Una investigación de The New York Times revela que el ejército de Israel ha arrasado 48 de los aproximadamente 60 pueblos y ciudades que ocupa en el sur de Líbano, habiéndose intensificado esta demolición tras declararse el alto el fuego. Esta destrucción sistemática se concentra en localidades de mayoría chií y ha dejado la región prácticamente inhabitable, consolidando el temor a una ocupación prolongada. Las fotografías aéreas, que permiten comparar las imágenes de los pueblos antes de su destrucción y las imágenes actuales, que muestran los pueblos reducidos a escombros, son espeluznantes y se asemejan a las conocidas y trágicas imágenes de Gaza. Es difícil encontrar palabras para describir tanta crueldad, tanta desaprensión frente al dolor que se ocasiona a pobladores cuyo único delito consiste en residir en zonas declaradas de seguridad por Israel.
Israel Katz, ministro de Defensa de Israel, ha declarado que el enfoque de su país hacia el sur del Líbano se basa en las tácticas utilizadas en Gaza, donde el ejército israelí redujo barrios enteros a escombros. “Todas las casas en las aldeas cercanas a la frontera libanesa serán destruidas, de acuerdo con el modelo utilizado en Rafah y Beit Hanoun en Gaza, con el fin de eliminar permanentemente las amenazas cerca de la frontera para los residentes del norte”, dijo en marzo. La magnitud de los daños ha alimentado el temor entre la población libanesa a que Israel pretenda impedir de forma permanente el regreso de los habitantes y así transforme la composición demográfica de la zona fronteriza. Mientras el gobierno israelí sostiene que las operaciones tienen como objetivo eliminar la infraestructura militar de Hezbolá y proteger a las comunidades del norte de Israel, expertos jurídicos y organizaciones de derechos humanos denuncian que la demolición sistemática de viviendas y otras infraestructuras civiles es un crimen de guerra.
Una destrucción que continúa después del alto el fuego
La investigación de The New York Times documenta cómo numerosas localidades que habían sufrido daños limitados durante los combates quedaron prácticamente destruidas en los meses posteriores. El caso de Beit Yahoun ilustra esta evolución. Durante las seis semanas de guerra abierta, los enfrentamientos entre el ejército israelí y los combatientes de Hezbolá habían dañado carreteras y edificios. Sin embargo, después del alto el fuego de abril, las fuerzas israelíes arrasaron prácticamente todo el núcleo urbano.
La destrucción se extiende a lo largo de kilómetros de territorio y ha convertido amplias zonas en lugares inhabitables. En Beit Yahoun, el alcalde, Mustapha Maki, regresó en agosto por primera vez desde que tuvo que abandonar la localidad. Acompañado por soldados libaneses, encontró un paisaje irreconocible: la mezquita había desaparecido, los depósitos de agua estaban destruidos y el cementerio se había convertido en un amasijo de lápidas rotas y restos vegetales. Ni siquiera pudo localizar las tumbas de algunos familiares.
El artículo señala que, desde el alto el fuego, se han llevado a cabo cientos de demoliciones controladas en aldeas bajo control israelí. Videos y fotografías verificados por el periódico parecen mostrar el uso de drones para colocar explosivos en edificios, entre ellos una escuela pública en Mansouri. Las imágenes satelitales reflejan la transformación de una región caracterizada por sus olivares, plantaciones de tabaco y pueblos históricos en extensiones de escombros.
Según los expertos citados en la investigación, la escala de la destrucción supera la provocada por anteriores guerras, invasiones extranjeras e incluso los 15 años de guerra civil libanesa. El daño no se limita a edificios residenciales: afecta también a carreteras, redes de agua, instalaciones comunitarias y otras infraestructuras esenciales para la recuperación de la vida cotidiana.
Incendios y devastación de las tierras agrícolas
A eso se suman los incendios forestales, que han afectado gravemente al territorio ocupado y amenazan una de las principales fuentes de subsistencia de sus habitantes: la agricultura.
Según el análisis del periódico, basado en datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, entre principios de abril y principios de septiembre se registraron más de 200 incendios en la zona. La cifra contrasta con los datos de años anteriores: durante los mismos meses de 2023 sólo se produjeron tres incendios de magnitud comparable, mientras que en 2021 y 2022 no se registraron incendios de ese tipo en el área estudiada.
Desde el alto el fuego, los incendios han arrasado aproximadamente 16.500 acres, incluidas tierras agrícolas. Una parte importante de los terrenos afectados estaba dedicada al cultivo de cereales y olivos. Estos últimos tienen especial importancia económica y cultural, puesto que algunos árboles necesitan décadas para alcanzar su madurez productiva.
Los agricultores desplazados no sólo han perdido sus viviendas, sino también los recursos que les permitían mantener a sus familias. Hassan Atta, vecino de Yaroun, explicó que poseía alrededor de 1.000 olivos plantados 50 años atrás. Durante el verano intentó comprobar su estado mediante imágenes disponibles en internet y descubrió que su terreno parecía haber sido arrasado por el fuego. La pérdida supone la destrucción de una fuente de ingresos construida a lo largo de varias generaciones.
Además de los incendios, excavadoras han destruido huertos y olivares. El análisis de imágenes satelitales identificó la eliminación de miles de árboles en los distritos de Bint Jbeil y Marjayoun. A finales de agosto, más de 900 olivos habían sido destruidos en un olivar al sur de Meiss al-Jabal.
Bomberos libaneses y responsables locales sostienen que algunos incendios podrían haber sido provocados mediante drones que lanzaban pequeños explosivos. La investigación también recoge pruebas visuales y valoraciones de expertos sobre el posible uso de materiales incendiarios, incluido fósforo blanco. Israel negó ser responsable de los incendios y afirmó que sus tropas habían contribuido a extinguirlos.
La imposibilidad de acceder a las zonas ocupadas agrava el problema. Los equipos de bomberos libaneses no pueden intervenir libremente en ellas y la ausencia de agricultores que rieguen y mantengan sus terrenos favorece la sequedad de la vegetación. Incluso si los habitantes pudieran regresar, la degradación de los cultivos dificultaría la recuperación económica.
Una transformación de la composición demográfica
Uno de los aspectos más relevantes de la investigación es la distribución desigual de la destrucción entre las distintas comunidades religiosas del sur del Líbano. Históricamente, la región ha estado habitada por musulmanes chiíes y suníes, cristianos y drusos. Sin embargo, las aldeas prácticamente destruidas son, en gran medida, de población chií, la comunidad de la que Hezbolá obtiene gran parte de su apoyo.
Por el contrario, muchas de las localidades que han sufrido menos daños están habitadas principalmente por cristianos, drusos o musulmanes suníes. El artículo compara los casos de Beit Lif y Debl, separados por apenas dos millas: la primera, de mayoría chií, ha quedado prácticamente arrasada, mientras que la segunda, de mayoría cristiana, permanece en gran parte intacta.
La investigación señala que muchos habitantes chiíes huyeron durante los combates tras las advertencias de evacuación israelíes y no han podido regresar debido a la creación de una denominada zona de seguridad. Además, recoge declaraciones de responsables israelíes que condicionaban el regreso de los desplazados chiíes a garantías de seguridad para las comunidades del norte de Israel. Algunos funcionarios también habrían comunicado a comunidades cristianas y drusas que podrían permanecer en sus localidades si expulsaban a los musulmanes chiíes que buscaban refugio allí.
Este patrón de daños y restricciones está alterando la composición demográfica de la región y ha dejado amplias zonas prácticamente desprovistas de población chií. La investigación no presenta una resolución judicial que determine la intención última de estas actuaciones, pero documenta las circunstancias que alimentan el temor a un desplazamiento permanente.
Las comunidades que han podido permanecer en sus hogares tampoco viven con normalidad. En Ain Ebel, una localidad predominantemente cristiana, los residentes denuncian aislamiento, dificultades de movimiento y dependencia de convoyes humanitarios para obtener alimentos y agua. Para desplazarse fuera de la zona ocupada, deben conseguir autorización y atravesar puestos de control israelíes. La falta de libertad de movimiento y de oportunidades laborales podría obligarles también a abandonar sus hogares.
Infraestructura militar y temor a una ocupación prolongada
Otro elemento que refuerza la preocupación por el futuro del sur del Líbano es la construcción de nuevas instalaciones militares israelíes. Según el análisis de fotografías satelitales realizado por The New York Times, desde el alto el fuego se ha terminado o comenzado a construir al menos tres nuevos puestos de avanzada, además de los cinco que Israel ya controlaba al comienzo de la guerra. Las imágenes muestran también carreteras y puentes que conectan estas posiciones con la frontera israelí, así como vehículos militares estacionados junto a edificios que podrían utilizarse como bases temporales. La misión de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas afirma que el ejército israelí dispone ahora de más de dos docenas de puestos avanzados en la zona de amortiguación.
Israel describe estas obras como preparativos defensivos destinados a garantizar la seguridad de sus tropas y de las comunidades fronterizas. No obstante, la expansión de la infraestructura militar, combinada con la demolición de pueblos y la imposibilidad de regresar de los desplazados, alimenta la percepción de que la ocupación podría prolongarse. Para muchos habitantes, la perspectiva de recuperar sus hogares resulta cada vez más incierta. Amira Chkeir, desplazada de Meiss al-Jabal, explicó que, aunque quisiera volver, ya no queda un lugar habitable al que regresar. Cuando contempló desde una colina el paisaje de su localidad, encontró una extensión árida que apenas reconocía.
La intención israelí
La investigación describe una crisis que va mucho más allá de los daños inmediatos de la guerra. La destrucción de aldeas, viviendas, infraestructuras y tierras agrícolas dificulta la reconstrucción y amenaza con convertir el desplazamiento temporal en una expulsión duradera. El impacto es especialmente grave para la población chií, cuyas localidades concentran la mayor parte de la devastación documentada. Mientras Israel presenta sus operaciones como una medida necesaria para neutralizar a Hezbolá y proteger su frontera norte, el derecho internacional no admite que la destrucción generalizada de propiedades civiles pueda justificarse por necesidades militares futuras. La expansión de los puestos de avanzada israelíes refuerza, además, el temor a una ocupación prolongada. En opinión de The New York Times, la combinación de destrucción física, devastación agrícola, restricciones de movimiento y ausencia de garantías para el retorno está transformando profundamente el sur del Líbano. Para los cientos de miles de desplazados, la cuestión ya no es únicamente cuándo podrán regresar, sino si encontrarán todavía viviendas, tierras y comunidades en las que reconstruir sus vidas.
Las motivaciones reales de Israel, aparte del elástico concepto de la seguridad nacional, se vinculan estrechamente a la denominada “Doctrina Dahiya”: una estrategia militar israelí de disuasión basada en la destrucción generalizada de infraestructuras civiles. Dahiya es un barrio del sur de Beirut donde en el año 2006 cientos de hombres, mujeres y niños perdieron la vida en la ofensiva israelí contra el Líbano. La ofensiva fue una decisión adoptada por el jefe del Mando del Norte de las Fuerzas de Defensa de Israel, el general Gadi Eisenkot. “Lo que ocurrió en el barrio de Dahiya, en Beirut, en 2006, ocurrirá en todos los pueblos desde los que se dispare contra Israel”, explicó Eisenkot a un periodista en 2008. “Ejerceremos una fuerza desproporcionada sobre ese pueblo y causaremos allí grandes daños y destrucción”. El uso de fuerza desproporcionada contra objetivos civiles es, incuestionablemente, un crimen de guerra. Sólo resta señalar que Gadi Eisenkot es actualmente el líder de la coalición política que se opone a Netanyahu y posible candidato a sustituirle si arma una coalición de apoyo en las inminentes elecciones parlamentarias que se celebrarán el próximo martes 27 de octubre en Israel. Los candidatos que supuestamente representan el "cambio", como Gadi Eisenkot, han visitado recientemente Cisjordania para manifestar su oposición a un Estado palestino y criticar al Reino Unido por anunciar la prohibición del comercio con los asentamientos.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí