TIEMPOS DIFÍCILES

Un registro del horror dictatorial tramita la experiencia del trabajo de quienes abordaron el padecimiento de las víctimas

 

Testigo no es sólo aquél que presencia un acto y lo relata. También está quien da cuenta, quien descifra, quien transmite a semejantes en base a una fuente plausible. Y “dar testimonio en tiempos difíciles” –enseña Rodolfo Walsh– constituye un compromiso ético con la Memoria, la Verdad y la Justicia en todo tiempo y lugar. Más cuando las aberraciones siguen produciéndose en la impunidad que las torna imprescriptibles. Las herramientas son múltiples y siempre aptas con lo que cada quien encuentre a mano, incluyendo lo artístico. Tratándose de la escritura, el primer paso es la busca de la “palabra justa”, en la senda de Paco Urondo.

En el umbral de ese extenso recorrido —y a prudente distancia literaria de emprenderlo— se encuentra Marcelo Marmer (Buenos Aires, 1956), al animarse en el terreno de la ficción histórica con una sucesión de relatos en la que recupera militancia, experiencia personal  e incumbencia profesional como psiquiatra y psicoanalista en un organismo de Derechos Humanos. Al modo de homenaje, su narrador se inviste en el traje de un abogado que va contando el paulatino contacto con las víctimas directas del terrorismo de Estado, sus familiares, afectos, compañeres; las estremecedoras situaciones, los recuerdos, los actos de justicia, también las impunidades. En este registro, Encierros Involuntarios adopta el formato del cuento y se desenvuelve en forma permanente dentro de dos planos: el testimonio de la ignominia propiamente dicha; luego el impacto sutil, profundo, definitivo que desata en quien recaba esa información con fines jurídicos, terapéuticos, de reivindicación y memoria. Aspecto por cierto poco abordado por las múltiples crónicas de época, en comprensible razón de priorizar el padecimiento de las víctimas. Sin embargo, una pequeña aunque brava multitud de abogades, médiques, psicóloges, asistentes sociales, antropólogues y voluntaries variopintos trabajaron y siguen colaborando en los efectos que la última dictadura cívico-eclesiástico-militar marcó en carne y espíritu.

 

El autor Marcelo Marmer.

 

Si bien los relatos de Marmer se centran en los damnificados directos, los restos tóxicos remanentes en quienes acompañan profesional y/o solidariamente van quedando a la luz en forma tangencial, de prudente abstinencia. Tramitados a través de una escritura incipiente, resultan de “anotaciones, recuerdos y percepciones personales de las conversaciones”, en pos “de la reconstrucción de un tramo singular de la vida (…), de sus voluntades y pasiones, hasta el último rastro del que se tiene conocimiento”. Trabajador de la palabra en sus distintas expresiones, al fin y al cabo, el autor incorpora sus anhelos en boca de un personaje que, en un instante de alivio, revierte el diálogo con el letrado que hace de voz narrativa: “Pintaba piezas de madera de juguetes didácticos. Comencé mi carrera de dibujante, mi verdadera vocación. Usted me había dicho que le pasa algo similar, que le gustaría ser escritor. Disculpe mi curiosidad, ¿cómo anda con esa vocación postergada?”

Deja entonces de ser postergada a partir del desarrollo de los relatos que se corresponden con el lenguaje formal propio del taller de escritura: diálogo, descripción, género epistolar, modismos regionales, hablas de clase, poetizaciones, recursos que hacen a la próxima construcción de un estilo, ineludibles en la formación del escritor. Herramientas necesarias pero nunca suficientes al momento de transmitir el horror reiterado una y mil veces en cuerpos y ánimas, directa o indirectamente que, no obstante, cada vez adquieren su propia singularidad: “Nunca dejó de preguntarse si había hecho lo suficiente para convencer a Lalo de que no regresara a Buenos Aires. Yo había escuchado esta reflexión cargada de culpa de otros testimonios de familiares. Le dije lo que pienso en estos casos: que eso no estaba en sus manos, y que los culpables de lo que pasó son los que se creyeron dueños de la vida y hacedores de la muerte. El clima en el país era confuso en esos años y en cierto grado era imprevisible el riesgo que podía significar volver o permanecer en el exilio”.

Encierros Involuntarios alberga múltiples ribetes, entre los cuales insiste la premisa de que “el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”, frase de Albert Camus en La Peste que Marcelo Marmer instala como epígrafe de uno de los capítulos más conmovedores. Sin golpes bajos, con rigor descriptivo, retorna a una tragedia que nunca se ha ido. Por más que lo intenten.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Encierros Involuntarios

 

 

 

 

Marcelo Marmer

Buenos Aires, 2019

216 págs.

 

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1 comentario
  1. Lujan dice

    Así es. Una tragedia que nunca se ha ido. Solo la Memoria y la acción de transmitir a nuevas generaciones de lo ocurrido, para entender la conducta de quienes hoy todavía, desde cúpulas del poder, promulgan la indecente teoría de «los dos demonios».

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