Hay mucho para decir acerca del ataque estadounidense e israelí a Irán desatado el último sábado de febrero. Lo primero es que fue flagrantemente ilegal, no sólo en los términos de un débil, muchas veces inútil, derecho internacional, sino según las propias reglas del derecho interno de la república más antigua del mundo que funge como modelo de organización política global. Un Presidente de Estados Unidos no puede simplemente ir a la guerra sin autorización de su parlamento, a menos que se trate de una emergencia, y es claro que no era el caso. Por supuesto que hubo muchas excepciones a esta regla a lo largo de la historia.
Sin embargo, en 2003, el gobierno de Bush Jr. se tuvo que tomar el trabajo de mentir y sostener que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva antes de lanzar su operación sobre Iraq, cuyas nefastas consecuencias siguen afectando tanto a ese desdichado país como a la región e incluso a la doctrina militar del imperio, que ya no quiere ni bajas propias ni conflictos extendidos en el tiempo. Para su ignominia, las mayores terminales de prensa de Estados Unidos, que rezuman independencia, no hicieron sino reproducir el argumento oficial que condujo a una invasión en gran escala, mientras alardean de comprobar cada dato antes de publicar una nota sobre un tema cualquiera. No se están comportando de manera radicalmente diferente ahora.
Cuando el ex general devenido secretario de Estado del gobierno de Bush, Colin Powell, tuvo que sostener aquella patraña ante la ONU buscando la aprobación de la así llamada “comunidad internacional”, alguien tuvo la precaución de ocultar el tapiz que reproducía el Guernica de Picasso porque se situaba justo detrás del orador. Eso da una idea de la potencia que el arte adquiere de vez en cuando. Y de la mala fe deliberada de quienes dicen representar la voluntad general y los valores de la libertad. El tapiz, cabe aclarar, había sido donado por la familia Rockefeller.
Bush y Powell sobrellevaron algunas molestias; Trump, en cambio, avasalló el derecho interno, el internacional y, como veremos, también los usos diplomáticos en un solo golpe. El Guernica no le hubiera molestado gran cosa. ¿Sus acciones fueron un signo de fortaleza o de debilidad? Podría ser bueno determinarlo ahora, aunque sería una respuesta apenas provisoria. Esto no hizo sino empezar.
Negociar para atacar
En la semana previa al ataque a Irán, enviados de Washington y Teherán se habían reunido en Ginebra y fijaron un nuevo encuentro para seguir negociando en Viena siete días más tarde. En lugar de ceñirse a ese compromiso, Estados Unidos, en sintonía con Israel, lanzó un ataque el sábado 28. Esta vez la justificación para la agresión fue algo más sincera que en la época de Bush Jr. Ahora dijeron que habían detectado una reunión de muchos altos mandos en un punto de la capital iraní y no podían desperdiciar la ocasión de matarlos a todos juntos. Fue lo que hicieron.
Liquidaron a jefes militares y políticos, pero ante todo al líder religioso, el ayatolá Khamenei, un hombre ya muy enfermo. En resumidas cuentas, los estadounidenses traicionaron la confianza que requiere una mediación internacional para dedicarse a asesinar funcionarios del país con el que trataban, y en este registro político no importa lo que se opine de esas víctimas.
Sólo en lo que va de este año, Estados Unidos secuestró a un presidente y mató a una autoridad suprema estatal junto con otros altos cargos. Aun en caso de guerra, se supone que las jerarquías del Estado gozan de cierta inmunidad. Putin no eliminó al ucraniano Zelensky. Se dice que Naftalí Bennett, primer ministro israelí entre 2021 y 2022, quien intentó mediar al comienzo de las hostilidades ruso-ucranianas, le hizo prometer al premier ruso que no asesinaría al Presidente ucraniano y este accedió porque le resultaba algo obvio. Por supuesto que Putin no es siempre tan benévolo, pero reconoce algunos límites.
¿Puede haber otra mesa de negociación con Estados Unidos en el contexto de cualquier otra crisis cuando no se sabe si Washington acudirá a la próxima reunión convenida o simplemente aprovechará la distensión para empezar a disparar como hizo con Irán? La última movida táctica pudo haber sido buena de acuerdo con los fines inmediatos o los más profundos valores estadounidenses. En el plano estratégico, sin embargo, es claro que desde ahora los distintos actores internacionales comenzarán a considerar que Estados Unidos no es un interlocutor leal, al menos aquellos entre los que aún persistía alguna duda.
¿Cuántas balas quedan?

Las previsiones sobre el desarrollo del actual conflicto son por supuesto muchas y se hallan entrecruzadas con intereses políticos. Una cantidad de prospectivas, sin embargo, coinciden en la relevancia que adquirieron los arsenales para el análisis. Israelíes y estadounidenses gastaron una enorme cantidad de proyectiles de ataque y defensa durante los conflictos del año pasado. Los misiles de la cúpula de hierro que defiende a Israel son muy caros y se tarda mucho tiempo en reponerlos. Lo mismo sucede en el caso de los misiles de ataque más importantes. En los depósitos quedarían unos pocos. Los cálculos difieren: hay para días o semanas. Ninguno hace referencia a meses. Trump habló de una campaña de cuatro o cinco semanas en Irán. Como todo el mundo a esta altura sabe, lo que diga Trump no vale gran cosa, pero es claro que cuanto más duren las hostilidades, habrá menos municiones a disposición y más difícil se volverá sostener la guerra.
Eso sin contar con la dimensión económica. El mercado descuenta una suba de las materias primas; ya se disparó el precio del oro y la plata. También aumentó la inflación mundial y el dólar se apreció. Lo demás bajará sin remedio. Irán está apostando también al impacto económico de prolongar la guerra. No tiene motivos para volver a una mesa de negociaciones en lo inmediato. Como se ha aclarado muchas veces, para el régimen se trata de un conflicto en el que se juega su propia existencia. Por eso apuesta con cartas mayores y ataca a todos sus vecinos, Estados petroleros que albergan bases estadounidenses a las que admitieron en la confianza de que representaban para ellos un paraguas de seguridad total. Por el contrario, ahora los vuelve blancos, porque cabe considerarlos involucrados en la agresión que sufre Irán, ya que muchos ataques se lanzan desde esas bases, o sea desde sus territorios nacionales.
Además, se plantea el caso de que Estados Unidos está comprometido en primer lugar con la seguridad de Israel y no vacilará en caso de tener que decidir entre Tel Aviv y sus socios árabes, algo que estos sólo parecen estar comenzando a comprender ahora. Lo que más temen es que Irán destruya sus instalaciones de petróleo y gas. Por otro lado, algunos Estados de la región que se promocionaban como un paraíso de servicios sofisticados, paz social y nulos impuestos para atraer a los ricos del mundo se convirtieron de la noche a la mañana en una trampa: el teatro de operaciones de la guerra más internacional de nuestros días. El exilio fiscal capitalista en esas ciudades está desesperado.
Vacilaciones europeas
Los aliados europeos de Estados Unidos reaccionaron de forma dispar. Un grupo objetó inicialmente el ataque a Irán, pero terminó cerrando filas con Washington para luego tomar un poco de distancia. En sus primeras declaraciones nunca identificaban al agresor. Muy pronto se unieron a él. Starmer, el premier británico, se mostró escandalizado porque un dron merodeó sobre una de sus bases en el Mediterráneo y decidió desplegar vuelos “defensivos” de su fuerza aérea, vale decir involucrarse de lleno en la agresión de Trump, una actitud que no puede sorprender del mayordomo histórico de Washington. Macron reafirmó su orgullosa independencia y envió a su único portaaviones al Mediterráneo para asegurar el tránsito en el estrecho de Ormuz, que no está sobre ese mar. Y dijo algo sobre el derecho internacional.
Esta semana, el canciller alemán Merz escuchó con atención al Presidente Trump deplorar en el despacho oval la actitud reactiva a la guerra que sostuvo aisladamente España, país que se negó a autorizar el uso de las bases estadounidenses en su territorio para las operaciones sobre Irán. Merz no sólo escuchó a Trump, sino que lo avaló y agregó que la represalia del POTUS incentivaría a Madrid a aumentar su presupuesto militar en la medida que le exige Trump a sus amigos transatlánticos, algo que Madrid resistió. Esto desencadenó una pequeña crisis en la Unión Europea, puesto que un ataque a España se debe interpretar como un ataque a toda la organización continental. Merz ratificó lo que es: un obsecuente. Su compromiso con la guerra actual y las masacres pasadas es tal que Netanyahu le envió a Berlín su avión presidencial para preservarlo de cualquier daño. Israel busca protección en Alemania.
Un viaje sin brújula
Hay quienes afirman que Israel arrastró a Trump a la carga contra Irán. El secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que su país se sumó a la agresión porque Tel Aviv ya había decidido el ataque, puesto que la reunión de altos mandos iraníes en Teherán constituía una oportunidad que no se podía dejar pasar. Sea cierto o no, lo que parece claro es que Washington se involucró en una guerra sin tener un plan discernible. Este es el tema de fondo.
Se supone que Estados Unidos se lanzó sobre Irán para suprimir su programa nuclear, ya que no puede tolerarse que un país hostil a Occidente obtenga un arma atómica, caso que Teherán estuviese cerca de lograrla. También había que destruir sus peligrosos misiles balísticos, sostienen otros. Más allá del plano estrictamente militar, para Trump se trataría de interrumpir la provisión de petróleo iraní a China y de facilitar un cambio de régimen en aquel país. En realidad, afectar la provisión de energía a China sería el objetivo central. Eso suena razonable; el cambio de régimen resulta un objetivo mucho menos consistente.
Luego de tantos fracasos históricos, Estados Unidos debería advertir que no puede producir un cambio de régimen sólo con bombardeos y que Irán está preparado para sucesivos decapitamientos de sus dirigencias y tiene una red descentralizada preparada para una respuesta militar autónoma, como está quedando claro. Un cambio de régimen usando misiles y aviones y con Benjamin Netanyahu grabando mensajes en farsi para instar a la rebelión popular mientras él y Trump aniquilan una escuela de niñas en el sur de Irán y causan casi 200 víctimas no puede funcionar. La destrucción que dejarán sus ataques puede ser muy políticamente erosiva a mediano plazo, sin embargo. El objetivo de un cambio de régimen requiere muchos elementos, entre ellos tiempo.
Por otra parte, el panorama internacional está en plena transformación. Ni los chinos ni los rusos reaccionaron con suficiente vehemencia, por hablar sólo del plano verbal, ante los ataques estadounidenses e israelíes que los afectan o bien económicamente o bien por mera proximidad geográfica. Con todo, se dice que China está asistiendo a Irán con información satelital y de comunicaciones, lo que le facilita determinar blancos a atacar y flancos que proteger. También se calcula que Rusia puede ser un ganador económico de todo este caos, puesto que el precio del gas y del petróleo empezó a subir, como era de esperar, y puede llegar a dispararse. Eso depende de la amplitud y la duración del conflicto.
Trump, según parece, se metió en problemas serios. El aspirante a premio Nobel de la Paz ya bombardeó siete países en tres continentes durante su primer año en el cargo. En su campaña como candidato se mostró pacifista; una parte de su base electoral lo puede estar abandonado ahora porque no quiere guerras estadounidenses en el mundo sino precios más bajos en alimentos, energía y alquileres. Podemos descartar que la guerra que Trump contribuyó a desatar en Irán vaya a contribuir a alguno de estos reclamos populares. Más bien todo lo contrario.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí