TODO EL HIELO EN LA CIUDAD

Sabemos poco y nada sobre el hombre que murió congelado, pero estamos aprendiendo mucho sobre otra gente

 

«Hacía un frío tan amargo». Así empieza el cuento en mi edición de Penguin Popular Classics. Es uno de los más cortos de Hans Christian Andersen, pero puede que también sea el más terrible. Su título original es La nenita con los fósforos, aunque en nuestro idioma se lo conoce de otros mil modos. (Incluido La pequeña cerillera.) Publicado en 1845, cuenta en cuatro páginas la historia de una niña pobre en las vísperas de Año Nuevo. Como no ha conseguido vender ningún fósforo, y no quiere recibir la tunda que le dará su padre si vuelve sin dinero, decide quedarse en la calle nevada. «Su cabeza estaba descubierta y sus pies descalzos», la describe Andersen. «Los copos de nieve caían sobre su largo cabello dorado, que se enrulaba de modo encantador a la altura del cuello». A través de las ventanas se ven los preparativos de la fiesta inminente y por las rendijas se cuela el aroma a ganso asado. Entonces la niña se echa —o se deja caer, presumimos— en la esquina que forman dos casas. Y empieza a prender un fósforo tras otro.

Esa llamita crea una burbuja de luz que alberga una visión. Primero imagina una estufa de hierro, que todo lo entibia. Al calor de otro fósforo ve una mesa puesta para una cena magnífica y un ganso que, a pesar de estar asado y tener clavados un tenedor y un cuchillo, salta de la mesa para ir a sus brazos. El tercer fósforo le revela un árbol de Navidad, adornado por mil velas y figuritas de colores. Al frotar el cuarto contra la pared, descubre a su abuela. («La única que había sido buena con ella, pero ahora estaba muerta».) Para seguir viéndola, enciende fósforos hasta que percibe que su abuela la alza en brazos y ya no siente «más frío, más hambre, más miedo».

 

 

En el último párrafo, Andersen dice que al día siguiente la gente la encontró allí, congelada por el invierno danés y rodeada por fosforitos ennegrecidos. Y da cuenta de la forma en que los vecinos racionalizan el drama: «Ella había querido calentarse, se dijeron». El narrador cierra el cuento apuntando que esa explicación se quedó corta. Le faltó —dice— reconocer la belleza de las visiones póstumas y el fulgor que envolvió a la niña mientras se iba «con su abuela, hacia la felicidad del Año Nuevo».

De lo que la explicación calla, lo más desgarrador es lo que Andersen no se atreve a verbalizar. El cuento describe, en esencia, el suicidio de una criatura. Que sobrellevó el dolor que marcó desde el comienzo su existencia —la madre que es pura ausencia, la muerte de la abuela, el abuso de su padre— hasta que no pudo más y se abandonó a la nada. La circunstancia la empuja. Alrededor suyo, todo es anticipación y algarabía. («Sí —subraya el narrador en referencia a la víspera del Año Nuevo—, ella pensó en eso».) Pero, paradójicamente, el ánimo festivo no vuelve más generosa a la gente. (Más allá del hecho de que no vendió un solo fósforo, Andersen enfatiza: «Ni siquiera le habían dado un chelín».) La indiferencia del mundo se le vuelve intolerable y por eso se refugia en sus ensoñaciones de felicidad, mientras se entrega a un sueño que sabe —ansía— eterno.

 

Hans-Christian Andersen, un escritor populista.

 

Tanto Andersen como su colega y coetáneo Dickens eran hijos de la Revolución Industrial, que mecanizó el trabajo al mismo tiempo que la población se multiplicaba y los empleos se volvían precarios y peor pagos que nunca. El padre de Dickens cayó preso por deudas y Charles se vio forzado a trabajar desde pequeño. Andersen también creció en la pobreza, se conchabó como aprendiz en una hilandería y después en una sastrería; a los 14 se trasladó a Copenhague para buscar empleo como actor. El contraste entre los privilegios de unos pocos y las condiciones inhumanas en las que tantos vivían —y que Dickens y Andersen conocían en carne propia—los marcó de modo indeleble, extremando su sensibilidad. Por eso se los considera narradores populistas: porque más allá de la imaginación prodigiosa y de su magistral uso del lenguaje, lo que pone en marcha sus historias es la indignación ante la injusticia. Ante la cual instan siempre a rebelarse, aunque no siempre las cosas salgan bien. ¿Por qué resignarnos a asumir que una situación desventajosa —en la cual se nace, o también se cae— debe ser una condena de por vida?

La Argentina de hoy no es la Dinamarca de Andersen ni mucho menos la de Hamlet. Y sin embargo, hay algo hoy y aquí que también está podrido hasta la médula.

 

 

El único culpable es el muerto

Sergio Zacarías (o Zacariaz) murió hace pocas madrugadas a metros de la Rosada, en el mayor de los silencios; pero el escándalo al que dio pie es ensordecedor. Desde entonces es poco o nada lo que conseguimos saber sobre este hombre de 52 ó 53 años que dormía en la calle y sucumbió al frío del invierno. Sin embargo, lo que su muerte está enseñando respecto de aquellos que lo sobrevivimos es incalculable.

 

 

Juan Carr, el hasta hoy incuestionado representante de la organización Red Solidaria, dijo que la víctima no era la primera, sino más bien la quinta en lo que va de este año: alguien se congeló antes en Jujuy, otro más en Santa Fe y dos murieron en la provincia de Buenos Aires — uno en San Nicolás y otro en Mar del Plata. (Y esto sería aquello de lo que estamos en condiciones de dar cuenta. ¿Cuántos pueden haber muerto fuera o lejos de las ciudades, cuántos cuerpos fueron escondidos o contrabandeados como NN para no engrosar las estadísticas?) El hecho de opinar que se trató de muertes evitables y de recomendar que se alerte a las autoridades cuando la temperatura baje de cinco grados y se detecte a algún náufragx en las calles, le valió a Carr una lapidación mediática. La profusión de mensajes agresivos huele al ejército de trolls comandado por Marcos Peña Braun, pero no dudo de que además hubo algunos que provinieron de ciudadanxs que cabalgaron la ola no por dinero sino por convicción.

El argumento más repetido es que Carr trabajaría para «la chorra». Eso sí, nadie niega la muerte de Zacarías. Si hubiese que desbrozar la lógica de la imputación, quedaría reducida a lo siguiente: Carr habla del congelado para utilizarlo políticamente en contra del gobierno. Porque de no ser así callaría y no perturbaría la normalidad, según la cual la gente que no tiene casa no le importa a nadie — ni viva ni muerta. La intervención de Carr irritaría a muchxs ciudadanxs en la medida en que les dificulta seguir ignorando a nuestros homeless, como hacen a diario de modo militante.

 

 

Los responsables políticos de lo que ocurre en las calles abrieron la boca sólo para aumentar su ignominia. El vicejefe del gobierno porteño, Diego Santilli, lo hizo con sutileza pero se enchastró igual. Dijo que la muerte de Zacarías le producía dolor, pero la colocó en el estante de lo inevitable. «Mucha gente prefiere dormir en la calle que en un parador», acotó, sin abundar sobre las razones que explicarían esa preferencia — por ejemplo, el desastroso estado de los paradores (que a menudo carecen de luz, agua, calefacción, obligan a la gente a desprenderse de sus magras pertenencias para entrar y a separarse del sexo opuesto, aunque se trata de cónyugue o hijx) y la falta de supervisión sobre lo que ocurre dentro de esos lugares. Después admitió que el número de la gente que vive en las calles está aumentando, pero —otra vez— diluyó la responsabilidad en el mar sin bordes de la sociedad contemporánea. «Hay personas psiquiátricas, adictos, un montón de variables que explican el crecimiento» de la población homeless, dijo Santilli, pecando por omisión. Los psiquiátricos y los adictos suelen andar solos, mientras que el fenómeno más ostensible de estos años pasa por las familias que viven en la calle, una situación que sólo se define del modo que Santilli elige callar — la emergencia creada por el gobierno al que pertenece.

Uno de sus subordinados, el director de Atención Inmediata de la CABA, Mariano Goyenechea, replicó la excusa de Santilli pero sin la diplomacia de su vicejefe. Según Goyenechea, Zacarías murió porque «nunca aceptó nuestra ayuda». Está claro que al más efectivo y mejor intencionado de los funcionarios se le puede morir alguien en la calle cuando hace un frío inhumano; pero si en verdad es el más efectivo y mejor intencionado, cerraría el pico y se cuidaría de echarle al muerto la culpa de su muerte. En este sentido, Goyenechea se consagró como un perfecto ejemplar de la administración Cambiemos, caracterizada por su negativa a asumir responsabilidad alguna respecto de lo que ocurre durante su mandato. Este es el gobierno del «pasaron cosas», una excusa tan imprecisa y adolescente que en boca de un alumno de secundario le ganaría un bochazo ipso facto. Sin embargo, al aplicarla al muerto por hipotermia, Goyenechea nos ayudó a sumar el nombre de Zacarías a una lista infame. De no excusarse como lo hizo, habríamos terminado por pensar en el pobre congelado como una víctima más del infortunio. Pero al responsabilizarlo por su propia muerte, Goyenechea lo agregó a la lista de aquellos que —como Santiago Maldonado, el Rafa Nahuel y lxs pibxs de Monte— el gobierno mató porque estaban donde no debían. Lo cual, a su peculiar juicio, lo eximiría de toda responsabilidad.

Sin embargo la responsabilidad existe, y es criminal. Si algo identifica a este gobierno es la forma en que se desentiende de su mandato respecto de la mayoría de los argentinos, a los que deja librados a su suerte — a los que abandona.

Pero el pueblo lo percibe y cada vez con mayor claridad. Por eso me encantó la forma en que alguien describió en las redes la temperatura de estos días. Para pintar un clima cruel, a @CaletrioCarina no se le ocurrió nada más elocuente que decir que era así:

Más frío que Macri.

 

 

 

Hay tiempo para salvar a Troya

La desmesura de ciertos apologistas del gobierno —que llegaron a decir que muchos homeless eran plantados por los K, inventando una oposición aún más ‘extremista’ que La Cámpora: el Kirchnerismo Kamikaze— es tan indignante que empuja a perder el equilibrio; un embrutecimiento que debemos evitar a toda costa, porque responder a ciertos disparates hace perder de vista las cuestiones centrales. Necesitamos conservar la lucidez y la energía, razón por la cual adoptamos la actitud que cristaliza la sigla NDB: No Discutimos Boludeces. Esto lo tiene claro hasta un entretenimiento tan insospechado de kirchnerismo como la última peli del Hombre Araña, Spiderman, Far From Home: no hay que engancharse con los espejismos que el sistema crea para desgastarnos. La pelea es con los que crean esas ilusiones para que no percibamos, y en consecuencia no frustremos, lo que están haciendo por detrás.

Lo que hacemos, o deberíamos hacer, es presentar una resistencia democrática, y por lo tanto pacífica, ante un grupo que, más que desempeñarse como gobierno —para lo cual fue elegido— está perpetrando un asalto.

La primera fase de su atraco fue el asalto a las instituciones. El macrismo empleó los comicios del mismo modo en que los aqueos usaron el Caballo de Troya: fingieron rendirse ante la democracia que venían sitiando desde el ’83 y contrabandearon en el vientre de su partido político a un grupo comando que empezó a arrasarla desde adentro. Desde fines de 2015 somos víctimas de una administración que llegó al poder mintiendo que se prestaba al juego democrático y que, una vez instalada en la Casa Rosada, no hizo otra cosa que vulnerar las leyes esenciales del sistema. La lista de infracciones sería infinita y va desde lo más alto del entramado del poder —el intento de meter a dos cortesanos por la ventana, las ‘licitaciones’ que benefician a amigos y entenados, la creación de falsas causas judiciales, la dudosa legalidad del procedimiento con que nos endeudaron con el FMI— hasta el nivel rastrero de la vereda de las calles (la policía de CABA criminaliza a vendedorxs ambulantes y decomisa sus tristes mercaderías, aunque no estén incurriendo en contravención alguna), pero voy a confiar en la elocuencia de un único ejemplo.

En estas horas, Horacio Verbitsky está difundiendo parte del testimonio del empresario Fabián de Sousa ante el fiscal Marijuan, según el cual Macri participó de tres reuniones —dos con De Sousa, una con Cristóbal López— en las que presionó personalmente para cambiar la línea editorial de los medios de ambos empresarios, con el objeto expreso de encarcelar a Cristina Fernández de Kirchner. (Tanto De Sousa como López, por si no lo recuerdan, están presos.) ¿Un Presidente democrático, empleando el peso de su cargo para condicionar a un medio de comunicación? Aquí la lógica es elemental: cuando un corazón ya no late el médico certifica la muerte de su paciente, y cuando no hay libertad de prensa no existe democracia — es así de simple.

 

Fabián de Sousa declaró ante el fiscal Marijuán que Macri presionó en persona para que C5N ayudase a encarcelar a Cristina.

 

La segunda fase del atraco es la literal. Los que creemos en la precisión del lenguaje sufrimos cuando nos vemos forzados a hablar de gobierno, porque esta gente no gobierna en términos objetivos: simplemente se está llevando todo. Por una parte devastan los recursos del Estado —los fondos públicos— y por la otra se quedan con todos los negocios y sientan sus reales sobre nuestros recursos naturales. Aquello que no forma parte directa de su actividad de rapiña o de las condiciones que necesitan para perpetuarla es hecho a un costado, o ignorado de plano. Y por eso mismo, desde fines de 2015 hasta el presente el Estado argentino viene incumpliendo con alguna o muchas de las responsabilidades que le caben sobre 40 millones de argentinos. No hay mejor forma de interpretar las últimas movidas del oficialismo —el acuerdo con la UE, la búsqueda de otro acuerdo con USA— que como medidas desesperadas de quien, sabiendo que perderá la guerra, esconde minas en el territorio que deberá abandonar para hacer el mayor daño posible a la potencia victoriosa.

Mientras tanto dicen que están haciendo lo que hacen por nuestro bien. Lo cual desnuda uno de los rasgos más notorios de su perversión. Hans Christian Andersen cuenta que la infancia fue uno de los tramos más amargos —otra vez esa palabrita— de su vida. Durante un tiempo vivió en casa del director de su escuela, que abusaba físicamente de él y además decía que lo hacía «para mejorar su carácter». Si algo prueba que un abusador es irredimible es el hecho de que no se contente con saciar sus instintos más bajos: además necesita culpar de los crímenes a sus víctimas.

 

 

 

Me encantaría participar de la calma filosófica de un Stephen King, que al evaluar un proceso con puntos de contacto con el nuestro —el presente de los Estados Unidos— concluye que «Trump es una piedra renal en cuerpo de la política: ya pasará». Nosotros no podemos esperar que la naturaleza siga su curso. Tenemos que apurar el tratamiento, porque el mal que nos aqueja es invasivo, veloz e implacable y se mide en muertes y en millones de vidas malogradas. Por eso en agosto y en octubre debemos obtener una diferencia abrumadora en materia de votos, pero además hay algo que urge hacer ya mismo, hoy, ahora; y eso es hacer sentir en las calles del país la contundencia física de nuestro compromiso con la democracia de verdad.

Por fortuna, esto ya está pasando. Algo que el gobierno no previó, porque no cuenta con herramientas para asimilar un movimiento semejante. En su ideología escrita con palotes (que podría sintetizarse reescribiendo a Dumas: Todos para uno, y uno para uno), consta que cada ciudadano juega la personal, amarroca lo que puede y le enseña los dientes al de al lado. (No deja de ser paradójico que Macri y su banda vendan meritocracia, cuando no los asiste más mérito que la fortuna de haber nacido en cuna de oro; pero esto es tema para otra ocasión. De momento, basta con tener claro que cierta gente funda su relevancia en los términos de la canción de Chico Novarro: Muchos humanos son importantes / silla mediante / y látigo en mano.)

Lo que no pudieron ver, porque se trata de un impulso que les resulta extranjero, es que la gente no iba a actuar como ellos. Y que en lugar de replegarse a su zona segura, haciendo la propia, el pueblo ocuparía los espacios que dejaron vacíos en el marco de su ejercicio criminal —por abandónico— del poder del Estado. En ese contexto hay que entender la creación de medios que proporcionan la información que el gobierno escamotea; la procura de estadísticas que el gobierno oculta (fue una iniciativa popular la que reveló que en CABA no viven 1146 personas en la calle, como pretenden Larreta y Santilli, sino al menos 7251); y la puesta en marcha de medidas para paliar la emergencia social, como se desplegaron tanto en River como en templos religiosos y universidades. Particularmente en estos días, asistimos al espectáculo de un despliegue de autodeterminación por parte del pueblo, que está saliendo a las calles y organizándose para demostrar que no todo es hielo en la ciudad.

 

 

Y en las calles no se mueven sólo aquellos que ya las fatigaban como laburantxs, desocupadxs o colectivos agredidos por la acción u omisión de este combo que es gobierno nada más que en los papeles; me refiero a la gente que viene protestando desde hace rato, en defensa de su supervivencia y la de los suyos. El formidable despliegue de solidaridad de estas horas —que, no dudo, es apenas el inicio de una nueva organicidad política, energía vital que ocupa los espacios que el poder formal deja vacíos— puso a trabajar juntos a los que están jodidos pero también a aquellos que nos las rebuscamos y todavía no fuimos heridos debajo de la línea de flotación; aquellos que, aunque podríamos concentrarnos en nuestros asuntos y pasarla pipa, gozamos embarrándonos en la medida en que nos manchemos ayudando a otrxs a salir de su pozo. Porque, por un lado, entendemos como el Chiquito Favio que no se puede ser feliz de verdad en soledad. Y porque además, si algo nos demostró la tragedia de los Zacarías es que está en juego mucho más que una elección.

Lo que se fructifique o se mutile durante estos meses será, lisa y llanamente, nuestra humanidad.

 

 

 

 

 

 

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23 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Brillante, como de costumbre.
    Si me permitís, como desagravio a Juan Carr, transcribo a continuación lo que esbocé en 2001 y publicó un diario local y otros medios. Pero, no todo permanece en internet, por tanto (salvo por el recorte amarillento que aún conservo), podría resultar inédito, aunque lleve una P.D.: Este artículo no pretende ser la apología del delirio. Fue escrito un 4/9/01.

    “Es una ilusión más grande que Utopía, porque después del estallido vuelven los saqueadores, y los explotadores y los negreros.”( Morris West )
    EL ESTALLIDO
    La historia era absolutamente clara al respecto. Sólo la revolución podría cambiar el curso de la historia, al menos por un breve período de tiempo, 20 o 30 años, hasta que los revolucionarios vuelvan a pactar con el poder que intentaron derribar.
    Iba a accionar el botón, estaba totalmente dispuesto, pero interiormente buscaba una señal que lo impidiera.
    Escuché al escritor Antonio Dal Masetto que sufrió la crueldad de la segunda guerra mundial.
    Decía que en el momento en el que explota algo, en que se desencadena el hecho fundamental, no aparece algo delictivo espectacular o impresionante, como tráfico de drogas o de niños. El estallido se da por cosas mínimas: la gente puede matarse por un partido de truco.
    Ni siquiera hay grandeza en lo criminal. Me interesaba especialmente encarar ese costado: cómo las personas pueden acumular odios y rencores por motivos miserables e incluso desatar el crimen.
    También existe una violencia de participación silenciosa que aparece en el callar, en la aceptación, en la complicidad, en la no denuncia, en la sensación de que puedo saber qué es lo que pasa y tolerarlo “mientras no me toque a mí”.
    Había también otro de esos modos de violencia latente: la humillación.
    La vieja maldición china decía: que vivas en un tiempo interesante.
    ¿Pueden los seres humanos seguir comprendiendo la marcha del mundo moderno que ellos mismos han desencadenado?, se preguntó Peter Sloterdijk.
    La política concebida como la repetición de los hombres por obra de los hombres. Esos hombres actuales, insularizados, aislados, dotados de una sociable insociabilidad.
    Sloterdijk continuaba: …“las grandes salidas y fugas de la humanidad hacia el tiempo histórico y el espacio geográfico han conducido a agobiantes penurias de uno y otro, y a la certeza de que si hoy aún puede estar abierto algo no será, desde luego, ni el horizonte geográfico ni el futuro histórico, sino únicamente los campos de fuerza de la vida en presente”.
    “Casi todos los políticos son impopulares, no porque sean distintos del pueblo, sino porque son idénticos a él. Rara vez está el pueblo tan abececado como para encontrarse popular a sí mismo. Cuando se siente desconcertado, elige con instinto infalible a los que indefectiblemente han de sumirlo más profundamente en ese estado”.
    ¿No se utilizará la biotecnología para orientar la selección y cría de los hombres, completando su amansamiento?.
    Encendí el televisor y los vi mintiendo una y otra vez, pulcros, siempre los mismos, siempre. Escondiendo la verdad en el engaño. Vi el desfile de los desterrados, desnutridos, huérfanos de toda justicia, de la humana y también de la divina. El periodista denunciaba el saqueo de los fondos públicos y al mismo tiempo mostraba los ancianos maltratados en asilos, los niños drogados y la sucesión de vidas mutiladas, en el sentido más amplio del término. Las cámaras ocultas y el periodismo comprometido mostraban los escándalos, denunciaban a los responsables y los medios del poder y sus sicarios ocultaban y escondían las evidencias, mientras vivían una vida llena de lujos por sus servicios. La justicia estaba más ciega que nunca, ya no portaba la balanza, en una de sus manos sostenía un habano y en la otra un vaso de whisky. El Poder Legislativo no podría resistir una investigación seria sobre sobornos en el tratamiento de las leyes y no solo en el ámbito nacional sino que se repetía en cada una de las partes de este país archipiélago.
    Apagué el televisor y sobre la mesa a media página de diario me llamó la atención una oración escrita por un rabino, un sacerdote, un sheij y un pastor: “Buen Dios concédenos: Que podamos renovar nuestra mente y nuestro corazón dando testimonio de tu presencia a través de nuestras oraciones. Que seamos todo lo que exigimos que los demás sean para nosotros. Que cuando me falten fuerzas, pueda encontrar el entusiasmo y la alegría siendo útil a mi familia, a mi comunidad, a mi pueblo y a mi país y así se dignifique nuestra vida. Que tengamos presente que Tú cambias la situación de un pueblo sólo cuando éste se cambia a sí mismo”.
    Seguramente estaban muy lejos del campo de batalla de guerras milenarias y genocidios cotidianos, pensé. Los que hoy mueren en Bosnia, ayer morían en Vietnann, diría Ismael Serrano.
    Busco una FM y Miguel Espinaco le informaba a su audiencia: Se gastan en armamentos mil millones de millones de dólares al año. Y se preguntaba ¿para defenderse de quién? ¿y los costos asociados a la destrucción?.
    Nada me conmovía lo suficiente para hacerme retroceder en mi propósito, ¿por qué no hacerlo?, acaso no se mata desde que el mundo es mundo y sin el más mínimo sentido y hasta en el nombre de Dios. Quienes me sentarían en el banquillo, los que crucificaron a Jesús, los que iniciaron las dos guerras mundiales o los que ordenaron el bombardeo a Nagasaki e Hiroshima. Los que decidieron el Holocausto o los mercenarios tecnócratas que mantienen latente el genocidio desde sus lujosos despachos.
    Elevé el volumen de la radio mientras sonaba la quinta sinfonía y de pronto, a centímetros del botón, me llama la atención el reportaje que interrumpe la melodía, era Juan Carr, director de la Red Solidaria, que decía que la formaron 5 voluntarios en 1995 y que hoy eran más de 2000. Que según sus datos, cada minuto un argentino dona sangre, que cada media hora hay un nuevo donante de órganos, cada 30 segundos Cáritas concreta una ayuda, cada dos semanas se inaugura un comedor comunitario. Cada segundo una persona ayuda a otra.
    El periodista daba cuenta de que hay 105.000 organizaciones comunitarias no gubernamentales, que en ellas trabajan 3.119.000 personas y que el 83% de ellas eran voluntarias.
    Lo importante seguía siendo solidario y gratuito. No tenía derecho de oprimir el botón. Ellos no lo saben, pero les prometí en ese momento, que no sería yo quien provoque el estallido.

  2. Delia dice

    Gracias por tu crónica. , tu mirada de lo que quieren ocultarnos, pero como no se puede tapar con la mano la luz de tanta humanidad desparramada, por dignidad, somos millones los que repudiamos día a día la crueldad y la insensibilidad de estos ceos mafiosos.Falta poco. Es cierto que se juegan ns. vida, no solamente de los que mueren en la calle de frío. Sigamos destapando orejas, abriendo ojos, destapando neuronas adormecidas. Se nos va la vida en este tiempo. Tengo esperanzas , somos millones.

  3. Silvia Zanelli dice

    Enorme nota que desnuda la insensibllidad de un gobierno que no ve porque no siente ni reacciona ante ninguna emergencia. Gracias por tu pluma poética Marcelo!

  4. Patricia Notaristefano dice

    Como siempre, gracias. Gracias por la claridad y el poder de síntesis con que escribís tus notas, sin que se escape un detalle. Y, otra vez, coincidimos: cuando escuché la noticia de la muerte de Sergio Zacarías, lo primero que vino a mi cabeza fue el (terrible) cuento de Andersen. Y, gracias, también por esa comparación genial con el caballo de Troya.

  5. Ricardo José García dice

    Marcelo: aceleraste mi corazón y volviste a incentivar mi militancia. Ni un paso atrás porque la vida nos va en esta lucha

  6. Noemi F. dice

    Tremenda nota! Felicitaciones Marcelo. Sólo la belleza de la pluma mitiga el dolor del contenido.

  7. Cuca Rapoport dice

    Maestro, es difícil comentar un texto perfecto, un texto conmovedor, un texto que se revuelca en las entragnas
    En gente como yo que mido la entrega, en la escritura porque me falta talento, en poner el cuerpo porque la edad biológica me grita “da lo que la salud te permite”.En el taller literario al que asisto estoy aprendiendo a valorar la militancia.Es doloroso abrazar a un compañero/a y ofrecer algo material.
    Leí como vos los cuentos que patentan la miseria de las etapas de la Revolución Industrial, algunos cuentos recuerdan a otros, no sé cuántas veces leí Los fantasmas de la Navidad de Dickens, lo hice en diferentes edades, mi familia debió haber ayudado a mi sensibilidad ante la tristeza, la falta de comida o tantas otras maldades q nos acompañan, por suerte ,mi hija adulta se interesó en esos temas , cuando iba al bagno revoleaba sus patitas y me instaba a q habláramos de los pobres.
    Por suerte fue ella la q me recomendó q te leyera no me importa q seas uno en la multitud, sos privilegiado y
    Ayudas compartiendo tu talento, cuídate.

  8. Pía dice

    Buenísima, como siempre,

  9. Pato Notaristefano dice

    Gracias Marcelo por tu infinita sensibilidad tu escritura definitivamente «perfora el hielo nos remonta al cielo»

  10. Marta dice

    Horacio, como tengo un tiempo en esta vida similar al tuyo, mis lecturas de infancia fueron Dickens, Andersen,, Dumas,
    Anoche me acosté acordandome de La Fosforerita, Apenas supe lo de Zacarías lo asocié. Terrible. Como terrible las maniobras y actitudes de las autoridades vergonzantes que dicen gobernar .
    Por mí profesion y mí tarea conozco los paradores por dentro, y más allá de lo que esté obligado x las circunstancias a decir Juan Carr, te doy un ejemplo: una Navidad ( delas de Macri) estuve acompañando a personas en un albergue, mientras brindabamos, en otro sector, donde dormían otros en innumerable cantidad de camastros, a oscuras, una camilla del same sacaba un muerto por un pasillo.
    Y Santilli dice que no se dejan ayudar!!!! Lloro de bronca e impotencia

  11. Gloria dice

    Lloré con ese extracto de Andersen y lloro todos los días al llegar a caba y ver a los nadies tratar de sobrevivir. Necesito creer que podemos cambiar el rumbo y mantenerlo.

  12. Roberto dice

    Gracias Marcelo por las palabras justas.

  13. Diana Laurencich dice

    Marcelo, terrible el cuento de Andersen, casi obsceno en su dolor.
    Y así como ese cuento, están nuestros suicidas sin querer, qué estupidez más grande ¿Alguien puede rechazar la ayuda cuando es genuina? No creo, son los individuos «por defecto» como les llama Castel. Los que no mueren solo en las calles, sino que agonizan en sus chabolas de chapa, con ventanas de bolsas de plástico. Triste. yo sin gas, pero con estufas eléctricas sobrevivo a este aterrador invierno macrista. pero pienso en los que no, en los que dejan su vida, como dice el gobierno, porque no quieren ser ayudados.
    Gracias un domingo más. Hasta que la primavera vuelva a la Argentina.

  14. Cecilia Murisengo dice

    El tamaño de las expresiones solidarias del ciudadano de a pie frente a la situación de los Zacarías da cuenta del tamaño de lo que el gobierno quiere ocultar o ningunear. En mi ciudad, Pergamino, la capital de la soja, por primera vez se abrió un albergue para que pasen la noche hombres en situación de calle. Es verdad, Marcelo, está en juego mucho más que una elección. Está en juego un modelo de país y la vida de muchos argentinos.

  15. Nati Legui dice

    Excelente!

  16. Jorge dice

    Gracias a quien recuperó el nombre de Zacaríaz en esa «lápida» de cartón que le reconoce una identidad (Andersen le arma una historia, que es también un modo de dotarla de subjetividad). Y esto porque lo que este gobierno ha hecho es volcar al anonimato a la mayoría de los habitantes del país.

  17. Irene dice

    Tus palabras son fosforitos miles que aplacan tanto frío. Gracias

    1. Noemi F. dice

      Tremenda nota! Felicitaciones Marcelo. Sólo la belleza de la pluma mitiga el dolor del contenido.

      1. Margot dice

        Me gustan tus artículos, siempre los leo, también coincido con tus opiniones desde luego con matices…como hoy.
        Es verdad que ya no se puede seguir tolerado esta destruccion pero no creo que alcance con ocupar las calles Como lo venimos haciendo hace mucho, al psicótico no le importa por el contrario redoblar la apuesta como hemos visto hoy desde Tucumán. Es necesario que se cambie el ladrido por la mordedura de otra forma muchos mas seremos Zacarías o NN7

  18. María Teresa dice

    Es tan contundente. Y por supuesto escribís muy bien. Yo paso a mostrar una por una las infamias recibidas. Pero Larreta Santilli Dietrich inmobiliaria sa me ponen muy nerviosa y hacen mucho daño. Han vendido,la mitad de la caba. Para no se q cosa. Para ellos o para nada. Cambiaron la fisonomía de casi francesa a sudamericana más en tres años y 12 para Larreta . Te agradezco peto fíjate si podes a destruido el barrio d3 ?Belgrano, venderá las tierra_ debajo de esos horribles viaductos carísimos. 3 pesos 3l metro. La licitación será 3l 16 d3 julio. El tipo al q no le 8mpirtan los muertos pobres y está tapado hasta los dientes. Si estamos en un régimen [email protected] y repulsivo. Abrazos. Gracias

  19. Carmen dice

    Simplemente un GRACIAS así de grande, como voa querido Marcelo.

    1. Gabriel Méraud dice

      Hermosa nota. Con todo y la cita de El Hombre Araña. Esperemos poder enfrentar a estos tipos tan poderosos. Y tan poca cosa al mismo tiempo. Son los ciegos de alma de Sobre Héroes y Tumbas.

      1. Pato Notaristefano dice

        Gracias Marcelo por tu infinita sensibilidad tu escritura definitivamente «perfora el hielo nos remonta al cielo»

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