THE BIG APPLE

La banda sonora ideal para estos tiempos donde usamos nuestro encierro como una crisálida.

 

Si hubiese que contar nuestra historia a través de las músicas que la jalonaron, ¿qué sonaría? ¿Cuáles son las primeras músicas que recordamos, y más interesante aún: cuáles fueron las músicas que absorbimos durante los años iniciales para al fin olvidar, aunque sigan estando ahí, imbricadas en la cadena del ADN de nuestra identidad?

Como la mayoría, no soy del todo consciente de las músicas que mecieron mi cuna ni de aquellas que marcaron el ritmo de mis pasos iniciales. Hijo de una mujer intensamente musical —cantaba muy bien, la petisa—, crecí en un hogar donde no hubo reproductor de vinilos hasta que tuve, qué se yo: ¿nueve? Hasta ese entonces, en la casa sobre la avenida Boyacá debe haber sonado tan sólo la radio. Un día mi viejo, que no ignoraba las proclividades de su consorte, me llevó hasta el Frávega de Rivadavia y Carabobo. Ahí eligió un «combinado» —así se le decía entonces, che— marca Ken Brown. Imagino que, sordo como era (no sordo real, aunque sí impermeable a la seducción de prácticamente toda forma de arte), lo enamoró su aspecto señorial. Tenía forma de arcón: para usarlo había que levantar una tapa que, en efecto, sonaba como si estuvieses tratando de acceder a una cripta. Adentro había una bandeja que no era mucho más sofisticada que un Winco y estaba conectada a dos parlantes. Más pinta que otra cosa, pero mi agradecimiento por las horas de placer que me deparó no se desvanecerá nunca.

 

 

 

 

La anécdota de esa tarde de compras tiene un remate entre tierno y patético. Para completar su gesto amoroso, mi viejo decidió llevarse también un (1) disco que le permitiese a mi vieja bautizar el aparato. No recuerdo si pidió opinión o no, o si lo dejé hacer sin animarme a expresar mis dudas. Como el tipo no cazaba una en la materia (era un tierno, habría cumplido 95 esta semana, pero insisto: tenía un toscano en cada oreja), debe haberse dejado influir por el vendedor, y ¿qué terminó llevándole a la melómana? Uno de esos discos de «Alain Debray» —seudónimo del argentinísimo Horacio Malvicino—, consagrados a versiones orquestales de los éxitos pop del momento. Música de ascensor de tienda de saldos. No recuerdo la reacción de mi vieja, pero imagino que habrá sentido que le regalaban una Ferrari para usar en una pista de kartings.

Por suerte se desquitó enseguida. Y de ahí en más, mis días arrancaron con una catarata musical de lo más variopinta: Sinatra y Mujeres argentinas, Lily Pons y Nat King Cole, los hits clásicos vía colección de Selecciones del Reader’s Digest, Iva Zanicchi y Al Jolson, George Gershwin y Joan Manuel Serrat, and so it goes. (A comienzos de los ’70 tuvo una fase de Liza Minnelli vía Cabaret que me signó para siempre. Podré olvidarlo todo en la vejez, pero nunca esas canciones. Durante los ’90, cuando ya había muerto, llegué a entrevistar a Liza y a contarle de mi madre. Eso me ganó un abrazo de su parte. La vida tiene sus compensaciones. Pero esa es otra historia.)

 

 

 

 

Mi primer disco fue uno de Los Beatles, obvio. Tuve una adolescencia rabiosamente musical. (Junto con libros, películas, series e historietas, ese Ken Brown fue la balsa que me ayudó a sobrenadar la dictadura.) En la pulseada vital terminaron imponiéndose otras formas de la creación, pero todavía toco la guitarra y canto. Cada sesión de esas equivale a una tonelada de horas en el Megatlón del alma. No tendría cómo probarlo, pero creo fervientemente que la música nos reacomoda en el nivel molecular: nos hace vibrar, nos purga y termina soltando al mundo una versión mejor de nuestras viejas personas. Cuando nos abrimos a su influjo y le concedemos una sana curiosidad, trabaja el plano más excelso de nuestra sensibilidad y lo eleva —y nos eleva en su ascensor— por encima de la morralla cotidiana.

En una época tomé distancia, tal vez saturado por la dedicación de años a hacer periodismo sobre el tema. (Seguiré llorando eternamente por haberme perdido a Bowie en Argentina y por no decidirme a acometer lo necesario, incluyendo el delito, para escuchar a Leonard Cohen en vivo antes de que fuese tarde.) Pero en los últimos años, en parte por culpa del Indio y en parte por culpa de la tarea en diversas radios, volví a enamorarme. A responder a las músicas de mi historia —porque la historia de ningune de nosotres sería comprensible, estoy seguro, si le muteamos la banda sonora— y, ante todo, a descubrir nuevas. Alguien alegará que ya hace mucho que no hay nada realmente original dando vueltas. Puede que sea cierto, pero también es verdad que hoy existe una variedad que expresa un impulso vital que no había registrado en muchos años. (Empezando por este país. Es probable que muches no hayan advertido la música increíble que se está haciendo acá, entre otras razones porque el 85 % de esa música no suena en ninguna de las radios del mainstream. Tributarias de un modelo de negocios agotado, lo que en esas radios pasa por música contemporánea argentina no es bueno ni representativo. La Mega es a nuestro cancionero de hoy lo que la música militar es a la música.)

Y además, a pesar de que el formato de los nuevos consumos privilegia las canciones individuales, de tanto en tanto aparece una obra completa, consumada, que te pega un cascotazo en la frente. Yo estaba seguro de que ya no iba a poder tatuarme el alma con ninguna música como me pasaba cuando estaba verde, pero un día descubrí Skeleton Tree de Nick Cave —que es de 2016— y hoy no me queda molécula que no nade sincronizadamente cuando esas canciones suenan en casa por enésima vez.

 

 

Nick Cave.

 

 

En estos días, esa sensación de descubrir otro territorio donde viviría a gusto me ocurre con una obra nueva: Fetch the Bolt Cutters, el primer disco de Fiona Apple en casi ocho años. Y esta larga introducción, que sólo habrán remontado aquelles que también consideren la música como un poder sagrado, es para anunciarles que no pueden perdérselo ni aunque les juren que se acabó la cuarentena y sientan la tentación de salir a las calles a abrazarse con les vecines.

 

 

 

House Music

Fiona Apple es una mujer de 42 años con dos globos terráqueos en lugar de pupilas. Hija de artistas, criada a los saltos entre ambas costas y formada como pianista clásica, escribe canciones desde los 8. A los 12 sufrió una violación, a pasos de la vivienda que compartía con madre, hermana y padrastro en Harlem. La atacó un hombre que se parecía a Jimi Hendrix mientras su perro ladraba, desesperado, desde la ventana de la casa. («Extrañamente —dice hoy—, eso no me arruinó la escucha de Hendrix».) Una de las consecuencias de la agresión fue un desorden alimenticio. «Estaba deprimida y me odiaba», ha dicho. A los 15 escribió los versos que abren la canción del disco nuevo que se llama Relay (Relevo): «El mal es un deporte de relevos / Cuando aquel que acaba de ser quemado / Se da vuelta para pasar la antorcha». No mucha gente reflexiona a esa edad sobre la naturalidad con que vertimos sobre otres el mal que nos hicieron. «Aquel asalto que sufrí me hizo pensar sobre la inocencia, la culpa y el perdón», recuerda hoy. «Porque lo primero que hice, después de que ocurrió, fue rezar por él. Pero una no pueda quedarse en ese rezo. Una tiene que hacerlos responsables de sus actos».

 

 

 

 

El éxito de Alanis Morissette y Jagged Little Pill (1995) abrió camino a un nuevo tipo de ícono pop: la joven, casi adolescente, que a pesar de su fragilidad física era capaz de expresarse con todo salvajismo respecto de su circunstancia — y en particular, respecto de sus ex. El cuerpo de Fiona encajaba en ese molde, pero su talento era Extra Large y su salvajismo también. El primer disco fue Tidal (1996). Ya en la primera canción, Sleep to Dream, encaraba a un amante que le había dicho que el amor era un infierno que no estaba dispuesto a soportar: «Este cuerpo, esta mente y esta voz no serán sofocados por tus costumbres perversas / Así que no olvides lo que te dije: ni te me acerques, yo voy a armar mi propio infierno». Ahí también estaba esa maravilla llamada Criminal, donde al son de un piano siniestro se negaba nuevamente a presentarse como una víctima: «He sido una chica muy, muy mala / He sido negligente con un hombre delicado / Y este es un mundo muy, muy triste / En el que una chica puede quebrar a un chico tan sólo porque puede… / Tengo que preparar una movida / Para conservar a mi amante / ¿Qué diría un ángel? / La diabla quiere saber».

 

 

 

 

 

Con Tidal, Fiona arribó madura y completa, una Venus contemporánea. Ya estaba todo ahí: el piano acrobático, la voz bella que se permitía ser fea, la poesía que repicaba sobre la piel como un látigo de muchas colas. Las obras que siguieron confirmaron su ambición y su determinación a no conformar a nadie más que a sí misma. (De hecho, metió en el cajón discos terminados que no la satisfacían, como aquel que eventualmente terminó llamándose Extraordinary Machine.) Pero desde The Idler Wheel (2012) no había vuelto a concebir una obra entera, forzándonos a perseguir los temas sueltos que dejaba caer por ahí como quien no quiere la cosa. (Recomiendo su colaboración con Johnny Cash en Father and Son de Cat Stevens, su versión de A través del universo —de los mejores covers de Los Beatles, ever— y Container, la canción que creó para la secuencia de títulos de la serie The Affair — esa que dice: «Tengo solo una cosa que hacer / Y eso es ser la ola que soy para entonces / Volver a hundirme en el océano». Allí se adelanta el ritmo como si quisiese ganarle a la rompiente y suena como una mujer fuera del tiempo, una highlander que asoma en las playas del siglo XXI.)

 

 

La Venus original, pre-Fiona.

 

 

Que Fetch the Bolt Cutters emergiese el 17 de abril fue toda una señal. Porque, por una parte, parece un disco concebido en cuarentena. Tal vez porque en buena parte lo trabajó en su casa de Venice Beach, utilizando esa aplicación que se llama Garage Band —la misma que hoy usa el Indio— y lo grabó en un ambiente que no sólo no estaba acustizado sino que tiene ventanas. Una de las ideas originales era llamarlo House Music, lo cual literalmente significa música casera. La utilización de objetos cotidianos como percusión, la irrupción de sus perros (que figuran en los créditos a cargo de coros) y la presencia de toses y puteadas que se le escapan ante un yerro ayudan a ese feel de algo que podría haber sido hecho sin alejarse del dormitorio. El sonido no es low fidelity, no: pero los elementos son pocos, están distribuidos en el espacio y no se los sometió —¡ni siquiera a la voz!— a tratamientos ni excesivos filtros tecnológicos. Además transmite una cierta vibración comunal, imagino que derivada de la participación de pocos y muy queridos músicos: Sebastian Steinberg, Amy Aileen Wood, David Garza y su hermana Amber, que sumó voces mientras amamantaba a su bebé. Steinberg dice que en ocasiones «golpeábamos las paredes, el piso — tocábamos la casa como un instrumento más».

 

 

La tapa diseñada por el guitarrista David Garza: casera, como el disco.

 

 

 

Quiero que me ames

El disco arranca con I Want You to Love Me y demuestra al toque que a) Fiona está cantando con una precisión más exquisita que nunca. No hay una sola sílaba fuera de lugar. A menudo su voz se convierte en el principal elemento percusivo, como si en efecto estuviese tratando de hacer lo que la canción demanda: «Detoná la música, golpeala, mordela, llenala de moretones». La melodía arranca juguetona en medio de un piano arpegiado, después se pone en marcha, se torna blusera de modo abrasivo y termina con grititos a lo Yoko Ono, anunciando otra intención: la incorporación natural a la paleta de sus canciones de los más variados registros de la música. (En la coda de Relay juega a sonar como una soprano.) Lo otro que también queda claro ya en el arranque es que b) Fiona nunca ha hecho mejores malabares con las palabras.

He esperado muchos años

Cada huella que dejé en el sendero

Me ha traido hasta acá

Y el año que viene quedará claro

Que esto era tan sólo lo que me conducía a aquello

Y para ese entonces, espero que

Me ames.

Me muevo con los árboles en la brisa

Sé que el tiempo es elástico

Y sé que cuando me vaya

Mis partículas se desbandarán, dispersarán

Y volveré a ser parte del pulso

Y sé que nada de esto importará en el largo plazo

Y sé que un sonido sigue siendo un sonido aunque nadie lo oiga

Y mientras esté en este cuerpo

Quiero desear a alguien

Y quiero quiero quiero

Que me ames.

 

 

 

 

 

 

Un recuerdo de la adolescencia anima Shameika.

Solía caminar por las calles

Camino a la escuela

Rechinando los dientes a un ritmo invisible

Usaba los pies para aplastar hojas muertas

Como si hubiesen caído de los árboles

Sólo para mí, para ser platillos.

La experiencia en la escuela solía ser un horror, porque «no tenía miedo de los patoteros (bullies) / pero eso hacía que los patoteros se comportasen peor». Lo que le permitió sobrevivir a la ordalía fue el hecho de que la compañera del título se dignara mirarla una vez desde la cima del orden social y, a pesar de que «no era gentil ni era mi amiga», la validase: «Shameika dijo que yo tenía potencial».

La canción incluye un verso donde Fiona asegura que alguien la definió como «encabronada, divertida y cálida» (pissed off, funny and warm). En el perfil que le consagró días atrás en el New Yorker, Emily Nussbaum dice que cuando comentaba que estaba escribiendo sobre Fiona, lo primero que la gente le preguntaba era si la había visto bien. He ahí el karma de las mujeres que marchan a su propio ritmo sin comerse ni una: en términos sociales, eso se traduce en la etiqueta de inestable.

 

 

 

 

El título de la canción que nombra al disco lo tomó de una escena de The Fall, la serie de Netflix donde la protagonista —una detective interpretada por esa otra mujer indomable que es Gillian Anderson— quiere liberar a una chica torturada por un asesino serial y le ordena a su subordinado: «Buscá la pinza para cortar pernos» (Fetch the bolt cutters). La letra es un preciso análisis de las situaciones que debió sortear para llegar donde está: desde las relaciones con gente tóxica («Y vos mutilás cuando jugás ofensivamente / pero matás cuando jugás a la defensiva / Los tenés a todos convencidos / De que sos a la vez los medios y el fin… Temerosos de que no los consideres amigos / Y yo siempre he sido demasiado inteligente para caer en esa / Pero, ¿sabés qué? / Mi corazón no») a las presiones con las que lidió para hacerse un lugar en la industria musical. «Crecí dentro de los zapatos que me dijeron que podía llenar», canta.

Cuando todavía no sabía dónde estaba parada

Esas chicas de moda ya habían picado en punta

……………………………

Decían que yo no era lo suficientemente elegante

Y que lloraba demasiado

Y yo escuchaba porque todavía no había encontrado mi voz

Así que no oía otra cosa que no fuese el ruido

Que produce la gente cuando no tiene la más puta idea

Pero yo no lo sabía aún.

En ese contexto retoma la idea de los zapatos que le dijeron que debía llenar y concluye que no estaban hechos «para subir esa colina», lo cual es una alusión a una de sus precursoras, la enorme Kate Bush, y su canción Running Up That Hill. (Así como ella fue una inspiración para Fiona, Nussbaum sostiene que sin Fiona ni Lorde ni Billie Eilish serían quienes son hoy.) De inmediato se reconecta con ese deseo que todavía cuenta en su alma («Necesito subir esa colina / Lo haré, lo haré, lo haré»), pero no a cualquier precio: «Buscá la pinza para cortar pernos / Ya estuve demasiado tiempo acá. (Y que pase lo que tenga que pasar»). El objetivo soñado no puede alcanzarse si uno no se concede a sí mismo el grado de libertad que hace falta para realizarlo.

 

 

 

 

 

 

La canción que sigue se llama Debajo de la mesa (Under the Table) y expresa esa misma voluntad en un contexto específico:

Te dije que no quería ir a esa cena

Sabés que esos que te importan tanto no me dicen nada

Así que cuando digan algo que me ponga a hervir de a poco

Ese vino caro no apagará mi fuego.

Pateame todo lo que quieras por debajo de la mesa

No me voy a callar, no me voy a callar.

Resulta inevitable linkear esa canción con una anécdota que aparece en el perfil del New Yorker. Cuando menciona lo que la llevó a alejarse del alcohol y la droga, recuerda los tiempos en que vivió con Paul Thomas Anderson, uno de los más interesantes cineastas contemporáneos (Boogie Nights, Magnolia), y dice: «Todo adicto debería ser encerrado en una sala de proyección privada con Quentin Tarantino y Paul Thomas Anderson pasados de cocaína. Nunca van a querer drogarse otra vez».

 

 

 

 

 

 

Rack of His tiene un aire cabaretero pero con Janis en vez de Liza, y desliza la clase de versos que provocan la más linda envidia: «Miren esa fila de cuellos de guitarras / Alineados como potras ansiosas / Estirados como piernas de Rockettes». Newspaper tiene un sostén casi exclusivamente percusivo y está dirigida a la nueva pareja de un ex, en el intento de no caer en la trampa de considerarla una enemiga: «Me pregunto qué mentiras te estará diciendo sobre mí / Para asegurarse de que nunca seremos amigas… Me preocupé cuando vi que empezaba a codiciarte / Cuando descubrí lo que te había hecho, me sentí cerca tuyo / A mi modo, me enamoré de vos / Pero él me convirtió en un fantasma para vos… / Ahora te calzaste el tiempo como una corona de flores… / Y yo estoy sola en la cumbre / Tratando de que mi luz no se apague».

 

 

 

 

 

Es la misma preocupación que expresa Ladies: el modo en que tantas «damas» permiten que los hombres metan cuñas entre ellas y les impidan relacionarse, prestándose al célebre divide y reinarás. Fiona recuerda el resentimiento de su abuela hacia la mujer por la cual su marido la abandonó. «Esa mujer no hizo más que enamorarse de un tipo con el que terminó viviendo 50 años. Fue mi abuelo el que traicionó a mi abuela», dijo al sitio Vulture. «No hay que cabrearse con la persona equivocada, sino con la indicada».

 

 

 

 

Globo pesado (Heavy Balloon) habla de la depresión. Cosmonauts, que tiene el aire de las canciones de Aimee Mann —otra de mis músicas favoritas— se plantea el dilema de la monogamia. («Vos y yo vamos a ser como una pareja de cosmonautas / Sólo que con mucha más gravedad de la que había cuando despegamos».) Pese a lo cual, sobre el final se desgañita gritando: Start it off. («Empezá de una vez», o «despeguemos».)

For Her es una canción demencial, un número que podrían haber hecho The Andrews Sisters si hubiesen tomado ácido en los ’40. Son Fiona y su hermana encima de patterns percusivos que van cambiando, saltando del music hall hacia algo que se aproxima al rap y se frena en seco hasta que regresa Fiona cantando a capella: «Buen día, buen día / Me violaste en la misma cama donde nació tu hija». La historia surgió en parte de lo que le contó una mujer que trabajaba para una productora cinematográfica, y otro tanto de la indignación que le produjo la designación del juez de la Corte Suprema Brett Kavanaugh, concretada a pesar de las acusaciones de violación que presentaron en contra suya tres mujeres. Según contó, comenzó como un intento de contar algo respecto de su propia experiencia que terminó fracasando: «Era demasiado difícil». Depositarlo en otro personaje fue la solución. «Necesitaba sentir que tenía a una pila de otras mujeres cantando conmigo».

 

 

 

 

Drumset surgió de la mezcla entre una nueva separación del escritor Jonathan Ames y un desencuentro con la banda, que se las tomó, se llevó los instrumentos y la dejó hablando sola. «Una época en que sentía que todo el mundo quería abandonarme», recuerda. La cantó con una voz lijada por puchos y madrugadas, mientras «tocaba» una silla y su hermana se le acercó para darle besos y la hizo tentar. Es la queja frecuente de los que somos difíciles y se la complicamos particularmente a aquelles que nos quieren: «¿Por qué te lo llevaste todo? / ¿Por qué no quisiste ni siquiera intentarlo?»

La última canción es la primera que grabó, a consecuencia de una circunstancia colorida. La habían detenido en Texas junto al bajista Steinberg por circular con haschisch encima. Y mientras estaban presos, recordó un canto que se usa en esa técnica de meditación llamada Vipassana. «La canté durante la noche, para calmarme. Había una cámara y me puse a cantar para ella, de modo tan estúpido como desafiante. No es una buena idea apelar al sarcasmo cuando lidiás con canas», recuerda. Según Steinberg, esa fue «la mejor performance vocal de su vida».

Terminó perfeccionando On I Go durante una de sus habituales caminatas con espíritu deportivo. «Cuando camino, lo hago a un ritmo determinado que sostengo todo el tiempo», explica. (Según cuenta, P. T. Anderson solía burlarse de su propensión a andar siempre rápido, en lo que llamaba «mi marcha determinada hacia ninguna parte».) Eso sugiere por dónde pasa la tendencia del disco todo a sincronizarse con ciertos ritmos propios del cuerpo en sus diversos estados de ánimo; y la forma en que Fiona va masticando sus versos hasta que, a la hora de grabarlos, fluyen como licor, adaptándose sin fallas al beat de la canción. (Ha descrito como «una alegría» la sensación de que «las palabras se deslicen hacia el fondo de mi garganta».) En el artículo del New Yorker, Nussbaum comenta que Fiona es capaz de quebrar, moler, batir y convertir en música expresiones áridas como la del diagnóstico que alguna vez le endilgaron, al que convirtió en una cancioncita: «Trastorno complejo de stress postraumático». (Complex developmental post-traumatic stress disorder.)

 

 

 

 

On I Go no disimula, pues, su naturaleza de mantra destinado a propeler hacia adelante (no disimula ni sus errores, hay un momento donde se pierde y se la escucha putear: Fuck, shit!) y la energía que se deriva de ya no necesitar muletas o motivaciones inconsistentes para avanzar por el camino elegido:

Yo voy, no hacia ni alejándome de

Hasta ahora era cosa de un día, del próximo día

Hasta ahora apresurada por probar algo

Pero ahora sólo me muevo para moverme.

 

 

 

Crisálida

¿Cómo se da cuenta alguien de que está ante una obra importante? Qué se yo. En mi caso, el primer registro es siempre instintivo. Hay algo adentro mío que pega un salto, aun antes de haber prestado la debida atención a cada canción y cada palabra. Recuerdo que el mismo 17 —el día que salió al mundo— le dije a alguien cuyo conocimiento musical respeto que Fetch the Bolt Cutters era material del nivel que aspira a Álbum del Año. Poco después empezaron a llover los comentarios formales. El sitio Metacritic promedió 23 críticas y le otorgó un puntaje de 100 sobre 100. El sitio Pitchfork le otorgó su primer 10 de calificación redonda en —precisamente— 10 años, con Jenn Pelly diciendo que es una obra «desatada, una sinfonía salvaje de lo cotidiano, una obra maestra sin concesiones — ninguna música ha sonado del todo así». (¿Viste, vieja? Salí a vos. De sordo no tengo nada, parece.)

Una obra importante encuentra siempre un balance entre lo eterno, aquello sin fecha de vencimiento, y lo que dice respecto de su momento. Fetch the Bolt Cutters es por un lado el disco de una persona que redujo su existencia a una serie de elementos mínimos pero esenciales, en términos materiales, espaciales y de afectos; que a los ojos del mundo parecería no conservar ya casi nada, o haberse conminado a vivir en una cuarentena antes de la cuarentena; pero que sin embargo, desde ese mismo despojo voluntario, nunca ha sido más libre ni más poderosa.

 

 

 

 

Yo soy el menos indicado para asegurarlo, pero intuyo que si hay futuros y desde allí alguien quiere saber cómo era ser mujer en 2020, lo primero que le convendría hacer sería prestarle oídos a Fetch the Bolt Cutters. Allí está todo: las historias tremendas que las esculpieron; las inseguridades y los peligros que siguen acechándolas; la determinación a seguir amando a pesar de los golpes, pero nunca más al precio de dejar de ser quienes son; la lucidez que las llevó a la cima del mundo de hoy, con la corona del tiempo en sus cabezas y custodiando un faro de cuya guía dependemos todes. Y todo esto cristalizado por Fiona, que se tomó los años que creyó necesarios para dominar esos senderos y sus ritmos. Hay que haber arribado a una sabiduría esencial para entender que la música no es mucho más que vibraciones y que como tales, aun cuando no se las escuche, son capaces de sacudir la estructura del mundo.

Fetch the Bolt Cutters es una obra que sonará moderna aun dentro de veinte o treinta años, expresando vivencias que nunca dejarán de ser relevantes. Pero al mismo tiempo no puede sonar más contemporánea: la banda sonido ideal para un tiempo de recogimiento que no es de encierro sino de crisálida, de preparación para salir al mundo con las putas pinzas en la mano, dispuestos a ya no tolerar nuevas sujeciones, nuevas ataduras, nuevas cadenas.

Y que pase lo que tenga que pasar.

 

 

 

 

 

 

 

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19 Comentarios
  1. Martin Felice dice

    Marcelo:
    CON LA ESCUELA EES21 (REMEDIOS DE ESCALADA) HEMOS EN PLENA COYUNTURA UN TRABAJO PEDAGÓGICO ) SOBRE EL DIA INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES Y LA SALUD, TELENTREVISTAMOS A SANDRA ALVAREZ ACTUAL DIRECTORA DEL HOSPITAL EVITA DE LANUS Y CARLOS FRASCO, EX DIRECTOR DE DICHA INSTITUCIÓN Y MIEMBRO FUNDADOR DE CICOP (SINDICATO DE SALUD)
    Comparto el link:
    https://www.youtube.com/watch?v=4IBQwOIVin0

    Martin Felice
    [email protected]
    11-57296693
    Profe de Historia
    PD: Musica del Indio Solari
    Desde ya muchas gracias

  2. FABIÁN dice

    Que dolor que tristeza

  3. HERNÁN DE ROSARIO dice

    El 30 de abril de 2011 dejaba este mundo Ernesto Sábato, uno de nuestros escritores más relevantes. Nada mejor que esta columna de un hombre de letras como Marcelo Figueras para rememorarlo transcribiendo estos párrafos de su libro “La resistencia”.

    “Asistimos a una quiebra total de la cultura occidental. El mundo cruje y amenaza con derrumbarse, ese mundo que para mayor ironía es el resultado de la voluntad del hombre, de su prometeico intento de dominación. Guerras que unen la tradicional ferocidad a su inhumana mecanización, dictaduras totalitarias, enajenación del hombre, destrucción catastrófica de la naturaleza, neurosis colectiva e histeria generalizada, nos han abierto por fin los ojos para revelarnos la clase de monstruo que habíamos engendrado y criado orgullosamente. Aquella ciencia que iba a dar solución a todos los problemas físicos y metafísicos del hombre contribuyó a facilitar la concentración de los estados gigantescos, a multiplicar la destrucción y la muerte con sus hongos atómicos y sus nubes apocalípticas. A cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza. Veinte o treinta empresas, como un salvaje animal totalitario, lo tienen en sus garras. Continentes en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica, sin educación. La masificación ha hecho estragos, ya es difícil encontrar originalidad en las personas y un idéntico proceso se cumple en los pueblos, es la llamada globalización. ¡Qué horror! ¿Acaso no comprendemos que la pérdida de los rasgos nos va haciendo aptos para la clonación? La gente teme que por tomar decisiones que hagan más humana su vida, pierdan el trabajo, sean expulsados, pasen a pertenecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria, que los salve. La total asimetría en el acceso a los bienes producidos socialmente está terminando con la clase media, y el sufrimiento de millones de seres humanos que viven en la miseria está permanentemente delante de los ojos de todos los hombres, por más esfuerzo que hagamos en cerrar los párpados.

    Pronto no podremos ya gozar de estudios o conciertos porque serán más apremiantes las preguntas que nos impondrá la vida respecto de nuestros valores supremos. Por la responsabilidad de ser hombres. Esta crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan: es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre. Para la obtención del dinero, han sido válidos todos los medios. Esta búsqueda de la riqueza no ha sido llevada adelante para todos, como país, como comunidad; no se ha trabajado con un sentimiento histórico y de fidelidad a la tierra. No, desgraciadamente esto parece la estampida que sigue a un terremoto donde en medio del caos cada uno saquea lo que puede. Es innegable que esta sociedad ha crecido llevando como meta la conquista, donde tener poder significó apropiarse y la explotación llegó a todas las regiones posibles de mundo. La economía reinante asegura que la superpoblación mundial no puede ser asimilada por la sociedad actual. Esta frase me da escalofríos: es suficiente para que los poderes maléficos justifiquen la guerra. Las guerras siempre han contado con el auspicio de grandes sectores de la población que, de alguna manera u otra, se beneficiaban de ella. Como centinela, todo hombre ha de permanecer en vela. Esto nunca ha de suceder. El “sálvese quien pueda” no sólo es inmoral, sino que tampoco alcanza. Las creencias y el pensamiento, los recursos y las invenciones fueron puestos al servicio de la conquista. Colonialismos e imperios de todos los signos, a través de luchas sangrientas, pulverizaron tradiciones enteras y profanaron valores milenarios, cosificando primero la naturaleza y luego los deseos de los seres humanos. Sin embargo, misteriosamente, es en el deseo donde se está generando un cambio. Lo siento en los hombres que se me acercan en la calle y lo creo de las juventudes del mundo. Pero es en la mujer en quien se halla el deseo de proteger la vida, absolutamente.

    La degradación de los tribunales y el descreimiento en la justicia provocan la sensación de que la democracia es un sistema incapaz de investigar y condenar a los culpables, como si resultara un caldo de cultivo favorable a la corrupción, cuando, en realidad, lo que ocurre es que en ningún otro sistema es posible denunciarla. No es que en otros no exista; hasta termina siendo más corrupta y degradante, si creemos en el conocido aforismo de Lord Acton: “El poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente”. Debemos exigir que los gobiernos vuelquen todas sus energías para que el poder adquiera la forma de la solidaridad, que promueva y estimule los actos libres, poniéndose al servicio del bien común, que no se entiende como la suma de los egoísmos individuales, sino que es el supremo bien de una comunidad. Debemos hacer surgir, hasta con vehemencia, un modo de convivir y de pensar, que respete hasta las más hondas diferencias. Como bellamente define Zambrano, la democracia es la sociedad en la cual no sólo es posible sino exigido el ser persona. Frágil y falible, hoy en día ningún otro sistema ha probado otorgar al hombre más justicia social y libertad que la precaria democracia en que vivimos. La democracia no sólo permite la diversidad sino que debiera estimularla y requerirla. Porque necesita de la presencia activa de los ciudadanos para existir, de lo contrario es masificadora y genera indiferencia y conformismo. De ahí la esclerosis de la que padecen muchas democracias. No se puede identificar, sin más, democracia con libertad. Muchos no sólo dejan de buscar la libertad, sino que hasta le temen. Si se compara la libertad de hoy con la que había hace unas pocas décadas, dolorosamente se comprueba que la libertad está en retroceso. Millones de hombres en el mundo, y también en nuestro riquísimo país, están condenados a trabajar durante diez o doce horas y vivir hacinados, miserablemente. Los siervos de la gleba no le están muy lejos.

    Este hecho hace que quienes podemos vivir en libertad seamos más responsables, porque como dijo Camus, “la libertad no está hecha de privilegios, sino que está hecha sobre todo de deberes”. Como hombres libres en un campo de reclusos nuestra misión es trabajar por ellos, de todas las formas a nuestro alcance. “La verdadera libertad no vendrá de la toma del poder por parte de algunos, sino del poder que todos tendrán algún día de oponerse a los abusos de la autoridad. La libertad personal llegará inculcando a las multitudes la convicción de que tienen la posibilidad de controlar el ejercicio de la autoridad y hacerse respetar”, afirmó Gandhi, ese hombre que luchó hasta la muerte por la libertad de su milenario país. Gandhi era un convencido de que al hombre no se le otorgaría la libertad exterior hasta tanto no hubiera sabido desarrollar la libertad interior. Ésta es una gran tarea para quienes trabajan en la radio, en la televisión o escriben en los diarios; una verdadera gesta que puede llevarse a cabo si es auténtico el dolor que sentimos por el sufrimiento de los demás. Muy a menudo compruebo que todo es opinable, y alguien que comenzó antes de ayer puede hablar tanto como otro cuya trayectoria está largamente probada en la vida del país. Y su opinión llega a ser clasificatoria, y no tiene siquiera que demostrarse. La llamada opinión pública es la suma de lo que se le ocurre a quienes, en esos minutos, pasan ocasionalmente por la esquina elegida, y conforman el mínimo universo de una encuesta que, sin embargo, saldrá a grandes titulares en los diarios y los programas de televisión. Las preguntas que suelen hacerse son de una torpeza que pondrían frenético a Sócrates, que las colocó en el lugar de quien ayuda a dar a luz. Todo pasa y todas las perspectivas son válidas. Lo mismo Chicho que Napoleón, Cristo que el Rey de Bastos. No se piensa en futuro, todo es de coyuntura.

    Otra consecuencia de este estado de cosas es la sobrevaloración de la diversión. Los programas “divertidos” tienen mucho raiting —y el raiting es lo supremo— no importa a costa de qué valor, ni quién lo financia. Son esos programas donde divertirse es degradar, o donde todo se banaliza. Como si habiendo perdido la capacidad para la grandeza, nos conformáramos con una comedia de regular calidad. Esta desesperación por divertirse tiene sabor a decadencia. Quienes así actúan reflejan una posición verdaderamente escéptica donde no cabe enfurecerse, ya que se descree de toda conquista que pueda mejorar la vida. Si algo es apocalíptico es este vivir como si mañana no hubiera mundo y sólo nos restara disimular la tragedia. Nuestra civilización ha tomado un tipo de bienestar como el “deber ser” de la vida, fuera del cual no hay salvación. Este objetivo es logrado por el miedo, y por la incapacidad que tienen hoy los hombres de vivir los momentos duros, las situaciones límite, los obstáculos. En especial, se tiene horror al fracaso. Se oculta cualquier avería en el bienestar, pues enseguida se teme la exclusión, quedar eliminado de la existencia como un equipo de fútbol lo estaría en un campeonato. Tal es la dificultad que tiene el hombre actual de superar las tormentas de la vida, de recrear la existencia después de las caídas. Salían por centenares del subterráneo, tropezaban, bajaban de los colectivos atestados, entraban en el infierno de Retiro, donde volvían a encimarse en los trenes. Año nuevo, milenio nuevo, pensaba el muchacho con piadosa ironía, viendo a esos desesperados en busca de una esperanza propiciada con pan dulce y sidra, con sirenas y gritos. Ayer recibí la carta de un muchacho en la que me dice “tengo miedo del mundo”. Dentro del mismo sobre me envía una fotografía en la que pude advertir algo, en su manera de mirar, en sus espaldas agobiadas, que revelaba una enorme desproporción entre sus recursos y la espantosa realidad que lo estremece.

    Siempre hubo ricos y pobres, salones de baile y mazmorras, muertos de hambre y fastuosos banquetes. Pero en este siglo ha cundido de tal manera el nihilismo que se hace imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. Aunque, quizá, sean los chicos los que nos vayan a salvar. Porque, ¿cómo vamos a poder criarlos hablándoles de los grandes valores, de aquellos que justifican la vida, cuando delante de ellos comprueban que se hunden millares de hombres y mujeres, sin remedios ni techos donde protegerse? O ven cómo poblaciones enteras son arrasadas por inundaciones que pudieron evitarse. ¿Creen que es posible seguir mirando por televisión el horror que padece la pobre gente a la par que la frivolidad ostentosa y corrupta, entremezclada como en el peor de los cambalaches? ¿Y así tener hijos que sean hombres de verdad? La falta de gestos humanos genera una violencia a la que no podremos combatir con armas, únicamente un sentido más fraterno entre los hombres la podrá sanar. Miles de hombres se desviven trabajando, cuando pueden, acumulando amarguras y desilusiones, logrando apenas sostenerse un día más en la precaria situación mientras casi no hay individuo que tras su paso por el poder no haya cambiado, en apenas meses, un modesto departamentito por una lujosa mansión con entrada para fabulosos autos. ¿Cómo no les llega la vergüenza? Si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa. Los hombres necesitan que nuestra voz se sume a sus reclamos. Detesto la resignación que pregonan los conformistas ya que no es suyo el sacrificio, ni el de su familia. Con pavor he pensado en la posibilidad de que, como esas virulentas enfermedades de los siglos pasados, la impunidad y la corrupción lleguen a instalarse en la sociedad como parte de una realidad a la que nos debamos acostumbrar.

    ¿Cómo hemos llegado a esta degeneración de los valores en la vida social? Cuando fuimos niños aprendimos el comportamiento viendo a los hombres que simplemente cumplían con el deber —una expresión hoy en desuso— esperando recibir una recompensa digna por su trabajo, pero que nunca hubieran aceptado ningún soborno. Eran personas con dignidad: no se hubieran metido en el bolsillo lo que no les correspondiera, ni hubieran aceptado sobornos ni bajezas semejantes. Recuerdo que mi padre perdió su molino harinero por un crédito al que se había comprometido de palabra. Desde luego, para él significó un inmenso dolor. Pero hubiera sido indigno de un verdadero hombre evadir su responsabilidad, ese sentimiento del honor le daba fuerzas y vivía en paz. ¡Qué decir de lo que fueron alguna vez los sindicatos! Casi con candor recuerdo la anécdota de aquel hombre que se desvaneció en la calle y, cuando fue reanimado, quienes lo socorrieron le preguntaron cómo no se había comprado algo de comer con el dinero que llevaba en su bolsillo, a lo que aquel ser humano maravilloso respondió que ese dinero era del sindicato. No es que en ese entonces no hubiera corrupción, pero existía un sentido del honor que la gente era capaz de defender con su propia conducta. Y robar las arcas de la Nación, las que deben atender al bien común, era de lo peor. Y lo sigue siendo. Quienes se quedan con los sueldos de los maestros, quienes roban a las mutuales o se ponen en el bolsillo el dinero de las licitaciones no pueden ser saludados. No debemos ser asesores de la corrupción. No se puede llevar a la televisión a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes y tratarlos como señores delante de los niños. ¡Ésta es la gran obscenidad! ¿Cómo vamos a poder educar si en esta confusión ya no se sabe si la gente es conocida por héroe o por criminal?
    Dirán que exagero, pero ¿acaso no es un crimen que a millones de personas en la pobreza se les quite lo poco que les corresponde? ¿Cuántos escándalos hemos presenciado, y todo sigue igual, y nadie —con dinero— va preso? La gente sabe que se miente pero parece una ola de tal magnitud que no se la puede impedir. Esto hace sentir impotente a la gente y finalmente produce violencia, ¿hasta dónde vamos a llegar? Tampoco podemos vivir comunitariamente cuando todos los vínculos se basan en la competencia. Es indudable que genera, en algunas personas, un mayor rendimiento basado en el deseo de triunfar sobre las demás. Pero no debemos equivocarnos, la competencia es una guerra no armada y, al igual que aquélla, tiene como base un individualismo que nos separa de los demás, contra quienes combatimos. Si tuviéramos un sentido más comunitario muy otra sería nuestra historia, y también el sentido de la vida del que gozaríamos. Cuando critico la competencia no lo hago sólo por un principio ético sino también por el gozo inmenso que entraña compartir el destino, y que nos salvará de quedar esterilizados por la carrera hacia el éxito individual en que está acabando la vida del hombre. Semanas después, otra tarde, cuando me senté a contestar la carta del muchacho, advertí que yo de joven escribía cada vez que era infeliz, que me sentía solo o desajustado con el mundo en que me había tocado nacer. Y pienso si no será siempre así, que el arte nazca invariablemente de nuestro desajuste, de nuestra ansiedad y nuestro descontento. Una especie de intento de reconciliación con el universo de esa raza de frágiles, inquietas y anhelantes criaturas que son los seres humanos. Los animales no lo necesitan: les basta vivir. Porque su existencia se desliza armoniosamente con las necesidades atávicas. Y al pájaro le basta con algunas semillitas o gusanos, un árbol donde construir su nido, grandes espacios para volar; y su vida transcurre desde su nacimiento hasta su muerte en un venturoso ritmo que no es desgarrado jamás ni por la desesperación metafísica ni por la locura.

    Mientras que el hombre al levantarse sobre las dos patas traseras y al convertir en un hacha la primera piedra filosa, instituyó las bases de su grandeza pero también los orígenes de su angustia; porque con sus manos y con los instrumentos hechos con sus manos iba a erigir esa construcción tan potente y extraña que se llama cultura e iba a iniciar así su gran desgarramiento: habrá dejado de ser un simple animal pero no habrá llegado a ser el dios que su espíritu le sugiera. Será ese ser dual y desgraciado que se mueve y vive entre la tierra de los animales y el cielo de sus dioses, que habrá perdido el paraíso terrenal de su inocencia y no habrá ganado el paraíso de su redención. Cuántas veces les he aconsejado a quienes acuden a mí, en su angustia y en su desaliento, que se vuelquen al arte y se dejen tomar por las fuerzas invisibles que operan en nosotros. Todo niño es un artista que canta, baila, pinta, cuenta historias y construye castillos. Los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez y de los hombres que llamamos primitivos, y por eso provocan la risa de los estúpidos. En diferentes grados, la capacidad creativa pertenece a todo hombre, no necesariamente como una actividad superior o exclusiva. ¡Cuánto nos pueden enseñar los pueblos antiguos donde todos, más allá de las desdichas o de los infortunios, se reunían para bailar y cantar! El arte es un don que repara el alma de los fracasos y sinsabores. Nos alienta a cumplir la utopía a la que fuimos destinados. El arte de cada tiempo trasunta una visión del mundo, la visión del mundo que tienen los hombres de esa época y en particular el concepto de la realidad. En este nuevo milenio debajo del gran supermercado del arte, como los brotes que germinan después de un largo invierno, se perciben, acá y allá, los testimonios de otra manera de mirar. Notablemente en el cine, en películas de muy bajo presupuesto que nos llegan de pequeños países, no contaminados por la globalización, se expresa el deseo de un mundo humano que se ha perdido, pero al que no se ha renunciado. Son películas que nos traen un alivio al ver que la vida simple, humana, aún está viva. El hombre no sólo está hecho de muerte sino también de ansias de vida; tampoco únicamente de soledad sino también de comunión y amor”.

  4. Elferre dice

    Marcelo, pucha, que hermosa nota.
    Soy ferretero y ya nunca más voy a ver la pinza corta pernos de la misma manera.

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