Toque de queda y pedagogía del miedo

Crónica de la marcha No al G-20 en un corral convertido en ratonera

 

Ya no fue sólo el Congreso. El escenario del miedo con 22.000 hombres de las fuerzas de seguridad federales, de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires, operó a través de conferencias de prensa y deslizó una resolución de último momento que habilitó el uso de armas de fuego. Cortó accesos a la ciudad. Anuló trenes y subtes. Colocó camiones hidrantes, motos y uniformados con escudos y cascos en medio de las calles. Y usó el rumor para agitar el terror hasta el mundo íntimo del celular. Aún así, una movilización de diez cuadras desplegó banderas y colores bajo ese toque de queda hasta el Congreso y protestó contra los acuerdos globales del G20. No hubo un sólo gas lacrimógeno disparado por las fuerzas de seguridad. La gente marchó, pero en un corral convertido en ratonera.

 

Foto: Luis Angeletti

 

"Todo el tiempo mirabas a los costados", dijo el Negro Eduardo Montes del Frente por Trabajo y Dignidad Milagro Sala, apenas terminó la marcha, una organización que no convocó a la movilización pero dio vía libre a sus integrantes. El viernes 30 de noviembre a las dos de la tarde el punto de encuentro para la marcha establecido después de un acuerdo que no llegaba, fue 9 de Julio y San Juan. Ese lugar mostró a la ciudad divida en dos partes. Hacia el puerto, las calles estaban bloqueadas por vallas y con grupos de fuerzas de seguridad caminando a modo de retenes en los barrios. Hacia el norte, la avenida de Mayo mantuvo amuralladas todas las bocacalles, desde la 9 de Julio hasta Callao. Ese esquema se repitió de forma intermitente hacia el sur de avenida de Mayo, trasformando el paso hacia delante en un embudo.

"Sabíamos que íbamos hacia una ratonera", siguió Eduardo. "Y que si había represión, seguramente no iba a ser posible salir de ahí, al menos sin cientos de detenidos".

 

Foto: Luis Angeletti

 

Esta vez no hubo represión, sino escenificación de la guerra. Gente que se acercaba al tanque de gas lacrimógeno a hacerse una selfie. Jefes de escuadrones hablando ante una cámara de televisión. Patricia Bullrich que dijo "tenemos el operativo de seguridad planeado con el servicio secreto de Estados Unidos". Y enorme despliegue de cámaras de todo el mundo que corrieron cuando cuatriciclos de la policía salieron a cazar a tres pibes, a cuarenta metros del punto de encuentro. Las cámaras tomaron primer plano de las patas de la policía y todo lo que pudieron tomar. Una lona con los objetos de los pibes: bengalas, un colorante, muchos limones, y un pequeño martillo.

¡Tenemos todo el derecho a movilizarnos y a manifestarnos contra el G20!, dijo Nora Cortiñas, 88 años y medio, bajo el rayo del sol, con el pañuelo puesto en el punto de partida. Al lado iban integrantes de la Confluencia No al G20 y el Foro Feminista, el grupo de activistas locales y globales que preparó durante un año las acciones de la Cumbre de los Pueblos, con tres días de actividades, foros en Sociales y carpas de debates sobre Migraciones, Soberanía Alimentaria y Feminismos. Detrás de la línea de partida marcharon los espacios de la izquierda, el PTS y el MST.

 

Foto: Luis Angeletti

 

Marcharon el SERPAJ, la CORREPI y la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos. Hubo presencia de movimientos sociales y gremiales. El Movimiento Evita y la CTEP, Patria Grande, delegaciones de las dos CTA y ATE y el SIPREBA. Hubo columnas de la CCC y el PCR. Y organizaciones de base popular como La Poderosa, la Izquierda Popular y el Frente Darío Santillán. Por esa presencia, Eduardo Montes dijo que la marcha fue más numerosa de lo imaginado y diversa. Estuvieron el Tano Catalano buscando lugar para su columna y Juan Grabois hablando a la tele.

"Hay una serie de hechos que fueron demonizando la protesta", dijo Patricio del Corro, legislador del PTS. Mencionó detenciones de una hora antes. Y dijo: "Hay gente que está viniendo y si ve eso se atemoriza con el clima". En eso consiste la puesta en escena del miedo. Las organizaciones llegaron con esquema de seguridad, cintas de protección para las columnas y estrategias de retirada urgente ante alertas. Pero aún así, nadie parecía saber qué podía pasar. De pronto alguien dijo que otro dijo que no se iba a poder acceder al Congreso. Una movilera estaba convencida de que se iba a poder llegar, pero también que no se iba a poder salir. Y un reportero de la televisión alemana aparecía preparado para el peor escenario.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Y por qué?

—Porque ya pasó en Hamburgo, dos semanas de caos con el G7. Y en Alemania la gente no está mal como acá, hay resto.

Los fotógrafos se armaron protectores con cascos de bicicleta, máscaras caseras para respirar y antiparras más caseras para cubrirse los ojos.

- ¡Y claro que falta gente, si cagaron de miedo a todo el mundo, yo misma tuve dudas de salir!- dijo Elida Folchi, integrante de espacios de militancia múltiple de La Plata. Para entonces discutía con dos compañeras: puesta en escena de un show de 60 palos verdes, según su cuenta, por un capricho de este fantoche que se pone de rodillas para que le tiren un mango. Una joven pasó con un piloncito de estampas.

—Tomen— les dijo—: El Plumero de la Pampa, un guerrero milenario que protege a los pueblos.

La calle aún en plena tensión puso en escena los colores.

 

Foto: Luis Angeletti

 

Hubo cantos.

A vos te queda poco, Mauricio botón.

No estuvo el Baby Trump, pero un grupo de mujeres pelaron cuerpos pintados con los colores de las banderas del G20. Hubo un local de McDonald's inflable. Muñecos de cartón con la cara de Macri, Trump, Vidal y Lilita. Un pibe pasó con una remera que decía: El que no salta es un inglés. Hubo cantos con la palabra Bolsonaro. Un cartel decía: Fuera G20 y Macri.

 

Foto: Luis Angeletti

 

"El principal problema que vemos en el G20 es que se olvidaron de invitar al pueblo", dijo Adolfo Pérez Esquivel un día antes, al explicar el recorrido acordado con el gobierno. "Es el club de los ricos y poderosos que quieren decidir entre 20 personas el destino de toda la humanidad sin escuchar a la gente. Son los grandes capitalistas que se juntan para ver como van a dominar al resto del mundo".

 

Foto: Luis Angeletti

 

La columna dio los primeros pasos a las 15.30. Y recién a las 16.50, la primera parte logró entrar a Avenida de Mayo. Tuvo que atravesar una vuelta convertida en codo repleto de policías. Hacia adelante, la Plaza de los Dos Congresos había cambiado los límites. Desde el día anterior, ya no terminaba en la desembocadura de Callao. Terminaba en otra valla cruzada de lado a lado de la Plaza, de avenida Rivadavia a Hipólito Yrigoyen. "Estas tierras son nuestras", decían las leyendas escritas con aerosoles sobre las vallas. Y al lado, había otra: Bienvenidos al infierno.

Eleonora Pedot es parte del movimiento campesino indígena Vía Campesina, integra el espacio de Confluencia y estuvo en la organización de la acciones que se llevaron adelante en la Plaza desde el jueves. "Queríamos montar las carpas del lado de adentro de la Plaza y dejar libre la calle, pero nos cercaron", dijo sobre la novedad del vallado que les pusieron el jueves a la mañana. "Todos nos sorprendimos por el nivel de estado de sitio que nos ha puesto el gobierno. Para acceder a Capital nos encontramos con las autopistas totalmente cercadas por Gendarmería, cortadas, como si el pueblo no tuviera derecho a circular. Toda la Capital está con vallas por todos lados, sin sentido lógico, y en una cumbre en la que no sólo no está el pueblo sino que se hace en otro lado, por eso no entendemos por qué tanta militarización".

Foto: Luis Angeletti

 

Entre las columnas pasó Roque Azcurraire, Manu, el fotógrafo de La Garganta torturado por la policía en 2016. Vio un cartel en la calle. E hizo foco en ese letrero con indicaciones de tránsito: Centro Cerrado. Utilice otro camino. Pasó la bandera de H.I.J.O.S. La Matanza. Y en la calle se oyó el nombre Santiago Maldonado, un día después del cierre de la instrucción que lo instala como único responsable de su muerte. H.I.J.O.S. La Matanza sacó un comunicado poco después. Habló del estado de la calle pre-G20, de la muerte de dos jóvenes de Rafael Castillo por un policía de franco, de los nueve muertos de la comisaría de Esteban Echeverría, de la muerte de Rodolfo Orellana por una bala policial y también de eso que acá en la calle también empezó a llamarse toque de queda. Ellos lo mencionaron en el contexto de los barrios, como si se tratara de una corriente que poco a poco se entiende habitual.

"El toque de queda —dice la carta de H.I.J.O.S—, para los que han perdido la memoria, es la prohibición de circular libremente impuesta por organismo estatal. En la Argentina rigió durante la última dictadura cívico militar, los horarios eran manejados por los distintos jefes de las fuerzas en las áreas y jurisdicciones que tenían a su cargo. Este avasallamiento a las libertades constitucionales de circular libremente es aplicado nuevamente en La Matanza. La Gendarmería Nacional, en los barrios populares de Puerta de Hierro, Villegas y San Petesburgo, aplica hoy el toque de queda para impedir que los menores de 20 años salgan de sus casas después de las 22 horas. Todo aquel que entra al barrio es requisado, sin orden y porque si, les secuestran los celulares y revisan los contactos y llamadas, porque sí, porque son morochos, porque viven en el barrio, porque usan gorras".

Al llegar a Plaza Congreso, las columnas se dividieron en dos partes. Unas entraron por Rivadavia, las otras por Hipólito Yrigoyen. La gente se detuvo. Nora Cortiñas leyó un documento. Luego salieron las primeras columnas por la calle Solís, el único espacio abierto.

 

Foto: Luis Angeletti

 

"Esto fue una demostración de fuerza de ellos hacia afuera, un mensaje: están diciendo que tienen controlada la calle", dice Eduardo Montes de nuevo. ¿Y hacia adentro? Lo mismo. El gobierno buscó mostrar que la gente tiene que acostumbrase al despliegue militar. "Nos van acostumbrado y van minando la calle —dice—, pero eso no es eterno. Lo que empieza a ponerse en juego en la calle para nosotros no es el miedo, es el 2019".

 

 

 

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