Los oficiales franceses la llamaron Doctrina de Guerra Revolucionaria (DGR), la aplicaron sin piedad y sin éxito en las guerras de descolonización de Indochina y Argelia, pero a fuerza de propaganda la exportaron al mundo. Los militares argentinos la estudiaron tras el derrocamiento de Perón, la usaron durante la última dictadura y repitieron el mismo absurdo que sus instructores: “guerra ganada por las armas, pero perdida políticamente”. La combinación de torturas, ejecuciones y desapariciones forzadas con acción psicológica para manipular y controlar a la sociedad, que Marie-Monique Robin bautizó como “la escuela francesa”, fue un fiasco como estrategia de guerra pero “se volvió una suerte de caja de herramientas en la cual tanto políticos (por lo general de extrema derecha, pero también de otras familias) como empresarios, comunicadores y publicitarios van a agarrar lo que les sirve”, explica el historiador Jérémy Rubenstein, autor de Terror y seducción. Genealogía colonial y expansión de la contrainsurgencia francesa en el mundo, que publica Tinta Limón Ediciones.

–Usted explica que la doctrina de la guerra revolucionaria se creó para enfrentar precisamente el desafío de la guerra revolucionaria, los movimientos de descolonización tras la Segunda Guerra. ¿Cuál sería un nombre más apropiado?
–Obviamente, es un método contra-revolucionario, no revolucionario. Es la doctrina de guerra de contrainsurgencia desarrollada por oficiales franceses, prácticamente todos miembros de “la Colonial”, es decir de la parte del ejército dedicado a mantener el poder de Francia sobre su inmenso imperio, segundo en tamaño después del británico. A su vez, la contrainsurgencia consiste en una vasta y brutal operación de ingeniería social destinada a reestructurar completamente la sociedad para que los elementos subversivos o revolucionarios ya no puedan prosperar en ella.
A pesar de su función netamente contra-revolucionaria, hay sin embargo razones que explican por qué esos oficiales han llamado lo que hacían “guerra revolucionaria”. Por un lado, algunos participaron de la liberación de Francia del yugo nazi en 1943 y 1944, es decir fueron resistentes quienes usaron todos los métodos de la insurgencia (propaganda, sabotaje, asesinato selectivo, atentado, terrorismo –usaban esta palabra para describir lo que hacían–, etcétera). Así que, de alguna manera, han sido revolucionarios. Y, como generación, se piensan como oficiales que vienen a romper consensos militares (que llevaron al desastre de 1940), a innovar.
Por otro lado, trato de explicar en el libro lo que distinguen los franceses de sus pares británicos y, después, estadounidenses. Esos últimos usan la contrainsurgencia de manera muy conservadora, lo que les preocupa es preservar las estructuras del poder del país involucrado (para que quede en el imperio británico o para que no se vuelva comunista, según los casos). Es decir, en término militares es una estrategia defensiva. Los franceses, en cambio, tienen una estrategia ofensiva. Consideran que la revolución es inevitable y, por lo tanto, más que contrarrestarla proponen desviarla, dirigirla ellos mismos. Es así, por ejemplo, que se puede entender parte de la propaganda militar francesa en Argelia dirigida en contra de los grandes propietarios latifundistas. Se supone que proponen una Argelia francesa más igualitaria.
Esas distinciones entre franceses y británicos son ciertas, pero teóricas. En la práctica, son muy parecidas, especialmente para las poblaciones sometidas a sus propagandas y violencias extremas.
Me olvidada mencionar un clima de época, en el cual todo el mundo quiere ser “revolucionario”, pues la palabra tiene una carga muy positiva. Así, la ideología oficial del régimen ultra reaccionario de Vichy se llama “revolución nacional” o, más cerca, la “revolución libertadora” o “Revolución Argentina” (nombre oficial del régimen de Onganía). Es decir, no solo el Che Guevara o Ben Bella se dicen revolucionarios en los años ‘50 y ‘60. En relación a la pregunta inicial, la expresión acunada por la periodista Marie-Monique Robin un poco más de 20 años atrás, “la escuela francesa”, me parece perfecta.
–¿Cómo se explica la expansión de la DGR luego de su aplicación en Indochina o Argelia, que concluyeron en derrotas para los franceses?
–Las razones son múltiples. Una, la principal, es muy práctica: cuesta muy barato. No se necita de la bomba nuclear o de armas tecnológicas muy sofisticadas. Se supone que con un ejército motivado se podrá convencer a una parte de la población, la cual servirá de arma para controlar al conjunto. Con métodos de difusión del terror y otros para seducir la población, se ahorrarían muchos aviones, tanques y bombas.
Después, con la escuela francesa, hay una paradoja. ¿Por qué un método que, a toda vista, lleva a la derrota, tiene tanto éxito en el resto del mundo? La paradoja es aún más profunda cuando se sabe que, al mismo tiempo que este ejército francés perdía la guerra frente a los independistas argelinos, ganaba otra guerra con los mismos métodos, en Camerún (donde Francia impuso un régimen neo-colonial que se mantuvo hasta muy recientemente). Y todo el mundo, incluyendo los militares, conoce la derrota en Argelia, nadie la “victoria” en Camerún. Es Argelia que se vuelve el “producto gancho”, para usar términos de marketing.
Yo lo explico precisamente por el marketing o la capacitad de los oficiales de la DGR en contar la historia como ellos mismos quieren –son especialistas en guerra psicológica–. Imponen un relato en el cual la guerra de Argelia es “militarmente ganada pero políticamente perdida”, lo que es propiamente dicho absurdo. La guerra es un acto político, de última se puede ganar una batalla militar y perder la guerra, pero no se puede distinguir una guerra “militar” de otra “política”. De hecho, esos mismos oficiales van politizando a ultranza sus métodos, así que menos aún tiene sentido para ellos. Es, lisa y llana, una operación de propaganda. Y tiene tal éxito que ejércitos del mundo entero, empezando por el argentino (pero también poco después el estadounidense) se adoctrinan de la escuela francesa y piden que oficiales franceses vengan a instruirles sobre el método que les llevo a la derrota en Argelia. Vale recordar que la retórica de la “guerra ganada por las armas pero perdida políticamente” es la que utiliza, palabra más palabra menos (él usa la expresión “guerra psicológica”, en vez de política) Emilio Massera durante el Juicio a las Juntas.
Otra explicación es la demanda. Estamos en un contexto de Guerra Fría, es decir una guerra mundial entre potencias nucleares que deciden no usar su arma máxima y enfrentarse a través de sus aliados en todos los continentes. Para llevar a cabo esas guerras, Washington mira en la larga experiencia de sus aliados colonialistas, acostumbrados a esos conflictos “asimétricos” (de una potencia muy armada en contra de un enemigo poco o nada armado). Es así que operaciones de las más mortíferas llevadas a cabo por los estadounidenses en Vietnam son calcos de lo que hicieron los franceses en Argelia.
–La DGR se propuso conquistar “los corazones y las mentes” de las poblaciones. ¿En qué medida lo logró en las experiencias concretas?
–Hay muchas maneras de responder a esa pregunta y depende de cuál DGR se trata. Con algunos colegas vamos distinguiendo dos. Una, estricta, corresponde a la doctrina oficial francesa (militar, pero también de muchas otras áreas del Estado) entre 1956 y 1960. En esa definición, tenemos un corpus relativamente restringido (directivas militares, decisiones políticas y administrativas, manuales, escuelas militares, etc.) con el cual trabajar.
Así, para responder, por ejemplo podríamos hablar de los campos de concentración (llamados de “reagrupamiento”) en los cuales millones de habitantes de la Argelia rural han sido parqueados en condiciones muy precarias, con una tasa de mortalidad infantil muy alta. Esa cuarta parte de la población rural argelina sobrevivió en esos campos durante años, en los cuales ha sido sometida a una intensa propaganda. Hubo casos de padres de familia que colaboraron con las autoridades francesas, inclusos algunos formaron batallones de militares anti-independentistas feroces. ¿El lema de “conquista de los corazones y las mentes” se aplica a ellos? Para un oficial francés de aquella apoca, sin duda. Para nosotros, es difícil de responder.
Hay una segunda acepción a la expresión de DGR que es más laxa, y corresponde a todas las influencias que tiene la primera sobre otros ejércitos pero también policías (la policía francesa es impregnada de DGR desde por lo menos el fin de los años ‘50 y es su herramienta de control de las poblaciones trabajadoras venidas del norte de África para alimentar el capitalismo francés, que necita una mano de obra barata para sus industrias. Es así que, en parte del país, los barrios –de los que se escucha de vez en cuando hablar mediáticamente– son gestionados por la DGR).
Para volver a le pregunta inicial, sobre la conquista de las mentes. En un principio, en 1956, hay experiencias realmente en pos de conquistar los corazones, pero poco después se encuentra más barato y rápido aterrorizar la población. Así que aquel famoso lema no es más que eso, un lema propagandístico que convence más a quienes lo pregonan (militares, por lo general) que a sus supuestos beneficiarios. No digo que no haya algunas experiencias que funcionaron (la administración Kennedy desarrolló programas que tuvieron muchos efectos sobre varios países latinoamericanos, por ejemplo), pero lo central es el terror.

–Después de vivir 18 años en la Argentina y de estudiar el tema en profundidad, ¿qué evaluación hace de la eficacia de la acción psicológica de la última dictadura sobre la población, no sólo durante el genocidio sino también después?
–No creo que se pueda evaluar precisamente los efectos de una operación psicológica (llámele publicidad, propaganda, comunicación política, marketing, etcétera). Tiene efectos pero no sabemos medirlos exactamente. Quienes dicen que saben medirlo son quienes venden uno u otro de esos métodos de manipulación de las mentes. Suelen ser buenos en, precisamente, vender sus métodos, venderse a sí mismos. Lo que es entendible, pero no riguroso. Creo que hay que aceptar la gran parte de incertidumbre que rige esos campos de la “opinión pública”.
Más que tratar de evaluar los efectos de las operaciones psicológicas que acompañaron los exterminios cincuenta años antes, hay que rastrear las herramientas de esas acciones psicológicas y como son reutilizadas en distintos contextos. De esta manera, se puede identificar fácilmente operaciones de intoxicación (o fake), como los videos de la Casa Rosada que acompañan los 24 de marzo desde el principio de la presidencia de Javier Milei, por ejemplo.
Pero hay maneras menos burdas de construir un pasado mítico, de falsear el pasado. Lo más eficiente suele ser no hablar de una parte, achicar la imagen para que quede únicamente la parte explotable en el presente. Típicamente, en relación con la última dictadura argentina, las autoridades francesas van recordando a las víctimas francesas que tuvieron el mismo destino que decenas de miles de argentinos, pero no su rol en la formación de los oficiales que llevaron a cabo esa masacre.
Tampoco recuerdan que Francia ha sido el primer país europeo en mandar un ministro de visita durante la dictadura. Casualmente, aquel ministro que vino a juntarse con Jorge Videla había sido responsable de masacres similares en Constantine (Argelia) entre 1956 y 1958 y en el corazón de París como jefe de la policía parisina en 1961 (masacre del 17 de octubre, cientos de manifestantes argelinos –no se sabe cuántos exactamente– han sido matado por la policía). Este ministro se llamaba Maurice Papon y había sido un adepto de la DGR y, antes, un colaboracionista que mandó a centenares de judíos a la muerte. En 1998, Papon ha sido condenado únicamente por este último crimen, no por los demás. No es casual, ya que los demás crímenes, ligados a la guerra de Argelia, han sido totalmente amnistiados. Es por eso que cuando, en la Argentina, le cuesta a la familia de Videla encontrar una tumba para el ex dictador, en Francia se erige una estatua de un oficial (el general Bigeard) responsable de masacres muy similares. Por ahí no respondí a su pregunta, pero este tipo de manipulación del pasado son acciones psicológicas.

–¿Existen vínculos entre las derechas actuales, como la que gobierna la Argentina, y el uso de herramientas de la DGR?
–Eso es muy obvio. Para ir un poco rápido, el libro de Agustín Laje La batalla cultural debería más bien llamarse La guerra psicológica, ya que no se inscribe para nada en la tradición emancipadora de Gramsci, en cambio tiene su lugar en la tradición de las manipulaciones –operaciones psicológicas– llevadas a cabo entre otros por los oficiales franceses de la DGR y, después, de buena parte de las extremas derechas europeas y americanas. Dicho de paso, en el libro mencionado Laje cita de manera muy anecdótica a Alain de Benoist, un ideólogo de la llamada “nueva derecha” francesa (fin de los ‘60 y ‘70), cuando en realidad le debe casi todo lo que va diciendo, empezando con este chiste (malo) de un “Gramsci de derecha”, que De Benoist ya pregonada a fin de los ‘60.
Si se quiere rastrear los vínculos entre la DGR y las extrema-derechas hay por lo menos dos pistas que seguir. Por un lado, el fin la guerra de Argelia dejó sueltos a muchos ex militares, quienes abandonaron el ejército para ingresar a las filas de los ultras de la Argelia francesa (OAS, por Organización del Ejército Secreto), una organización de extrema derecha que tuvo influencia en toda Europa (sus jefes estaban radicados en la España de Franco, otros estuvieron en Portugal, otros ingresaron a filas de neofascistas italianos, y algunos llegaron a la Argentina con los “pies negros”, que se instalaron en el país después de la independencia en 1962).
Por otro lado, muchas herramientas de la DGR han sido reutilizadas en el marketing y el management, sea político o de empresa. De manera que escuelas de comunicación política integraron técnicas de la DGR dentro de sus herramientas. Por lo tanto, el conjunto de escuelas de comercios, fundaciones, think tanks, etcétera, que han sido la base operativa del PRO, está impregnado de los saberes, o del savoir-faire, de la DGR. Me consta que un Durán Barba, y por lo tanto también un Santiago Caputo, conocen muy bien de lo que estamos hablando.

–¿Existen usos de la DGR por fuera del ámbito militar en el presente?
–La DGR se volvió una suerte de caja de herramientas en la cual tanto políticos (por lo general de extrema derecha, pero también de otras familias) como empresarios, comunicadores y publicitarios van a agarrar lo que les sirve. En mi libro voy rastreando la trayectoria muy ilustrativa de un capitán de Caballería que abandona el ejército francés en 1956. En el 1970 lo encontramos a la cabeza de la comunicación de la patronal (CNPF, por Conseil National du Patronat Français, hoy llamado MEDEF, Mouvement des Entreprises de France). A partir de la segunda mitad de los ‘80 se convierte en asesor personal en imagen de multimillonarios. Murió en el 2000 pero su empresa sigue existiendo, es hoy integrada al conglomerado de Vincent Bolloré, el billonario de extrema-derecha ultra conservadora, quien tiene canales de radio, televisión, periódicos y la editorial Hachette, entre otras.