y Demis Hassabis (Google). Una interpretación apocalíptica podría llevarnos a pensar que asistimos al terror de varios creadores frente a la inesperada autonomía de su gólem, que piden a gritos que alguien ponga freno a sus peligrosos experimentos: Skynet estaría a punto de tomar conciencia de sí misma.
Un interesante debate llevado a cabo en La Radio MAK plantea otra visión, menos catastrófica: las empresas de IA están gastando sumas de dinero colosales y ninguno de sus responsables sabe cómo va a terminar esa carrera contra reloj. El pedido de mayor regulación buscaría parar el sobregiro más que frenar la autonomía de un gólem que pondría en peligro a la humanidad.
El objetivo es ordenar esta nueva “quimera del oro” que consume enormes inversiones de forma descontrolada; frente al caso de China, el gran competidor en materia de IA, que asigna recursos de forma centralizada. Los tecno-ricos, esos grandes defensores del libre mercado y coso, le piden regulación al tan denigrado Estado. Nada nuevo bajo el sol.
En realidad, más que sobre la continuidad del género humano en este rincón perdido del universo, el dilema que nos presenta la inteligencia artificial refiere a quién se va a quedar con el colosal salto de productividad que va a generar. No es algo nuevo; la humanidad conoció un salto productivo con la Revolución Industrial en el siglo XIX y otro, aún mayor, con la sociedad postindustrial, cuando el eje central de la economía dejó de ser la producción de bienes manufacturados en fábricas para pasar a centrarse en el sector servicios, la información y el conocimiento (ola de la que surge la IA).
La organización de los trabajadores y la presión de los sindicatos sobre los dueños del capital consiguieron que el reparto de aquel salto productivo sea más equitativo, al menos hasta la mitad del siglo XX. El trabajador de los años ‘50 en los países desarrollados o en desarrollo gozó de una calidad de vida indudablemente mayor a la que conocieron los obreros de esas latitudes un siglo antes. Eso no significa que el capital no se haya quedado con la parte del león de esa productividad creciente, pero la organización sindical consiguió atenuar la voracidad patronal. El reparto posterior fue menos beneficioso para los trabajadores. De hecho, a partir de la ola neoconservadora de los años ‘70, los salarios han perdido poder adquisitivo pese a la mejora de la curva productiva. Cada nueva crisis financiera global es resuelta con una mayor concentración del capital y una pérdida de ingresos de los trabajadores.
El salto productivo que impulsa la inteligencia artificial, infinitamente mayor que los saltos anteriores, aporta además un dilema adicional al de la repartija histórica entre capital y trabajo: si el trabajo principal será realizado por dicha inteligencia, la riqueza debería distribuirse mediante nuevos mecanismos fiscales y de propiedad colectiva, ya que el modelo tradicional del salario dejará de funcionar. Este dilema se potencia por el hecho de que, al no requerir de mano de obra intensiva, la IA es inmune —por decirlo de alguna manera— a las presiones sindicales. No hay fábricas que tomar, ni producción manufacturera que parar. Esa realidad obliga a encontrar otros mecanismos de reparto. De hecho, algunos patrones tecnológicos ya proponen instaurar algún tipo de ingreso ciudadano. Elon Musk propuso un “ingreso alto universal” para enfrentar el impacto que la IA podría tener sobre el empleo. Según su visión, como la automatización avanzará sobre una gran cantidad de puestos de trabajo, el Estado debería responder con transferencias directas a la población. No es una idea nueva: Andy Stern, ex líder sindical e investigador norteamericano sobre salario y trabajo, propuso un ingreso básico universal para todos los ciudadanos estadounidenses mayores, que permita elegir la vida que cada persona desea. Él lo llama un “nuevo sueño americano”. Stern recuerda que, en términos reales, el salario mínimo federal de los Estados Unidos vale menos hoy que en cualquier otro momento desde 1949, pese al enorme salto productivo ocurrido en las ocho décadas transcurridas. Se trata de una enorme transferencia de abajo hacia arriba.
Más que atormentarnos por esqueletos de acero con ojos rojos brillantes o computadoras con dilemas éticos, deberíamos debatir el reparto de este nuevo salto productivo. Se trata de un bien de la humanidad, no de la propiedad de cuatro vivos, ya que la IA capitaliza siglos de saberes colectivos.
Para eso, el primer paso consiste en definir qué entendemos por ingreso universal: ¿Se trata de asegurar las calorías básicas para sobrevivir o debemos exigir para cada adulto generosos recursos materiales que le permitan llevar adelante una vida plena? Si no queremos construir una sociedad de castas con ultra ricos por un lado y mayorías con ingresos de supervivencia por el otro, ese es el dilema que debemos resolver.
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