Todo lo sólido se desvanece en el aire

La conformación política del escenario nacional

Fundamentalistas

El alto grado de ideologización, torpeza y subordinación a factores de poder económico de Javier Milei está exponiendo al país y a la mayoría del pueblo argentino a un abanico de peligros y padecimientos, que, además de innecesarios y devastadores, podrían tornarse irreversibles. El desconcierto que provoca la patética originalidad de la figura presidencial genera efectos distractivos que funcionan como pantalla, dificultando la comprensión del proceso. Para complicar el panorama, aparecen personajes que le disputan escenario al Presidente —por lo patético, no por lo original— desde un panel televisivo, como el ex secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno; tal vez con la ilusión de proyectarse desde ese lugar —como Milei— a altas magistraturas que hasta ahora les ha negado el voto popular.

Según el esencialismo que predica Moreno, John William Cooke, Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche o Rodolfo Puiggrós nunca podrían haber sido y no fueron peronistas, y es un error considerarlos parte del movimiento nacional y popular, no sólo porque no nacieron de madre y padre peronistas, sino porque antes de efectivizar su militancia movimientista pertenecieron a partidos políticos que después enfrentaron a Perón. Zonceras como estas son expresadas con enfáticos arrebatos, lo que las eleva a la fase superior de la ridiculez.

En una de sus apariciones estelares, Moreno criticó a Axel: “No viene del peronismo. Yo lo voté pero no tiene la doctrina incorporada”. Entonces cuestionó: “Después vino esa tontería del Estado presente (…). Perón enseñó que no se gobierna para el Estado”, como si reivindicar la presencia del Estado implicara gobernar para el Estado. Conviene destacar lo que plantea CFK en su último documento, cuando afirma que “no basta con la consigna del ‘Estado presente’”. Experiencias recientes muestran que es posible que el Estado se haga presente pero que además sea eficiente, algo que se logró cuando en distintos ámbitos estatales las altas responsabilidades fueron asumidas por mujeres y hombres que venían de la militancia: tales los casos de la ANSES y del PAMI. Es que la militancia bien entendida implica compromiso y formación, dos antídotos contra las resistencias de las burocracias, que permiten asimismo regular el accionar de corporaciones que necesariamente se vinculan con el Estado. El complemento que hizo posible concretar el despliegue de políticas progresivas fue el empoderamiento social, otra exteriorización de la política.

La derecha peronista critica a Cristina, que enalteció la política promoviendo y organizando la militancia —empeño colectivo por definición— y poniéndose al frente de la batalla cultural; el paternalismo de sus críticas a La Cámpora no oculta la insidia que las inspira. Y lo hace en momentos en los que la derecha extrema ataca con violencia a la política para imponer su proyecto económico e ideológico. Habla sin anclaje político ni social, o sea, no para transformar la realidad sino para obtener la fama fácil que otorga un set de televisión; dicho de otra manera: no son críticas hechas en el contexto de un proceso de construcción política y de poder, algo que no se hace entre cámaras y reflectores.

Las escenificaciones morenianas ignoran, entre otras cosas, la importancia, condiciones de posibilidad y génesis de los liderazgos populares históricos en nuestro país, como si pudieran elegirse a la carta; o afirman que son innecesarios: “Si el peronismo se organiza no hace falta ningún liderazgo”. En el debate de ideas que hoy alcanza a todo el arco democrático, expresan un añejo nacionalismo aristocrático y —desde su antikirchnerismo— son portadores sanos del viejo sueño/proyecto de los bloques de poder en la Argentina: domesticar al peronismo; algo que consiguieron transitoriamente con Carlos Menem: el reciente encumbramiento del riojano a la categoría de prócer es cualquier cosa menos una casualidad.

Es evidente que, deliberadamente o no, los personajes en cuestión han pasado a formar parte del dispositivo comunicacional de la extrema derecha. Falta que Milei les encuentre un lugar en el gobierno como a Scioli, otro peronista doctrinario.

El problema es que alimentan el desconcierto de quienes no conocen la historia nacional, no tienen buena memoria o no vivieron períodos que los gendarmes de la frontera peronista idealizan o critican: cuestionan a Cristina y exaltan a Néstor como si hubiesen expresado dos proyectos políticos distintos, disparate que en el mejor de los casos revela una confusión entre táctica y estrategia. Más aún, indiferentes a contradicciones propias y ajenas, destacan la condición peronista de Pichetto y aseguran que Cristina no es peronista: se esmeran en negar que el kirchnerismo, que nació en 2003, obtuvo su DNI en 2008 y fue el motor de la década ganada —que corre desde 2003 a 2015—, ha sido y es la máxima expresión de la conciencia nacional en acción desde 1955 hasta hoy; es decir, lo más parecido al primer peronismo que se consigue.

 

 

Crisis, contradicciones y parálisis

La crisis que afecta al movimiento nacional, consecuencia de errores como los señalados y del sostenido ataque de los sectores dominantes —centrado en el kirchnerismo— fue un plus que, en el marco del triunfo electoral de Milei, reactivó su irrenunciable esperanza de conseguir la redefinición definitiva del sistema económico, político y social argentino subordinando el trabajo al capital; luego retrasó y complicó una respuesta contundente a la barbarie durante los tres meses transcurridos desde la asunción del neofascista, escenario que ahora parece revertirse, no tanto por la superación de los desencuentros propios como por la agudización de las contradicciones secundarias del gran capital, cuya expresión más clara aunque superficial se observa en el quiebre de la relación entre el Presidente —muñeco de Roca, Eurnekián et al.— y la Vicepresidenta —muñeca de Macri et al.—.

La parálisis política horada minuto a minuto la situación del amplio espectro social vulnerable y acrecienta las ganancias de los poderosos, pero les impide afianzar esa posición, como se ve con el categórico rechazo del Senado al DNU 70/2023, un durísimo golpe para el gobierno que lo ha recibido como tal; está por verse el resultado en Diputados: el inestable comportamiento de algunos gobernadores pertenecientes al campo nacional es un síntoma de aquellos desencuentros aunque también de la degradación que profundiza el neofascismo. Exacerbado por el despojo de los recursos provinciales, el discurso político —con amplio apoyo mediático— reduce la cuestión federal a la disputa fiscal —cuya importancia nadie niega—, sin mención alguna a la integración nacional: muy pocos están dispuestos a plantear una discusión sobre la organización socio-territorial de la Argentina, para construir un país equilibrado que permita a cada rincón del territorio ofrecer condiciones de vida que no obliguen a su población a migrar hacia las grandes ciudades: el federalismo bien entendido no se agota en la disputa por los recursos.

Sabemos que el capitalismo es un modo de producción dinámico que se define históricamente cambiando las formas de organizar la producción y el consumo. El funcionamiento de estas variantes distintas no se produce espontáneamente, se requieren condiciones político-jurídicas específicas: son las que permiten imponer una Constitución, un conjunto de leyes, un modo de regulación; en síntesis, una superestructura compatible con el sistema.

Así, mientras el constitucionalismo liberal que propuso Alberdi era la superestructura necesaria para el desarrollo del capitalismo en su fase de libre competencia, y la Constitución nacional de 1949 —Estado social incluido— que promovió Perón fue el modo de regulación necesario para el desarrollo en el marco de la fase que se conoció como “fordista-keynesiana”, la reforma constitucional que de hecho está consumando Milei constituye la superestructura jurídico-política necesaria para la fase que en este momento histórico pretende consolidar el gran capital. No es casual que la reforma constitucional implícita/explícita en el DNU más famoso de la historia y la derogación —por una proclama militar— de la Constitución nacional de 1949 coincidan en su inconstitucionalidad e impopularidad.

 

 

Mujeres

La explicación que dio la hermana del Presidente para justificar el desmantelamiento del Salón de las Mujeres en la Casa Rosada el 8 de marzo pasado revela que la determinación tuvo un componente ideológico; sin embargo, ninguna decisión del gobierno se inscribe excluyentemente en el terreno de la llamada batalla cultural. Sus recurrentes ataques a las mujeres y al feminismo son también una reacción política: les preocupa su carácter masivo y su radicalidad; es decir, temen la capacidad de veto feminista al proyecto político-económico en ejecución. No es para menos, la amenaza feminista tiene distintas aristas porque cuestiona las relaciones de obediencia en todos los ámbitos: de las mujeres a los hombres, de los trabajadores a los empresarios, de las personas colonizadas al colonizador, de las mujeres creyentes a los que detentan poder en las iglesias. Así, el feminismo ha logrado trascender el propio tema de género y ha denunciado las relaciones asimétricas de clase, cultura, identidad sexual, etc.

Se deduce que el dilema que plantean algunos compañeros entre el nacionalismo popular y el progresismo presentado como defensor de cuestiones de identidad y de género únicamente —caracterización que tiene algún asidero respecto de cierta izquierda europea— es un falso dilema en nuestro país, como quedó demostrado por los gobiernos de Néstor y Cristina, durante los cuales se promovieron mejoras sustanciales en las condiciones materiales de vida de la mayoría de nuestro pueblo y se protegió a la industria nacional, al mismo tiempo que se impulsaron la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género, para mencionar algunos de los tantos logros que hicieron de la Argentina el país con los salarios más altos de la región y lo ubicaron en la vanguardia internacional en el respeto a los derechos humanos.

 

 

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