TÚ TAMBIÉN, BRUTO

Un documental sobre la conquista y los genocidios de la era moderna sugiere que también vienen por vos

 

«Hay tantas cosas que no entendemos», dice Alice Walker en un pasaje de su novela El color púrpura. «Y es mucha, también, la infelicidad que sentimos a consecuencia de eso».

Esta semana pude ver, finalmente, el documental de Raoul Peck que se llama Exterminate All The Brutes. Una producción de HBO, que se estrenó en el Hemisferio Norte hace casi un año, a comienzos de abril del ’21. Yo me enteré de su existencia en mayo, y me asocié a la versión latinoamericana de HBO Max apenas se lanzó aquí —en junio—, porque ansiaba ver ese material. Promedia marzo de 2022 y todavía no lo programaron. Tuve que ingeniármelas para abordarlo por otras vías, menos oficiales. Ahora que lo vi, entiendo por qué la HBO —una plataforma de la corporación WarnerMedia Studios— tiene poco interés en difundir un documental que, paradójicamente, ayudó a producir.

 

 

Raoul Peck.

 

 

Exterminate All The Brutes es lo que podríamos llamar un documental de ensayo. Así como antes se deba por sentado que quien quería proponer una tesis reflexiva debía escribirla —o sea consignarla, organizarla, como texto—, el desarrollo de los medios audiovisuales alumbró esta forma híbrida: una narración lógica, estructurada, sobre un tema específico, que provée evidencias que la sustentan, pero que no argumenta tan sólo mediante palabras, sino también a través de imágenes y sonidos. Para ponerlo en términos más simples: un ensayo como los de antes, pero que no se lee sobre papel sino en una pantalla, y en el cual los sonidos y las figuritas que se mueven también nos ayudan a pensar… y a sentir.

Raoul Peck es un intelectual nacido en Haití, esa pequeña nación que fue la primera de América en rebelarse exitosamente contra el yugo colonial y que hoy es —otra paradoja— el país más pobre de un subcontinente explotado. Hijo de un agrónomo que trabajaba para las Naciones Unidas, creció en la República Democrática del Congo, en los Estados Unidos, en Francia y estudió cine en Berlín. Dirigió films de ficción basados en historias reales (Sometimes In April, de 2005, dramatiza la masacre de la etnia Tutsi a manos de los Hutu, que ocurrió en Rwanda en el ’94) pero también documentales como I Am Not Your Negro (2016), sobre el escritor y activista James Baldwin. Fue ministro de Cultura en Haití, pero duró poco: entre el ’96 y el ’97, nomás, renunciando en protesta contra los Presidentes Préval y Aristide.

 

 

 

 

Exterminate All The Brutes es la reflexión que le inspiraron a Peck tres libros. El primero se llama como el documental, lo publicó el sueco Sven Lindqvist en el ’96 y examina al nazismo como una prolongación de la práctica colonial, imperialista. El segundo es Una historia de los pueblos indígenas de los Estados Unidos, de Roxanne Dunbar-Ortiz. Y el tercero tiene por autor a Michel-Rolph Trouillot y se llama Silenciando el pasado: poder y producción de la Historia. En la presentación de cada capítulo, Peck presenta a estos tres cabezones como co-autores.

El título del documental y del libro de Lindqvist remite a una frase de Joseph Conrad, parte del relato que se llama El corazón de las tinieblas (1899). Por si no te acordás: es la historia de un tipo llamado Kurtz, a quien una compañía belga envía al África profunda a fines del siglo XIX, con el propósito de explotar las riquezas del lugar — marfil, entre otros materiales preciosos. Kurtz es el prototipo del europeo iluminado, que brilla como empresario pero además pinta, escribe, es buen músico y tiene ambiciones políticas. En paralelo, redacta un informe que le encargó la (inexistente, pero verosímil) Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes, con la idea de que sirva de guía a futuros enviados al África. Lo que Kurtz escribe es un texto que rezuma condescendencia respecto del continente y de los africanos. «Mediante el simple ejercicio de nuestra voluntad —pone allí—, podríamos ejercer un poder para el bien prácticamente ilimitado». Pero la distancia que lo separa de su sociedad y el oscuro influjo de la jungla acaban con su altruismo. Termina garabateando en la página final del informe, con trazo tembloroso, la expresión que desmiente los buenos sentimientos del comienzo y plasma su conclusión sobre lo que habría que hacer en el África.

Una frase imperativa: Exterminen a todos esos brutos.

(Si esta descripción hizo sonar campanitas en tu cabeza, no te asustes. En efecto, es la misma historia que Francis Coppola tomó a fines de los ’70, trasladando su asunto de África a la Vietnam en guerra, para ese monumento de film que se llama Apocalypse Now.)

 

 

Joseph Conrad.

 

 

Raoul Peck —que es negro, por si te quedaban dudas— retoma a Conrad vía Lindqvist y examina la historia del imperialismo —que es blanco, por si te quedaban dudas— a la luz de ese mandato que los carapálidas se tomaron, y siguen tomándose, tan a pecho. Estructurado sobre cuatro capítulos de casi una hora cada uno, Exterminate All The Brutes es una reflexión sobre el modo en que los genocidios de la era moderna (desde la conquista de América y la esclavitud devenida industria hasta Hiroshima y Nagasaki) se encadenan y articulan, en respuesta a un mismo set de impulsos que encarnan lo peor de nuestra especie.

La pintura que hace Peck del imperialismo estadounidense es de todo menos bonita, razón por la cual se entendería que HBO quisiese guardar el documental en un estante que, de tan alto, resultase inaccesible. Pero en este lugar del mundo desde el que escribo, Exterminate All The Brutes debería ser de exhibición obligatoria en todas las escuelas secundarias.

Uh, antes de que me olvide: el único argentino que asoma su jeta en el documental de Peck es un tal Mauricio Macri.

 

 

 

Un empujoncito

El primer capítulo se llama La perturbadora confianza de la ignorancia. Peck habla del genocidio producido por los colonos a su llegada a Norteamérica —que no sólo arrasó con los pueblos indígenas que se desperdigaban por su territorio, sino además con recursos naturales, como los búfalos— y liga ese proceso con la intolerancia racial que sigue campeando en todas partes aún hoy. Allí asoma por primera vez la jeta de Trump, que en referencia a los inmigrantes que pretenden entrar en los Estados Unidos dice: «Esa no es gente. Esos son animales». (Recordarás, presumo, que en otra oportunidad agregó que todos los latinoamericanos que intentaban cruzar la frontera eran violadores y delincuentes.)

 

 

Colón: «A vos te voy a arruinar, morocho. Y a vos, también. Y a vos…»

 

 

El segundo capítulo se llama Who the F*** is Columbus?, o sea: ¿Quién carajo es Colón? Allí, además de cuestionar la llamada «doctrina del descubrimiento», revisa la forma en que el episodio de El Álamo fue utilizado para transmitir un sentido contrario al de los hechos reales. Los «heroicos resistentes», con Davy Crockett a la cabeza —o sea John Wayne, en la película de Hollywood—, en realidad eran esclavistas y milicianos que usurpaban territorio tejano, propiedad de México. «La mayor parte de los europeos y de los norteamericanos aprendieron lo que creen saber sobre la América Colonial y el Oeste viendo series y películas», dice Peck. Razón por la cual el célebre grito Remember The Alamo equivale a decir «Recuerden una mentira». ¿Qué ocurre cuando buena parte de lo que creemos saber es una fabricación, un invento hecho a conveniencia de los dueños de la realidad? Peck reproduce una foto de sí mismo cuando crío, disfrazado de cowboy, y dice: «Muy pocos niños querían ser indios».

(Por esas vueltas de la vida, yo terminé siendo amigo de uno que nunca quiso ser otra cosa.)

 

 

Todo lo que aprendimos sobre la América colonial nos lo enseñó John Wayne.

 

 

El tercer capítulo se llama Matando a distancia… o cómo disfruté muchísimo de ese paseo. Y cuenta, entre otras cosas, que el desarrollo de la industria metalúrgica permitió fabricar a destajo armas contra las cuales las poblaciones nativas —americanas, africanas— no tenían defensa, al punto que podías sumarte a una expedición militar al África profunda casi como hoy encaramos el turismo de aventura: sabiendo que hay riesgo de que te lleves un raspón como souvenir, pero sin pegarte nunca un palo de verdad.

George Washington fue instrumental a la hora de crear la industria armamentista de los Estados Unidos que, desde entonces, no dejó de condicionar las decisiones de la Casa Blanca. Con subsidios a las factorías locales y grandes impuestos a las armas importadas, dio pie a la industria bélica más grande que se haya conocido nunca. («La primera corporación establecida en el país —subraya Peck— fue la Springfield Armory», sinónimo de rifles legendarios.) De las oportunidades económicas y políticas que presentan armas tan poderosas a la Doctrina Monroe —esa que, a partir del siglo XIX, proclamó el derecho de los Estados Unidos a intervenir militarmente en cualquier lugar donde sus intereses se diesen por afectados— hay un solo paso.

 

 

Bajando muñecos desde 1794.

 

 

El capítulo final se llama Los colores brillantes del fascismo. Allí Peck cuestiona el lugar común de la grandeza de los Estados Unidos, presente en los discursos de cada nacionalista born in USA, incluyendo —por supuesto— a sus Presidentes. «Hagamos que América sea grande otra vez», dice Peck, citando el slogan favorito de Donald Trump, para acto seguido preguntar: «¿Cuándo fue grande, pero grande de verdad? ¿Y para quiénes?» Porque casi ninguna de las proezas de las que se fardan sus nacionalistas hubiese sido posible sin la mano de obra y la sangre que virtieron millones de indígenas, africanos y chinos, sometidos a diversas formas de esclavitud. ¿Será proporcional, la grandeza cacareada, a la capacidad de explotar a seres humanos indefensos y borrar de la faz de la Tierra a pueblos y culturas enteros? Andrew Jackson, considerado uno de los Padres de la Patria, era esclavista y se consagró como héroe masacrando indios. Todos los tratados firmados por las autoridades coloniales con las naciones nativas fueron desconocidos en la práctica, mediante la violencia unilateral. ¿Qué diferencia objetiva hay entre los asesinatos en masa, los desplazamientos y la confinación en reservas de la población nativa de América del Norte, y la política racial de don Adolf?

 

 

¿Grande, para quién?

 

 

Para Peck existe una raíz común entre los genocidios de la edad moderna y el resurgimiento del fascismo. Durante el primer capítulo, las imágenes de los nacionalistas manifestando por las calles al grito de «¡No seremos reemplazados!» —por otras etnias, se entiende— son a la vez escalofriantes y absurdas, porque si en algo se especializaron los caucásicos a lo largo de la Historia, fue en eliminar, desplazar y someter a los nativos de continentes enteros. (Con el tiempo se inclinaron por otros «negros de alma», diríamos acá, para que hiciesen las tareas que consideraban indignas: en algún momento fueron los irlandeses, después los latinos, más tarde los polacos y ahora… ¿los ucranianos?)

La excusa inicial para encarar las conquistas fue religiosa. Se trataba de evangelizar almas, de ganarlas para la fe cristiana. El pueblo que se decía elegido por Dios creía tener el derecho de poner a los infieles en la disyuntiva de convertirse (en cristianos primero, y en siervos por añadidura) o bancarse la violencia de los justos. Y los monarcas laicos —los reyes de Europa— financiaban las expediciones «civilizadoras» que el Papado bendecía, porque les reportaban nuevos mercados, fuentes de riqueza y mano de obra baratísima. Ese fue el trasfondo de tantas cruzadas, que llegaban con la Biblia al frente y la espada por detrás.

 

 

Una escena del documental de Raoul Peck.

 

 

Cuando sobrevino la Reforma, el protestantismo —fundamento religioso de la ambición capitalista—, jugó su parte. «De acuerdo a la insondable voluntad de Dios, uno nace como parte de los elegidos o no», dice Peck. «Pero como los individuos no pueden estar seguros de si están o no entre los elegidos, la riqueza material se vuelve una manifestación de esa elección. Consecuentemente, la mala suerte y la pobreza —y ni hablar de la piel oscura— se convierten en evidencia de una condena». Así se naturaliza una situación que no es natural, sino socio-política: si naciste morocho, naciste para ser pobre — a no ser que te pongas al servicio de tus explotadores, como los cipayos de la India.

Pero el segundo argumento fue barnizado de cientificismo. La opinión pública de la época malinterpretó el evolucionismo darwiniano de forma deliberada. Si la naturaleza se quedaba con los más fuertes, como Darwin sostenía, los emprendedores de la especie humana podían colaborar con su tarea. «Durante la infancia de Hitler —dice Peck—, un elemento importante en la visión que los europeos tenían de la humanidad era la convicción de que las razas inferiores estaban condenadas a una extinción natural. La actitud caritativa de las razas superiores consistía en darles un empujoncito en esa dirección».

Y vaya si lo dieron. Y siguen dándolo, con una mano que lleva tatuada la sigla FMI y otra en la que la tinta negra dice OTAN.

 

 

 

El dudoso arte de perder

Raoul Peck sintetiza así la política imperial que practican los Estados Unidos: «Entréguense o mueran». Pero a continuación añade: «En el mejor de los casos», porque hay destinos más terribles que la muerte. Los ilustra con imágenes de japoneses quemados por la radiación atómica.

«¿Cómo es posible que esto (Hiroshima y Nagasaki) no haya sido considerado un crimen de guerra?», se pregunta. «¿Se deberá a que los que arrojaron la bomba también crearon el relato sobre el hecho?» Y cita allí al historiador Trouillot: «Quien nombra es porque tiene poder». Dos días después de Nagasaki, el Presidente Truman —una de las figuras más infames de la Historia— dijo que las bombas eran el único lenguaje que los japoneses entendían. «Cuando lidiás con un animal, tratalo como un animal», insistió, sonando como lo que era: una versión más moderna, e infinitamente más letal, del Kurtz de Conrad. (Pero menos moderna y letal que su epígono Trump, que todavía aspira, con posibilidades ciertas, a un segundo tiempo como Presidente.)

 

 

The Truman Show.

 

 

Imperialismo equivale a racismo, de forma inevitable. O a complejo de superioridad, si preferís. Durante el documental se oye decir a Roxanne Dunbar-Ortiz que el nacionalismo blanco y la historia de los Estados Unidos están inextricablemente ligados. Es difícil desmentirla. A fines de 1890 tuvo lugar la masacre de Wounded Knee, durante la cual centenares de aborígenes Lakota fueron fusilados simplemente por ser lo que eran, y amuchados en fosas comunes. Días después, un colono de Dakota llamado Lyman Frank Baum escribió en el periódico Aberdeen Saturday Pioneer: «Nuestra seguridad depende de la completa exterminación de los indios». Su planteo sonaba casi clemente: como ya les habían hecho tanto daño a los pueblos nativos, lo más sensato —proponía— era mandarse una cagada más y borrarlos por completo de la faz de la Tierra. Años después, L. Frank Baum adquirió notoridad por otra causa, que contrasta irónicamente con su llamado a una solución final para los nativos de América del Norte: se hizo famoso como autor de esa fantasía para niños llamada El mago de Oz.

 

 

L. Frank Baum: el facho de Oz.

 

 

Hoy resulta difícil imaginar una situación semejante. Es tan aberrante, que desafía nuestra imaginación. Pero hagamos el esfuerzo. Pensá que un día aparecen en el umbral de tu casa unos tipos de piel azul, munidos de unas armas que te desintegran si tratás de resistirte, y que dicen venir de otra parte. Ahí nomás te anuncian que esa casa es suya, y que vos también sos suyo, y que tenés que obedecerlos sin chistar. A resultas de lo cual tu vida deja de ser tu vida para convertirse en una herramienta al servicio de otros, durante el tiempo que tu organismo resista a las labores que te asignan. ¿Te parece delirante? Es lo que te hubiese ocurrido, de haber nacido de estos pagos seis siglos atrás y recibir la visita de invasores de allende los mares.

Y pensar que en las pelis de Hollywood —de La guerra de los mundos a la saga de Los Vengadores de Marvel— se asume sin dudar que los habitantes de esta Tierra tendríamos derecho a defendernos de una conquista extraterrestre. Pero casi nunca se acepta que los pueblos originarios tenían derecho a responder a la invasión europea, a resistirse a ella. ¡Ni siquiera se los toleró cuando no pedían otra cosa que se los dejase vivir en paz!

Durante la visión del documental me asaltó una sensación de constante déjà vu, hasta que me cayó la ficha. Era como estar presenciando una adaptación audiovisual de Las venas abiertas de América Latina, el libro que Eduardo Galeano publicó en 1970, tantas vidas atrás. Yo lo leí de chico, si no fue en plena dictadura habrá sido apenas después. Pero nunca volví a él. A esta altura ya me conocés: como si no tuviese nada más que hacer, me puse a buscarlo. No lo encontré en mi biblioteca, que sigue siendo una víctima más de las diásporas de mi vida: se encuentra tupacamarizada, por lo menos hasta que me mude y disponga de una estantería grande. Así que me lo compré otra vez y le dediqué un tiempo del que no disponía. (Estás leyendo a un tipo que casi no durmió, en estas noches.)

 

 

La edición que yo tenía, hasta que la traspapelé.

 

 

Se sigue bancando bien, Las venas abiertas. Le pregunté a Sergio Wischñevsky, que es historiador, qué se decía del libro en estos días. Respondió que la academia le había reprochado algunas fallas en materia de rigurosidad. «Pero es una obra maestra», aclara. «Y sigue teniendo una vigencia tremenda».

«La división internacional del trabajo —dice Galeano en el arranque— consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder». Tal vez ya no sirva la clasificación en países, habría que pensar en sectores corporativos y sus brazos políticos y mediáticos, de modo transversal en cada país. Pero, en términos generales, la verdad del aserto sigue siendo indiscutible. Eso es lo que Galeano se lanza a hacer a partir de allí: a narrar, y explicar, el modo en que los sectores populares de Latinoamérica nos especializamos en el dudoso arte de perder, con muy breves interregnos, desde que el genovés a sueldo de España puso pie en esta tierra.

 

 

El libro que Chávez le regaló a Obama. Guita a que no lo leyó.

 

 

 

 

Meta mita

Al principio el libro parece Exterminate All The Brutes, Latinamerican Edition. Galeano narra las campañas militares contra los aborígenes y los estragos producidos por las enfermedades llegadas de los barcos. La mayoría de los sobrevivientes fueron reducidos a la esclavitud. Otros debían pagar tributos incesantes, en rubros absurdos — pagaban impuestos por sus muertos, por ejemplo. Anticipándose al destino que les deparaban los opresores blancos, nativos dominicanos mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. Otros sucumbían a las condiciones extenuantes en que se los forzaba a trabajar, y entre ellos «había de todo», dice Galeano. A la hora de conchabar esclavos, los dominadores no hacían distingos entre «astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra».

 

 

 

Los africanos llevados al Brasil —unos diez millones, se estima— soportaban siete años de labor en casos excepcionales; el resto moría antes. La mano de obra servil era explotada en las minas, hasta que no servía más. Tan sólo en Potosí, murieron ocho millones de mineros compulsivos en tres siglos. Los europeos socavaron la tierra hasta sacarle toda la riqueza —minerales, metales preciosos, diamantes— a que pudieron echar mano. (Entre 1503 y 1660, dice Galeano, llegaron al puerto de Sevilla 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata americana.) Las extensiones arables fueron consagradas a monocultivos que arruinaban la tierra para usos ulteriores, así como lo hace hoy la soja: el algodón y la caña de azúcar, para empezar. Se talaba sin asco, por la madera y el caucho.

Si pudiésemos pasar esos siglos en fast forward, veríamos al subcontinente volverse mustio a gran velocidad. Una tierra desangrada y eviscerada por sus propios hijos, que durante siglos vivieron en armonía con el ambiente pero que finalmente, zombificados, obedecieron al látigo del conquistador. Anticipándose a la observación de Raoul Peck, Galeano se refiere al genocidio de los pueblos originarios, preguntándose: «¿A cuántas Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos?»

 

 

 

 

Pero, aunque suene a broma, el libro se pone aun más escalofriante a medida que se acerca al presente. Porque aunque fue concebido en otro mundo (imaginate: ¡escrito a máquina, tinta sobre papel, en una era pre Internet!), describe a una América Latina que se diferencia poco y nada de esta en la que medramos. Ejemplo: el Fondo Monetario Internacional («nacido en Estados Unidos, con sede en Estados Unidos y al servicio de Estados Unidos», especifica) tiene por objetivo «negar a los países subdesarrollados el derecho a proteger sus industrias nacionales, y desalentar en ellos la acción del Estado…. Impone una política que agudiza los desequilibrios en lugar de aliviarlos. Liberaliza el comercio… obliga a contraer hasta la asfixia los créditos internos, congela los salarios… Al programa agrega las fuertes devaluaciones monetarias, teóricamente destinadas a devolver su valor real a la moneda y a estimular las exportaciones».

En otro pasaje parece hacerse eco de lo que le atribuí a Macri días atrás, cuando dije que, a través del FMI, había facilitado la ocupación del territorio argentino sin que cayese una bomba ni sonase un disparo. «Son los centinelas quienes abren las puertas», dice Galeano. «La burguesía se ha asociado a la invasión extranjera sin derramar lágrimas ni sangre».

Y esto fue escrito antes de que cayésemos en manos de los Pinochet y de los Videla. La edición que compré días atrás incluye un post-scriptum que Galeano produjo en el ’78, desde Barcelona. «Negocios libres como nunca, gente presa como nunca», dice allí. «En América Latina, la libertad de empresa es incompatible con las libertades públicas… El círculo vicioso es perfecto: la deuda externa y la inversión extranjera obligan a multiplicar exportaciones que ellas mismas van devorando… Para que los trabajadores latinoamericanos cumplan con su función de rehenes de la prosperidad ajena, han de mantenerse prisioneros — del lado de adentro o del lado de afuera de los barrotes de las cárceles… Quien presta, manda».

 

 

 

 

¿Estoy leyendo o estoy en medio de una pesadilla? ¿Es posible que hayamos sufrido todo lo que sufrimos para nada? ¿Volvimos a la casilla del año ’70 del libro original y del ’78 de su adenda? Como en el ’84, estamos endeudados hasta las pelotas, atados de pies y manos y a merced de abusadores seriales. El pueblo quiere creer en la democracia que costó recuperar, pero los sinsabores cotidianos lo vuelven escéptico, lo amargan con razón: la guita no alcanza, la lechuga cuesta como si la regasen con oro líquido y el pan —el pan— se vuelve inaccesible, mientras la conducción de la nave estatal muestra una desconexión de la realidad que es borderline suicida. Ya que estamos conradianos, dejame recurrir a una imagen de Apocalypse Now: quieren tratar a las víctimas de la masacre económica aplicándoles curitas.

Pero se pide que nos guardemos nuestras críticas (que son eso, nomás: divergencias, observaciones, debate político — no piedrazos), como si la autoridad presidencial se resintiese por nuestras preocupaciones en vez de a consecuencia de sus actos. Sean moderados, se nos reclama, porque la moderación sería más efectiva que la resistencia a la hora de torcer el curso de colisión que tomó la realidad. Pero no se puede ser moderado con aquellos —los de afuera y los de acá, los dueños y señores del mercado interno— que se frotan las manos porque saben que, durante los años por venir, toda ganancia que obtengamos a cambio de nuestro trabajo terminará en sus bolsillos. Dice Galeano: «En sistemas organizados al revés (como al nuestro, agrego yo), cuando crece la economía también crece, con ella, la injusticia social».

 

 

El joven Galeano.

 

 

Por un lado es lógico que pase lo que pasa. Los explotadores tienden a hacer siempre las mismas cosas, en cualquier tiempo que sea. Cambian la tecnología y los argumentos, pero el accionar es el mismo. La diferencia entre el colono que se apropió de territorio indígena y los settlers de Israel que ocupan propiedades palestinas es de matices. (Muchos de ellos están convencidos, además, de ser cowboys modernos.) El país imperial varió de métodos pero no de intenciones: para él, seguimos siendo una colonia compelida a moldearse para servir a sus necesidades antes que a las nuestras, motivo por el cual torpedea todo lo que se aparte de esa funcionalidad. Y el poder económico mundial perfecciona sus métodos —digitales, ahora— para succionar lo que ganamos de forma cada vez más sencilla, mediante una serie de clics. Si trabajás como un perro y aún así contemplás una hogaza de pan como a un lujo (una familia tipo necesita casi 85.000 lucas para no ser pobre), ¿qué diferencia hay, que no sea formal, entre un laburante de hoy y un descendiente de incas sometido a la mita colonial? «La mita era una máquina de triturar indios», dice Galeano. ¿Y qué es esta situación económica, sino una máquina de triturar vidas?

Al promediar el último capítulo del documental, Raoul Peck apila imágenes de mandatarios de estos tiempos —Trump, Putin, George Bush, Berlusconi, Bolsonaro, Boris Johnson— y se lamenta. «Almas perdidas en una pila de confusión humana», dice. «La ausencia (en ellas) del más mínimo rasgo de empatía y humanidad genuina es intolerable». Y a modo de explicación sobre la razón por la cual se vota a gente semejante, agrega: «La gente busca salvadores. En lo posible, gente con respuestas que suenen fáciles cuyo precio tendrán que pagar otros».

En ese contexto aparece la foto de dignatarios internacionales durante un G20 y ahí asoma Macri, sonriente, justo cuando Peck dice: «Los que son ricos en dimensiones pornográficas son también los nuevos moralistas… Lo más perturbador es su ausencia de sentido del ridículo y el silencio de la complacencia».

 

 

Macri en el documental de Raoul Peck: the pornographic rich.

 

 

Desde los Reyes Católicos hasta Joe Biden, estos líderes hacen el mismo tipo de cosas, al servicio del mismo tipo de intereses, para obtener el mismo tipo de resultados. La pregunta que me hago, dado que suelen salirse con la suya y nos siguen pegando abajo: ¿será que nosotros también hacemos lo mismo que hicieron nuestros mayores? ¿Que no ofrecemos nunca la resistencia apropiada para dar vuelta la taba y que permanezca así, dada vuelta, poniendo límites a nuestra desventura histórica?

 

 

 

De frente, march

«¿Es América Latina una región del mundo condenada a la humillación y a la pobreza?», se pregunta el Galeano del ’78. «¿Condenada por quién? ¿Culpa de Dios, culpa de la naturaleza? ¿El clima agobiante, las razas inferiores? ¿La religión, las costumbres? ¿No será la desgracia un producto de la Historia, hecha por los hombres y que por los hombres puede, por lo tanto, ser deshecha? …El subdesarrollo latinoamericano es una consecuencia del desarrollo ajeno».

 

 

 

 

Qué palabra más ambigüa, «desarrollo». La historia de la especie fue escrita por hombres que nacieron en sitios inhóspitos, y se vieron obligados a aguzar el ingenio para sobrevivir. Pero una cosa es que tu ambiente te condicione para que seas industrioso, y otra muy distinta que te vuelva bandolero y asesino. La evolución de tus instrumentos no justifica la victoria militar sobre aquellos que nacieron en tierras amables, de aguas tibias y árboles cargados de frutos, y muy particularmente cuando había —como las había hasta no hace tanto— tierras, aguas y frutas para todos.

Hemos consentido que nuestro derrotero sobre este planeta fuese determinado por los peores entre nosotros. Hombres que ansiaban poder, pero no poder para algo concreto: poder per se, poder por el poder mismo, para sentirse superiores a los demás y hacer lo que quisiesen, aunque no supiesen qué querían. Aquellos que conquistaron África y América habían concebido una tecnología superior, pero no eran más desarrollados que los nativos. En términos puramente humanos —en términos de capacidad empática— fueron infradotados. Almas perdidas, como dice Raoul Peck cuando habla de los herederos de aquellas alimañas. ¿Llegaremos a instituir un sistema más virtuoso algún día, que permita que los que quieren mandar no arruinen el placer de los que queremos jugar?

 

 

 

 

«Hay tantas cosas que no entendemos», dice Alice Walker en El color púrpura, esa novela ganadora del Pulitzer en la que la protagonista, Celie, habla de su doble esclavitud: la que se desprende de su condición de mujer, y negra, en los Estados Unidos de comienzos del siglo XX. «Y es mucha, también, la infelicidad que sentimos a consecuencia de eso».

Hay una frase de Sven Lindqvist que Raoul Peck usa al comienzo y al final del documental: «No es conocimiento lo que nos falta. Lo que precisamos es coraje para entender lo que ya sabemos. Y para sacar conclusiones».

 

 

Sven Lindqvist.

 

 

Peck viene del país más pobre de América, aquel donde —dice Galeano— hay más niños lavapiés que lustrabotas, porque están al servicio de clientes a los que les sobra una moneda para pagar una ablución pero les falta el mango para comprar zapatos. Un espejo en el que muchos argentinos no se reconocen, porque prefieren no entender lo que ya saben: que entre nosotros también hay una pobreza intolerable que está creciendo y cuyas consecuencias se volverán inescapables. (Aun cuando no quieran entender por ese lado, deberían aceptar al menos que no sería la primera vez que emulamos las injusticias que asociamos con Haití. «Al fin y al cabo —dice Galeano—, las matanzas de Videla no son más civilizadas que las de Papa Doc Duvalier o su heredero en el trono».)

Pero como salió de allí y conoció otras culturas y disfrutó de lujos, es lógico que Peck se pregunte lo que se pregunta en un tramo del documental. Who am I. Quién soy yo. Porque a menudo colgamos nuestra identidad del perchero del color de piel, o de la clase de la cual formamos parte o de la que aspiramos a integrar. Es mucho más simple, creo yo, dejar que lo que defina quiénes somos sean nuestros actos y nuestras elecciones. Porque no podemos borrar ni reescribir lo que ya ocurrió. Pero, al corregir ese pasado con nuestra acción presente, escribimos el futuro.

Al menos hoy, soy un tipo que este 24 de marzo, día en que recordamos el golpe de Estado del ’76, marchará de la ex ESMA a la Plaza de Mayo, en honor de tantos que fueron mejores que nosotros. No lo haré solo, claro, sino en compañía de muchos que intentan estar a la altura de la circunstancia histórica; una muestra gratis de la totalidad de brutos que somos, todos esos brutos que insistimos en nuestra negativa a ser exterminados, sometidos, despojados de la dignidad y hasta del estado de ánimo. Y al día siguiente, 25 de marzo, me sumaré a alguno de los múltiples homenajes a Rodolfo Walsh, cuando se cumplan 45 años de su fusilamiento en plena calle, mientras intentaba contar lo que estaba pasando y tantos otros callaban o fingían no ver. No es mucho lo mío, lo sé; penosamente insuficiente ante la necesidad de dar vuelta la taba. Pero a pesar de haber sido testigo de los horrores recurrentes de la historia argentina, y de cargar con muchos años sobre la espalda, no consigo contemplar la situación actual desde la complacencia.

Y como no me resigno, no cuenten con mi silencio.

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí