The Music Man

McCartney y el potencial creativo que entrañan las despedidas

 

Era inevitable que The Boys of Dungeon Lane —vigésimo álbum solista de Paul McCartney, botado este viernes 29 a las aguas del mundo— sonase a despedida. El tipo tiene 83 años, cumple 84 el 18 de junio. Se lo ve más saludable que yo, y está promocionando el disco nuevo por todas partes, con la energía de uno de 20. Pero el tiempo es implacable. Nunca deja de cobrar su diezmo. Ni siquiera tiene la delicadeza de perdonar a un Beatle.

Diez días atrás se sumó a la despedida del comediante Stephen Colbert, para lo cual regresó al estudio de TV desde el cual Los Beatles deslumbraron a los Estados Unidos 62 años atrás, en un episodio de The Ed Sullivan Show que hizo historia. Cuando interpretó la canción más bella del álbum nuevo, Days We Left Behind (Días que dejamos atrás), apenas podía cantar. Esa voz maravillosa, capaz de saltar del rock salvaje a la melodía más delicada, se ha convertido en un hilo de agua. McCartney suena hoy como una versión trémula de lo que fue. Pero eso es parte de lo que dota a The Boys of Dungeon Lane de su resonancia emocional. El álbum es un tour de McCartney por su pasado, una última gira mágica por los paisajes, sonidos y personas que lo convirtieron en el músico popular más influyente de las últimas seis décadas y, dada su condición de tal, en un personaje de nuestra vida sensible, que en gran medida contribuyó a moldear.

 

Con su hermano menor, su madre Mary Patricia y su padre James.

 

"Mirando hacia atrás, con la ayuda de mementos en blanco y negro", dicen los primeros versos de Days We Left Behind. Esa es la sensación que asalta cuando escuchás el disco: la de estar viendo un álbum de fotos, mientras McCartney conjura las músicas que jalonaron su vida.

Dungeon Lane era una calle del suburbio de Liverpool que se llama Speke. McCartney la frecuentaba de niño, entre otras razones porque conectaba con el río Mersey y con una zona llena de pájaros que atraía a loss observadores. (Su fascinación por las aves, plasmada en canciones como Blackbird y Bluebird, se generó allí.) "En los cielos, las alondras se elevan por encima de los sonidos de la guerra", recuerda.

Ese es el tiempo en que le tocó crecer, el de la Inglaterra que intentaba levantarse de la postración en que la sumió la ambición de los nazis. "Mi padre era un vendedor. Mi madre era una santa. Trabajaban cada bendito minuto, para conseguir lo suficiente para pagar el alquiler... No aguantaban más, pero no les quedaba otra", recuerda en Salesman Saint. "Me doy cuenta de que ya no hay más comida en la despensa, pero a ella no le importa", canta en Life Can Be Hard (La vida puede ser dura), poniéndose en la piel de su padre. En Home to Us, donde canta a dúo con Ringo por primera vez, ambos dicen: "El lugar donde solíamos vivir no era gran cosa... El mundo alrededor no era seguro, el pueblo se caía a pedazos, pero para nosotros era el hogar".

 

Teenage McCartney.

 

"Miren a los chicos de Dungeon Lane, a lo largo de la costa del Mersey", añade en Days We Left Behind. "Algunos de ellos sentirán el dolor, pero otros están destinados a más". Entre ellos estaba el adolescente George Harrison, con quien McCartney hace dedo en la canción Down South, tan simple que parece compuesta y grabada durante el viaje en camión. ("Fue una buena manera de conocerte", le dice. "Hablábamos de guitarras y de rock and roll, dos temas que nunca envejecían".) Y por supuesto, también evoca a John Lennon, su eterna contrafigura —Omega a su Alfa—a quien dice en We Two (Nosotros dos): "Una y otra vez, mis pensamientos vuelven a vos... Siempre, siempre, amigo, serás el único para mí", le dice. A través de Days We Left Behind renueva el juramento que los unió: "Nos encontramos en la calle Forthlin y escribimos un código secreto... Sigo sosteniendo lo que dije entonces. Nunca romperé la promesa que hice allí".

Para volver atrás, McCartney no necesita de magdalenas embebidas en té sino de, predeciblemente, sonidos. Los evoca en Lost Horizon (Horizonte perdido): "La llamada del silbato del tren, cortando la noche... La campanilla del reloj, haciendo tic toc en la mesa de luz... El freno del ómnibus al llegar a la parada, la música de una plaza distante... Ese sonido puede retornarme al horizonte perdido". Consecuentemente, las canciones navegan los estilos que dieron forma a su talento como compositor: la música popular de los años '50, que su padre tocaba y cantaba en el piano vertical de la casa de Forthlin Road; el rock and roll; la psicodelia que rememora en Mountain Top (el estribillo de As You Lie There tiene un inesperado aroma a Pink Floyd); el pop de los '80, cuando lideraba aquella banda llamada Wings, en canciones como Come Inside. Y en ocasiones, los mezcla en el contexto de la misma canción. Salesman Saint comienza como un número folk a lo Johnny Cash, con aliento confesional, pero en mitad del viaje le abre la puerta a los arreglos de Giles Martin —hijo de George, el legendario productor de Los Beatles—, que incorporan los bronces típicos de las big bands de la primera mitad del siglo XX. Una mixtura inesperada, que sin embargo funciona.

 

 

 

El orden que eligió para la progresión de canciones no es inocente. The Boys of Dungeon Lane repasa su infancia, sus amistades, su carrera musical, pero al final vuelve al punto cero, a la experiencia determinante. Y esa fue la vida familiar: sus padres, la relación entre ambos y el ejemplo que ofrecieron y lo ayudó a plantarse ante la vida del modo en que lo hizo.

En una entrevista televisiva de los últimos días lo hizo transparente: "He alcanzado un punto de mi vida desde el que disfruto de mirar hacia atrás. Si tenés suerte, como yo la tuve, acumulaste un montón de recuerdos cálidos. Yo tuve una muy buena familia".

En Life Can Be Hard —esa canción donde se pone en la piel de James McCartney—, su padre dice: "Ella me ama aun cuando las cosas se ponen más feas... Y si yo toco, ella baila. Viéndola balancearse, siento que siempre habrá una oportunidad... La vida puede ser dura, pero es entonces cuando empezamos a armarla otra vez". En Salesman Saint agrega: "Y así aprendieron a aguantar, con risas y una canción... El único entretenimiento eran la radio y el piano. El té caliente y los cigarrillos eran todo con lo que contaban para seguir adelante". (Parece que está hablando de la realidad argentina actual, ¿o no? Este presente nuestro también se experimenta como estar viviendo en una zona de guerra.)

El álbum cierra con Momma Gets By (Mamá se las arregla), un homenaje a Mary Patricia McCartney, que sacó adelante a su familia cuando lo que su marido ganaba como vendedor de la industria algodonera se quedaba corto. Trabajaba como partera, su hijo la recuerda saliendo a las 3 de la mañana, en bicicleta y bajo la lluvia. Murió cuando Paul tenía 14, por complicaciones en una cirugía que intentaba frenar un cáncer de mamas.

Mamá se las arregla mientras papá se coloca (gets high)

Ella gana lo suficiente para mantener a la familia

Trabaja todo el día para traer la paga

Ella me cuida bien

Me brinda cada oportunidad

Y si llueve, nunca se queja

Es lo suficientemente dura para bancarse la tormenta

Cuando papá llega, se va a la cama

Tan pronto pisa la cocina

Pero a ella no le importa, ya lo ha visto todo.

..................

¿Qué importan sus tontos defectos, comparado con lo que siente por él?

 

 

 

 El álbum es un viaje en el tiempo en más de un sentido. Por un lado, se trata de McCartney cerrando el círculo de su vida: recordando a las personas y las circunstancias que lo moldearon, expresando agradecimiento a aquellos que se lo ganaron. Pero también aventura una forma de pararse ante el fenómeno de la vida. Nuestra especie atraviesa la existencia de forma lineal, en el marco del tiempo cronológico. Cada cosa que ocurre queda atrás inmediatamente, y contra eso no hay nada que hacer: "Nada permanece igual, y no hay por qué llorar", dice en Days We Left Behind. En ese sentido, su posición es realista, hasta fatalista. Pero a la vez tiene claro que los momentos que nos construyeron y se volvieron entrañables se acrisolan como recuerdos. Y esas vivencias no se desvanecen, siempre están a mano, disponibles en el cerebro y en el corazón: "Nadie puede borrar los días que dejamos atrás", concluye.

El otro viaje en el tiempo que ocurre durante Dungeon Lane es el que experimenta cada oyente. Porque McCartney, y por extensión Los Beatles, forman parte de nuestros propios recuerdos entrañables, son un núcleo esplendente de nuestras vidas — una suerte de sol en torno al cual orbitamos, en más sentidos de los que solemos tener presentes. Y el McCartney que sopesa su existencia nos conmina a evaluar la nuestra, y a considerar la inminencia de un final.

 

Jovencísimos McCartney y Lennon, en Hamburgo.

 

Cuando este hombre se vaya, cerrará toda una época. Su muerte pondrá candado definitivo al siglo XX — como en nuestro país lo pondrá la última de las Madres, cuando llegue su momento. Un efecto inevitable, tratándose de figuras de una dimensión histórica tal, que han recreado y reorganizado la realidad a su paso. Por eso mismo sé que escuchar Dungeon Lane, al igual que este ejercicio de escritura, forman parte de mi preparación para una despedida. Triste, sí, pero reconfortante. Cuando la vida es generosa y la tragedia no interfiere —como lo hizo con Lennon, sin ir más lejos—, uno aprovecha la oportunidad de juntar fuerzas para enfrentar lo inevitable.

Al considerar la noción del fin de algo o alguien que para uno es trascendente, la sensación inicial es de vértigo. Esa desaparición preanuncia un vacío, una devastación monumental que se creará ante nuestros pies y nos dejará haciendo equilibrio al filo de la nada. En esa circunstancia, lo único que acude a nuestra cabeza es la expresión verbal de la incertidumbre: ¿y ahora qué? ¿Qué hace uno ante un mundo que se acaba?

Yo hago el esfuerzo de mentalizarme, pero sé que ni apelando a la imaginación puedo entrever qué sentiré cuando eso ocurra. Lo que entiendo es que, a pesar de la sensación apocalíptica, lo que tendrá lugar no será un mundo que se acaba sino uno que se cierra, lo cual no es lo mismo. Al cerrarse, no se producirán nuevos recuerdos que nos unan. Hay magias que ni la Inteligencia Artificial puede emular. Pero el mundo Beatle no estará acabado, porque los recuerdos que produjo seguirán en nosotros y nadie podrá arrebatar lo que nos inspiró, durante los días que van quedando atrás.

Ese ciclo cerrado conmina a enfrentar un proceso que convive con el duelo, que se desarrolla —o debería desarrollarse— paralelamente. Cuando una fábrica de experiencias memorables, y por ende de buenos recuerdos, baja la persiana, genera un vacío que crece día tras día. Sin embargo, la dinámica de la vida, que en esto se parece a la del poder, no tolera vacíos. Lo que no ocupemos con nuestras elecciones, será ocupado por otros y sus decisiones. Por eso mismo, cuando perdemos a alguien trascendente, la pregunta tácita que flota durante el duelo es: ¿qué haremos con ese espacio emocional ahora vacío, una vez que nos sobrepongamos al dolor? ¿Cón qué llenaremos esa concavidad del alma? Porque los recuerdos pervivirán, pero no se puede vivir de ellos. Nuestra existencia reclama experiencias nuevas, que como mínimo estén a la altura de aquellas que nos formaron y de las que disfrutamos.

 

Los Beatles con Ed Sullivan.

 

Esta convicción me lleva a preguntarme si no deberíamos plantearnos algo similar, durante estos días agónicos que vivimos. Porque, aunque la guerra contra el pueblo argentino que llevan adelante la oligarquía actual y los Estados Unidos tenga los días contados, la cuestión es: ¿qué haremos cuando esta gente, acorralada por las consecuencias del desastre que generó, emprenda la retirada? ¿Con qué llenaremos el nuevo vacío, cómo será nuestra posguerra? ¿Nos ordenaremos detrás de un proyecto que nos aglutine, con el objetivo de recuperar el bienestar que alguna vez tuvimos, o nos dedicaremos a la rapiña que sostenga la supervivencia individual? (Yo no creo que un político convencional pueda dar vuelta esta tortilla. El desastre que dejarán a su paso será tan grande, que no podrá revertirlo un gestor al que le reclamamos cosas, como suele hacerse con todos los Presidentes, sino alguien que nos involucre en una gesta, como co-partícipes de la salvación de la Patria. Quien nos conduzca debería ser una figura con capacidad mitopoiética — creadora de mitos, de potencia simbólica, a lo Perón. Quien quiera oír, que oiga.)

Pero, en fin, disculpen la digresión. Lo que intentaba explicar es que el disco nuevo de McCartney me expuso a una intemperie, que es lo que son todas las despedidas. Y me invitó a empezar un trámite, el de procesar el vacío que generará la ausencia de un tipo sin el cual la música no significaría lo que significa en mi vida. Un artista de talento descomunal, que en sociedad con otros tres tipitos de Liverpool transformó la cultura mundial durante la segunda mitad del siglo XX.

Imagino que, de nacer 30 años antes, sería más grande que Sinatra; o, de venir a este mundo en el siglo XVIII, le habría dado pelea a Mozart. Pero le tocó crecer en la Liverpool de posguerra, y por eso no aspiró a la excelencia académica sino a ser un entertainer: a encantarnos, enamorarnos, divertirnos, conmovernos. Uno escucha Momma Gets By y lo primero que piensa es que la canción se pasa de rosca con la sacarina, que McCartney sucumbió por enésima vez a su tendencia a la melosidad. Pero, en el contexto de The Boys of Dungeon Lane, entendés al toque qué es lo que está visualizando mientras toca y canta, lo que pretende inspirar con su música. Porque de eso se trató siempre, para Paul McCartney. De sentarse al piano y hacer bailar a mamá y papá o, en su ausencia, al mundo entero.

De todos modos presumo que habrá más música, porque el tipo seguirá haciendo canciones hasta con el último suspiro. (De hecho, está amenazando con hacer algo con unas grabaciones que dejó Prince —otro que produjo un vacío irreparable— donde interpreta The Long and Winding Road, una de las canciones del álbum Let It Be. O sea, Prince interpretando a McCartney, con McCartney: quiero escuchar eso ya.)

No hay adiós definitivo, por el momento. De lo que se trata, como dice una de las canciones de The Boys of Dungeon Lane, es de "seguir creando ondas en el estanque, y ver cuán lejos llegan".

 

 

 

 

 

 

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