TRAPISONDAS DEL SANTO PADRE

Verídica seudohistoria con salvajes de todos los colores

 

“Excelencias…”, “Señorías…”, “Vuestras mercedes…”, así, con soltura y gracejo, se dirige a sus lectores Maese Eduardo Blaustein (Buenos Ayres, del año cincuenta y siete del siglo XX) a lo largo y a lo ancho de su filigranada crónica respecto a las no menos pías que patrióticas correrías del fraile Francisco de Paula Castañeda, que habitó estos benditos páramos entre los aciagos años 1776 y 1832. Tiempos emancipadores, virulentos de pasión, en los que el franciscano dedicose a plasmar su propio ideario en no menos de once periódicos como El Despertador Teofilantrópico Místico Político, El Despertador Gauchi-político, Doña María Retazos De Varios Autores Trasladados Literalmente para Instrucción y Desengaño de los Filósofos Incrédulos Que al Descuido y Con Cuidado Nos Han Enfederado… y tantos otros.

Vero personaje histórico, Castañeda empapa con su decimonónica verba el cuasi herético relato de Blaustein quien, sumido en los documentos de época, traslada aquellas andanzas a una historia sostenida con rienda corta a fin de sofrenar la tentación a la que las desmesuras del cura convocan en forma permanente. Válese para ello de un prolífico imaginario, solo superado por las escenas realmente escritas e impresas por el divino emisario, que atraviesan la Historia desde las invasiones inglesas hasta la entronización del Restaurador de las Leyes. Considerado pionero del periodismo vernáculo, en tanto funcionario de la iglesia de Roma combatió con idéntico fervor las liberalidades del Iluminismo como las amenazas a la incipiente nacionalidad desde su condición de patriota fundador.

A través de su héroe, el blasfemo Blaustein encara el desafío de entrometerse con una política eclesiástica caracterizada por su consuetudinaria crueldad genocida hacia todo aquello que se aparte de sus intestinos cánones. Lo hace macerando sus jugos orgánicos —los humores— mediante una prosa capaz de deambular entre aquel lenguaje cercano al siglo de oro español y divertimentos anacrónicos contemporáneos, guiños que en su circulación instalan la novela en el pleno universo de la ficción: “Dejemos ya —creemos que estaréis de acuerdo, señorías— esa pavada, ese nosotros artificioso, populista, con que pretendimos practicar vaya a saber qué operación literaria dudosa, como si nos importaran las desgracias o felicidades ajenas. Volvamos a hablar de estos bárbaros como lo que son, no fingiendo compasión o lástima por ellos”.

Así, sin contemplaciones blanduzcas, Las Estrafalarias Aventuras del Santo Padre Castañeda formula su “crónica seudohistórica sobre la argentinidad”, blandiendo hacha y pluma sobre gringos, criollos, negros, mestizos, indios, caudillos, próceres o populacho, en democrático fragor. Sus escenarios no se restringen a los púlpitos —que los hay— sino que avanzan por las barrosas calles de Buenos Ayres, trasegan las pampas, invaden las estancias, transitan festicholas, habitan fortines, otean lechos, espían conspiraciones. Al declarado archienemigo del cura, un Bernardino Rivadavia que nunca aparece, se suman personajes, cada uno de los cuales va mostrando las distintas caras de Castañeda, componiendo un puzzle capaz de albergar buena parte de la argentinitud, si no toda. Doña María Retazos cobra vida en una dama sanisidrense, casquivana y cajetilla, que edita su propio pasquín con idéntico desparpajo a como se encamota con Don Juan Manuel. El Oscurango explota su estancia entre premisas positivistas y una hipocondría creciente para pesar de su legítima, la bellísima mestiza Pilar, que a su vez elige a la india pampa Acarrea Agua con Sus Desnudos Pieses. Multilingue y de fina verba, el aborigen en retiro efectivo Lucas Canillán consuela al sacerdote en su exilio fronterizo, media con los terroríficos originarios y juega a vida o muerte un partido de paleta sobre la cima trunca de un monte patagónico. El invisible Francisco Hermógenes Ramos Mexia Ross, luterano y estanciero, siembra de utopía unas pampas escasamente fértiles para tamaña novedad.

Novela en la que el lenguaje ordena y la escritura reina, la de Don Blaustein traspola el ayer al hoy sin ocultar el juego: “Las largas lanzas tacuaras, cimbreantes, atravesaban pulmones tripas carótidas que estallaban en profusos estallidos rojo shocking”, sin prejuicio de geometrías, puntuaciones ni gramáticas, otorgando al lector alternos agobios y alientos, indispensables dentro de una acción incesante. Momentos históricos discontinuos, el de la protopatria y el actual, encuentran continuidad en un personaje intenso que se extiende en los siglos. Requerido acerca de si sus acciones comulgan con los anhelos de su feligresía, que es toda la población, Castañeda responde: “Soy un sacerdote que intenta ser humilde pero de muchos años ya. Conozco lo que Dios quiere para ellos tanto como lo que les conviene”.

 

FICHA TÉCNICA

Las Estrafalarias Aventuras del Santo Padre Castañeda

 

 

 

 

 

 

Eduardo Blaustein

Buenos Aires, 2018

278 páginas

 

 

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