Tontas canciones de amor

Un film sobre McCartney formula una pregunta esencial

 

                                                                                                                                                                                                                   Para Ana, que siempre me atendía el teléfono

 

 

 

 

¿Cómo vivir?

Es una pregunta que muchos nos formulamos a menudo, conscientemente o no. (Al menos los que disponemos de un margen de decisión sobre nuestro destino. ¿Cuánta gente pasó por este mundo sin la más menor agencia sobre su vida, condenada a obedecer hasta morir, y sin chistar?)

La pregunta esencial, más binaria, es la clásica que formuló Shakespeare a través de Hamlet. Aunque siempre se traduce to be or not to be del mismo modo, con un poco de osadía se la podría interpretar también así: ¿Vivir o no vivir? Pero si la respuesta a ese dilema es positiva, si encontramos razones válidas para seguir, la pregunta se impone. ¿Cómo queremos vivir? ¿De qué modo emplear nuestro escaso tiempo sobre esta roca que viaja por el espacio, para no malograr la más extraña de las posibilidades que ofrece el universo conocido — vivir, y ser consciente de que estás viviendo?

Por lo general, salimos a la existencia condicionados por nuestras limitaciones, por la necesidad de ganar el pan, por las circunstancias históricas. Pero aun así, contamos con la posibilidad de transitar la vida de formas muy diferentes. ¿Vivir solo para nosotros mismos, o también para nuestros seres amados, o —esta opción existe, aunque desalentada por la época que nos tocó— con sensibilidad hacia los problemas de los desafortunados que nos rodean? ¿Vivir para experimentar o para consumir? ¿Vivir para entender cada vez más y mejor, o para atrincherarnos en los prejuicios que ocupan el lugar que deberían ocupar los pensamientos?

 

 

 

Lo crean o no, volví a pensar en estas cosas viendo un documental sobre Paul McCartney. Se llama Hombre a la fuga. (Traducción horrible, desde que el título original, Man On The Run, es un juego de palabras con el título de su álbum Band On The Run, o sea Banda EN fuga.) La película es nueva —del 2025—, la dirigió Morgan Neville y está en la plataforma de Prime Video desde la semana pasada. Asumo que McCartney no necesita presentación, a esta altura. Pero sí puedo decir que el relato se centra en un breve período de su vida, empezando por la separación de Los Beatles (años '69-'70) y llegando al momento en que alcanzó el éxito individual, acompañado por la banda que creó y bautizó Wings.

McCartney es tan popular desde hace más de medio siglo, que todo el mundo lo reconoce y tiene una idea definida sobre su persona: para algunos es el Beatle amable, para otros el más lindo, para muchos el más musical, el más fumón, el más light y comercial, el más conservador... Pero nadie duda de que es un personaje relevante, de que juega un rol —mayor o menor, positivo o negativo— en el escenario mental de nuestra existencia.

El documental lo aborda en un momento negro: la disolución de Los Beatles, psicodrama mundial donde desempeñó el papel del villano. Se lo sindicó así por varias razones, entre ellas porque fue quien lo anunció públicamente —Lennon ya le había avisado a los otros tres que se bajaba, pero esa decisión permaneció en secreto— y porque se cortó solo, al negarse a aceptar el manager que los demás querían, el inescrupuloso abogado Allen Klein. En esa circunstancia de extrema presión —no olvidemos que Los Beatles inventaron la fama internacional tal como hoy la conocemos, esa que impide al famoso pisar la vereda de su casa sin sucumbir bajo una montaña de fans—, decidió mandarse a su granja de Escocia. En medio de la mismísima nada. En una casa derruida. Con su esposa Linda Eastman, la hija del matrimonio anterior de Linda, llamada Heather, el bebé en común, Mary, y la perra Martha que ya había protagonizado una canción del llamado Álbum blanco.

 

(Ex) Beatle trabajando.

 

 

A uno le cuesta entender que McCartney se sintiese inseguro en esa circunstancia, o en ninguna otra. Ya era un Beatle. Como tal, en apenas un puñado de años había contribuido a cambiar el panorama de la cultura mundial. Nadie puede negar que hay un antes y un después de Los Beatles. (Deberíamos usar las siglas AB y DB, como se hace con la nomenclatura que usa a Cristo como parteaguas.) Y ese antes-y-después se verificó no sólo en la música sino también en el arte todo, en la sociedad, en la conciencia ecológica y política, porque Los Beatles funcionaron como el mascarón de proa de una revolución cultural. (Que, como toda revolución, cambió cosas fundamentales y entregó banderas.) McCartney podría no haber hecho nada más en su vida, no componer una sola canción post-Beatle, ¡y todavía seguiría siendo uno de los Mosqueteros de Liverpool!

Pero no hay que olvidar que Los Beatles eran un fenómeno nuevo en toda la línea. Estaban reescribiendo los patrones de lo que podía llegar a hacer, y a significar, y a valer, un artista. Por eso era lógico que, a pesar del boom que protagonizaron a comienzos de los '60, creyesen sinceramente que su éxito sería pasajero. (En el documental se oye al joven Lennon reflexionar: "Con suerte, duraremos tres meses".) Eran un cuarteto de flequilludos que hacían una música alegre y pegajosa. Así como en un momento generaron un tsunami en materia de popularidad, bien podían ser olvidados tan pronto una canción no trepase al Top Ten. ¿Cuánto podían demorar las chicas que gritaban, lloraban y se tiraban de los pelos por ellos, en empezar a gritar, llorar y desmelenarse por otra banda?

 

McCartney & Co. (Mary, Heather), en la granja escocesa.

 

Desde el documental, McCartney admite que pensó que no volvería a escribir una canción. A fin de cuentas, después de dejar la escuela no había sido otra cosa que un Beatle... y ahora no era nada. En esa instancia se deprimió, bebió demasiado whisky durante dos meses y finalmente salió a flote, con la ayuda de Linda. Lo sorprendente es que la música que empezó a producir entonces era la que menos le convenía. McCartney había sido la gran bestia pop de Los Beatles; el mejor socio del productor George Martin; el artífice de muchas de las innovaciones sonoras de la banda; el tipo al que se le ocurrió el concepto de Sgt. Pepper —una banda alternativa, ya no Los Beatles sino La Banda de Corazones Solitarios—; el artista que, a pesar de que se lo tildaba de blando y meloso, inventó el heavy metal en 1967 con la canción Helter Skelter. Con todo el amor que le tengo a los otros tres, la capacidad musical y la imaginación de McCartney les dio siempre vuelta y media. Si alguien estaba en condiciones de grabar un álbum en el '70 que le permitiese decir Les Beatles, c-est-moi, era Paul. No le hubiese costado mucho sumar a sus composiciones otras a la manera de Lennon y Harrison y sugerir la amplitud que solían tener los últimos discos de su banda original.

Y sin embargo, hizo todo lo contrario. Se llevó a Escocia una grabadora de cuatro canales y trabajó solo, tocando todos los instrumentos, con la ocasional colaboración de Linda en voces. Por primera vez en años, no tenía que discutir arreglos con sus compañeros. La sensación de libertad debe haber sido intoxicante. El resultado fue, en todos los sentidos, un álbum casero. El escritor y periodista Peter Doggett dice que de algún modo McCartney inventó allí lo que hoy llamamos grabación lo-fi, de baja fidelidad, de la que tan buen uso hicieron tantas bandas alternativas.

 

 

El disco McCartney, debut solista, era una colección ecléctica. Comenzaba con una joda de 44 segundos, The Lovely Linda, destinada —imagino— a convencer a sus detractores de que se había vuelto loco. Después alternaba canciones sencillas con instrumentales. Entre ellas había cosas como Junk: una joyita melancólica, esbozada con la misma falta de pretensión que caracterizaba todo lo demás, que escondía el dolor por una ruptura. (El amante abandonado se identifica con lo descartado, porque eso es lo que significa junk — basura.) Pero nada sugería que estabas en presencia de un artista que reclamaba su lugar en la historia. Al contrario: era el sonido de un músico zapando con su alma, a espaldas del mundo.

Lo que sí te dejaba en ascuas, prometiendo algo más, era la última canción. Maybe I'm Amazed comenzaba con un piano ambicioso, sumaba coros y órgano y no sonaba como algo grabado en un granero, sino en una milenaria iglesia de piedra. Era, a la vez, la única canción que de algún modo expresaba sin disimulo lo que le ocurría: "A lo mejor soy un hombre solitario que está en medio de algo que no termina de comprender", decía a los gritos. ¿No es eso algo que todos podríamos decir, hoy más que nunca?

 

 

En un cuestionario de esa época, se enfrentó a la pregunta respecto de sus planes: ¿se tomaría vacaciones, compondría un musical, haría una película, se retiraría? McCartney respondió entonces: "Mi único plan es crecer".

Recuerdo que a comienzos de los '70, cuando compré el disco, me produjo ternura la foto de la contratapa. Mostraba a McCartney y a Mary bebé asomando apenas, desde el interior de su campera. En aquel entonces no elaboré nada, simplemente me gustó la foto. Hoy pienso que ese hombre que jugaba a cargar una criatura en su vientre —a estar preñado— intentaba sentir algo distinto de lo que predominaba en su ánimo.

 

 

 

 

El juguete sonoro

Su segundo álbum post-Beatle se llamó Ram. Esta vez no grabó en la granja sino en un estudio profesional, y no se atribuyó la obra a sí mismo en soledad, sino en sociedad con Linda. (La autoría de todos los temas es compartida.) Ram —el verbo to ram significa embestir, y por extensión insistir, perseverar— es una perfecta radiografía de McCartney en tanto músico. Siempre fue, entre Los Beatles, aquel de los gustos heterodoxos, el de la paleta sonora que incluía más colores. Y en Ram están todos: el rock, la música negra, el folk, el pop, pero también la canción romántica, el jazz de posguerra, la música popular de su niñez. Sonaban instrumentos eléctricos pero también un ukelele, piano de cola, bronces y solistas de la New York Philarmonic, silbidos y hasta la imitación de un instrumento de viento hecha por McCartney a puro trompetazo labial.

Era un disco ambicioso, pero no en el sentido de continuar las búsquedas sonoras de Los Beatles sino de mostrar quién era Paul en términos musicales. Por eso, aunque tuvo buena recepción comercial —como también la tuvo el debut solista del año anterior—, Ram fue destrozado por los medios del rock. Que obviamente esperaban otra cosa: un álbum Beatle, o un disco de rock a la altura de esos tiempos híper-politizados, híper-sexualizados —gracias al éxito de Led Zeppelin, entre otras cosas— e híper-experimentales, desde que el jazz-rock y el rock progresivo ya se encontraban a la vuelta de la esquina. Pero McCartney estaba en otra. No pretendía impresionar a nadie ni consagrarse como el más Beatle de los ex Beatles, sino descubrir quién era en lo más profundo de su alma, ahora que la vida lo conminaba a definir una identidad propia, individual.

 

 

Descubrí Ram a mediados de los '70, y ya entonces me encantó. Tal vez porque me sabía tan poco cool como McCartney: un adolescente de cachetes aún infantiles, que iba a una secundaria religiosa de varones. De hecho lo menciono en mi última novela, Valecuatro, en el marco del Mundial '78, cuando experimentaba como un alivio "pasar una hora al teléfono comentando Ram de McCartney —tan menospreciado, qué injusticia—, en vez de hablar todo el tiempo de pelotas, pelotas, pelotas". El comentario que cuela en el documental Sean Ono Lennon —el hijo menor de John— me sonó a reivindicación, porque para él Ram es "a masterpiece, una obra maestra". Yo no diría tanto, pero sí que es una obra, como tantas de McCartney y por ende McCartney mismo, que se presta generosamente a ser disfrutada.

Lo que los académicos del rock no comprendieron —porque para entonces ya existía una elite que encarnaba el deber ser, señalaba el sendero correcto y fulminaba a los réprobos— era que McCartney no buscaba complacer a nadie más que a sí mismo. A diferencia de otros Beatles, interesados en territorios que excedían lo artístico —la religión en Harrison, la política en Lennon—, McCartney concentró su búsqueda en la música, su verdadera y única vocación. Es de esos tipos que, si lo dejás en medio de un desierto, no tarda más de un par de horas en fabricar instrumentos con arena, piedras y palitos y en armar una banda con grillos y alacranes.

 

 

 

Todo lo que McCartney necesita expresar lo hace a través de canciones. A veces la letra aporta algo esencial —no diré que es un poeta pero sí que es buen letrista, cuando quiere: piensen en Eleanor Rigby, por ejemplo— y otras veces no, cuando las palabras se limitan a cumplir con su función elemental de aportar sonoridad y ritmo. La suya es una aproximación lúdica a la creación. Se origina jugando y recién entonces da pie a otra cosa... ¡pero no necesariamente! También puede quedarse en el estadio del juego y está bien que así sea, porque en el mundo hay cabida para la música leve, que todos necesitamos en un momento u otro —hasta hay lugar para las tontas canciones de amor, como pregona una de las suyas—, y está bien que así sea. Por fortuna para nosotros, no todo en la vida es Schönberg o Nirvana.

Un pasaje del documental expone esta idea de forma elegante. Se le pregunta a McCartney si se considera un workaholic, un adicto al trabajo. Y Paul responde que la música no es work: no es yugo, no es laburo. Porque en inglés, tocar un instrumento o interpretar como lo hace un actor se dice to play. Y to play es, literalmente, jugar. "En todo caso —responde—, soy un playaholic". Un adicto a jugar, a partir de la música. Tal vez eso explique por qué se convirtió en uno de los artistas con menos miedo al ridículo que haya conocido. Porque hacer el ridículo —reírse de uno mismo— también es jugar. Y en el terreno del juego musical, irse al carajo con una melodía infantil o un arreglo empalagoso está permitido, es parte de la gracia: salir a patinar significa arriesgarse a un porrazo y a soltar  carcajadas si eso ocurre. En ese sentido, McCartney es un artista temerario. Carece de autocensura, con todo lo bueno y lo malo que eso entraña.

Se me ocurre que lo que determinó su aproximación a la música es lo mismo que pesó sobre Lennon, eterno ying a su yang (o viceversa). Ambos perdieron a sus madres de muy chicos. Eso es lo común a los dos, pero lo divergente era la personalidad de sus madres. Mary McCartney era una señora típica, enfermera y partera, que iba a su trabajo en bicicleta. En cambio Julia Lennon era la oveja negra de la familia, una mina moderna, llena de chispa, a la que le gustaba el rock — música de gente descarriada, que le venía como anillo al dedo. Aunque haya sido sin que se diesen cuenta, eso es lo que tanto Paul como John parecen haber hecho durante toda su vida: música para complacer a sus respectivas madres.

 

 

 

 

Qué cosa, Linda

Dije que McCartney focalizó su búsqueda en la música, pero esa afirmación está incompleta. Es verdad en lo que atañe a su quehacer profesional, artístico. Pero le falta aquello que concierne a su vida privada, a su ambición como ser humano. El documental también aborda esa dimensión, desde que convierte a Linda Eastman en co-protagonista.

Linda era hija de un abogado especialista en arte y entretenimiento. (Entre sus clientes estaban desde Tommy Dorsey hasta Willem de Kooning.) Su madre murió en un accidente de aviación en el '62. Linda pasó de recepcionista en la revista Town & Country a formar parte de su staff de fotógrafos. Pronto se hizo un lugar en el estadio Fillmore East que regenteaba Bill Graham, donde retrató a gente como Aretha Franklin, Janis Joplin y Bob Dylan y a bandas como The Who y The Doors. Fue la primera mujer en publicar una foto en la tapa de la Rolling Stone. Así conoció a McCartney, a quien impresionó por su independencia. Se casaron en marzo del '69 y McCartney adoptó a la hija de Linda, Heather, de forma legal.

 

Linda Eastman McCartney.

 

El documental sugiere que también los unió el hecho de ser huérfanos de madre, convenciéndolos de ofrecer a sus hijos una familia estable. Esa fue una de las razones por las cuales Paul le ofreció integrarse a la banda Wings, aun cuando ella no sabía tocar instrumento alguno. (Él le enseñó entonces rudimentos de piano y ella se las arregló de allí en más.) "Yo no estaba ahí porque cantaba bien o era la mejor tecladista", admite Linda, que tuvo que bancarse críticas impiadosas. "Estaba ahí porque nos amábamos".

A diferencia del común de los rockeros, que emprenden giras mundiales dejando la familia en casa, McCartney asoció a su esposa musicalmente y, de ese modo, se llevó la familia a cuestas, fuere donde fuere. El testimonio de los ex músicos de Wings da cuenta de que, antes que descontrol rockero, tanto los estudios de grabación como los ómnibus de gira tenían el descontrol propio de un jardín de infantes. No había niñeras ni chefs, el bebé dormía en el cajón de un mueble y la comida era casera.

Man On The Run está articulado en gran medida sobre las fotos y las filmaciones caseras de Linda, que acompañó a McCartney como compañera y como música hasta su muerte en el '98, a causa de un cáncer de mamas. Esa fue la mujer a quien me crucé en noviembre del '93, en los camarines del Tokyo Dome de Japón, cuando entrevisté al McCartney que poco después tocaría por primera vez en la Argentina. Antes de empezar me ofreció un té con suma amabilidad, y lo preparó con sus propias manos. Créanme que eso no es común en términos de la realeza del espectáculo. Esa clase de gente tiene asistentes para todo. No ofrece nada que ya no venga hecho o resuelto, y mucho menos te lo sirve. Eso hizo Linda entonces, mientras yo conversaba como en el living de casa con el tipo al que venía escuchando desde que tenía uso de razón. (En esa circunstancia, yo también estuve en medio de algo que no terminaba de comprender.)

 

 

El documental no va más allá de la década del '70. Desde entonces, McCartney no ha dejado de producir nueva música y de girar por el mundo. Con ostensible falta de pretensiones, todo lo que demandó de su público es que le permitiese seguir jugando. Y el público, en respuesta a su generosidad como artista, se lo concedió. Ha compuesto y grabado toneladas de música: siempre agradable, resbalando y cayendo a veces, consistentemente interesante y por encima de la media de los músicos del mundo. De vez en cuando regala todavía canciones como Calico Skies (1997) y Jenny Wren (2005), que nos recuerdan que somos contemporáneos de un genio de la forma.

 

 

Hoy McCartney tiene 83 años. Cerró hace poco una nueva gira mundial, que volvió a traerlo a la Argentina. (Ocasión en la que fui a escucharlo y verlo otra vez, sólo que ahora en patota: con mis hijos, una de mis hijas y mi compañera.) Esta semana circularon imágenes que lo muestran asistiendo a un desfile de su hija, la diseñadora Stella, en París. Los dos pilares de su existencia siguen allí, sosteniéndolo tal como lo han hecho durante más de medio siglo: la música y la familia.

Puede que me haya puesto a pensar en estas cosas porque vengo de perder a alguien de mi familia. Una prima de mi madre —una señora grande, no se aflijan— que era aquella a la que yo llamaba desde el teléfono fijo de mi casa de Flores, cuando tenía cuatro o cinco años, para que me hiciera escuchar a Los Beatles. Porque por entonces no había reproductor de vinilos en mi casa, y no me quedaba otra que pedirle a Ana que pusiese en su casa el single que ella tenía —e incluía I Saw Her Standing There, Anna (Go to Him), Misery y Twist and Shout— y escucharlo a través del auricular de baquelita negra.  

 

 

Durante muchos años Lennon fue mi Beatle favorito, el que más admiraba. Por sus canciones desde ya, pero también por su iconoclastia, su valentía, su espíritu incendiario. Tal vez lo sea todavía, en esos términos. Pero ya no tengo dudas de que McCartney, además del autor de muchas de las canciones que me enseñaron qué es la belleza, es también el Beatle que vivió como yo siempre quise vivir. Tratando de ser honesto consigo mismo, de ser honesto con su arte y considerando a la familia como la más ambiciosa y duradera de sus creaciones.

Además de la frase en que se reconoce como alguien en situación que desafía su capacidad de comprensión, el estribillo de Maybe I'm Amazed dice asimismo: "Puede que seas la única mujer en condiciones de ayudarme. Baby, ¿no me ayudarías a entender?" No le pide a su compañera —la canción es para Linda, inequívocamente— que se le someta, que lo satisfaga, ni que lo banque, ni que sea indulgente con sus caprichos. Le pide que lo ayude a entender. Lo cual puede parecer poco pero no lo es, en el marco de esta existencia que, si nos descuidamos, se nos va de las manos sin haberla valorado ni experimentado a fondo.

Esto lo intuyó McCartney a los 27 años, cuando se decidió a crecer. Que hay que ser y estar conscientes para no desperdiciar la oportunidad dorada de existir a pleno y con dignidad, sin aceptar ninguna de las excusas con que la sociedad nos tienta para que justifiquemos hacer algo que avergüenza; y que no podemos lograrlo solos. Aunque más no sea por esto, le estaré agradecido durante el resto de mi vida, y más también.

 

 

 

 

 

 

 

 

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