Todo el tiempo del mundo

Un cuento en torno a Malvinas, recién publicado como parte de la antología La Guerra Menos Pensada

 

Este es un relato que forma parte del libro «La guerra menos pensada» (Alfaguara), una antología que recoge textos sobre Malvinas y que acaba de editarse, a 40 años de la guerra. Con selección de Victoria Torres y Miguel Dalmaroni y prólogo de Sergio Olguín, entre sus autores se cuentan Ariana Harwicz, Jorge Consiglio, María Sonia Cristoff, Hernán Ronsino, Raquel Robles, Mauro Libertella — y yo, obviamente. 

Es una historia muy simple, que se me ocurrió cuando me pregunté si aquel manotazo de ahogado propinado por la dictadura podía haber dejado, en terreno de las islas, alguna semilla que no fuese negativa.

 

 

 

 

El brezal estaba ahí. Una faja de tierra ondulada, cubierta de arbustos. Bajo el viento implacable, cada mata era un borrón. Con el correr de las horas, el paisaje ensayó variaciones: día y noche, lluvias y aguanieve, el ocasional rayo de sol que iluminaba sin entibiar. La humedad se condensaba en niebla, una mancha colosal que anidaba en el páramo. Las flores brotaban regularmente. De tanto en tanto asomaba un animal: ovejas, o un págalo que se perdía entre las gramíneas. Los cormoranes trazaban parábolas y desaparecían, había una masa líquida en las cercanías. El resto era inmutable. Un cielo desfondado lo aplastaba todo.

 

 

 

El ciclo natural se repitió (luz y sombras, las lluvias y la nieve, el ciclo de las flores, el tránsito de aves y animales), hasta que la idea empezó a insinuarse. Una vez que cobró forma, se tomó todo el tiempo del mundo para ponderarla. La idea decía así: el brezal estaba ahí, pero no era una entidad autónoma. El hecho de que supiese que estaba allí, de que pudiese describirlo, reconocer sus ritmos y a sus criaturas, se debía a que le constaba —a él, o ella, o ello: el tiempo no había alcanzado para considerar la otra idea— que también estaba allí, contemplando el brezal desde un punto fijo.

Si veía el brezal, eso significaba que él (o ella, o ello) no era el brezal. Era, al menos, Aquello Que Contemplaba El Brezal. Una entidad distinta. ¿Uno de esos ojos artificiales, diseñados para capturar imágenes? Pero lentes y cámaras no pensaban por sí mismos. Mirar y entender que lo visto era un brezal reclamaba algún tipo de consciencia. Eso podía asumir, como mínimo: que era una consciencia, una especie de yo, aunque se tratase de un yo insensible al frío y al hambre y al resto de los estímulos de la intemperie.

También al cansancio, debía decir. Era un ojo sin párpados, conectado a una consciencia que no necesitaba dormir — el testigo perfecto.

Dedicó tiempo ingente a pensar quién era, qué clase de testigo. Esa disquisición no llevaba a ninguna parte, un sendero que se enroscaba sobre sí mismo. Se le ocurrió que convenía abocarse a un problema más modesto, o al menos más concreto: como —por ejemplo— si veía el brezal porque era lo único que podía ver: condenado a contemplar la sucesión eterna de días y noches, el escampe que seguía a las lluvias, a los págalos entrando y saliendo de los pastos (poa flabellata) que tapizaban el páramo.

 

 

 

 

Bastó que formulase la posibilidad de ver algo más para que el panorama cambiase. Ahora contemplaba una colección de cruces blancas. Un pueblo de casas bajas. Y una serie de carteles que era capaz de descifrar (pharmacy, fresh eggs, Goose Green, tavern), a pesar de que estaban escritos en un idioma distinto al que usaba para pensar. La transición fue tan brusca que, cuando se descubrió en el brezal, entendió que había regresado con la intención de calmarse; el lugar familiar ofrecía contención.

Esa fue la segunda convicción a la que arribó: además de una consciencia, era una voluntad. Podía percibir y también elegir. Decidir qué ver, o al menos dónde estar. Quiso creer que esa voluntad lo habilitaba a ir a cualquier punto del universo, pero el menú de sus opciones estaba en blanco. No conocía, o no recordaba conocer, ningún otro lugar. (Aunque carecía de elementos para juzgar cuán lejos estaban el brezal de las cruces y las cruces del pueblo, se convenció de su proximidad: la luz que los bañaba era la misma).

 

 

 

 

Mientras hacía un esfuerzo por conjurar otro espacio, divisó un animal que nunca había visto. Se parecía a un zorro, por su pelaje rojizo y su cola larga, esponjosa. Pero sus dimensiones eran las de un perro mediano. A diferencia de los otros animales, que siempre estaban de paso, el zorro-perro se había aposentado en medio del brezal, magníficamente quieto. Los vientos sacudían pastos y ramas, pero no despeinaban ni uno solo de los pelos que lo abrigaban.

¿Cómo era posible, a qué se debía el fenómeno?

Ahora los vientos traían agua. El animal levantó el hocico y paseó la vista por el paisaje, hasta alcanzarlo. Acostumbrado a mirar pero no a ser mirado, él (o ella, o ello) se preguntó qué verían esos ojos ajenos. Estaba examinándose en pos de una sensación nueva cuando descubrió que el animal ya no estaba allí. Tampoco lo vio en las inmediaciones. Algo prodigioso, dado que el páramo no ofrecía escondite a bestias de ese tamaño. A no ser que fuese capaz de camuflarse, o de desvanecerse en el aire.

¿Y si lo que había visto era un reflejo? ¿Había descubierto su naturaleza: era un perro-zorro de apretada pelambre, pero incapaz de sentir el látigo del viento? ¿Acaso era eso lo que había registrado: su propia imagen, espejada en la cortina de la lluvia? Pero cuando intentaba verse, no veía nada. ¿Cómo podía proyectar una estampa de la que carecía? No contaba con una lengua que secar al aire, una pata que lamer, una cola que sacudir. La idea de ser aquella fiera lo inquietó, le parecía inadecuada.

Glaucophyta, Rodophyta, Viridophyta, Chlorophyta, Streptophyta.

¿Qué eran aquellas palabras que afloraban a su consciente? Lo único que entendía era que lo hacían sentirse mejor. Tampoco pertenecían al idioma de su entendimiento, ni al de los carteles del pueblo, pero no le resultaban ajenas. Había más, brotando del mismo manantial: Bryophyta, Lycophyta, Monilophyta…

Junto a esa cantilena le llegó una voz. Alguien le había dicho esas palabras, una o muchas veces, durante un tiempo impreciso; porque él (o ella, o ello) no disponía de voz propia, y por eso debía tratarse de la música que alguien más —alguien que tampoco era el brezal— había interpretado para su disfrute o su iluminación.

Algo se interpuso entre el páramo y su consciencia, así como la lluvia solía hacerlo. La visión de un sitio cerrado con techos traslúcidos; lleno de plantas, de una variedad que nada tenía que ver con las gramíneas (poa flabellata) y arbustos que poblaban el brezal. Eran más frondosas, más coloridas, más carnosas, más caprichosas — más.

Entre las plantas divisó a un viejo. Estaba de rodillas y tenía las manos sucias de tierra. Sus labios se movían apenas, pero la voz resonaba con claridad.

Spermatophyta, Embryophyta, Cormophyta.

Cuando entendió quién era el viejo ya era de noche.

Ahora que estaba oscuro se sentía menos desnudo.

 

 

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Había sido niño alguna vez. Un niño sin padre. El recuerdo de su madre era vago, como si nunca la hubiese visto más que por el rabillo del ojo. Pero tenía presente a su abuelo, que lo cuidó durante años mientras trabajaba en el vivero. El viejo se entendía mejor con las plantas que con la gente. Eran más respetuosas, decía. Nunca hablaban de más ni dañaban a sus congéneres, prudencia que atribuía a que conservaban sus pies en la tierra. Se las presentó por familias, primero. Glaucophyta, Bryophyta, Spermatophyta. Después por sus nombres. Alga, musgo, plantas fanerógamas — los linajes que producían semillas. Cuando recitaba esos nombres lo hacía siguiendo un ritmo y una melodía rudimentaria, que sirvieron como regla mnemotécnica. Ahora recordaba esos nombres (Lycophyta, Chlorophyta), aun cuando no lograba reproducir el nombre de su abuelo ni el suyo propio.

Quiso volver a aquel lugar, a la casita de techos que no bloqueaban el sol, del modo en que había visitado el lugar de las tumbas y el pueblo donde vendían huevos frescos. En esa ocasión fracasó. La casita estaba lejos, al otro lado de un desierto helado y gris: una inmensidad que no se animaba a remontar, dado que no contaba con energía. (Otra de las cosas que descubrió sobre su condición: se sentía débil, lábil — desflecado). O quizás no la alcanzaba porque el vivero no existía ya, formaba parte de otro tiempo. Su naturaleza espectral le permitía desplazarse en el espacio y nada más, dentro de un radio reducido.

Para probarse que aún podía hacerlo, deseó estar en otra parte. Eso lo regresó al pueblo que ya había visto. Ahora había más gente, yendo y viniendo por la calle. Era como ver la escena en un espejo, porque los vehículos avanzaban por la izquierda y retornaban por la mano derecha.

 

 

 

 

Sonaron campanas. Pensó que se trataba de una ceremonia fúnebre —un entierro— y cuando quiso darse cuenta, ya estaba en otro lado. Pero no en el cementerio de las cruces blancas, como había anticipado, sino en las inmediaciones de una escuela. Los niños salían disparados como flechas, a los brazos o a los vehículos de sus padres. El único que vaciló a mitad de camino fue uno pálido, de rostro lleno de pecas. Llevaba en la cabeza un gorro con orejeras y antiparras sobre la frente, que le hizo pensar en un aviador de otra era. El crío se detuvo, se arrancó el casquete —tenía el pelo del color del perro-zorro— y palpó un bolsillo como si hubiese olvidado algo. Después giró, como si desease retornar a la escuela. Pero en vez de correr en línea recta, trazó una elipse. Durante un instante creyó que lo rozaría. Sin embargo, el niño tropezó con sus propios pies cuando estaba a un metro y lo atropelló.

La colisión no tuvo lugar. La criatura lo atravesó como si estuviese hecho de humo y retomó el camino. Aun así, no fue lejos: se detuvo a un par de metros, como si lo hubiesen congelado.

El padre de la criatura lanzó un grito. Se llamaba Chris, el niño; su padre quería saber qué estaba haciendo. En vez de responder, el pequeño retomó la dirección inicial —esta vez dio un rodeo, evitando chocárselo— y se subió al Land Rover.

En minutos, la calle quedó vacía. El cartel de la escuela tenía escrita una sigla: IJS. La mujer que supervisaba la salida miró a un lado y al otro, asegurándose de que no quedaran rezagados. Era una mujer muy flaca, con gafas de marco fosforescente. La vio estremecerse a causa de un escalofrío y perderse en el interior del predio. Era comprensible, el cielo se había nublado. Un grupo de gaviotas sobrevolaba Villiers Street, comentando algo que sonaba a escándalo.

 

 

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Esa noche, en el brezal, articuló palabras que hasta entonces había eludido. Asumió que estaba muerto, sin angustiarse. Tal vez porque podía pensar en ello, y eso significaba que no lo estaba del todo. De algún modo seguía existiendo. Carecer de un cuerpo, de materia, era una ventaja en esa circunstancia: no tenía corazón que se acelerase, su respiración no se entrecortaba, no contaba con miembros que someter a temblores. La suya era una condición nueva, que lo desafiaba a encontrar otra receta para ser. Más contemplativa, en principio, desde que no conseguía hacer mucho más que contemplar. Tal vez por eso recordaba pocas cosas: porque había dejado atrás las experiencias que le marcaron la piel, durante su breve vida. Estaba más allá de la exaltación y de la pesadumbre; esencialmente, estaba más allá del dolor.

Cuando quiso entender cómo había muerto, se encontró rodeado por niebla y comprendió que había retornado al páramo.

Una vez le había preguntado a su abuelo qué planta prefería.

Magnoliophyta, dijo el viejo. Una fanerógama llamada brezo.

Quiso saber por qué su abuelo la elegía. (Todavía era un niño entonces, pura curiosidad. Había sido un niño casi toda su vida).

El viejo dijo que los brezos eran obstinados. (Una palabra que en aquel tiempo desconocía, y por eso memorizó). Podían soportar sequías sin morir. E incluso se imponían a los peores incendios. Por supuesto que se quemaban, eran combustibles. Pero aunque las llamas arrasaran el campo, los brezos eran lo primero en asomar entre los terrones carbonizados. Además de raíces, producían yemas subterráneas. A partir de esas cepas la vida germinaba, aun en medio de la polvareda yerma.

El brezo perdura, dijo el viejo.

No era niebla lo que veía (se había confundido, estaba en otro paisaje), sino humo. De noche la diferencia se tornaba imperceptible, pero cuando el viento se abría paso a machetazos, lo que aparecía por detrás era un campo quemado. A juzgar por los parches renegridos que aún hervían, el lugar acababa de ser abrasado. El cielo bramaba en lo alto. La oscuridad había caído en una red de hilos de plata. A la distancia, una sucesión de explosiones creaba hongos blancos.

El perro-zorro reapareció en medio del campo chamuscado. Al detectarlo, comprendió por qué esa ondulación no le resultaba desconocida. La bestia estaba ubicada en la misma posición y en el mismo lugar donde ya la había visto. Y la faja ondulada de terreno era el brezal que conocía, sólo que incinerado y sin brezos.

Sin brezos a la vista, habría acotado el viejo.

 

 

 

 

Mientras el bombardeo arreciaba sin dañarlo (esa clase de testigo era: uno intocable), se le ocurrió que la escena le era familiar. ¿Podía haber vivido algo así para olvidarlo casi por completo? Hizo un esfuerzo pero no consiguió recordar. ¿Qué clase de sinrazón lo había llevado allí, desde la vida que tuvo alguna vez —una vida incipiente, apenas una yema— al otro lado del océano? ¿Qué torcido intelecto había ordenado arrasar ese vergel, bajo qué condiciones? A pesar del fracaso en la evocación, la sensación de familiaridad no se desvaneció. Sólo en un sueño se podía dar por hecho lo nunca vivido, y él ya no podía soñar.

Si lo que estaba viendo era el pasado, si el brezal había ardido para luego revivir entre págalos y cormoranes —un brezal es a prueba de bombas, su vientre atesora yemas subterráneas—, ¿qué había sido de su presente?

 

 

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La pregunta lo condujo a la habitación de un niño. No era aquella donde había crecido, a esta no la recordaba ni la sentía familiar. Aun en la penumbra —el pueblo estaba en calma, se oía el mar de fondo—, percibió la abundancia de colores. Había juguetes sembrados por el piso, avioncitos que pendían del techo, una estantería con cuentos en inglés, una copa de metal que decía Football League y una cama abierta pero vacía. ¿Dónde estaba el niño que debía dormir allí?

I see you.

No identificó la voz, porque nunca antes la había escuchado. Pero supo de inmediato a quién pertenecía.

I can see you —dijo el niño pelirrojo, todavía susurrando. El inglés elemental que se había llevado de la secundaria (una escuela pública de Munro, ahora lo recordaba) le permitía entenderlo. El crío tenía la pelambre encrespada, testimonio de su derrota contra la almohada. Además vestía un pijama lleno de aviones estampados, volar era su obsesión. Estaba sentado en el suelo, en uno de los ángulos del cuarto, con las piernas cruzadas como un Buda de mesa de luz. Y no se veía asustado por la presencia del intruso, ni siquiera perturbado, al contrario: parecía encantado.

Permanecieron así un instante. El niño fruncía el ceño mientras lo observaba, como quien memoriza cada adorno de un árbol de Navidad. Hasta que el ruido que provenía del pasillo los tomó por sorpresa.

Pasos. Una cuña de luz se filtró por debajo de la puerta. Al instante desapareció. Oyeron chirriar una canilla y el fluir del agua.

No le convenía seguir allí si el padre o la madre del crío asomaban. Quería quedarse —el niño era la primera persona que le dirigía la palabra, desde que vivía de ese modo—, pero tampoco deseaba generar una situación traumática.

Volveré, pensó, deseando ser oído.

El niño alzó su bracito izquierdo y llevó el filo de la mano a la frente.

Estaba claro que veía en él algo que él mismo no veía. Descartó que contemplase a un zorro-perro, nadie le hace la venia a un animal extinto. Un saludo así se le rinde tan sólo a un militar de mayor escalafón — o a un piloto.

Quiso devolver la gentileza, pero carecía de la extremidad necesaria.

See you soon —dijo el niño.

Nada le hubiese gustado más que responder. Pero no podía hacerlo, o no había desculado aún el modo, de haberlo. Ya habría tiempo. Todo el tiempo del mundo.

 

Supo que estaba yéndose, quizás en dirección al brezal. Una figura se reflejó en la copa de metal, un eco de su movimiento. La más fugaz de las visiones: una silueta que se desplazaba, la imagen de un hombre joven que vestía uniforme.

No sería el brezal pero formaba parte de la trama subterránea, un impulso vital que no corrompía ni el fuego. Había sido sembrado y allí prosperaría. Su nueva existencia lo invitaba a ser obstinado, a moverse con la gracia del aire.

La marea contenía las aguas grises, despejando la playa. Cuando rompían, las olas se quitaban el camisón de espuma sin salpicarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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