¿TODO VUELVE?

Los años '90 como fiesta y derrame, el cinismo como disfrute de un humor de salón burgués

 

La economía, incluso para Marx, se presenta siempre vestida, jamas desnuda. En ocasiones, sus disfraces y máscaras permiten distraer la pena que sin embargo ella ocasiona. El menemismo fue una gran lección al respecto. Las relaciones de producción, inseparables de las formas de propiedad, arropadas con gracia, brillo y goce. Hay un tono narrativo incluso, vinculado a la llamada farándula. Realismo sumiso y oropeles. Menem fue un gran político cuando supo realizar en sí mismo los gestos de un poder que no era suyo, pero que él sabía disfrutar. Si soberano es quién decide, Menem ostentaba ese poder. Poder de indultar. Poder de estabilizar. Poder de privatizar. Menem es el padre de la política como relato previo al relato, el mejor actor de una política que se actúa con el cuerpo, porque actuar significa personificar el poder de unas relaciones de producción. Esa forma política quedó impresa en la retina de los profesionales de la representación: un peronismo de mercado, un populismo neoliberal, un caudillismo de la reconciliación. Los ’90 como fiesta y derrame, el cinismo como disfrute de un humor de salón burgués. Escenas de aquellos años: José Luis Manzano como modelo de militancia política; María Julia Alsogaray entre sábanas peronistas y Fernando Vaca Narvaja y Roberto Cirilo Perdía en Tiempo Nuevo, de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, programa televisivo auspiciado por  «Las empresas a las que les interesa el país». Como se dijo en estos días: «Todo vuelve».

 

 

 

 

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