TODOS SOMOS SERES COMUNES

El sufrimiento democratizador relatado por Guillermo Saccomanno

 

Perturbar el siliconado espacio de confort burgués. Percutir el yelmo que impide a la realidad llegar al corazón. Sacudir la inmovilidad neuronal de la que hace gala la infatuación tilinga. Tales pueden ser y son algunas de las premisas inscriptas en la heráldica literaria de Guillermo Saccomanno (Mataderos, 1948). El conjunto de su narrativa -cuentos y novelas publicados por más de tres décadas- se caracteriza por estampar en la córnea de la sociedad aquellas escenas que se resiste a mirar. Con parte de la técnica propia de la crónica y la poética de la ficción naturalista, formula relatos tallados en el clasismo: atraviesa la oligarquía que se cree noble, las milhojas de la clase media al pretenderse aristocracia, hace escala en una burguesía aburrida que simula apasionarse, se detiene en lxs trabajadorxs que miran para arriba y para abajo a ver de dónde viene el vendaval, no se olvida del lumpen que se disfraza de todos los anteriores. Estilo propio del autor gesellino que, largamente imitado, hizo estragos en novicios escribas que tornaron un modo de producción literario en percusión de lo patético.

Son veintitrés cuentos, el primero escrito hace cuatro décadas, el último antes de ayer, dedicados de otras maneras a tatuar en el lenguaje El Sufrimiento de los Seres Comunes, que es el título del flamante libro. Porque no hay sino seres comunes al momento del sufrimiento, destino buscado o involuntario al que ningún mortal escapa, resulte ya una constante a lo largo de la canina existencia o bien se recluya en algunos pocos instantes o días y entonces admita filtrar la palabra felicidad. Todo ello se encuentra expuesto, siempre en carne viva, en la literatura de Saccomanno, que bien puede graficarse de cetácea: habita en las profundidades y se alimenta de la superficie.

Es en lo cotidiano donde abreva el narrador y es a partir de donde se le disparan las incógnitas que le retornan hasta poner en cuestión su propia faena. Acrobacia que en sus giros destruyen uno a uno los supuestos de la autoridad, al modo de los curiosos que observan la ballena varada en la playa: “Quién podía definir su sexo, su edad, haciéndose todos y todas los expertos como si vivir en la orilla fuera lo mismo que vivir en el mar y dispusieran de un saber que les permitiera aseverar qué clase de ser era ese que nos miraba con ojos raros, por momentos cerrados, que al abrirse parecían escudriñarnos, radiografiar lo sórdido y tenebroso de cada uno, lo que causaba una impresión horrible y despertaba el deseo de retornar a ese ser a esa vida en lo más profundo del abismo al que pertenecía. A la vez, más que respeto, infundía miedo”. Descripción precisa que excede la propia escena que le hace de marco – gente mira bicho en playa- y se hace extensiva a muchas otras situaciones en la ciudad, en las calles, en los andenes, en cualquier parte de la Argentina actual.

Nudo y a la vez punto de encuentro, el padecer es un señuelo que muerde el lector al identificarse más no sea en un mínimo recodo, en cierto reflejo de un color, en algunas de las muchas sombras. A tal fin, Saccomanno acude a un recurso por él con éxito probado, explorado y recorrido: “piensa” a los personajes. Chico o adulto, varón o mujer o etc., bueno o malo, en todo tiempo lugar, los piensa, aun cuando ni sabe “…qué pensar. Y si piensa, piensa que le conviene permanecer sereno (…) No tengo que alterarme, piensa Manfredi. Debe meditar toda frase”. Forma intelectual del sufrimiento que acecha pues si “una no los espera aparecen siempre en el momento menos pensado (…) Odia la espera. Y odia la ansiedad de la espera, esa ansiedad que tiene la otra, esa en el andén. Pero ella no es esa, se dice. Nos soy esa”. Profanación que sacude la cautela religiosa en que la escritura se convierte a golpe de inseguridad, vacilación en que el castigo sin redención es jamás poder dejar de pensar. También, y especialmente, “arrodillado contemplando a Cristo en el altar. Pensó en el calvario, pensó en el sufrimiento de quien vino a este mundo a sufrir por los seres comunes…”. Como los del título del libro. No en el la tapa, una de las menos agraciadas de las últimas centurias.

En algunas de las letras de tanto sufrimiento, en la penumbra de la angustia o en la fotosíntesis sobre la arena estival, el lector se va a enganchar. Trampa gustosa de quien busca y encuentra, se solaza en el alivio de los otros recursos con que el autor compensa: esa pirueta imposible cuya lógica recién se devela una vez que ocurre al cerrar cada una de las historias, en la mayoría de las oportunidades al filo cortante del final. Resolución que hace de una situación tenebrosa un cuento moral, sin sermón ni moraleja. Poética que allí se insinúa para desatarse en todo su esplendor en la enumeración de los sonidos que en capas estratigráficas emergen cada vez que se escucha el silencio: “un susurro de papel, aunque también parecía el aleteo de un pájaro encerrado (…) A lo lejos, una bocina. Después una sirena. Y el viento…”.

Juego infantil para las siestas extensas no menos que en el torbellino noctámbulo del insomnio, se hace recurso literario junto a tantos otros de semejante origen, merced a la pluma afiatada en aquello de brindar a quien lee sucesivos recovecos donde guarecerse de lo cotidiano, justamente dentro mismo de lo cotidiano. Paradoja que sólo en la política y en la literatura se produce. Tal vez en eso sean lo mismo.

FICHA TÉCNICA

El Sufrimiento de los Seres Comunes

Guillermo Saccomanno

Buenos Aires, 2019

302 págs.

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