TERNURA ENTRE LOS PUEBLOS

La pandemia dejará un corolario de crisis pero los movimientos sociales no se cruzarán de brazos

 

El quiebre civilizatorio que vive la humanidad a partir de la globalización de la pandemia atraviesa el conjunto de la vida individual y colectiva del planeta. Los interrogantes incluyen, también, qué va a pasar en el futuro con la solidaridad internacional.

 

 

De dónde partimos

La solidaridad internacional es un “bien público” universal. Tal vez el más generoso, «desapropiado» e incuantificable.

Expresa la convicción de compartir un momento determinado, una coyuntura histórica, ideales específicos o una visión estratégica con contrapartes normalmente lejanas. Un ejercicio que salta fronteras –y muchas veces océanos— a partir de una cierta identificación, parcial o total, con otros seres humanos, comunidades, movimientos sociales, organizaciones de base, procesos políticos y sociales en marcha. En términos poéticos, como la caracterizó un dirigente revolucionario latinoamericano en los años ’70, expresa “la ternura entre los pueblos”.   

Su fundamento conceptual definirá la naturaleza de la solidaridad. Imaginemos un amplio abanico que va desde la identificación casi total con la contraparte (su lucha, sus reivindicaciones, sus definiciones políticas) hasta el apoyo puntual y momentáneo a una comunidad determinada, que puede ser local, regional o bien nacional.

 

 

Solidaridad con Bolivia ante la ONU, Ginebra.

 

 

En el primer caso, es decir en la opción más consciente de ese abanico, se expresa la identificación profunda, militante, con luchas de resistencia, de liberación o de construcción de alternativas.  La solidaridad con Vietnam, con Cuba, con la lucha de liberación en África del Sur, con los pueblos latinoamericanos acosados por las dictaduras en los años ’70 y ’80; con la guerrilla centroamericana —en igual época—; con el zapatismo a partir de enero del 1994. Así como con las redes, campañas y organizaciones internacionales de “nuevo tipo”, en particular desde inicios del siglo XXI, entre ellas: Vía Campesina, Marcha Mundial de Mujeres, Campaña Mundial contra la Deuda, Contra las Transacciones Especulativas o la evasión fiscal del Sur, por citar solo algunos ejemplos.

En el otro extremo del abanico, ubicamos los gestos ciudadanos, humanitarios, que movilizan a individuos a solidarizarse con pares de otra región, ante cataclismos, como el Tsunami en el Océano Indico en 2004, el terremoto de Haití en 2014 o el de Italia en 2016, que motivaron amplio apoyo internacional.

En cuanto a las expresiones concretas de esa solidaridad, las mismas son tan amplias como diversas.

La resistencia a la globalización hegemónica fue amasando una nueva expresión conceptual, también, de la solidaridad a partir de inicios de este siglo: el “alter mundialismo», una de cuyas expresiones más concretas fueron los Foros Sociales Mundiales, nacionales, continentales, temáticos. En este proceso (que ya arrancó con la reflexión de aldea global del zapatismo), el concepto de solidaridad comenzó a experimentar una reformulación. De un ejercicio unidireccional (en general “Norte” a “Sur”) pasó a entenderse como una construcción horizontal, equitativa. En tanto actores interdependientes de un mundo globalizado, nadie tiene la hegemonía de la solidaridad. Todos tenemos algo que dar y que recibir; todos podemos enseñar y aprender; no existen recetas político-ideológicas sino una construcción común que parte de centenas de diferentes experiencias locales para enriquecer la visión “Glocal”, es decir lo global construido desde lo local. Todo esto con una brújula conceptual: el otro mundo necesario, imprescindible y posible que con su existencia confrontó la concepción del «fin de la historia».

 

 

La ruptura y el futuro

El rumbo futuro de sociedad es difícil de predecir. Lo que se vivió a partir de inicios del 2020 muestra comportamientos contradictorios. En cada país se dieron manifestaciones crecientes de solidaridad (entre vecinos, con las personas mayores, etc.), pero en el marco de un confinamiento protector y conservador.

 

 

La defensa del clima es un eje común de la movilización solidaria en Suiza.

 

 

En algunos lugares, esa solidaridad alcanzó niveles más amplios, pero siempre en lo local, como fue la ayuda alimenticia a los sin papeles o sin domicilio fijo en países europeos, o la distribución gratuita de alimentos de parte del Movimiento Sin Tierra de Brasil a vecinos de barrios urbanos, periféricos, en diferentes Estados.

A nivel continental en Europa se volvieron a instalar las fronteras al tiempo que los Estados nacionales fueron convocados a jugar un rol esencial. La importancia de los sistemas públicos de salud favoreció el reconocimiento ciudadano a la salud como bien público. En paralelo, gestos de cooperación internacional —como por ejemplo la acogida en hospitales suizos de un puñadito de pacientes franceses— solo se dieron cuando era claro que la logística sanitaria helvética alcanzaba, en primer lugar, para la atención de sus propios habitantes. Excepcional en este sentido la cooperación solidaria de las brigadas de médicos cubanos presentes en varias decenas de países.

En perspectiva, la crisis económica reforzada por la pandemia a nivel global amenaza con avivar las actitudes más conservadoras y mezquinas. En el caso de Europa, mayormente al abrigo de grandes cataclismos devastadores, está pandemia se dejó sentir con energía y en primera persona. ¿Cómo ser solidarios con otros, que viven lejos, cuando nosotros mismos, aquí y hoy, fuimos golpeados por una crisis de igual intensidad que los seres distantes? Ser solidarios, en el sentido tradicional del término, muy posiblemente será todavía más difícil en el futuro.

 

 

 

Reinventar la solidaridad

En este contexto complejo, ¿qué tipo de solidaridad internacional debería promoverse en el futuro?  

Será esencial priorizar un doble fundamento: la solidaridad cada vez más horizontal y equilibrada —entre los actores que participen en el intercambio— y, al mismo tiempo, formadora de una conciencia global alternativa. Reinventar una nueva pedagogía política para recrear un nuevo tipo de solidaridad.

Para ello, será fundamental reforzar, más que nunca, una información diferente. Esta deberá ser profesional en su calidad, pero alternativa en cuanto a los medios de intercambio. Y diferente en cuanto a los métodos de elaboración. Debe relatar la historia de vida de personas, de grupos, de movimientos en resistencia. Reflejar las experiencias concretas que rompen el cerco de la ignorancia y aquellas que unifican el sentir humano con la naturaleza como parte de un todo amenazado (la vida y la Madre Tierra).

Un gesto de verdadera ciudadanía global debe conducir a reforzar los medios independientes en cada país, así como a las redes y plataformas alternativas internacionales de información.

Ante una epidemia que congeló la dinámica de movilización social previa en muchos países, la solidaridad permitirá compartir experiencias concretas, creativas y propositivas. Reactivando las energías sociales —debilitadas por el confinamiento— para recuperar la agilidad participativa ciudadana. Temas esenciales —antiguos y nuevos— acapararán las agendas informativas y la reflexión solidaria. Algunos de ellos ya se perfilan: el retorno a la normalidad anterior o la definición de un nuevo paradigma de normalidad. Cómo y quién debe asumir y pagar las deudas resultantes de la pandemia. La validez del impuesto a las grandes fortunas en esta situación de post-crisis. La salud y la educación reforzadas en tanto bienes públicos. La apertura hacia los migrantes, etc. La solidaridad activa de futuro debe permitir el intercambio de los actores sociales a nivel universal compartiendo visiones y propuestas.

Nuevos espacios reales y virtuales de intercambio, algunos surgidos espontáneamente durante la crisis —otros que podrán inventarse,— se hacen imprescindibles en esta nueva etapa. Una nueva edición futura del Foro Social Mundial, con el eje de la post-crisis, podría ser una propuesta significativa. Aprovechando una experiencia ciudadana acumulada de 20 años, permitiría poner en pie un escenario para el intercambio, la reflexión y los acuerdos esenciales.

Los principales movimientos sociales a nivel mundial, como Vía Campesina, la Marcha Mundial de Mujeres; las redes contra la deuda; las plataformas a favor de la protección del clima y de las migraciones, junto con los dinámicos Comités que organizaron los últimos Foros Sociales Mundiales (2016 en Montreal, 2018 en Salvador de Bahía y el de las Resistencias en Porto Alegre) así como algunos Foros regionales y continentales que siguen existiendo (subsahariano, africano) deberían tomar la iniciativa para poner en marcha una propuesta de esta naturaleza. O proponer una fórmula diferente, respetuosa de las experiencias del movimiento alter mundialista de las últimas dos décadas.

Mientras tanto, la intensificación de encuentros e iniciativas virtuales, sean temáticas, geográficas, podrían ser un punto de partida para este intercambio indispensable. Hay experiencias en marcha. El Espacio Abierto Viral, organizado rápidamente a muy corto plazo a fines de marzo ante la mundialización de la pandemia, pero con perspectivas de existencia futura, o bien el Diálogo Global por una Alternativa Sistémica que funcionó vía Facebook durante la crisis para compartir reflexiones, especialmente entre actores sociales de Canadá, Francia y África, expresan no solo la necesidad sino también la viabilidad de esos espacios virales solidarios. Faltaría ordenarlos, sistematizarlos y, sobre todo, darlos a conocer.

Los actuales actores de la solidaridad internacional deberían dar un volantazo en su práctica y volcar parte de sus esfuerzos para fortalecer los espacios más amplios. Esta nueva sociedad mundial post-Covid 19 exige dar un salto cualitativo. Pasar de la práctica actual ligada a la especificidad de un país, de una región, de un tema o de un tipo de contraparte, para promover los espacios más globales de reflexión, proposición y acción futuras.

Los grandes temas no pueden quedar relegados en la post-pandemia. La batalla contra el calentamiento global, la movilización por los derechos de las mujeres, el ímpetu de las movilizaciones juveniles, el cuestionamiento a la deuda y la abrogación de todo tipo de bloqueo y embargo inhumanos, serán esenciales en la solidaridad integral de la próxima etapa. Tal como verdaderos ejes transversales de una nueva agenda global en gestación.

La solidaridad internacional, en suma, se enfrenta al gran desafío de su propia redefinición para dar respuestas acertadas e innovadoras a la nueva realidad mundial. La pandemia dejará un corolario de crisis económica, desempleo, caída en la pobreza/misera de amplios sectores sociales e incluso hambrunas mayores. Los movimientos sociales no se resignarán a aceptar ese escenario con las manos cruzadas. Radicalizarán sus protestas y actualizarán sus agendas de lucha. La ternura entre los pueblos deberá, entonces, encontrar nuevas formas de manifestarse.

 

 

 

 

  • Una versión de este artículo integra el libro colectivo Tumulto Postcorona. Salir de la crisis y cambiar de orientación (Tumulte postcorona. Les crises, en sortir et bifurquer, según su título original en francés), Edición d’En Bas, Suiza, septiembre 2020.

 

1 comentario
  1. Unomás dice

    La pandemia vino a sumarse a muchos problemas: el cambio climático, la depresión económica, la amenaza de guerra nuclear, la crisis migratoria, la pobreza cada vez más extendida, el desastre ambiental, la tragedia de las migraciones, etc. Algunos de estos problemas golpean más que otros, según la región o el país. Es dificil no coincidir con Naomi Klein cuando afirma que «cada vez que la normalidad vuelve gana el virus», que «la normalidad no es otra cosa que una crisis permanente» (en la Internacional Progresista). La crisis no es una anomalía: el sistema necesita de periódicas crisis para aceitar sus engranajes (para reducir «costos laborales», para crear una masa de desempleados que le asegure bajos salarios, etc.). Lo temible es que todo parece confluir para desatar la «tormenta perfecta». Lo temible es que aún sin pandemia el sistema no ha demostrado capacidad ni interés por resolver ninguno de los problemas señalados arriba. Lo temible es la enorme cuota de poder manifiesto y oculto que no solamente no los resuelve, sino que los agrava. Sin saber por dónde estallaría la cosa, se nos vino encima la pandemia. Hoy muchos se preguntan si saldremos mejores o peores de todo esto. Es difícil remontar la corriente desde la ausencia de valores que impregna la sociedad capitalista hasta la solidaridad invocada por Naomi Klein. LA AUSENCIA DE VALORES YA ESTÁ INSTALADA, MIENTRAS QUE VALORES COMO LA SOLIDARIDAD NO CRISTALIZAN EN NORMAS RESPETADAS SINO DESPUÉS DE UN LENTO PROCESO.El decurso «normal» de las cosas es contrario a la consolidación de todo aquello que atente contra el afán de apropiación de riqueza. «Normalmente» la inercia se impone por sobre la posibilidad de un cambio sustancial. Pero he aquí que no puede ser descartado el «salto», el «acontecimiento» que desvíe la corriente hacia parajes donde pueda florecer la esperanza. ¿Y cuáles serían las condiciones de posibilidad de ese salto, de ese acontecimiento? No es fácil responder a esta pregunta, quizás se trate de inspirarse en los objetivos,principios y valores que desde hace unas décadas a esta parte manifestaron y llevaron a la práctica las organizaciones defensoras de los derechos humanos, las organizaciones campesinas y de pueblos originarios, el cooperativismo y el mutualismo, el ambientalismo, el feminismo («lo más importante es rearreglar este mundo basado en la supremacía de los hombres blancos cristianos»:Klein),las organizaciones de los trabajadores, los movimientos sociales…Depende de nosotros cuidar de estas, las semillas de un mundo mejor.

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