El mundo de hoy tiene el espesor de la pesadilla. Pone en acto temores profundos, en el escenario más dantesco que el inconsciente logre conjurar, y nos somete a un mal sueño que experimentamos como si fuese real. Pero de las pesadillas convencionales despertamos, más temprano que tarde. De la realidad no parece haber modo de despabilarse. Uno abre los ojos cada día, preguntándose si la alucinación se habrá desvanecido al fin. Sin embargo, como en el cuento de Monterroso, despertar sólo reafirma que el horror —ese dinosaurio que se resiste a la extinción— sigue allí.
Nuestra realidad es casi indescriptible. Y lo es porque hibrida elementos discordantes. Podríamos describirla como una cruza entre las tenebrosas ficciones de Edgar Allan Poe y Tonto y retonto. Las referencias son claras, pero a uno le cuesta imaginar un relato que combine ingredientes antitéticos. (¿Quién podría describir cómo sabe el locro con sambayón?) A no ser, claro, que sintonicemos un canal de noticias, naveguemos las redes o conectemos con lo que pasa en la calle. Ahí no queda otra que mandar la incredulidad al freezer y resignarse a que, por descabellado que parezca, eso que hasta ayer sonaba imposible está pasando.

No sé ustedes, pero yo me pellizco varias veces al día –metafóricamente, aclaro—, para convencerme de que lo que tengo delante es real, aunque parezca un desvarío tomado de un cuadro de Dalí. En estos días, sin ir más lejos, estamos embarcados en una guerra ajena que amenaza con descajetar la vida cotidiana de parte de la humanidad. La crisis energética y económica que tenemos ad portas se cargaría gobiernos y leyes y alteraría nuestras formas de viajar, de comunicarnos, de comerciar, de trabajar y de cobrar por nuestro trabajo, de alimentarnos. Transformaría el escenario mundial de un modo nunca visto, desde la Segunda Guerra. Y al mismo tiempo, esa bomba de tiempo de efecto disruptivo para miles de millones sería consecuencia de una voluntad unipersonal. La decisión de alguien a quien podríamos describir como El Hombre Menos Apropiado Para Ser Presidente, de no ser porque esa descripción no le hace justicia.
Me refiero al Donald Trump que días atrás anunció ante las cámaras, con su pompa habitual, que los iraníes le habían ofrecido ser su líder supremo. Miren que este tipo es una máquina de decir sandeces, pero esta se lleva la copa. ¿Quién puede creer que un nacional del país agredido le haya ofrecido convertirse en su nuevo ayatollah? El representante con quien habla debe ser la versión iraní de Tangalanga.

Esta declaración inspiró infinidad de bromas. Por ejemplo la de un tal William Buecker, según la cual "Trump dijo que el Vaticano lo llamó y le pidió que fuese el nuevo Papa. Pero él respondió que declinaría la oferta, porque interferiría con sus deberes de flamante Mago de Oz".
Y uno se ríe, claro. ¿Cómo no te vas a reír, si el tipo es un payaso? Pero ese acting es parte de la perversidad del personaje y del sistema que lo sostiene. Porque reírte de Trump se vuelve inevitable, es una reacción natural ante el dislate. Pero hay cosas de las que no deberíamos reírnos, ¿o no? Uno no se ríe de la pedofilia, no hay nada gracioso ahí. Tampoco nos reímos de una violación. Y menos del genocidio. Y aun así, vivimos celebrando los chistes aparentemente involuntarios de pedófilos, violadores y genocidas.
Digo aparentemente involuntarios porque todo sugiere que no lo hacen a propósito. Que los tipos son así, nomás, graciosos a pesar suyo, de impresentables que son. Pero su actuación genera un efecto político. Cuando te reís del Trump que se imagina ayatollah y recordás que el tipo viene de cargarse a 100 nenas en una escuela (a la cual, para peor, volvió a bombardear dos veces, matando a la gente que intentaba rescatarlas y elevando la cuenta fatal a 175), se te fríe un circuito en el cerebro, aunque no lo percibas. Porque, aunque sea de manera inconsciente, registrás que estás riéndote de alguien que no debería producir gracia, porque todo lo que fabrica, hace y crea es espantoso. Y esa idea no nos gusta, porque: ¿quiénes son los que se ríen cuando no deben reírse? Exacto. Los locos. Y nosotros no queremos ser locos. Defenderíamos la noción de nuestra cordura a capa y espada. Nosotros no estamos locos, cómo se les ocurre. Somos gente íntegra y sana. ¡Normalísima!
El caso es que estamos hundidos hasta el cuello en una situación que angustia por razones empíricas (pocas cosas más concretas que las bombas y los bolsillos vacíos), pero también porque compromete el equilibrio psicológico. Persuade de que no hay suelo firme bajo los pies, de que cada paso puede producir una caída hacia un fondo que a su vez se abrirá también, para que sigamos despeñándonos. Una escalera de Escher, que siempre te lleva de regreso al primer escalón. Una matrioshka infinita: abrís el delirio y adentro hay otro, y dentro de ese uno más, y así.

Mi experiencia meta de esta semana la inspiró un posteo que recreaba otra escena abracadabrante con Trump como estrella. En esta oportunidad, después de escuchar un interminable ditirambo de parte del siniestro Stephen Miller, Trump se dirigió al director del FBI y le dijo: "A ver, Kash, si podés empardar eso". Y acto seguido, Kash Patel —a quien un grupo iraní acaba de hackearle su cuenta de Gmail: el Superagente 86 era más digno— arrancó así: "Señor Presidente, gracias por hacer de Estados Unidos el país más seguro de este verde planeta creado por Dios". Ante el esperpento, el twittero reflexionaba: "Es difícil creer que esto no sea un sketch de los Monty Phyton", en referencia al legendario grupo cómico. ¿Y quién era el twittero? John Cleese, fundador de los Monty Python.
Si un Monty Python ya no puede diferenciar entre la realidad y los sketches delirantes que escribía y protagonizaba, es porque el mundo, como pretendía la comedia de Stanley Kramer, está loco, loco, loco.
Sólo que esta vez no se trata de locura simpática, sino criminal.

Apenas un periodismo
Ojo, que la realidad argentina no se achica en materia de desatinos. Días atrás, en el seno de las Naciones Unidas, nuestro gobierno se negó a calificar la esclavitud como un crimen de lesa humanidad. Votar de ese modo no nos equipara con Israel y los Estados Unidos e Israel, únicos otros países en negarse a reconocer ese crimen como tal. Más bien nos desnuda como un paisito dispuesto a amancebarse, a someterse al rol de esclava sexual de dos machos poderosos. Entiendo que desde la perversión común a tanto libertario de fuste esto suene deseable, pero la inmensa mayoría de los argentinos no se visualiza así, ni quiere hacerlo. Si hubiese una compulsa popular, estoy seguro de que el 95% abominaría de la esclavitud y del tráfico de personas. Lo cual dejaría en evidencia que los funcionarios a quienes elegimos para que nos representen, no nos representan.
Este hecho no es sino la enésima demostración del estado de cosas propio de la pesadilla. Porque en las pesadillas, nada funciona como debe. Las reacciones no se corresponden a la acción o la misma acción es postergada por la impotencia. Y en la realidad argentina pasa lo mismo. Todo anda mal. La lógica cartesiana ya no aplica. Apretás el botón del baño y afuera llueve. Milei difunde una imagen propia almorzando en su despacho de la Casa Rosada, pero a través de la ventana se ve otra Casa Rosada. El jefe de gabinete convoca una conferencia de prensa para no responder nada. Las relaciones exteriores del país no están en manos de la Cancillería, sino del Chiqui Tapia, Alverso Fernández y Marcela Pagano. (Que, acá entre nosotros, no son precisamente Saavedra Lamas.) La gente empezó a saltearse comidas, pero actúa como si todo anduviese pipí cucú.

Nada de esto es casual. El poder nos necesita engañados, confundidos. En los '70, lo hicieron a través del miedo. Ahora se concentran en enloquecernos. Los poderosos saben que, ante el panorama de un mundo patas para arriba —donde nada es como era, ninguna institución cumple con su rol y nadie sabe qué esperar—, nos aferraremos a nuestras conductas y pensamientos rutinarios como Milei a su carpetita de apego. Fingir normalidad mientras todo arde es lo que hacemos para no asumir que ya formamos parte de la locura, aunque más no sea en términos funcionales. Porque nuestra actitud presente no colabora a imponer cordura. Al contrario: le hace el juego a la demencia generalizada, practica el siga siga.
Por eso hacemos de cuenta que el mundo continúa su marcha, a pesar de que todo indica que se desbarranca. La más rimbombante democracia de Occidente mata a 100 pibitas en una escuela, pero acá no pasó nada. Milei perpetra una estafa multimillonaria a la vista del mundo, pero la que está presa es la ex Presidenta cuyos presuntos delitos no lograron probar. Total normalidad, como decía Clarín el 25 de marzo del '76. (O sea: TN.)
El país que conocíamos ya no existe, o existe en algún tipo de suspensión a lo Han Solo en carbonita, o está en pleno episodio psicótico y por ende incapacitado. Entiendo, por lo tanto, que deberíamos plantearnos qué hacer en esta situación. Porque no podemos seguir haciendo las cosas como las hacíamos hasta hace poco. Sería absurdo hacer política como la hicimos entre el '83 y el 2015, porque el tablero es otro y las reglas también. Y sin embargo, se sigue haciendo esa política, aunque sea por inercia.

Del mismo modo, creo que no deberíamos seguir haciendo el mismo periodismo que hicimos del '83 en adelante. Y sin embargo, el común de los medios finge normalidad, como la fingen los políticos que sólo piensan en el cargo al que aspiran en las próximas elecciones: refrendando sus rutinas, amarrados a sus hábitos y formas tradicionales, en un país crecientemente ajeno hasta lo irreconocible — que cada vez los lee menos, los ve menos, los entiende menos.
Soy consciente de estar expresándome a través de un medio donde me desempeño como apenas un periodista, diría Manuel Medio pelo Adorni. Por eso mismo —porque valoro mi oficio más que nunca— me preocupa su capacidad de cumplir con la función original de ayudarnos a conocer y comprender la realidad. Me pregunto, pues, cómo deberíamos practicarlo ahora, en un país que se parece cada vez menos al que San Martín soñó y más a una retorcida fantasía de Lewis Carroll.
Levar ANCLA
En estos días dedicados al análisis del golpe de Estado que arrancó hace 50 años, se hace hincapié en las similaridades entre el plan económico que se implementó entonces, dando un golpe de timón que aún no enderezamos, y el plan que hoy implementa Milei. Los parecidos entre ambos regímenes no acaban ahí. Sus pieles serán diferentes —uno surgió de una intervención militar en la vida civil, el otro de elecciones libres—, pero aun así están emparentados. Cambió el tipo de violencia que practican, pero no el hecho de que se imponen a golpes. Imagino que nadie lo entiende mejor que las mujeres. Ellas saben que no hace falta que sus maridos o parejas les peguen para que exista violencia en casa: no hay que olvidar la intimidación, la descalificación, la indiferencia, la mentira. Hoy la norma no es la violencia física, más allá de la represión a las marchas, pero sí la violencia psicológica que, como decía recién, enloquece y por ende incapacita.
También se parecen en su completo desprecio por la ley. La Junta Militar disolvió el Congreso, archivó la Constitución y las garantías individuales e instauró sus propios códigos por decreto. Milei no llegó a tanto —porque no le da el cuero, no es que no quiera—, pero en los hechos actúa como si la ley no existiese. En estos días hay paro universitario porque el gobierno se niega a acatar la ley de financiamiento, vigente desde comienzos de octubre pasado. Es decir: la ley se sancionó, pero Milei no la cumple. Se caga en ella. Y si el Presidente se caga en la ley, ¿qué queda para nosotros, el resto de los ciudadanos? ¿A qué deberíamos atenernos? Como dirían en El Chapulín Colorado: si el gobierno hace lo que se le canta y tampoco podemos contar con la ley, ¿quién podrá defendernos?

Pensando en esto me puse a releer un libro que recrea una experiencia periodística ocurrida en tiempos de excepción. Me refiero a Rodolfo Walsh y la prensa clandestina, 1976-1978, de Horacio Verbitsky, que Ediciones de la Urraca publicó en 1985. La presión que la dictadura ejerció sobre los medios no tiene nada que ver con la situación actual, está claro. La violencia psicológica es lo de menos, cuando los palos que llueven son reales. El bando número 19 de la Junta anunció el mismo 24 de marzo que se recluiría por diez años "al que por que cualquier medio difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las Fuerzas Armadas, de seguridad o policiales". (Me pregunto si, a la hora de redactar comunicados, se le pedía a cada una de las armas que aportase un verbo, sustantivo o calificativo. Su tendencia a enunciar por triplicado sigue siendo apabullante.)
"También se emplearon la insinuación, la advertencia o la coacción como medio de suprimir otros órganos informativos", dice Verbitsky. "El director ejecutivo de Crisis, Federico Vogelius, fue arrestado, torturado y extorsionado hasta que la revista dejó de aparecer... Sobre la gran prensa diaria y semanal bastó la recomendación amistosa acerca de los temas desaconsejables y los enfoques inconvenientes".
La mordaza que se aplicó fue de hierro, descaradamente criminal. Nada que ver con la situación presente. (De las viejas recetas censoras, la única que sobrevive es el manejo discrecional de la pauta, que se te niega a no ser que te comprometas a hablar siempre bien de quien pone la tarasca.) Lo importante es no caer en la ingenuidad de pensar que las condiciones en que subsisten los medios actuales son mejores. Se los condujo a una situación de emergencia similar, sólo que por otro camino. El gran cambio lo introdujeron las nuevas tecnologías... y sus nuevos dueños, por supuesto. Desde que existen Internet y las redes, ya no hace falta clausurar o cerrar un medio. Los tecnoseñores tomaron la Pelopincho donde flotaban los barquitos de los medios tradicionales, la mudaron al fondo de un ancho valle y abrieron las esclusas del dique comunicacional, inundándolo todo.
Como dijo Neil Postman en el libro Amusing Ourselves to Death, al comparar las distopías de George Orwell (1984) y Aldous Huxley (Un mundo feliz): "Orwell temía que nos privasen de información. Huxley temía que nos diesen tanta, que terminásemos reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que se nos ocultase la verdad. Huxley temía que la verdad fuese ahogada en un mar de irrelevancias".

El problema de la prensa independiente de hoy no es la libertad de expresión, sino las posibilidades reales de hacerse oír, desde el fondo de un océano de información. ¿Quién te va a descubrir, a prestar atención, a escuchar o entender, si tu paginita o tu radio o tu canal de YouTube gritan en lo más hondo de la Fosa de las Marianas?
Además de compilar los textos que Walsh produjo y ayudó a producir desde la clandestinidad, Verbitsky describe la situación que lo condujo a crear periodismo en condiciones desesperantes. Convencido de que la realidad que impuso la dictadura era tan atroz que impedía "a las masas ni siquiera pensar en el poder, sino en resistir para sobrevivir", concluyó que había que generar "una prensa clandestina y descentralizada". Tenía claro que no se podía pensar en revistas ni diarios, que implicaban grandes locales e imprentas y por ende serían "un blanco terriblemente fácil para el enemigo". Entonces "reunió a un mínimo grupo de periodistas y armó una extensa red de informantes". Con ellos creó una agencia de noticias: ANCLA, Agencia de Noticias Clandestina. Sus cables fueron "uno de los primeros instrumentos de la denuncia contra la Junta, que el gobierno llamó sin originalidad campaña antiargentina", dice Verbitsky.
Poco después Walsh apeló a un nuevo instrumento de difusión, Cadena Informativa. Muchos recordamos de memoria la forma en que presentaba sus servicios: "Cadena Informativa puede ser usted mismo, un instrumento para que se libere del terror y libere a otros del terror. Reproduzca esta información por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo... Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad".
La Cadena difundía textos breves, fáciles de reproducir. Los escribía Walsh, dice Verbitsky, "sacándole chispas a una portátil Royal negra esmaltada que le compró a Matusalem... Era el producto de la mínima unidad informativa posible. Un hombre con su máquina de escribir, sublevado contra la brutalidad".

No hablo de imitar a Walsh de forma literal, porque la situación en que acometió esa tarea heroica no se parece a la actual. La cosa ya no pasa por hacer llegar información a los medios tradicionales. Se trata, más bien, de encontrar un método que permita al ciudadano encontrar la aguja del dato o razonamiento relevante en el pajar de pelotudeces que es la web.
Aun así, creo que la experiencia del Walsh periodista durante su último año de vida ofrece dos pistas valiosas para el presente.
Un acto de libertad
La primera tiene que ver con el reposicionamiento que implicó. Uno tiende a pensar que la decisión de anunciarse clandestino —la resonante CLA de la sigla ANCLA— derivó de las conducciones en que se creaba y circulaba esa producción periodística. Por supuesto que sí, pero se me hace que no era el único sentido de la reivindicación. Imagino que implicaba además una toma de posición, ideológica para empezar, y quizás hasta metafísica.
Tal vez haya sido una forma de decir que ese medio, a pesar de adoptar el probado formato de agencia de noticias, no pensaba ser un medio más: burgués, comercial, tradicional, sino uno cuya esencial razón de existir era oponerse al poder vigente. Si la coalición oligarquía-iglesia-milicos es el poder, nosotros —dice la agencia ya desde su nombre— estamos en la vereda de enfrente. Si ellos son la fantasía oficial, nosotros somos la verdad clandestina. La misma adopción de la sigla ANCLA, que sonaba a medio de la Armada antes que de la izquierda peronista, expresaba una voluntad de contradecir plasmada con humor walshiano; un modo de decir desde el vamos no somos, ni seremos nunca, lo que el poder cree que somos.
Yo creo que una toma de posición similar ayudaría a los y las periodistas que, desde el campo popular, queremos cultivar el oficio desde la resistencia al régimen y —por qué no— generar nuevas formas que la lleven adelante. Un posteo reciente describía de este modo al gobierno de Trump: "Esta administración es, por entero, una organización criminal... La manipulación de los mercados, el tráfico de información privilegiada, las coimas, la venta de secretos de Estado, el envío de estadounidenses a la guerra para beneficiar emprendimientos inmobiliarios, el robo de oro y petróleo a países soberanos, el asesinato en aguas internacionales, la protección a pedófilos, la obstrucción a la Justicia cuando ICE mata a inocentes — todo lo que hacen es un crimen contra los Estados Unidos, contra la humanidad o ambas cosas a la vez". Con mínimas variantes, en Argentina podríamos —deberíamos— decir lo mismo.

El gobierno de los Milei llegó a la Casta Rosada por el voto pero desde diciembre del '23 no hizo otra cosa que cagarse en la ley, desmantelar la parte del Estado que sirve para el cuidado y protección de los argentinos y usar la parte que resta para afanar a cuatro manos, para sí y para la corona. Son una organización criminal tanto como Trump & Co. Un gobierno legal, pero ya no legítimo. Y por eso el periodismo independiente debería adaptar su juego a este tablero inusual. No es lo mismo ejercer la crítica a un gobierno democrático, que denunciar a una organización criminal.
La otra pista que ofrecen ANCLA y Cadena Informativa tiene que ver, ahora sí, con las condiciones de producción. Los medios que hoy existen (en particular, los grandes) seguirán haciendo su juego, pero con capacidad de fuego reducida. En el mapa contemporáneo de la circulación de data, el periodismo tradicional perdió ascendiente. Si vamos a hacerle mella a la realidad, será sumando nuevas unidades informativas. Tan pequeñas y funcionales como Walsh y su Royal esmaltada.
Algo que la nueva tecnología favorece. Ya no necesitamos redacciones, ni imprentas, ni estudios. Walsh apelaba a la colaboración de los ciudadanos comunes: "Reproduzca esta información por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo". En aquel momento, esa tarea implicaba complicaciones para el argento promedio: producir copias, distribuirlas... Ahora no existe quien no difunda información constantemente. Estamos entrenados para hacer copy & paste, dar RT, comentar. Los argentos del '76 la tenían difícil para colaborar con Walsh. Los argentos de hoy la tenemos servida. Todos podemos y queremos ser difusores de lo que vale la pena difundir... siempre y cuando accedamos a ese material, claro.
Por ahí pasa la clave. No se trata tan sólo de aprovechar las facilidades que ofrece la tecnología actual. También hay que aprender a expresarse en los códigos vigentes, y hasta generar nuevos, para que aquello que necesitamos contar no quede hundido en la Fosa de las Marianas y se vea / lea / escuche con facilidad. Material que llame la atención a centímetros de la superficie de nuestra percepción, como los pececitos tropicales en aguas del Caribe.

Los medios tradicionales seguirán su marcha, adoptando cada vez más una funcionalidad de fondo, como de biblioteca de consulta para públicos formados. En otros tiempos, además de las bibliotecas existían los kioskos de diarios y revistas, y todo editor se desvivía para que su oferta resaltase en el display y que el comprador optase por su producto, en vez de inclinarse por la competencia. Hoy cada teléfono es un kiosko. Hay que aprender a llamar la atención en ese kiosko. Algo que no lograremos, me temo, limitándonos a hacer el periodismo de siempre.
Lejos de estar aislados por el miedo, como en los '70, vivimos abrumados, asfixiados por conexiones irrelevantes. Producir un periodismo del siglo XXI conduciría a conectar con quienes ansían saber y entender lo que pasa. A denunciar los hechos, pero también a desmenuzar las operaciones psicológicas y lingüísticas que nos impulsan a hacer y pensar cosas que no queremos. En suma, nos ayudaría a recuperar la cordura, a despertar definitivamente de la pesadilla diurna.
Definirnos como parte de la resistencia a la opresión criminal. Abrazar el código de este tiempo, para recrearlo desde adentro. De eso se trata, creo.
Y si así fuese: ¿qué estaríamos esperando?
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