La verdad es la única realidad
(fragmento)
Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o de la producción.
Francisco Urondo (Cárcel de Villa Devoto, 1973)
“Por ahí es cierto de que la cárcel es una tumba, pero no menos cierto es que en esa muerte llena de infierno, siempre hubo un paraíso de compañeros. El Ruso presiona un poco más ese pedacito de cielo que es la mano del Pájaro, y se promete que nunca, nunca se va a olvidar de ese momento. Y, por hacer promesas, porque es una noche en la que todo parece el final y el principio de algo, se promete que un día, aunque ese día llegue cuando él ya esté muerto, los buenos van a triunfar y la Tierra será el paraíso de toda la humanidad”.
Más de 10.000 presos políticos abarrotaron las cárceles argentinas a lo largo de quince años, entre 1974 y 1989. Sometidos a aberraciones concentracionarias, de la humillación al asesinato, tanto en forma colectiva como individual, fueron construyendo una memoria, traducida en publicaciones y testimonios. Siniestras experiencias, por parte de los victimarios tenían por propósito el disciplinamiento social mediante el terror, la instigación al suicidio y la locura en lo que recientemente se ha caracterizado como un plan sistemático orquestado en detalle por la dictadura genocida e implementado principalmente por el Servicio Penitenciario Federal.

No obstante, en celdas individuales o pabellones colectivos los rehenes prisioneros desarrollaron actividades propias, a la vez formas de resistencia y dispositivos de socialización. A las reuniones de formación impulsadas por las organizaciones de donde provenían los reclusos, se implementaban sistemas informativos de lo que ocurría más allá de los muros, así como cursos de lo que cada preso pudiera brindar. Así fue como una población heterogénea se aproximó a los rudimentos de la plusvalía o a los sistemas de construcción de maquinaria agrícola, pasando por el relato literario y la narración de películas.
Estrategias de supervivencia, alternativas vinculares relevadas por la escritora Raquel Robles (Santa Fe, 1971) a lo largo de tres décadas en seis relatos unitarios que en su conjunto constituyen una novela. Representativa en lo respetuosa de las fuentes, irrepetible fenómeno de época, ejemplar en su profundidad histórica, conmovedora en su condición humana, experiencia literaria de limpia precisión narrativa, La organización vence al tiempo constituye una obra de fiction-non-fiction como no se registra desde hace décadas en la producción editorial por estos lares.
Si bien sorprende en su estructura, aún en la reversión de la nunca mejor aplicada frase de Juan Domingo Perón, las potentes más de doscientas páginas señalan otro augural salto cualitativo en la experimentación literaria de Robles. Tras haber atravesado en sus inicios un deslumbrante ejercicio con la voz presuntamente infantil en la primera persona de Pequeños combatientes (2013) o la oquedad del destino femenino en la heteronormatividad del capitalismo impúdico en La última lectora (2020), entre otros textos, Robles arranca esta vez desde un distinto, imprevisto ángulo. Poco importa en última instancia el universo biológicamente masculino del presidio; su escritura atraviesa los géneros. Desde el vamos, además, la autora reconoce: “No escribí sobre las mujeres presas porque me dolía demasiado”.
La organización vence al tiempo arranca sin alguna cronología como límite y una logística cambiante, casi un foucaultiano discurso amoroso en esa segunda persona que aparta el protagonismo del locutor y cede la acción al sujeto. Generosidad erotizada hacia la “Rubia” (así se titula el primer capítulo), propia del interés cachondo, a las pocas líneas se devela que el objeto de deseo no se trata de otro ser que un arañita. Teje su red en un ángulo de la celda mientras el inquilino humano la abastece de pequeños insectos atrapados durante el recreo en el patio comunitario, que el artrópodo devora con gratitud. Situación carente de poética y ausente de metáfora, la autora dispone de esta manera de un dispositivo, más que frontera, tierra de nadie entre la realidad efectiva y la ficción, entre la percepción mediatizada por la conciencia y la locura desatada. A un tiempo barrera hacia el delirio, va y viene de un registro a otro: “La mosca que te di ayer está bien envuelta en tu bollito. Parece un tamal de mosca. Lo que no sé es si la matás antes o si muere asfixiada. Espero que la mates antes. Por favor no me digas que sos capaz de esa tortura. Quiero ser tu amigo. No podemos estar juntos si sos una torturadora. No hay nada que justifique esa maldad, esa perversión. Yo creo que debés tener algún veneno. Estoy seguro. Vos sos buena. Yo sé que sos buena. Ojalá tuviera alguna enciclopedia para consultar”.

Para el lector memorioso aparecen a lo largo de la novela personajes reconocibles, ya sea por su participación en algún suceso significativo o por la emergencia en una escena anterior. Almirante le apodan al hombre de casi dos metros, convicciones sólidas y amable trato. Se sugiere que su condición se debe a haber encabezado en 1972 una sublevación de guardiamarinas peronistas en defensa de la democracia, dentro mismo de la Escuela de Mecánica de la Armada, antes de que ésta se convierta en sede del horror. Su nombre es omitido por la autora y aquí se respetan entonces las condiciones ficcionales. Como el conjunto de los reclusos, porta un nombre de guerra o presidiario, más bien, como sus cofrades en desgracia. Coincidencia del lunfardo carcelario y el entabicamiento de las organizaciones revolucionarias, para las cuales en ese instante “todas las esperanzas están cifradas en no morir. En sobrevivir lo suficiente como para vivir más tiempo que la dictadura, que no los maten a todos, que sobreviva la experiencia aunque sea. Algunos tienen esperanzas más arriesgadas. Sueñan incluso con ver la revolución”.
“El nadador” no emula ni compite con el homónimo cuento de John Cheever (1912- 1982), aunque se le aproxima en ritmo y calidad. Planteado a modo del resignado monólogo del muchacho de barrio que quiso mandarse la parte de guerrillero y le salió pésimo, sólo ansía pintar un cuadro de cincuenta metros, en un principio de propósito ornamental y finalmente homenaje a todos aquellos pibes vecinos cuyo domicilio conocía y jamás cantó. El capítulo siguiente,”Carrera académica”, le sirve a Robles para convocar a prácticamente todo el elenco estable de la novela en la instancia desopilante de una clase en que un compañero imbuido de los atributos profesorales por la propia comunidad, dividida entre atentos y chacoteros. Sobre una frazada disfrazada de pizarrón y un jabón blanco fingiéndose tiza se esfuerza por derivar de los conceptos de dominación y explotación los rudimentos de la plusvalía.
De pelambre azabache, una bota blanca y mirada destellante, el gato del pabellón elige cada día con quien acompañar el sueño en una historia cuyo animismo aproxima el relato inaugural con la araña del inicio. En esta oportunidad señalando un camino de salida sin desandar, avanza sobre dos instancias concurrentes. Una, de laborioso trabajo de preso que talla en huesos rescatados de alguna comida la materia prima para dar forma a pequeños caballos con suerte variable. Luego, el escultórico souvenir encuentra destino homoerótico, desplazado de un compañero para proyectarse en el felino a través de la riesgosa senda de la esperanza encaramada en la memoria.

Cerrando el ciclo, “La nieve y el mar”, sexto y último capítulo, deslumbra sin encandilar al compás de una devoradora trama prolijamente compuesta de dos, o tres, historias sucesivas y un puñado de situaciones simultáneas. Sin adelantar vicisitudes, consignemos un eje en el que el Ruso, compañero de pocas palabras, retorna de una salida transitoria (cosa rara) de veinticuatro horas al hogar familiar; comida de la vieja, reencuentro con la novia, helado y hasta cine: Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975). Atizado por el Pájaro, su cofrade de celda, el Ruso desgrana la reciente, fugaz y extraordinaria experiencia de libertad que en el conjunto de encuadres rescatados bosqueja y tiñe de mezquino mundo exterior la reducción ficcional plasmada al comenzar el libro. Juego de contrastes inconclusos por una liberación que ninguno de los presentes es capaz de prever, si es que alguna vez llega, si le gana a la muerte. El escueto mas pródigo en imágenes relato del locutor reacio a descubrir vibraciones personales otorga al auditorio, tanto como al lector, el oxígeno nuevo dentro un encierro saturado de alientos en desuso.
Cima narrativa de una autora baqueteada en el inusual arte de exprimir el espanto a fin de obtener belleza literaria, estos cuentos que hacen novela y retorno —no solo del guiño del General que presta el título— de un aggiornado fiction-non-fiction walshiano. Sostenido en historias auténticas, los testimonios originales se tornan estampas tan literalmente lúcidas como políticamente luminosas, a punto tal que verifican, en varias direcciones, el apotegma La organización vence al tiempo.
FICHA TÉCNICA
La organización vence al tiempo
Raquel Robles

Buenos Aires, 2026
128 páginas
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